“Guarda La Fe”

Richard C. Edgley


“Los fieles nos valemos de los obstáculos que vencemos en la vida para acercarnos más a nuestro Padre Celestial.”

Cuando regrese de la misión, mis amigos misioneros y yo solíamos despedimos diciendo “guarda la fe”. Aunque esto se convirtió en una frase informal y de rutina, es una amonestación seria que proviene del Señor.

El apóstol Pablo declaró en su segunda epístola a Timoteo: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4:7). El guardar la fe hasta el fin ha sido siempre nuestra exhortación. En la Sección 18 de Doctrina y Convenios el Señor declara:

“Y cuantos se arrepientan y se bauticen en mi nombre —el cual es Jesucristo— y perseveren hasta el fin, tales serán salvos” (D. y C. 18:22).

Nunca olvidare el efecto que tuvo en mi lo que el presidente Joseph Fielding Smith dijo a los noventa y cinco años de edad: “Espero perseverar hasta el fin en esta vida …” Hoy, quizás mas que nunca, y en todo sentido, se pone a prueba nuestra fe. Esto no debe sorprendernos porque es parte del plan de Dios. Tal como Abraham demostró su inquebrantable fe al Señor cuando llevó a su hijo Isaac a la montaña para sacrificarlo, nosotros también debemos demostrar nuestra devoción, nuestra perseverancia y nuestra fe a nuestro Padre Celestial.

Todos nos enfrentamos con los problemas normales de la vida; tenemos enfermedades, cometemos transgresiones, pasamos por las difíciles etapas del arrepentimiento, luchamos en contra de la rebeldía y lidiamos con las tensiones de tener que proveer para la familia. Pero todo esto es normal; para eso nos preparamos y esas son las cosas con las que debemos luchar.

Para aquellos que son fieles, las pruebas y las adversidades normales de la vida no tienen que convertirse en enemigas de la fe. Si bien no deseamos pasar por esas dificultades y por esos obstáculos, los aceptamos y moldeamos nuestra vida y nuestra fe de acuerdo con las enseñanzas que provienen de ellos. Los fieles nos valemos de los obstáculos que vencemos en la vida para acercarnos mas a nuestro Padre Celestial y hacemos que estos nos ayuden a desarrollar un espíritu de humildad y de sumisión y nos permitan apreciar y estar agradecidos por esas bendiciones que provienen de un Padre amoroso. En resumen, por medio de esas experiencias nos es posible aumentar nuestra fe; y con frecuencia lo hacemos. Los fieles no oran pidiendo que se les exonere de las dificultades de la vida, sino que lo hacen para obtener la fortaleza necesaria para superarlas. Y al hacerlo, se acercan a su Padre Celestial y al estado de perfección que deseen alcanzar.

Con frecuencia, para los Santos de los Ultimos Días, la prueba mayor de la fe —la prueba sutil y no obstante la más difícil— no proviene de los obstáculos normales de la vida sino del éxito que podamos alcanzar. Existe una estrecha relación, una relación de causa y consecuencia, entre la fe y las virtudes que se requieren para ser humildes y tener un corazón sumiso, virtudes que han sido siempre los elementos claves de la fe. Cuando los llamados logros temporales, ya sean de carácter material como intelectual, no se ajusten a los principios del evangelio y el Espíritu Santo, con frecuencia alejan a una persona de los principios fundamentales que fomentan la fe. Cuando no reconocemos la mano del Señor, de quien provienen todas las bendiciones, en los logros que alcanzamos en la vida, con frecuencia esos mismos logros nos conducen al falso orgullo y al deterioro de las virtudes que promueven la fe. Cuando nos engrandecemos por el éxito que hayamos logrado, o cuando este nos lleva a substituir la voluntad de nuestro Padre Celestial por nuestro aprendizaje terrenal, ponemos en peligro los principios sobre los que se basa nuestra fe. Cualquier cosa que desgaste la humildad y la sumisión es, en verdad, una amenaza para la fe.

Sea cual fuere nuestra condición en la vida, sean cuales fueren los logros alcanzados, por grandes que sean, es fundamental para nuestra fe el ser humildes y sumisos. Debemos protegemos para no permitir que el éxito del mundo ni el conocimiento de las cosas terrenales substituyan la sabiduría espiritual y la guía divina que recibimos a través de los Profetas.

En el Libro de Mormón, Alma explica el deterioro de los nefitas que los hizo perder el verdadero sentido de las cosas terrenales:

“Porque vieron y observaron con gran dolor que los de la iglesia empezaban a ensalzarse en el orgullo de sus ojos, y a fijar sus corazones en las riquezas y en las cosas vanas del mundo, de modo que empezaron a despreciarse unos a otros, y a perseguir a aquellos que no creían conforme a la propia voluntad y placer de ellos” (Alma 4:8).

Jacob nos advierte en cuanto a depender solamente en la fuerza y en la sabiduría del hombre. El dijo:

“¡Maldito es aquel que pone su confianza en el hombre, o hace de la carne su brazo, o escucha los preceptos de los hombres, salvo cuando sus preceptos sean dados por el poder del Espíritu Santo!” (2 Nefi 28:31).

De nuevo Jacob nos instruye con o siguiente:

“¡Oh ese sutil plan del maligno! ¡Oh las vanidades, y las flaquezas, y las necedades de los hombres! Cuando son instruidos se creen sabios, y no escuchan el consejo de Dios, porque lo menosprecian, suponiendo que saben por si mismos; por tanto, su sabiduría es locura, y de nada les sirve; y perecerán” (2 Nefi 9:28).

Entonces Jacob hace una aclaración para que todos entendamos que el aprender bajo las circunstancias debidas tiene un lugar muy importante en nuestra vida. El explica:

“Pero bueno es ser instruido, si hacen caso de los consejos de Dios” (2 Nefi 9:29).

Hay los llamados “instruidos” que permiten que el intelecto destruya la armadura espiritual que poseen, y que también trataran de alejar a los fieles de los que han sido escogidos por el Señor para guiar a los demás. Hay quienes piensan que nuestros líderes han perdido contacto con la realidad de nuestros días y tratarían de guiar a los miembros substituyendo las revelaciones de Dios y Sus Profetas por su propio conocimiento. Y. lamentablemente, hay aquellos que los seguirían. Cristo nos advirtió:

“Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces” (Mateo 7:15).

Con el deseo de preparar a los santos en contra de las inevitables amenazas de los lobos, Pablo el Apóstol también advirtió:

“Porque yo se que después de mi partida entraran en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonaran al rebano” (Hechos 20:29).

¿De dónde sacarían los lobos cueros de ovejas tan auténticos para engañar al rebano del Señor? ¿Es posible que estén vestidos con grandes riquezas y delicadas sedas, tal como Alma lo advirtió? ¿Serán las vanidades y las flaquezas de los hombres, los instruidos que no escuchan los mandamientos del Señor, como lo dijo Jacob? (Véase 2 Nefi 9 :28) ¿Es posible que a veces se vistan para aparentar ser pastores rectos para engañar aun hasta los escogidos?

Si, al igual que en el caso de Abraham de antaño, se pondrá a prueba nuestra fe. Padeceremos enfermedades, dolores, muerte y tragedias; eso es inevitable y es la razón mas importante por la que escogimos participar en esta etapa terrenal. Pero podemos vencer esas dificultades y tribulaciones si recurrimos a los dones celestiales que nos ayudaran a verlas por lo que realmente son. Y a medida que las superemos, nos acercaremos mas a nuestro Padre Celestial; sentiremos Su amor, adquiriremos Su conocimiento y Su verdad; podremos superar la prueba y perdurar hasta el fin.

De lo que si debemos preocuparnos es de aquello que no podemos reconocer, o sea la substitución de la guía inspirada de Dios por la voluntad del hombre. No nos alejemos del camino recto guiados por los engaños de los hombres y moldeemos nuestra vida con los principios del evangelio y con el Espíritu de Dios. No perdamos la perspectiva de los dones divinos de humildad y de sumisión que nos han alentado desde la restauración del evangelio. Busquemos la verdad y la guía de un Padre amoroso confiando en nuestro Padre Celestial, en Sus Profetas vivientes y en la revelación personal. Cuando los profetas hablen, escuchemos y obedezcamos.

Testifico solemnemente que Dios vive, que vela por nosotros al grado de guiar a Sus Profetas para bendecirnos y edificarnos. Testifico que si buscamos la guía de nuestro Padre y seguimos a los Profetas, nuestra fe aumentara y será preservada. Y así, mis hermanos y hermanas, les doy mis palabras de despedida hoy, y no lo hago en forma informal y descuidada, sino que lo hago con toda solemnidad y sinceridad de corazón, diciendo: Guarden la fe. En el nombre de Jesucristo. Amén.