La Fe Y Las Buenas Obras

Stephen D. Nadauld


“A cada uno de nosotros la vida le proporciona un amplio panorama de oportunidades de Estrellarse contra sí mismo (o sea, de causar sus propios problemas).”

El estar en este estrado donde Profetas y Apóstoles han enseñado las verdades de la Restauración, tanto en el pasado como en el presente, es tina experiencia que me hace sentir humilde. Estoy agradecido por este llamamiento a servir, y he llegado a admirar y a amar a las Autoridades con quienes trabajo.

Me siento en deuda de gratitud hacia mi maravillosa y dedicada madre y hacia mi extraordinaria esposa, compañera y madre de mis siete hijos. Hago eco al sentimiento expresado por el élder Scott anteriormente: Margaret me supera en toda cualidad valiosa y la quiero mucho.

Los niños nos pueden dar un panorama maravilloso y hasta humorístico de la vida. En nuestra familia tenemos dos hijos de diez años que son gemelos idénticos, hasta el punto en que a veces es prácticamente imposible distinguir el uno del otro.

Recientemente, nos mudamos y nos encontramos en un vecindario nuevo. Varios días después, conversando con Aarón, uno de los gemelos, le pregunté cómo se había hecho un chichón [magulladura] que tenía en la frente, y él lo describió de esta manera: “Lo que pasó, papá, es que Lincoln [que es el hermano mayor] me estaba persiguiendo por el corredor; al doblar la esquina, vi a Adam [su hermano gemelo] parado allí. Como yo corro más ligero que él, traté de pasar por su lado, ¡pero no era Adam, sino el espejo!” ¡Se había estrellado contra un amplio espejo que tenemos en el corredor!

A cada uno de nosotros la vida le proporciona un amplio panorama de oportunidades de estrellarse contra sí mismo (o sea, de causar sus propios problemas). Pogo, el conocido personaje de una tira cómica, lo dijo de esta manera: “Hemos conocido al enemigo: ¡somos nosotros mismos!” (Walt Kelly).

En términos más elocuentes, el Señor le dijo a Moroni:

“Y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad … porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Eter 12:27).

Al mirar en el espejo, y ver la cantidad de golpes y rasguños que tenemos como evidencia de nuestras debilidades, recordemos que existen dos grandes fuerzas estabilizadoras que pueden servir de ancla para nuestra alma.

La primera la ilustra una experiencia que tuve hace ya varios meses. junto con un presidente de estaca, fui a visitar a una mujer joven que vive en Atlanta, estado de Georgia. Tenía veintinueve años, el esposo había fallecido en un accidente automovilístico y ella vivía en un modesto apartamento con sus dos hijos. Esperábamos encontrarla amargada y desalentada por haber recibido ese “golpe” sin haber hecho nada para merecerlo. Pero, por el contrario, estaba de buen ánimo, serena y muy cortés. Nos agradeció la visita y luego agregó algo así: “Hermanos, deseo que sepan que yo creo en el plan de redención. Estoy agradecida a mi Salvador por la promesa de que tendré una resurrección gloriosa junto con mi esposo. Y le agradezco Su sacrificio redentor”. Luego, poniendo los brazos alrededor de sus hijos, dijo: “Nuestra fe en Jesucristo nos ayudará a salir adelante”.

Habíamos ido con la idea de consolarla y fortalecerla, y salimos de allí con humildad, edificados y bendecidos por esa maravillosa expresión de fe.

En verdad, por fe andamos. Fe en el plan de redención; fe en la función de Jesucristo como nuestro Salvador y Redentor; fe en que, por ser el Hijo de Dios, El tiene el poder de salvarnos, perdonarnos y elevarnos. Debido a nuestra fe nos arrepentimos, guardamos Sus mandamientos, nos acercamos a Su Iglesia restaurada y a Su sacerdocio, el que El ha autorizado. Por la fe escuchamos y seguimos las palabras que Sus Profetas y Apóstoles pronuncian desde éste y otros púlpitos.

Si ejercemos nuestra fe en El, Cristo nos ayudará a sobreponernos a nuestras debilidades, y a los golpes y las magulladuras que nos causan.

Para ilustrar la segunda gran fuerza estabilizadora, deseo relatar otra experiencia. Hace algunos años, cuando era todavía muy joven, fui obispo. Un día, nos encontrábamos en una reunión social alrededor de la piscina de un edificio de departamentos donde vivía la mayoría de los miembros, y allí me presentaron a un nuevo miembro del barrio, una joven de unos veinte años, cuyo nombre era Carol. Desde la infancia, Carol había sufrido una enfermedad del sistema nervioso por lo que caminaba con gran dificultad y tenía las manos tullidas. También la cara amable y bondadosa estaba afectada, así como su facultad de hablar. Pero, como llegaría más adelante a comprender, conocer a Carol era amarla.

Sólo pasaron unos pocos minutos antes de que empezara a aprender la gran lección que ella enseñaba. Mientras conversábamos, vimos a un joven alto, atlético, buen mozo, de pelo negro, que saltaba del Trampolín y se zambullía, saliendo en seguida del agua, obviamente lastimado; al salir, se fue a sentar bajo un árbol, masajeándose el cuello. Entonces observé a Carol levantarse con dificultad, prepararle un plato de comida y, con gran esfuerzo, ir a alcanzárselo. Un gesto natural y espontáneo de servicio, “de buenas obras”. Las buenas obras de Carol pasaron a ser una leyenda. Cuidaba a los enfermos, proveía comida para los necesitados, llevaba en el auto a quien necesitara transporte (una experiencia que dejaba a sus pasajeros pálidos y nerviosos, pero siempre llegaban sanos y salvos), consolaba, elevaba, bendecía.

En una oportunidad, caminé con ella por la vereda contigua al edificio de apartamentos en que vivía, y desde las ventanas, de los balcones, de los porches se oían los saludos: “Hola, Carol”, “¿Cómo estás, Carol?”, “Ven a vernos, Carol”. Y de vez en cuando alguien decía “Obispo, buenas tardes …” Era evidente que amaban y aceptaban a Carol debido a sus obras buenas.

Lo que mejor recuerdo de ella sucedió en la primavera de ese año. La estaca se comprometió a participar en una carrera de 5 kilómetros sólo por el gusto de participar (que no siempre era un gusto). Carol deseaba estar junto a los miembros del barrio, pero nosotros no veíamos que fuera posible, dado que sólo el caminar era ya una tremenda dificultad para ella. Sin embargo, había tomado la determinación, y luchó y se entrenó todos los días para aumentar su resistencia.

La carrera terminaba en el estadio. Doscientos o trescientos de nosotros descansábamos en las graderías frente a la meta, tomando jugos y tratando de recobrar el aliento, cuando de pronto nos acordamos de Carol: ¡Había quedado atrás, en alguna parte del trayecto! Al correr hasta la entrada del estadio la vimos a lo lejos, esforzándose por respirar, apenas capaz de caminar, pero con la determinación de llegar a la meta. Al entrar en la pista que conducía a la meta, sucedió algo maravilloso. Repentinamente se formaron dos líneas a los costados de la pista con cientos de personas que la alentaban, mientras otros corrieron a su lado para apoyarla y sostenerla emocionalmente hasta el final. Carol, la de las “buenas obras”, había terminado la carrera.

Algún día, todos nosotros cruzaremos la meta final.

¿Escucharemos las voces de aliento y apoyo de aquellos a quienes hayamos amado y servido? Esperemos que podamos oír la voz de aprobación del Salvador que, debido a nuestra fe y obras buenas, nos diga: “Bien, buen siervo y fiel” (Mateo 25:2 l).

Agrego mi testimonio a los muchos que se han dado desde este púlpito. Sé que Dios vive; Jesucristo es Su Hijo, nuestro Salvador y Redentor. El tiene el poder de levantarnos si venimos a El con fe, con buenas obras y con todo nuestro corazón. Así lo testifico, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.