Una Actitud Agradecida

Thomas S. Monson

Second Counselor in the First Presidency


Thomas S. Monson
“Si cultivamos en el corazón una actitud de agradecimiento, nos elevaremos y podremos elevar a los demás.”

En este día de reposo, nuestros pensamientos se vuelven a Aquel que expió nuestros pecados, que nos enseñó a vivir y a orar y que demostró con Sus acciones las bendiciones que se reciben al servir. Nacido en un establo, acunado en un pesebre, este Hijo de Dios, Jesucristo el Señor, todavía nos llama para que lo sigamos.

En Lucas, capitulo 17, leemos:

“Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea.

“Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos

“y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!

“Cuando el los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados.

“Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz,

“y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y este era samaritano.

“Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?

“¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?

“Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado”. (Lucas 17:11–19.)

Gracias a la intervención divina, aquellos leprosos se libraron de una muerte lenta y cruel recibiendo la dádiva de una nueva vida. La gratitud expresada por uno de ellos suscito la bendición del Salvador; la ingratitud de los otros nueve le causó una desilusión.

Las plagas de hoy son como la lepra de antaño; consumen, debilitan, destruyen; se hallan por todos lados y su efecto no conoce limites. Entre las que conocemos están las llamadas egoísmo, codicia, desenfreno, crueldad y delitos, mencionando unas pocas. Llenos de su veneno, tendemos a criticar, quejarnos, culpar a otros y, lenta pero seguramente, a abandonar lo positivo y concentrarnos en lo negativo.

Una canción de los años 1940 lo describe así: “Acentúa lo positivo, elimina lo negativo. Aférrate a lo afirmativo y no seas tibio”. Era buen consejo entonces y sigue siéndolo ahora.

Esta es una magnifica época para vivir en la tierra; tenemos oportunidades ilimitadas. Aunque hay algunas cosas malas en nuestro mundo de hoy, hay mucho de bueno, como maestros que enseñan, ministros religiosos que ministran, matrimonios que triunfan, padres que se sacrifican y amigos que ayudan.

Si rehusamos vivir en el ámbito de los pensamientos negativos y cultivamos en el corazón una actitud de agradecimiento, nos elevaremos y podremos elevar a los demás. Si la ingratitud se cuenta entre los pecados serios, entonces la gratitud se puede mencionar entre las mas nobles virtudes.

Hay un himno que siempre nos levanta el espíritu, nos aviva la fe y nos inspira buenos pensamientos:

“Cuando te abrumen penas y dolor,
cuando tentaciones rujan con furor,
ve tus bendiciones, cuenta, y veras
cuantas bendiciones de Jesús tendrás.
No te desanimes do el mal esta,
y si no desmayas, Dios te guardará;
ve tus bendiciones y de El tendrás
paz y gran consuelo mientras vivirás”.

Haríamos bien en reflexionar sobre nuestra vida; pronto encontraríamos motivos de sobra para estar agradecidos.

Primero, la gratitud que sentimos por nuestra madre.

La madre, que voluntariamente hizo su jornada por el valle de sombra de muerte para extendernos la mano y traernos a esta vida terrenal, merece nuestra gratitud imperecedera. Un escritor resumió el amor por la madre con estas palabras “Dios no podía estar en todas partes, y por eso nos dio una madre”.

Mientras colgaba de la cruz en el Calvario, sufriendo intenso dolor y angustia, “Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien el amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre” (Juan 19:26–27). ¡Que ejemplo divino de gratitud y amor!

Mi propia madre quizás no me leyera de las Escrituras, sino que mas bien, me enseñó con su vida y sus acciones lo que contiene la Biblia. Sus cuidados al pobre, al enfermo y al necesitado eran escenas cotidianas que jamas olvidaré.

Segundo, sintamos gratitud por nuestro padre.

Como la madre, el esta dispuesto a sacrificar su propia comodidad por la de sus hijos. Diariamente lucha por ganar el pan de su familia, sin quejarse, ocupándose siempre del bienestar de los suyos. Ese amor por los hijos, ese deseo de verlos bien y felices, es un elemento permanente en esta época de constante cambio.

He observado a veces a los padres cuando van a comprar ropa a Su hijo que entra en el servicio misional. Le compran trajes y zapatos nuevos; le compran camisas, calcetines y corbatas en cantidad. Un día. uno de esos padres me dijo: “Hermano Monson, quiero presentarle a mi hijo”. El orgullo le henchía el pecho; el costo de las compras le había vaciado la billetera; y su corazón rebosaba de amor. No pude evitar que las lágrimas me humedecieran los ojos cuando note que el llevaba un traje viejo y que sus zapatos estaban bien gastados; pero era obvio que el no echaba nada de menos. El resplandor de felicidad de su cara es digno de recordar.

Al pensar en mi propio padre, recuerdo que el dedicaba el mínimo tiempo libre que tenía al cuidado de un tío lisiado, de algunas tías ancianas y de su familia. Integraba la presidencia de la Escuela Dominical del barrio, y le gustaba trabajar con los niños. Como el Maestro, el también amaba a los niños. Jamas le of una palabra de critica contra nadie. Su vida ejemplificaba el valor del trabajo. Uno a las vuestras mis expresiones de gratitud por los padres.

Tercero, recordemos con gratitud a los maestros.

El maestro no solamente modela las expectativas y ambiciones de sus discípulos, sino que influye en las actitudes de ellos hacia el futuro y hacia si mismos. Si el maestro los quiere y espera de sus alumnos lo mejor, la confianza que estos tengan en si mismos aumentara, sus aptitudes se desarrollaran y su futuro quedara asegurado. Se podría decir en tributo a tal maestro: “Creó en el aula una atmósfera donde se entretejían mágicamente la amabilidad y la aceptación; donde se aseguraron el progreso y la enseñanza, la amplitud de la imaginación y el espíritu de los jóvenes”.

Quiero expresar públicamente gratitud a tres de mis maestros. Agradezco a G. Homer Durham, mi profesor de historia. El nos enseñó esta verdad: “El pasado ha quedado atrás; aprende de el”. Le gustaba la materia que enseñaba; quería a sus alumnos. El afecto que se sentía en su aula abrió las ventanas de mi mente para que entrara en ella el conocimiento.

O. Preston Robinson, mi profesor de comercio, inculcaba en los estudiantes la idea de que tenemos el futuro por delante y debemos prepararnos. Cuando entraba en la sala de clase, su presencia era como un soplo de aire fresco; nos hacia sentir que podíamos alcanzar las metas. Su vida era un reflejo de su enseñanza, por persuasión amable. Nos enseñaba la verdad, nos inspiraba al esfuerzo, nos motivaba al afecto.

Y había una maestra de la Escuela Dominical, a quien nunca olvidaré. La conocí un domingo por la mañana; entró en la sala de clase acompañada por el presidente de la Escuela Dominical, que la presentó diciéndonos que ella había pedido tener la oportunidad de enseñarnos. Supimos que había sido misionera y que le gustaban los jóvenes. Se llamaba Lucy Gertsch; era hermosa, tenía una voz suave y nos demostraba su internes. Nos pidió que cada uno de nosotros se presentara, y luego nos hizo algunas preguntas que la ayudaron a comprender mejor los antecedentes de cada alumno. Nos hablo de su niñez en Midway, Utah; y al describir ese hermoso valle, nos hizo sentir la belleza del lugar y el deseo de contemplar los verdes prados que ella tanto amaba. Jamas nos levantó la voz; la grosería y la estridencia eran incompatibles con el encanto de sus lecciones. Nos enseñaba que estábamos en el presente y debíamos vivir en el. Hacia que las Escrituras cobraran vida para nosotros; conocimos personalmente a Samuel, David, Jacob, Nefi y al Señor Jesucristo. Nuestro conocimiento del evangelio aumentó; nuestra conducta mejoró; nuestro amor por Lucy Gertsch no tenía limites.

Comenzamos a proyectar una fiesta gigantesca y a ahorrar los centavos para hacerla; la hermana Gertsch llevaba un concienzudo registro de nuestro progreso. Como jovencitos que éramos con excelente apetito, mentalmente convertíamos el total monetario en pasteles, galletitas y helado. Iba a ser una ocasión gloriosa, la fiesta mas grande de todas. Ninguno de nuestros maestros había siquiera sugerido una fiesta como la que pensábamos hacer.

Pasaron los meses de verano y llegó el otoño, y luego el invierno. Ya teníamos lo necesario para la fiesta. Habíamos progresado espiritualmente y prevalecía un buen espíritu.

Ninguno de nuestro grupo olvidara aquella gris mañana de enero en que nuestra querida maestra nos anunció la muerte de la madre de uno de nuestros compañeros. Cada uno de nosotros pensó en lo que significaba su propia madre y todos sentimos pesar por Billy Devenport y la gran perdida que había sufrido.

Ese domingo, la lección se basó en el capitulo 20, versículo 35, del libro de los Hechos: “… se debe … recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Mas bienaventurado es dar que recibir”. Al terminar de presentar su bien preparada lección, Lucy Gertsch nos habló de la situación económica de la familia de Billy. Era la época de la Depresión y el dinero escaseaba. Con un brillo especial en los ojos, nos preguntó: “Que les parece si siguiéramos esta enseñanza del Señor? ¿Que piensan de tomar los fondos que tienen para la fiesta y darlos a los Devenport

como una expresión de nuestro afecto por ellos?” La decisión fue unánime; contamos cuidadosamente el dinero y lo colocamos en un sobre.

Siempre recordaré a nuestro pequeño grupo caminando las tres cuadras que nos separaban de la casa de Billy, entrando en la casa y saludándolos a el, sus hermanos y su padre. La ausencia de la madre dejaba un gran vacío. Siempre recordaré con emoción los ojos llenos de lágrimas de todos cuando el sobre que contenía nuestro atesorado fondo para la fiesta paso de las delicadas manos de la maestra a la necesitada mano del padre de familia. Hicimos contentos el camino de regreso a la capilla; nuestro corazón iba mas liviano que nunca, nuestro gozo era mas completo y nuestra comprensión mas profunda. Aquel sencillo acto de bondad nos ligo como si fuéramos uno. Por experiencia propia, supimos e se día que ciertamente es mas bienaventurado dar que recibir.

Los años han volado. La capilla ya no existe, víctima de la industrialización. Pero los jovencitos que aprendimos, nos reímos y crecimos bajo la dirección de aquella inspirada maestra de la verdad jamas hemos olvidado ni olvidaremos sus lecciones.

Hasta hoy, cuando cantamos el himno que dice:

Hoy nos juntamos aquí en amor,
Escuela Dominical del Salvador;
démosle gracias al Rey Celestial
por nuestros maestros de noble ideal.

Recordamos a Lucy Gertsch, nuestra maestra de la Escuela Dominical; porque la queríamos y ella nos quería a nosotros.

Tengamos siempre esa gratitud por nuestros maestros.

Cuarto, sintamos gratitud por nuestros amigos. Nuestro amigo mas preciado es nuestro compañero en el matrimonio. Este viejo mundo seria mucho mejor si la bondad y la amabilidad fueran un reflejo diario de la gratitud por cl cónyuge.

El Señor pronunció la palabra amigo casi con reverencia. Y El dijo: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Juan 15:14).

Los verdaderos amigos toleran nuestras idiosincracias y tienen una influencia profunda en nosotros.

Oscar Benson, un Scout de renombre, tenía el habito de ir a hablar con los condenados a muerte de diversas prisiones de todo el país. Una vez dijo que 125 de esos hombres le habían dicho que jamas habían conocido a un hombre decente.

Cuando nos hallábamos hundidos en la Segunda Guerra mundial, experimente una demostración de verdadera amistad. Jack Hepworth y yo éramos adolescentes entonces, y habíamos crecido juntos en el mismo vecindario. Una tarde, vi que el se acercaba corriendo por la vereda. Al llegar donde yo estaba, vi que tenía los ojos llenos de lágrimas; con la voz entrecortada por el llanto, exclamo: “¡Tom! ¡Mi hermano Joe, que era piloto de la Marina, se ha matado en un terrible accidente aéreo!” Nos abrazamos y lloramos juntos; compartimos el dolor. Me sentí muy honrado ese día porque Jack, mi amigo, había sentido instintivamente la necesidad de que yo compartiera su dolor. Debemos estar siempre agradecidos por amistades como esa.

Quinto, sintamos gratitud por nuestro país, nuestra tierra natal.

Al pensar en la inmensa multitud de personas que han muerto honorablemente defendiendo su hogar y su patrimonio, recordemos estas inmortales palabras: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). Los sentimientos de sincera gratitud que tenemos por el supremo sacrificio que tantos han hecho no se pueden limitar a un “Día del soldado”, a un desfile militar ni a unas flores en la tumba de un soldado.

En el famoso Teatro Real, situado en Drury Lane, en Londres, Inglaterra, hay una hermosa placa que contiene palabras que me han conmovido hasta el alma y me han inspirado profundos sentimientos de gratitud:

1914–1918

A los actores, músicos, escritores y obreros de la escena que han dado su vida por su país. Honor sea a los muertos inmortales, ese gran … batallón de almas resplandecientes que dieron su juventud para que nuestro mundo pudiera envejecer en paz. Sus nombres vivirán para siempre. Ellos actuaron noblemente en su papel, escuchando el llamado de Dios, del Rey y de su patria. Ellos lo dieron todo.

Los que pasáis por aquí buscando diversión,
ved el precio que por ella se ha pagado;
depositad aquí unas flores fragantes,
y un tributo en silencio al valiente soldado.

Y por fin, sexto, y el punto supremo, demostremos gratitud por nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Su glorioso Evangelio da respuesta a las preguntas profundas de la vida: ¿De dónde venimos? ¿Por que estamos aquí? ¿Adonde va nuestro espíritu al morir? Los misioneros que El ha llamado llevan la luz de la verdad divina a los que viven en tinieblas:

Id, del cielo mensajeros,
que tenéis de Dios poder
publicad el evangelio
a los pueblos en error …
Y paganos, coronados
por el Rey Jesús serán.

El nos enseñó a orar; El nos enseñó a vivir; El nos enseñó a morir. Su vida es un legado de amor. El sanó al enfermo, levantó al caído, salvó al pecador.

El fue el único que quedó solo; algunos de los Apóstoles dudaron; uno de ellos lo traicionó. Los soldados romanos le hirieron el costado; la muchedumbre enfurecida le quitó la vida. Pero todavía resuenan como un eco en la colina del Gólgota Sus compasivas palabras: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Antes, quizás sintiendo que su misión terrenal estaba por culminar, El se lamentó, diciendo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Lucas 9:58). Las palabras “no había lugar … en el mesón” (Lucas 2:7) no fueron una expresión única de rechazo en Su vida, sino sólo la primera. Sin embargo, El nos invita a ser Sus anfitriones: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a el, y cenaré con el, y el conmigo” (Apocalipsis 3:20).

¿Quien era este “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Isaías 53:3)? ¿Quien es este “Rey de gloria, Jehová de los ejércitos” (Salmos 24:10)? Es nuestro Maestro; es nuestro Salvador; es el Hijo de Dios; es el autor de nuestra salvación. El nos llama, diciendo: “Venid en pos de mi” (Mateo 4:19). El nos manda: “Ve, y haz tu lo mismo” (Lucas 10:37). El nos ruega: “Guardad mis mandamientos” (Juan 14:15).

Sigámoslo, imitemos Su ejemplo; obedezcamos Su palabra. Si lo hacemos, estaremos dándole el don divino de la gratitud.

Mi sincera oración es que en nuestra vida personal podamos reflejar la maravillosa virtud de tener una actitud de agradecimiento. En el nombre de Jesucristo. Amen.