La edificación de nuestro propio tabernáculo

Gordon B. Hinckley

First Counselor in the First Presidency


Gordon B. Hinckley
“Nuestro cuerpo, nuestra mente … son el tabernáculo de nuestro espíritu. El Padre de esos espíritus desea que edifiquemos esos tabernáculos individuales con fortaleza y virtud.”

Quiero decir que siempre es para mi una inspiración participar en estas grandiosas reuniones del sacerdocio. Se hacen muchas convenciones y conferencias en todo el mundo, pero no hay otra reunión que se compare a esta.

El milagro de la transmisión vía satélite ha hecho posible que cientos de miles de nosotros nos unamos en esta sesión, reunidos en cientos de salones. Cada uno de nosotros es una persona distinta, pero todos pensamos lo mismo, tenemos el mismo propósito y la misma fe, y todos hemos sido ordenados al sacerdocio y se nos ha dado la autoridad que proviene de Dios, nuestro Padre Eterno.

Hay muchos mas hermanos reunidos fuera de Salt Lake City que los que hay en el Tabernáculo desde donde hablo esta noche. Nuestras voces e imágenes les llegan desde este majestuoso edificio de la Manzana del Templo. Quisiera que todos pudieran estar aquí, en este lugar único y maravilloso.

Este Tabernáculo no es en realidad una de las salas de conferencias mas grandes del mundo; aquí caben seis mil personas y ahora hay auditorios con una capacidad diez veces mayor. Pero este edificio es diferente en su origen, en su estructura y en sus características .

Hablo del Tabernáculo porque es su aniversario. Se terminó de construir y se usó por primera vez para una reunión de los santos hace ciento veinticinco años, en una conferencia de octubre como esta. Desde entonces ha sido el lugar donde se originan las conferencias generales de la Iglesia.

Me pregunto si cuando Brigham Young se puso por primera vez de pie detrás de este púlpito, hace ya un siglo y cuarto, sabría que el edificio duraría tanto y serviría tan bien.

Esta es una estructura peculiar. No se que exista otra como esta. Tiene un carácter y un espíritu propios. Los que se sientan bajo su inmenso techo en forma de cúpula pueden percibir su majestuosidad.

Recientemente alojamos aquí una cantidad de oficiales de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos que habían venido a una convención en Salt Lake City y querían escuchar el Coro del Tabernáculo.

Estuvieron aquí un hermoso domingo por la mañana. Se me pidió que les hablara unos minutos, y les hable de es te Tabernáculo y de su construcción. Después, el coro, acompañado de la Banda Militar 23, nos dio un breve concierto. Cuando finalizaron, el coro cantó con creciente entusiasmo el “Himno de Batalla de la República”:

Mis ojos ya perciben la gran gloria del Señor,

cuando El este venciendo la maldad y el error …

Avanza Su verdad.

Al contemplar la congregación, vi a muchos recios veteranos de guerra con lagrimas en los ojos. Para muchos fue una experiencia inolvidable. Este edificio tiene un espíritu y una característica únicos y prodigiosos.

Cuatro días después de la llegada de los pioneros en 1847 a este valle, Brigham Young tocó con el bastón la seca tierra y dijo: “Aquí edificaremos un templo a nuestro Dios”. Las cuatro hectáreas en las cuales esta situado el templo se conocen ahora como la Manzana del Templo. Lo primero que se construyó aquí fue la Enramada, un abrigo provisorio para las reuniones; consistía nada mas que en unos postes que servían de soporte a un techo de ramas para resguardar del ardiente sol. Después, al sur de aquí, se construyó lo que se conocía como el Tabernáculo y que después pasó a llamarse el Viejo Tabernáculo. Era un salón con techo de dos aguas y paredes que servían de resguardo tanto en verano como en invierno.

Pero a los de este pueblo, en esta colonia desierta, los impulsaba una gran visión. Ellos creían sin lugar a dudas que estaban edificando el Reino de Dios en la tierra. Y su fe igualaba a su visión. Decidieron edificar un salón de conferencias para miles de personas.

Se establecieron las medidas, 45 metros de ancho por poco mas de 80 metros de largo. ¿Cómo podrían hacerlo en las circunstancias en que estaban? No tenían acero para hacer los soportes. No tenían suficientes pernos, ni clavos ni tornillos. Era 1864 y el tren no llego al territorio sino hasta cinco años mas tarde.

En los estados del Este de los Estados Unidos, y aquí, se habían construido puentes con un sistema conocido como el diseño Remington, pero pensar en usarlo para un techo debe de haberles parecido una locura a muchas personas. No obstante, la obra siguió adelante.

Se determino que el sitio de la construcción iba a ser al oeste del templo, que ya estaba en construcción. El plano que se diseño llevaba cuarenta y cuatro soportes, o pilares, de piedra arenisca, que se colocaron con una configuración ovalada; estaban apoyados en fuertes cimientos. Se agregaron las puertas y los zócalos para formar las paredes del edificio.

La piedra arenisca se trajo de las montañas del este del valle, los trozos ya cortados exactamente como lo requería el plano; también se trajo piedra caliza de la montaña y se quemo para usarla como revoque y argamasa (mezcla). El gran problema era construir un techo que pudiera apoyarse sobre estos soportes de piedra arenisca. Construyeron andamios de madera. Trajeron de las montañas grandes cantidades de troncos que cortaron para hacer las maderas; estas las armaron de tal manera que formaban un enrejado de triángulos al cual fortalecía la presión causada por el peso de la armazón. Donde se cruzaban los maderos, hicieron agujeros e insertaron en ellos clavijas de madera; los agujeros eran estrechos y los maderos a veces se partían cuando les metían las clavijas, así que los ataban con tiras de cuero fresco, porque sabían que cuando este se secara se encogería y mantendría la rajadura cerrada evitando así que se ensanchara. Esta obra de enrejado ocupaba un espacio de unos dos metros y medio de altura entre el cielo raso y el techo. Supongo que hasta ese momento nadie había visto nada similar. Esa estructura hizo posible la construcción de este gran salón sin pilares interiores que sostengan el techo.

Los escépticos, de los cuales siempre hay abundancia, decían que cuando retiraran los andamios interiores, el techo se derrumbaría.

Pero sacaron los andamios y el techo quedo intacto. Y así se ha mantenido durante ciento veinticinco años. Los técnicos que lo examinan periódicamente se maravillan de que no se haya debilitado ni deteriorado.

Se construyo en esta región remota a mas de dos mil kilómetros de los pueblos de colonos que bordeaban el Misisipi y a unos mil doscientos kilómetros de las colonias de las costas del Pacifico. Para mi este edificio es un milagro. Cuando pienso en la habilidad de los que lo diseñaron, se que mas allá de su capacidad tiene que haber existido una gran inspiración. Y al reflexionar sobre la época y las circunstancias en que se construyo, pienso en lo que es la fe. Es verdaderamente un tabernáculo, construido en el desierto, desde el cual debe salir la voz de los siervos del Señor para predicar al mundo.

Este es el Tabernáculo. Por ese nombre lo conocemos. Es el Tabernáculo Mormón de la Manzana del Templo en Salt Lake City, que ha llegado a ser conocido por millones y millones de personas en todo el mundo, quienes durante mas de sesenta y tres años han escuchado la transmisión del Coro que se realiza desde aquí.

Aunque fue construido de madera, en los días de la pobreza de nuestro pueblo, y a pesar de haber sido diseñado y edificado sin la ayuda experta de la ingeniería ni de la arquitectura modernas, nos ha servido durante ciento veinticinco años, una casa peculiar y maravillosa de adoración y de actos culturales.

Con la imaginación puedo ver al presidente Brigham Young, de pie aquí, mirando a los hombres que ensamblaban las maderas y diciéndoles: “Hay que construirlo fuerte, hermanos. ¡Bien fuerte!”

Nuestro cuerpo, nuestra mente, mis hermanos, son el tabernáculo de nuestro espíritu. El Padre de esos espíritus desea que edifiquemos esos tabernáculos individuales con fortaleza y virtud. Sólo en esa fortaleza hay seguridad, progreso y felicidad. Si existe un mensaje resonante y grandioso que percibo de los obreros que construyeron este edificio es este; ¡Seamos fuertes!

Esta es la misma exhortación que nos han dado los profetas y los lideres que hablan desde las paginas de nuestras Escrituras. Por ejemplo, grande fue el rey David, con una fuerza tremenda; pero tenia una debilidad trágica. El lo sabia, y cuando se acercaron los días de su muerte, le dijo a su hijo Salomón:

“Yo sigo el camino de todos en la tierra; esfuérzate, y se hombre.

“Guarda los preceptos de Jehová tu Dios, andando en sus caminos, y observando sus estatutos y mandamientos, sus decretos y sus testimonios, de la manera que esta escrito en la ley de Moisés, para que prosperes en todo lo que hagas y en todo aquello que emprendas” (1 Reyes 2:1).

Este es un sabio consejo para todos los hombres y los jóvenes que tengan el Sacerdocio de Dios.

Debemos ser fuertes, fuertes en disciplinarnos a nosotros mismos. Cuantos hombres, buenos en otros aspectos, desperdician su fortaleza y pierden la fuerza de voluntad, y realmente destruyen su vida porque no tienen autodisciplina. Quisiera leer una carta que recibí de un hombre que tenia vergüenza de firmarla. Dice así:

“Soy un hombre de treinta y cinco años y me convertí a la Iglesia hace mas de diez años. La mayor parte de mi vida adulta he sido adicto a la pornografía. Me da vergüenza admitirlo. Este vicio es tan fuerte como el alcoholismo o la adicción a las drogas.

“Cuando vi por primera vez material pornográfico, era un niño. Un primo mayor que yo abusó de mi sexualmente y se valió de la pornografía para atraer mi interés. Estoy convencido de que el haber estado expuesto a esa edad al sexo y a la pornografía es la raíz de mi vicio. Pienso que es una ironía que los que apoyan el negocio de la pornografía digan que es un asunto de libertad de expresión. Yo no tengo libertad. He perdido mi libre albedrío porque no he podido superar esto. Para mi es una trampa y no veo la forma de librarme de ella. Le ruego con todas mis fuerzas que exhorte a los hermanos de la Iglesia no sólo a evitar la pornografía sino también a eliminar de su vida todo lo que de origen a esos materiales pornográficos …

“En suma, presidente Hinckley, le ruego que ore por mi y otros de la Iglesia que tengan este problema, para que tengamos el valor y la fuerza para superar esta horrible aflicción”.

Hermanos, no es posible la felicidad ni la paz si uno se rinde a la debilidad de rebajarse a hacer estas cosas que degradan y destruyen. Cuando aparezca en la televisión ese tipo de programa, es preciso apagar el televisor. No se debe permitir que el televisor domine. Hay que evitar mirar películas excitantes como se evita una plaga; las dos cosas están en la misma categoría. No se debe leer revistas pornográficas y otros impresos denigrantes. Hay muchas cosas buenas para ver; hay muchas cosas maravillosas que podemos leer en lugar de perder el tiempo y destruir nuestro carácter y nuestra fuerza de voluntad al someternos a esa degradación.

Debemos ser fuertes en defensa de lo bueno. Vivirnos en una época en que es común transigir y hacer concesiones. En situaciones que enfrentamos a diario, sabemos que es lo correcto, pero bajo la presión de otras personas o las engañadoras voces de los que quieren persuadirnos, capitulamos si transigimos, hacemos concesiones; nos rendimos y después nos avergonzamos. Como hombres del sacerdocio debemos cultivar la fortaleza de seguir nuestras

convicciones.

El mundo entero esta este mes celebrando los quinientos años del descubrimiento de América por Cristóbal Colón. El almirante Samuel Eliot Morison, que escribió una biografía de Colón, dice:

“Esa noche del 11 al 12 de octubre de 1492 fue una noche cargada de destino para la raza humana, la mas trascendental que se haya pasado a bordo de un barco y en mar alguno” (Admiral of the Ocean Sea: A Life of Christopher Columbus, Boston: Little, Brown and Company, 1942, pág. 223).

Durante mi conmemoración privada de este suceso, leí una y otra vez un versículo importante y profético del Libro de Mormón, y también una larga biografía de Cristóbal Colón.

Ese versículo de la visión de Nefi dice:

“Y mire, y vi entre los gentiles a un hombre que estaba separado de la posteridad de mis hermanos por las muchas aguas; y vi que el Espíritu de Dios descendió y obró sobre el; y el hombre partió sobre las muchas aguas, sí, hasta donde estaban los descendientes de mis hermanos que se encontraban en la tierra prometida” (1 Nefi 13:12).

Interpretamos que esto se refiere a Colón. Es interesante notar que el Espíritu de Dios obró sobre el. Después de leer esa larga biografía, una obra ganadora del premio Pulitzer hace cuarenta años, titulada El Almirante del Océano [Admiral of the Ocean Sea], no me caben dudas de que Cristóbal Colón era un hombre de fe, además de tener una determinación indomable.

Se que en este aniversario especial muchos lo han criticado. Yo no discuto que hubo otros que vinieron a este continente antes de el. Pero el fue el que con fe encendió una lampara para buscar una ruta mas corta para llegar a Asia, y en el camino descubrió América. La de el fue una aventura asombrosa: navegar hacia el oeste por el mar desconocido, mas allá de lo que ninguno de su época había llegado. El, a pesar del temor de lo desconocido y de las quejas y la rebelión de sus tripulantes, que estaban a punto de amotinarse, siguió el viaje orando con frecuencia al Todopoderoso para que lo guiara. En sus informes a los reyes de España, Colón afirmó una y otra vez que su viaje era para la gloria de Dios y la expansión de la fe cristiana. Le tributamos merecida honra por su fortaleza inmutable ante la incertidumbre y el peligro.

Debemos ser fuertes, mis hermanos, en la virtud de la misericordia. Es fácil ser un déspota en su propia casa, en su propio negocio y de palabra y hechos. Pero este mundo enfermo clama a voz en cuello pidiendo bondad, amor y misericordia. Estas virtudes son en realidad una expresión de fortaleza y no de debilidad cuando las exhibe un poseedor del Sacerdocio de Dios. Deben ser fuertes con la fortaleza de que habló Isaías cuando dijo:

“Fortaleced las manos cansadas, afirmad las rodillas endebles.

“Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago; Dios mismo vendrá y os salvara” (Isaías 35:3-4).

“Y en el cumplimiento de estas cosas”, dice el Señor a cada uno de nosotros en esta revelación, “realizaras el mayor beneficio para tus semejantes, y aumentaras la gloria de aquel que es tu Señor.

“De manera que, se fiel; desempeña el oficio que te he designado; socorre a los débiles, levanta las manos caídas y fortalece las rodillas desfallecidas” (D. y C. 8 1 4-5) .

Debemos ser fuertes, mis hermanos, con la fortaleza de la honestidad sencilla. Que fácil es mentir “un poco”, aprovecharse “de uno por causa de sus palabras”, tender una trampa al prójimo (véase 2 Nefi 28:8).

Nefi describe exactamente a la gente de su época y a la vez describe a muchos de la actualidad. Que fácil es decir: “Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes” (Artículos de Fe 1:13), pero que difícil es para muchos resistir la tentación de mentir un poco, engañar un poco, robar un poco, levantar falso testimonio al hablar con chismes de otras personas. Elevémonos por encima de eso, hermanos. Seamos fuertes en la sencilla virtud de la honestidad.

Seamos fuertes en la fe por la que andamos y en la Iglesia a la que pertenecemos. Esta es la obra de Dios Todopoderoso. Es la mas preciada de todas las causas y necesita la fortaleza de todos nosotros.

Cito estas hermosas e intensas palabras escritas por Pablo a los santos efesios:

“Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza.

“Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo.

“Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra … los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes …

“Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia,

“y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz.

“Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Efesios 6:10-12, 14-16).

Espero que tal vez este grandioso edificio en el que nos reunimos, el cual hemos usado los Santos de los Ultimos Días durante ciento veinticinco años como nuestro Tabernáculo, nos recuerde la fortaleza que debemos cultivar dentro de nosotros mismos, mientras vivamos en el tabernáculo mortal de nuestro cuerpo, que es el don y la creación de Dios.

Hermanos, seamos fuertes en el testimonio de Jesucristo, el Hijo de Dios. El es la piedra angular de esta gran obra. Testifico solemnemente de Su divinidad y de la realidad de Su existencia. El es el Cordero sin mancha que fue inmolado por los pecados del mundo. Por medio de Su dolor y gracias a Su sufrimiento, encuentro la reconciliación y la vida eterna. El es mi Maestro, mi Ejemplo, mi Amigo y mi Salvador, a quien amo y rindo adoración como el Redentor del mundo. En Su santo nombre. Amén.