Historias bíblicas y protección personal

Of the Quorum of the Twelve Apostles


Dallin H. Oaks
“Los fieles Santos de los Ultimos Dios gozan de protección de los poderes del maligno y de sus seguidores hasta que cumplan con su misión en la vida terrenal.”

Mis queridos hermanos, esta es una ocasión de gran importancia, en la que los poseedores del Santo Sacerdocio de todo el mundo se reúnen para recibir instrucción e inspiración.

Al igual que muchos de los hombres mayores que están reunidos, yo también tengo hijos y nietos que están escuchando en distintas localidades. Todos deseamos que esta reunión sea de interés y de valor para los jóvenes de l sacerdocio , por lo c u al me dirijo principalmente a ellos.

Cuando era niño, pasaba casi todas las horas del anochecer leyendo libros. Uno de los favoritos era La historia de la Biblia, de Hurlbut, publicado por un ministro protestante con el fin de enseñar a los niños las verdades bíblicas; dicho ejemplar contiene ciento sesenta y ocho relatos de la Biblia.

Esos relatos me encantaban y los leí muchas veces. Hoy quisiera compartir algunos de los que prefería y hacer comentarios en cuanto a sus enseñanzas y al impacto que han tenido en mi vida.

Empezare con un relato que cuando niño pense que comprendía, pero que en realidad sólo empece a comprender mas tarde.

El Señor habló a Abraham y le dijo que llevara a su único hijo, Isaac, a la cima de una montaña situada en la tierra de Moriah y lo ofreciera “allí en holocausto” (Génesis 22:2).

La primera vez que leí esta historia no sabia lo que era un holocausto. Sin embargo, como vivía en una granja con animales y montañas a su alrededor, me era mas fácil entender el resto del relato.

Abraham se levantó bien temprano, ensilló uno de sus animales e inició el viaje. Me imaginaba que para Isaac seria un privilegio salir de viaje con su padre.

El tercer día. Abraham y su hijo subieron a la montaña para adorar. Como todos los jóvenes de su edad, Isaac sintió curiosidad. Se dio cuenta del fuego, de la leña y del cuchillo que tenían, “mas”, le preguntó a su padre, “¿dónde esta el cordero para el holocausto?” (Génesis 22:7). Nunca comprendí, sino hasta que tuve a mis propios hijos, cuanto dolor debió de haber sentido Abraham cuando le respondió sencillamente: “Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío” (Génesis 22:8).

Cuando llegaron al lugar determinado de antemano, Abraham construyó un altar y puso sobre el la leña. Entonces, dice la Biblia, “Abraham … ató a Isaac su hijo, y lo puso en el altar sobre la leña” (Génesis 22:9). ¿Qué habrá pensado Isaac al ver que su padre hacia algo tan extraño? La Biblia no menciona que haya ofrecido ningún tipo de resistencia. El silencio que guardó el hijo sólo se puede explicar considerando la confianza que tendría en su padre y su obediencia hacia el.

Y la Biblia continua diciendo: “Y extendió Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo” (Génesis 22:10).

Como todos lo sabemos, Abraham pasó la prueba y el Señor salvó al joven Isaac. “No extiendas tu mano sobre el muchacho”, le dijo un ángel a Abraham (Génesis 22:12). Un carnero, trabado en un zarzal por los cuernos, fue el holocausto ofrecido en lugar de Isaac.

En mi juventud sólo veía la aventura en ese relato, a pesar de que admiraba mucho la obediencia de Isaac. Al avanzar en años, me di cuenta de que la experiencia de Abraham e Isaac fue lo que las Escrituras llaman un símbolo o semejanza, o sea, un hecho que se parece a otro o nos hace pensar en el. El profeta Jacob, del Libro de Mormón, dijo que el mandato dado a Abraham de sacrificar a su hijo fue “una semejanza de Dios y de su Hijo Unigénito” (Jacob 4:5).

Este relato también nos hace ver la bondad de Dios al proteger a Isaac y proporcionar un substituto para que el no tuviera que morir. Debido a nuestros pecados y a nuestra condición mortal, nosotros, al igual que Isaac, estamos condenados a morir. Después que toda otra esperanza ha desaparecido, nuestro Padre Celestial proporciona el Cordero de Dios, y por medio de Su sacrificio logramos la salvación.

El apóstol Pablo enseñó que “toda la Escritura es inspirada por Dios y útil … para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16). De las experiencias que se relatan en las Escrituras recibimos instrucción “en justicia”, ya que nos proporcionan lo que podemos llamar casos para analizar sobre los resultados de guardar o de quebrantar los mandamientos de Dios.

Un ejemplo de gran importancia para los jóvenes es el del joven José, que fue vendido en Egipto. A pesar de que sólo era un esclavo, las habilidades que tenia impresionaron tanto a su amo que le encomendó todo lo que tenia, tanto en su casa como en el campo (véase Génesis 39:4-6). Luego, en esa posición de prominencia y poder, José se enfrentó a una gran prueba.

La esposa de su amo lo tentó para que cometiera adulterio con ella, pero José rechazó sus avances diciéndole que no traicionaría la confianza que el amo había depositado en el ni la confianza aun mayor que perdería al pecar contra Dios cometiendo lo que el llamó “este grande mal” (Génesis 39:9). Así que una y otra vez la rechazó. Pero un día. cuando no había nadie mas en la casa, ella lo asió por la ropa. De una manera maravillosamente descriptiva, las Escrituras dicen que “el dejó su ropa en las manos de ella, y huyó y salió” (Génesis 39:12).

¿Que instrucción tan maravillosa en cuanto a la rectitud! La misma enseñanza se nos da en esta revelación moderna: “Y salid de entre los inicuos. Salvaos. Sed limpios, los que lleváis los vasos del Señor” (D. y C. 38:42). Estas palabras nos mandan a todos seguir el ejemplo de José.

Un elemento común en muchos de los relatos bíblicos que mas me gustaban es el hecho de que el Señor protegía a Sus hijos justos y fieles. Cuando yo era joven, esta era para mi la parte favorita del relato de José.

Todos recordamos la forma en que los celosos hijos mayores de Jacob tramaron la muerte del hermano menor, a quien los padres favorecían. Después de atraparlo y de echarlo en un pozo, decidieron que lo mejor era venderlo como esclavo. Mientras ellos le informaban a su padre que el joven José había perecido bajo las garras de animales salvajes, los comerciantes que lo habían comprado en las llanuras de Canaán lo llevaban esclavo a Egipto (véase Génesis 37).

En Egipto, se le envió injustamente a la cárcel. Pero aun allí el sobresalió y el Señor le bendijo. Con el transcurrir del tiempo, llegó a interpretar el sueno de Faraón y lo nombraron gobernante de Egipto. Estando en esa posición de gran poder, el se convirtió en instrumento para salvar a su pueblo del hambre, y demostró amor y perdón hacia los hermanos que tanto mal he habían causado (véase Génesis 40-45).

Cuando era niño, me emocionaban las aventuras de José y me impresionaba ver cómo el Señor lo había rescatado de los peligros de la muerte, la esclavitud y la cárcel. La primera vez que leí el Libro de Mormón, encontré la declaración de que “José… fue vendido para Egipto y preservado por la mano del Señor” (1 Nefi 5:14). Mas adelante, al leer en las Escrituras, me di cuenta de que esta clase de protección esta a disposición de todos nosotros. Por ejemplo, la Biblia dice que “a los fieles guarda Jehová” (Salmos 31 :23), y que Dios “es escudo a los que en el esperan” (Proverbios 30:5).

Otro de mis ejemplos favoritos de la protección y los cuidados que Dios nos brinda es el del pastorcito David, quien tuvo una fe firme en el Dios de Israel, y esa fe lo dotó de un valor extraordinario.

Cuando los ejércitos de los filisteos se juntaron para luchar contra los

israelitas, el poderoso Goliat se puso al frente y profirió su amenazante desafió de un combate individual. Tanto el rey Saúl como todo Israel “se turbaron y tuvieron gran miedo” (1 Samuel 17:11). Día tras día. el gigante repetía el desafió, pero nadie se atrevía a hacerle frente.

En una ocasión, cuando el joven David fue al campamento para entregar algunas provisiones, oyó la amenaza de Goliat. Sorprendido, preguntó: “… ¿quien es este filisteo incircunciso, para que provoque a los escuadrones del Dios viviente?” (1 Samuel 17:26). El joven pidió entonces que le permitieran luchar contra el; pero el rey se opuso, diciendo: “… tu eres muchacho” (1 Samuel 17:33). Mas con fe y determinación David contestó: “… Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, el también me librara de la mano de este filisteo … “ (1 Samuel 17:37).

Cuando entró en el campo de batalla, Goliat se burló de el por ser tan joven y le maldijo en nombre de sus dioses y le gritó que daría su carne a las aves del cielo y a las bestias del campo (véase -44).

La respuesta de David es una de las mayores expresiones de fe y valor registradas en toda la literatura de esta tierra; me llenaba de emoción en mi niñez y me conmueve aun hoy en día:

“… Tu vienes a mi con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tu has provocado.

“Jehová te entregara hoy en mi mano, y yo te venceré, y te cortare la cabeza, y daré hoy los cuerpos de los filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra; y toda la tierra sabrá que hay Dios en Israel.

“Y sabrá toda esta congregación que Jehová no salva con espada y con lanza; porque de Jehová es la batalla, y el os entregara en nuestras manos” (1 Samuel 17:45 47).

Ya conocemos el final del relato. David hirió al filisteo con una honda y después le cortó la cabeza con su propia espada. Asustados al ver caer a su adalid, los filisteos huyeron. Con gritos de triunfo, los ejércitos de Israel los persiguieron y obtuvieron una gran victoria sobre sus enemigos.

Son incontables los jóvenes que han sido inspirados por esta maravillosa enseñanza de rectitud. Hay momentos en que todos tenemos que hacerles frente a los que se burlan de nosotros y nos humillan; habrá veces en que algunos de nosotros tengamos que enfrentar una fuerza terrenal tan potente como Goliat; cuando eso suceda, debemos emular el valor de David, que fue poderoso porque tenia fe y siguió una causa justa en el nombre del Señor de los ejércitos.

Nuestros misioneros tal vez parezcan también débiles e indefensos frente a los ejércitos del adversario y de quienes a el le sirven. Mas el Señor les ha prometido que El será “su escudo” (D. y C. 35:14), y esa promesa se cumple todos los días en muchas partes del mundo entero.

El escudo que el Señor da a los fieles también nos protege contra nuestros propios impulsos peligrosos. La revelación que manda a los santos de la actualidad refrenarse del consumo del alcohol, el tabaco, el café y el te y otras substancias perjudiciales promete a los fieles que “el ángel destructor pasara de ellos, como de los hijos de Israel, y no los matara” (D. y C. 89:21).

Otra historia de protección es la de un profeta y su joven siervo. Como Eliseo había ayudado al reino de Israel a rechazar a los sirios, estos enviaron un gran ejercito con caballos y carrozas para capturar al Profeta. Cuando el joven criado de Eliseo vio a los ejércitos rodear la ciudad, clamó con gran temor, pero Eliseo lo apaciguó, diciéndole:

“… No tengas miedo, porque mas son los que están con nosotros que los que están con ellos.

“Y oró Eliseo, y dijo: Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea. Entonces Jehová abrió los ojos del criado, y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo” (2 Reyes 6:16-17).

El Señor intervino para confundir y enceguecer a los sirios, quienes fueron tomados prisioneros por los ejércitos de Israel.

Cuando de niño leía este maravilloso relato, siempre me ponía en el lugar del joven criado de Eliseo y pensaba que si alguna vez me rodearan las fuerzas del mal mientras estuviera al servicio del Señor, esperaba que El me abriera los ojos y me diera fe para comprender que cuando estamos a Su servicio, los que están con nosotros son siempre mas poderosos que los que nos atacan.

Los relatos bíblicos como estos no significan que a los siervos de Dios se les librara de toda penuria ni que siempre se les salvara de la muerte. Hay creyentes que pierden la vida por las persecuciones, y otros que pasan por pruebas muy difíciles como resultado de su fe. Sin embargo, la protección prometida a los siervos fieles de Dios es tan real hoy como lo fue en los tiempos bíblicos.

En todo el mundo, los fieles Santos de los Ultimos Días gozan de protección de los poderes del maligno y de sus seguidores hasta que cumplan con su misión en la vida terrenal. Para unos, la misión terrenal es breve, como en el caso de algunos jóvenes valientes que han perdido su vida en el servicio misional. Mas para muchos de nosotros esta jornada terrenal es larga y continuamos siguiendo su curso con la protección de los ángeles guardianes.

Durante mi vida, he tenido muchas experiencias en las que he sido guiado para saber que hacer y he sido protegido contra danos y contra el mal. El cuidado protector del Señor me ha amparado de las asechanzas de otros y también me ha protegido para que no me dejará llevar por mis peores impulsos. En una noche de verano, en las calles de Chicago, goce de esa protección divina. Hasta ahora, nunca había contado esta experiencia en publico, pero lo hago ahora por ser una buena ilustración de este tema. Mi esposa June había asistido a una reunión para líderes del barrio. Cuando llegue a buscarla, había con ella otra hermana a quien debíamos llevar hasta su casa de camino a la nuestra; vivía en un vecindario cercano a un lugar que frecuentaba una pandilla llamada los Vagabundos de Piedra Negra (“Blackstone Rangers”) .

Estacione junto a la acera, frente al edificio donde vivía la hermana, y subiendo la escalera, la acompañe hasta la puerta de su apartamento . Mi esposa se quedó en el auto, que estaba estacionado en la calle 61; cerró las puertas con llave y yo deje el auto encendido en caso de que ella tuviera que salir apresuradamente de ese lugar. Habíamos vivido ya unos cuantos años en el lado sur de Chicago y estabamos acostumbrados a tomar esa clase de precauciones.

Al llegar de vuelta al vestíbulo, y antes de salir a la calle, mire cuidadosamente en todas direcciones. La luz que despedía el farol de la esquina me permitió ver que la calle estaba desierta, a excepción de tres jóvenes que pasaban por allí; espere hasta que habían desaparecido y rápidamente me dirigí hacia el automóvil. Al llegar a la puerta del lado del conductor, y mientras esperaba que June me abriera la puerta, vi que uno de aquellos jovencitos corría hacia mi, llevando algo en la mano derecha; y yo sabía lo que era. No había tiempo de entrar en el auto y salir a toda velocidad antes de que el llegara a mi lado.

Afortunadamente, cuando June se inclinó para abrir la puerta, por la ventana trasera pudo ver al individuo que se acercaba al auto con un revólver en la mano. Actuando con prudencia, no abrió la puerta. Durante los dos o tres minutos siguientes, que parecieron una eternidad, ella presencio horrorizada algo que sucedió ante sus ojos junto a la ventanilla del conductor.

El joven me puso el revólver contra el estómago y me dijo: “Déme su dinero”. Saque del bolsillo la billetera y le mostré que estaba vacía; ni siquiera le pude ofrecer el reloj, ya que lo había dejado en casa, pues ese mismo día se me había descompuesto. Le ofrecí algunas monedas que tenía, pero las rechazo con enojo.

“Entrégueme las llaves del auto”, me dijo con tono autoritario. “ Es tan dentro del auto”, le respondí. Por un instante pense en todo lo que podría suceder si hacía lo que el me pedía, y me negué a hacerlo. El estaba furioso y nuevamente me golpeó en el estómago con el revólver. “Hágalo, o lo mato”, me dijo nuevamente.

A pesar de que este hecho ocurrió hace veintidós años, lo recuerdo tan claramente como si hubiera sucedido ayer. Una vez leí que no hay nada que le ponga mas alerta la mente a uno que una persona amenazándole con un arma mortal y diciéndole que le va a matar.

Cuando me negué a hacer lo que pedía, el joven repitió sus demandas, esta vez recalcándolas con un tono de mas enojo y usando con mas fuerza el revólver. Recuerdo haber pensado que tal vez no me disparara intencionalmente, mas si seguía golpeándome en el estómago con el arma, tal vez lo hiciera accidentalmente. El revólver parecía barato y yo temía que se disparara fácilmente.

El dialogo siguió: “Déme su dinero”. “No tengo nada”. “Entrégueme las llaves del auto”. “Están dentro del auto”. “Dígale a ella que lo abra”. “No lo haré”. “Lo matare si no lo hace”. “No lo haré”.

Dentro del auto, mi esposa no podía oír la conversación, pero veía los ademanes que el hombre hacía con el revólver. Le atormentaba el no saber que hacer. ¿Debía abrir la puerta? ¿Salir en busca de ayuda? ¿Tocar la bocina? Todo lo que pensaba podría tener consecuencias funestas. De manera que permaneció en su asiento e imploró la ayuda divina. Sintió entonces que un sentimiento de paz la invadía y supo que todo saldría bien.

En ese momento, por primera vez vi la posibilidad de recibir ayuda. El ladrón estaba de espaldas a un autobús que se acercaba, deteniéndose a unos seis metros de distancia. Un pasajero se bajó y rápidamente desapareció. El conductor me miró fijamente, pero me di cuenta de que no iba a ofrecer su ayuda.

Mientras esto sucedía a espaldas del ladrón y sin que el se diera cuenta, de repente se puso nervioso y algo distraído; había movido el arma hasta que ya no me apuntaba al estómago sino que estaba ligeramente hacia la izquierda. Yo ya tenia el brazo algo levantado y con un rápido movimiento podría quitarle el revólver, evitando tal vez que me hiriera; era mas alto y mas robusto que el. y en esa época de mi vida estaba en buen estado físico. sabia que podía ganarle en una lucha rápida si lograba quitarle el revólver.

Precisamente en el momento en que pensaba llevar a cabo mi plan, tuve una experiencia única. No vi ni of nada, pero supe algo. Supe lo que sucedería si conseguía asir el revólver: lucharíamos y yo daría vuelta al arma hasta que quedara apuntándole al pecho; el revólver se dispararía y el moriría. También supe que no debía tener la sangre de ese muchacho en mi conciencia por el resto de mi vida.

Respire aliviado y, mientras el autobús partía, seguí el impulso de ponerle la mano derecha sobre el hombro y de darle una reprimenda. Mi esposa y yo teníamos varios hijos adolescentes y el dar reprimendas era algo natural.

“Jovencito”, le dije, “esto no esta bien. Lo que estas haciendo no esta bien. El próximo auto que aparezca puede ser de la policía y podrías perder la vida o terminar en la cárcel por esto”

Poniéndome nuevamente el revólver contra el estómago, el joven ladrón respondió a mi reprimenda repitiendo sus demandas por tercera vez. Sin embargo, esa vez su tono había perdido fuerza. Cuando volvió a amenazarme con quitarme la vida, no sonaba muy convincente. Al negarme nuevamente a sus demandas, vaciló un momento, se metió el revólver en el bolsillo y salió corriendo. June abrió la puerta y partimos del lugar musitando una oración de agradecimiento. Habíamos tenido la clase de protección milagrosa que ilustraban los relatos bíblicos que yo había leído cuando era niño.

A menudo he reflexionado en cuanto a la importancia de ese suceso en relación con las responsabilidades que mas adelante recibí en mi vida. Menos de un año después de esa noche de agosto, me nombraron Presidente de la

Universidad Brigham Young, y casi catorce años después, recibí el llamamiento que tengo ahora.

Estoy agradecido al Señor por haberme dado la visión y la fortaleza para refrenarme de confiar en el brazo de la carne y poner toda mi confianza en el cuidado protector de nuestro Padre Celestial. Estoy agradecido por la promesa que el Libro de Mormón nos hace a los que vivimos en los últimos días de que “los justos no necesitan temer” porque el Señor “protegerá a los justos por su poder” (1 Nefi 22 17). Estoy agradecido por la protección prometida a los que han guardado los mandamientos y son dignos de las bendiciones que se nos prometen en lugares sagrados.

Estas y todas las promesas dadas a los hijos fieles de Dios se nos hacen por medio de la voz y el poder del Señor Dios de Israel. Testifico de ese Dios, nuestro Salvador Jesucristo, cuya resurrección y sacrificio expiatorio han asegurado la inmortalidad y han proporcionado la oportunidad de la vida eterna dándonos la dirección que debemos seguir para alcanzarla. En el nombre de Jesucristo. Amén.