“Tome Su Cruz”

Han In Sang


“El amor de Dios significa acercarnos a los demás y … ayudarlos hasta que cambien sus caminos erróneos y se alleguen felices a nuestro Padre Celestial”.

Siento profunda humildad y sinceramente ruego tener conmigo el Espíritu y el apoyo del Señor.

En el libro de 3 Nefi leemos: “He aquí, soy discípulo de Jesucristo, el Hijo de Dios. He sido llamado por el para declarar su palabra entre los de su pueblo, a fin de que puedan alcanzar la vida eterna” (3 Nefi 5:13).

He venido desde Corea, atravesando medio mundo para dar mi testimonio de la veracidad del Evangelio de Jesucristo. Corea ha tenido guerras; durante mi vida he visto muchas cosas trágicas; mucha tristeza y cambios. No obstante, también he presenciado muchos milagros. Corea es el país donde nací y donde he vivido toda mi vida. Es donde yacen sepultados mis amados antepasados, entre ellos mis queridos padres y los padres de mis abuelos.

Actualmente, cuatro de nuestros cinco hijos residen en Corea. Allí viven también muchos de nuestros amigos íntimos, así como nuestros hermanos y hermanas con sus familias.

Yo nunca había vivido fuera de Corea hasta el mes de agosto pasado, cuando me llamaron para venir a Salt Lake City, y recibí el llamamiento del Señor para declarar Su palabra entre Su pueblo.

Sin embargo, la Primera Presidencia me llamó para que fuese una Autoridad General, un discípulo del Señor, primero y sobre todas las cosas.

Antes de seguir adelante, permitidme deciros: “¡Kam sa ham ni ta!” En coreano, Kam sa ham ni ta es una singular expresión honorífica de gratitud.

Estoy agradecido a mi Padre Celestial por Su amor y las bendiciones que me ha dado. Durante los tiempos terribles de dificultades y durante la guerra, llegue casi al borde de la desesperación y me sentía totalmente desvalido; pensaba que no había esperanza ni futuro para mí, y me parecía haber sido totalmente abandonado y rechazado.

Por medio de mis amorosos padres, el Padre Celestial obró milagros en beneficio mío. Al fin, pude levantarme y empecé a progresar.

Aquí y allá se proveían refugio y alimentos; no demasiado, pero lo suficiente para sostenerme la vida. Y finalmente me uno a vosotros hoy en este histórico y grandioso Tabernáculo, rodeados de líderes escogidos de la Iglesia del Señor.

Es por eso que digo “Kam sa ham ni ta” a mi Padre Celestial.

Estoy agradecido por mis buenos padres y por su amor especial y la maravillosa influencia que tuvieron en mi vida. También estoy profundamente agradecido al doctor Kim Ho Jik, el primer Santo de los Últimos Días coreano, la persona mas humilde y desinteresada que he conocido en mi vida. Este gran hombre dirigió a un puñado de destituidos jóvenes coreanos miembros de la Iglesia durante la época de tribulación, para poner los cimientos de la obra del Señor en la tierra de la calma matinal, Corea, preparando a esas personas, aparentemente desvalidas, para aprender el Evangelio de Jesucristo y ser fieles en la obra del Señor. Su amor por Dios y por mi obró muchos milagros en mi vida.

Me establecí la meta de llegar a ser un buen miembro de la Iglesia, como el era: un buen padre, un buen esposo e incluso un buen traductor, tal como el.

Se que en este día, el y mi padre me están mirando complacidos desde el mundo de los espíritus.

Estoy agradecido por vosotros, mis hermanos y hermanas. ¡Kam sa ham ni ta!

Uno de vosotros me enseñó el Evangelio restaurado de Jesucristo y me bautizó en el reino. El amor que me demostró me llevó a aceptar el evangelio. Mas tarde, fueron muchos grandes líderes de la Iglesia para instruirnos y capacitarnos durante todos estos años.

El presidente Lee, el presidente Kimball, el presidente Benson, el presidente Hinckley, el presidente Monson y muchos otros grandes líderes fueron a ayudarnos y a cambiarnos, demostrando el gran amor del Señor.

En Corea, el presidente Hinckley lloró muchas veces y todos percibimos el amor que el siente por el Señor, así como por la gente pobre del Oriente. ¡Kam sa ham ni ta!

Cuando partimos de nuestra casa en Corea el otoño pasado, muchos de nuestros hermanos fueron al Aeropuerto KimPo para despedirse de nosotros. Entre el grupo estaban cuatro de nuestros hijos, que lloraban de tristeza y de gozo a la vez. Se sentían muy orgullosos de sus padres.

En esa ocasión, mi esposa y yo nos encontrábamos en la sala de pasajeros, al otro lado del lugar donde normalmente solíamos estar cuando íbamos a despedir a nuestros invitados.

El Aeropuerto KimPo: conozco muy bien ese lugar. He ido ahí en numerosas ocasiones, principalmente para recoger a los visitantes o acompañar a los invitados que partían. Cada vez que iba al Aeropuerto KimPo me decía para mis adentros o le comentaba a mi esposa: “¡Yo no! ¡Jamás! Yo les haré los mandados, los llevaré en el auto, interpretaré para ellos y todo lo demás, pero, ¡irme, no, señor! ¡Yo me quedaré en casa y seré un buen maestro de la clase de Doctrina del Evangelio en la Escuela Dominical!”

De ese modo, el Señor oyó mis murmullos egoístas.

Elder Maxwell, usted nos enseñó en cuanto a la realidad del precio que hay que pagar para ser un discípulo del Señor. Además, usted dijo: “No se puede pagar a precio de costo ni tampoco en una sola cuota”. (Men and Women of Christ, Salt Lake City: Bookcraft, 1991, pág. 24.)

Yo tuve que aprender esa lección de golpe, y estoy agradecido por el consejo y el estimulo del mensaje.

Actualmente residimos en Tokio, Japón. Solo el Señor sabe por que. En Tokio tenemos que aprender todo

nuevamente, incluso el nuevo significado de la vida. Tenemos que aprender el idioma, las costumbres, el sistema de la sociedad, cómo trasladarnos de un lugar a otro, y, lo mas importante, estamos aprendiendo a conocer a la gente y a amarla.

En el libro de Marcos leemos:

“Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a si mismo, y tome su cruz, y sígame” (Marcos 8:34).

Llevar esta cruz no es fácil, pero no será demasiado difícil porque Dios vive y nos ama.

Aquí y allá en nuestra área, me encuentro con lideres desalentados; les doy un abrazo y les digo que les amo porque tengo un firme testimonio del Dios viviente y de Su gran amor.

Para mi, el amor de Dios significa acercarnos a los demás y hacer algo bueno por ellos y ayudarlos hasta que cambien su caminos erróneos y se alleguen felices a nuestro Padre Celestial.

Únicamente el amor de Dios curara las muchas enfermedades y los problemas del mundo, incluso la enfermedad de la inactividad en la Iglesia.

Que el amor de Dios lleve esa paz a vuestros hogares. Os amo y ¡Kam sa ham hi ta! Se que Dios, nuestro Padre Celestial, vive, y que Jesucristo es nuestro Salvador. José Smith fue un verdadero Profeta del Señor en esta dispensación. En el nombre de Jesucristo. Amen.