Los milagros, antaño y en nuestros días

Thomas S. Monson

Second Counselor in the First Presidency


Thomas S. Monson
“No estamos solos; contamos con lo ayuda del Padre Celestial.”

Hace casi cuarenta años recibí una invitación para reunirme con el presidente J. Reuben Clark, hijo, consejero de la Primera Presidencia de la Iglesia, estadista destacado y reconocido erudito. En ese entonces, yo trabajaba en el negocio de imprenta y publicaciones. El presidente Clark me recibió amablemente en su oficina y luego saco de su viejo escritorio un paquete de notas manuscritas, muchas de las cuales había hecho años antes, cuando era estudiante de abogacía. Me lo entregó y me explicó su propósito de publicar un índice correlacionado de los Evangelios; el resultado de ese trabajo es su monumental obra en ingles titulada Nuestro Señor de los Evangelios (Our Lord of the Gospels).

Hace poco, saque de mi biblioteca un ejemplar encuadernado en cuero de este clásico tratado de la vida de Jesús de Nazaret, con una dedicatoria del presidente Clark. Al hojearlo, me detuve en la sección titulada “Los milagros de Jesús”. Recordé como si fuera ayer cuando el presidente Clark me pidió que le leyera varios de esos relatos, escuchando atentamente a la lectura, sentado en un sillón. Aquel fue un día que jamas olvidare.

El presidente Clark me pidió que leyera en voz alta el relato de Lucas sobre el hombre que tenia lepra. Leí lo siguiente:

“Sucedió que estando el en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra, el cual, viendo a Jesús, se postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.

“Entonces, extendiendo el la mano, le tocó, diciendo: Quiero; se limpio. Y al instante la lepra se fue de el” (Lucas 5:12-13).

Después, me pidió que siguiera leyendo en Lucas, esta vez el relato del hombre paralítico y la ingeniosa manera que tuvieron de atraer la atención del Señor sobre el:

“Y sucedió que unos hombres que traían en un lecho a un hombre que estaba paralítico, procuraban llevarle adentro y ponerle delante de el.

“Pero no hallando cómo hacerlo a causa de la multitud, subieron encima de la casa, y por el tejado le bajaron con el lecho, poniéndole en medio, delante de Jesús.

“Al ver el la fe de ellos, le dijo: Hombre, tus pecados te son perdonados”.

Los fariseos presentes hicieron comentarios despectivos sobre quien tenia derecho de perdonar pecados. Jesús acalló sus criticas, diciéndoles:

“Que es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda?

“Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.

“Al instante, levantándose en presencia de ellos, y tomando cl lecho en que estaba acostado, se fue a su casa, glorificando a Dios” (Lucas 5:18-20, 23-25).

El presidente Clark sacó del bolsillo un pañuelo y se secó las lagrimas, comentando: “Al envejecer, nos emocionamos con mas frecuencia”. Después de unas palabras de despedida, salí de su oficina dejándolo solo con sus pensamientos y su emoción.

Al reflexionar sobre esa experiencia, me lleno de gratitud al Señor por Su intervención divina para aliviar el sufrimiento, sanar a los enfermos y revivir a los muertos. Al mismo tiempo, siento pesar por los muchos afligidos de igual manera que no supieron cómo hallar al Maestro, aprender Sus enseñanzas y recibir los beneficios de Su poder. Recuerdo que el presidente Clark mismo sufrió mucho con la trágica muerte de su yerno, Mervyn S. Bennion, capitán del acorazado West Virginia, ocurrida en Pearl Harbor. Ese día no hubo un carnero en el zarzal para evitar el sacrificio, no hubo acero que detuviera las balas, no hubo un milagro que sanara las heridas. Pero la fe no flaqueó jamas y la respuesta a las oraciones proporcionó el valor para seguir adelante.

Lo mismo pasa actualmente. También entre nosotros, la enfermedad ataca a los seres queridos, los accidentes dejan crueles marcas en la memoria y piernecitas que una vez corrieron están ahora inmóviles en una silla de ruedas.

Los padres que esperan ansiosos la llegada de un anhelado bebe a veces se enteran de que la criatura no se encuentra bien; se enfrentan con un cuerpecito al que le falta un miembro, o cuyos ojos no ven, o que ha sufrido daño cerebral o que padece del llamado “síndrome de Down”, y quedan confusos, llenos de dolor y buscando a tientas una esperanza.

A continuación, viene el inevitable sentimiento de culpabilidad, las acusaciones de descuido y las continuas interrogantes: “¿Por que una tragedia así en nuestra familia?” “¿Por que no la hice quedar en casa?” “¡Si yo no hubiera ido a esa fiesta!” “¿Cómo pudo suceder eso?” “¿Dónde estaba Dios?” “¿Dónde estaba el ángel guardián?” El “si”, el “por que”, el “dónde”, el “cómo”, palabras repetidas, no devuelven al hijo perdido, ni convierten al cuerpo en perfecto, ni hacen realidad los planes de los padres ni los sueños de la juventud. Ni la autocompasión, ni el aislamiento ni la profunda desesperación pueden brindar la paz, la tranquilidad y la ayuda que se necesitan. En cambio, debemos seguir adelante, mirar hacia lo alto, continuar en movimiento y elevarnos hacia lo celestial.

Es imperativo que reconozcamos que lo que nos ha pasado ha sucedido también a otras personas, personas que se han sobrepuesto, al igual que debemos hacerlo nosotros. No estamos solos; contamos con la ayuda del Padre Celestial.

Quizás no haya habido nadie mas afligido que Job, a quien se describió como “hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:1). El había prosperado en todo; en otras palabras, había hecho fortuna. Luego, se enfrentó a la perdida de todo: las riquezas, la familia, la salud. En cierto momento se le sugirió: “Maldice a Dios, y muérete” (Job 2:9). La declaración de fe que el hizo, después de sufrir una tribulación que muy pocos sufren, es un testimonio de la verdad, una proclamación de valor y de confianza:

“¡Quien diese ahora que mis palabras fuesen escritas! ¡Quien diese que se escribiesen en un libro;

“Que con cincel de hierro y con plomo fuesen esculpidas en piedra para siempre!

“Yo se que mi Redentor vive, y al fin se levantara sobre el polvo;

“Y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios;

“Al cual veré por mi mismo, y mis ojos lo verán, y no otro … “ (-27) .

Quiero que contemplemos juntos la vida de otras personas, para que aprendamos que después de las lagrimas de un día de desesperanza, de una noche de tribulación, “a la mañana vendrá la alegría” (Salmos 30:5).

Hace dos años, Eve Gail McDaniel y sus padres, el obispo Jerry Lee McDaniel y la esposa, del Barrio Reedsport, de Oregón, llegaron a mi oficina y me presentaron como contribución para el Departamento Histórico de la Iglesia un ejemplar del Libro de Mormón que Eve había escrito a mano y colocado en tres grandes carpetas. La joven, que nació el 18 de septiembre de 19ó2, tenia entonces veintiocho años, y siendo muy pequeña había sufrido un ataque de meningitis que le dejó dañado el cerebro, aunque no sabe leer, había copiado todo el Libro de Mormón, letra por letra, durante un periodo de dieciocho meses. Al hacerlo, había aprendido a reconocer ciertas palabras y frases, como “mandamientos” y “sin embargo”. Su expresión favorita era -y le brillaban los ojos al repetirla- “Y sucedió que”. En ella se reflejaba el gozo de haber alcanzado lo deseado e incluso el aura del éxito. Sus padres se regocijaban con su carácter alegre y su espíritu vivaz. El cielo se acercó a nosotros ese día.

En otra oportunidad, cerca de Navidad, me reuní en el edificio de las Oficinas Generales de la Iglesia con un grupo de niños con impedimentos; eran unos sesenta y se me derritió el corazón al verlos. Me cantaron “Soy un hijo de Dios”, “Rudolf, el reno de nariz roja” y “Como os he amado”. Sus rostros tenían una expresión tan angelical y sus comentarios revelaban una confianza tan sencilla que sentí que me hallaba en terreno santo. Me regalaron un hermoso librito para el cual cada uno había preparado una pagina especial haciendo un dibujo que ilustraba las bendiciones que agradecía mas en la Navidad. Admiro a los muchos maestros y familias cuya labor es invisible y que se esfuerzan por brindar a esos niños especiales consuelo, significado y gozo. Su visita hizo que el día entero tuviera un cierto fulgor para mi.

Hace varios años, la Universidad Brigham Young honró con la Mención Honorífica Presidencial a Sarah Bagley Shumway, una extraordinaria mujer. La mención contenía las siguientes palabras:

“El drama de la vida cotidiana, que tiene significado eterno pero que pasa muchas veces inadvertido, se desarrolla por lo general en nuestro propio hogar y en el seno de la familia. Las personas que viven en estos sencillos pero importantes lugares dan estabilidad al presente y brindan promesa al futuro. Su vida es de constante lucha y profundos sentimientos al enfrentar circunstancias que raramente se asemejan a lo que presentan las obras teatrales, las películas y los noticieros. Pero sus victorias, aunque sean pequeñas, fortalecen las fronteras que tendrá que atravesar la historia de las generaciones futuras”.

Sarah se había casado en 1948 con H. Smith Shumway, su “amigo y novio de nueve años”. El noviazgo fue mas largo de lo acostumbrado porque Smith, que era oficial de infantería durante la Segunda Guerra Mundial, fue gravemente herido por la explosión de una mina en el avance sobre París, y quedó ciego. Durante el largo periodo de rehabilitación, Sarah aprendió Braille a fin de tener correspondencia privada con el, porque no podía tolerar la idea de que otros tuvieran que leer las cartas que ella le. escribía al hombre que amaba.

Percibimos algo del espíritu de esta pareja en la forma sencilla que tuvo Smith Shumway de proponerle matrimonio a su novia. Cuando finalmente llegó a su casa en el estado de Wyoming, después de la guerra, le dijo: “Si estas dispuesta a manejar, y a juntarme en pares los calcetines, y a leer la correspondencia que recibamos, yo haré el resto”. Ella aceptó la propuesta.

Los años de estudio dieron como resultado una carrera de éxito, a la que se agregan ocho hijos talentosos, una cantidad de nietos y muchos años de servicio. A lo largo de su vida, los Shumway han tenido que enfrentar el problema de un hijo atacado de sordera, otro hijo misionero que enfermó de cáncer y una nieta que sufrió danos al nacer.

Mi familia y yo tuvimos el privilegio de conocer a toda la familia de ellos en un campamento es, de la universidad, hace un año. Cada miembro de la familia llevaba puesta una camiseta que tenia un mapa con una marca en el lugar donde cada uno de ellos vivía, y los nombres de todos. El hermano Shumway, con justificado orgullo, señaló en su camiseta los lugares de sus seres queridos, al mismo tiempo que sonreía con gran felicidad. Hasta ese momento no se me había ocurrido pensar que nunca había visto a ninguno de sus hijos o nietos. 0 los habría visto? Aunque sus ojos jamas los hayan contemplado, con el corazón los conoce y los ama.

De tardecita, la familia Shumway ocupó el escenario del campamento. Se les preguntó a los hijos cómo había sido crecer en una casa con un padre ciego. Una de las hijas contestó sonriendo: “Cuando éramos chicos, a veces nos parecía que papa no debía comer demasiado postre, así que silenciosamente le cambiábamos su porción mas grande por una de las nuestras, mas pequeñas. Tal vez se diera cuenta, pero nunca protestó”. Uno de ellos nos conmovió al contar lo siguiente: “Cuando yo tenia unos cinco años, recuerdo que papa me tomaba de la mano y me llevaba a recorrer el vecindario; y no me daba cuenta de que era ciego, porque me hablaba de los pájaros y de otras cosas que había a nuestro alrededor. Siempre pensé que me llevaba de la mano, sin soltarme, porque me quería mas de lo que otros padres quieren a sus hijos”.

Actualmente, el hermano Shumway es patriarca. ¿Y quién será la persona que aprendió a escribir a maquina a fin de mecanografiar las muchas bendiciones que cl da? Sí, su esposa, Sarah. Este matrimonio y su familia son un ejemplo de las personas que se elevan por encima de la adversidad y el dolor, superando la tragedia de las heridas de guerra y recorriendo valientemente el sendero mas elevado de la vida. Ella Wheeler Wilcox, poetisa estadounidense, escribió:

Con gran facilidad se es amable
cuando la vida suave se desliza;
mas se demuestra valor indomable
si del dolor brota la sonrisa.
Pues la prueba es el mismo dolor
que nos espera a lo largo de la vida,
y la sonrisa que merece honor
es la que a través de lagrimas brilla.

(“Worth While”)

Concluyo con el inspirador ejemplo de Melissa Engle, de West Valley, Utah. Hay un articulo sobre ella en el numero de la revista New Era, de agosto de 1992. Melissa misma cuenta: “Cuando nací, tenia sólo el pulgar de la mano derecha, porque el cordón umbilical se me habla envuelto alrededor de los otros dedos y me los había cortado. Mi padre quiso buscarme una actividad que me fortaleciera la mano y la hiciera útil; lo mas apropiado parecía estudiar violín, porque no tendría que emplear ambas manos para tocarlo como hay que hacer con la flauta …

“Hace ocho años que lo estudio, con un maestro particular; tengo que tener un trabajo, como el de repartir periódicos, para ayudar a pagarme las clases; para las lecciones tengo que atravesar toda la ciudad en autobús …

“Asistir a Interlochen, uno de los mejores campamentos musicales del mundo para la juventud, situado junto a un lago del estado de Michigan, fue una de las experiencias especiales de mi vida. Envié la solicitud para asistir durante ocho semanas a la capacitación musical intensiva que ellos ofrecen, y no podía creerlo cuando me aceptaron.

“El único problema que tenia era el dinero, pues cuesta muchísimo y de ninguna manera hubiera podido … reunir lo que necesitaba antes de que venciera el plazo. Así que ore y ore. Mas o menos una semana antes de tener que enviarles el dinero, un hombre me llamó a su oficina y me dijo que tenia una donación para un estudiante de arte que tuviera un impedimento. Eso, para mi, fue un milagro … siento enorme gratitud por ello” (New Era, agosto de 1992, págs. 30-31).

Cuando recibió la donación, Melissa se volvió a la madre, que en su ansiedad de no ver desilusionada a su hija había estado tratando de apagarle el entusiasmo, y le dijo: “Mama, yo te dije que el Padre Celestial contesta las oraciones; mira cómo ha contestado las mías”.

Aquel que nota la caída de un pajarillo hizo que se cumpliera el sueno de una niña, respondiendo a su oración.

A los que han sufrido en silencio enfermedades, a los que han cuidado de los física o mentalmente incapacitados, a los que han llevado una pesada carga día tras día. año tras año, a las madres nobles y a los padres dedicados, a todos los saludo con admiración y ruego que las bendiciones de Dios estén siempre con ellos. A los niños, en particular a los que no pueden correr, jugar y retozar, les repito las tranquilizadoras palabras de un himno: “Caros niños, Dios os ama … y desea bendeciros” (Himnos, 1992, Núm. 47).

Sin duda, llegara el día en que se cumpla esta hermosa promesa del Libro de Mormón:

“El alma será restaurada al cuerpo, y el cuerpo al alma; sí, y todo miembro y coyuntura serán restablecidos a su cuerpo; si, ni un cabello de la cabeza se perderá, sino que todo será restablecido a su propia y perfecta forma …

“Y entonces los justos resplandecerán en el reino de Dios” (Alma 40:23, 25).

De los Salmos nos llega el eco de estas tranquilizadoras palabras:

“Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra.

“No … se dormirá el que te guarda.

“He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel” (Salmos 121:2-4) .

A través de los años, los Santos de los Ultimos Días han encontrado consuelo en este himno favorito:

Cuando te abrumen penas y dolor,
cuando tentaciones rujan con furor,
ve tus bendiciones, cuenta y veras
cuantas bendiciones de Jesús tendrás.
¿Sientes una carga grande de pesar?
¿Es tu cruz. pesada para aguantar?
Ve tus bendiciones, cuenta y veras
como aflicciones nunca mas tendrás.
No te desanimes do el mal esta,
y si no desmayas, Dios te guardara;
ve tus bendiciones y de El tendrás
en tu vida gran consolación y paz.

(Himnos, 1992, Núm. 157) .

A todos los que en medio de la angustia y la tristeza de su alma hayan preguntado sin palabras: “Padre, ¿dónde estas? … ¿Es cierto que oyes y contestas … toda oración?”, doy mi testimonio de que El verdaderamente esta muy cerca, que oye y contesta toda oración. Su Hijo, el Cristo, ha quebrantado todos los lazos de nuestras prisiones terrenales. Las bendiciones de los cielos nos esperan. En el nombre de Jesucristo. Amén.