La Fortaleza De La Iglesia Proviene De Cristo

V. Dallas Merrell


“Quisiera que todos analizaran conmigo varios de las razones por las cuales el carácter y la fuerza verdaderos de esta obra trascienden el genio de cualquier ser humano.”

El hecho de que los eruditos del mundo hagan comentarios sobre la influencia y la fuerza de la Iglesia despierta en mi gran interés.

Deseo citar algunas observaciones de Harold Bloom, erudito religioso judío y destacado profesor en las universidades de Nueva York y Yale (de los Estados Unidos).

El profesor Bloom ha escrito sobre la fuerza y el futuro de la Iglesia y ha elogiado a José Smith como “un autentico genio religioso, único en nuestra historia”, ponderando “la certeza de sus instintos y su extraordinario conocimiento en cuanto a los elementos necesarios para iniciar una nueva fe”.

Afirma que José Smith y el mormonismo han dado como contribución al mundo “un Dios mas humano y un hombre mas divino”. Dice también: “No dudo de que José Smith haya sido un profeta autentico. encontraremos otro similar a el en toda la historia de los Estados Unidos? Ninguna otra parte de esta historia me impresiona … tanto como la de los primeros mormones: José Smith, Brigham Young, Orson Pratt y los hombres y mujeres que fueron sus seguidores y amigos” (The American Religion, New York: Simón and Schuster, 1992, págs. 80, 82–83, 95, 100).

Me complazco en agregar mis propias ideas a las notables conclusiones del profesor Bloom. El mencionó que un mormón debe de percibir el mormonismo de manera totalmente diferente, y yo soy mormón. Además, durante varias décadas de trabajo académico y profesional he realizado investigaciones y asesorado instituciones en asuntos de liderazgo y de influencia, y deseo explicar la manera en que yo percibo la verdadera fortaleza e influencia de la Iglesia. Quisiera que todos analizaran conmigo varias de las razones por las cuales el carácter y la fuerza verdaderos de esta obra trascienden el genio de cualquier ser humano.

En primer lugar, el poder de la Iglesia se basa en la autoridad divina. Dios el Padre y su Hijo aparecieron a José Smith y dirigieron la restauración de Su Iglesia. Jesucristo ha elegido y ordenado a los que poseen en forma exclusiva las llaves del sacerdocio para revelar la obra de Dios y dirigirla. El poder y la autoridad de los quórumes de la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles se extienden hacia la obra que ha sido ordenada por Cristo en todo el mundo El ha nombrado a los Apóstoles y Setentas para viajar por todas las naciones a fin de edificar y dirigir la Iglesia. También llaman a “ministros residentes” (véase D. y C. 84: 111) para que nos bendigan en donde estemos. El ha reafirmado la importancia de Sus representantes, diciendo: “… sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo” (D. y C. 1:38). Los que poseen la autoridad no tienen dudas en cuanto a quien dirige esta obra o para quien estamos trabajando.

Segundo, de nuestro propósito divinamente ordenado proviene una inmensa fortaleza. La meta de la Iglesia no es la posición social ni el poder económico o político. Nuestro propósito es invitar a toda persona a venir a Cristo y perfeccionarse en El (véase Moroni 10:32). La doctrina revelada del evangelio nos da una visión y una perspectiva de Dios y de Su plan para que podamos ser salvos. La Iglesia es un instrumento divino que tiene como objeto prepararnos para merecer la vida eterna, que es la vida con Dios. Ese es nuestro propósito sagrado que gobierna todo lo pertinente al reino del Señor.

La fortaleza y la influencia de la Iglesia se basan también en la obra esencial que esta lleva a cabo. Nuestra obra es enseñar la doctrina y los principios correctos del evangelio, y poner al alcance de la humanidad las ordenanzas salvadoras para que todos puedan recibir todo lo que el Padre tiene (véase D. y C. 84:38). El presidente Howard W. Hunter dijo que la Iglesia tiene “un mensaje completo y cabal … restaurado para satisfacer las necesidades de todo el genero humano” (“El evangelio: Una fe universal”, Liahona, enero de 1992, pág. 20). Y. por cierto, el programa de la Iglesia es establecer una familia que crezca y que incluya a toda raza, credo, lengua y genero; al pobre y al necesitado, al pecador y al santo, a los vivos y a los muertos en las funciones compasivas, justas y equitativas del plan de Dios para todos Sus hijos.

Somos habilitados por Santos de los Últimos Días fieles que son discípulos de Jesucristo, no simplemente miembros de la Iglesia. La fortaleza de la Iglesia se basa profundamente en la condición del discípulo, arraigada en la fe personal en el Señor Jesucristo. Nuestra fe se demuestra al entrar en las aguas del bautismo, al tomar dignamente la Santa Cena, al asistir al templo y llevar a diario una vida integra. Los verdaderos discípulos sellan su fe con el servicio motivado por el amor que sienten por el Salvador y por la humanidad.

La fortaleza de la Iglesia está también basada en la obediencia al principio de la mayordomía. Reconocemos que todo lo que poseemos le pertenece a Dios. Nosotros y todos los hermanos y hermanas que nos han precedido venimos como uno solo trayendo nuestra ofrenda de diezmos, tiempo y talento para edificar el reino de Dios. Nos esforzamos por ennoblecernos los unos a los otros y por establecernos como comunidades del convenio, cuya vida se centra en Cristo.

Y por ultimo, la fuente de la fortaleza y la influencia de la Iglesia lleva implícito un progreso continuo. Nuestras doctrinas mas fundamentales nos impulsan a mejorar, tanto individual como colectivamente. Nos consultamos unos a otros, y oramos juntos y en privado. Reconocemos nuestras debilidades, escudriñamos las Escrituras y reflexionamos sobre los cambios que debemos hacer en nuestra vida. Recibimos los beneficios justos de los descubrimientos divinamente inspirados de la ciencia, la tecnología y el arte. Correlacionamos, corregimos y reajustamos nuestra vida, para que toda la verdad que seamos capaces de recibir armonice nuestra vida y el liderazgo y la organización de esta obra, con las enseñanzas y el ejemplo perfecto de nuestro Líder, Jesucristo.

Habrá quienes, como lo insinúa el profesor Bloom, quizás sientan un “respetuoso temor” por la influencia futura de los mormones. A esas personas les respondemos humildemente: “Esta es la obra del Todopoderoso, que avanza”. Esta no es la iglesia de José Smith, es La Iglesia de Jesucristo, y es la única organización en todo el mundo que jamas fracasara. En la actualidad, somos testigos del cumplimiento de estas palabras del profeta Daniel: “… el Dios del cielo levantara un reino que” llenara “toda la tierra” y “permanecerá para siempre” (véase Daniel 2:35, 44).

El profesor Bloom eligió también la paciencia de los lideres de la Iglesia. La paciencia es una virtud que nace de un optimismo justificado. El elder Heber C. Kimball, uno de los primeros Apóstoles, ilustra este concepto de una forma notable: En 1838, al volver de una misión en Inglaterra, se encontró con que la mitad de los miembros que había en Kirtland, estado de Ohio, se habían retirado de la Iglesia; hacia cinco meses que el profeta José Smith y varios lideres importantes estaban en la cárcel; cinco de los Apóstoles y dos de los Tres Testigos habían apostatado; y en Misuri, miles de los santos sufrían persecución y eran expulsados de sus casas, que el populacho incendiaba.

Después de contemplar esta situación, el elder Kimball escribió lo siguiente:

“Verdaderamente, puedo decir que nunca he visto a la Iglesia en mejor situación desde que soy miembro. Los que han quedado se mantienen firmes y fieles, llenos de amor y buenas obras; han perdido todo lo que tenían y ya están listos para salir a predicar el evangelio a un mundo decadente” (Orson Whitney, Life of Heber C. Kimball, pág. 246).

Al mismo tiempo, José Smith escribía estas palabras en la cárcel de Liberty:

“Que poder hay que detenga los cielos? Tan inútil le seria al hombre extender su débil brazo para contener el río Misuri en su curso decretado, o devolverlo hacia atrás, como evitar que el Todopoderoso derrame conocimiento desde el cielo sobre la cabeza de los Santos de los Últimos Días” (D. y C. 121:33).

Con admirable optimismo el Profeta escribió lo siguiente al editor del periódico Chicago Democrat:

“Ninguna mano impía podrá detener ahora el progreso de la obra. Podrá encarnizarse la persecución, conspirar los populachos y reunirse los ejércitos; podrá difamar la calumnia, pero la verdad de Dios continuara su intrépido avance, noble e independiente hasta que haya penetrado todo continente, haya pasado por toda región, se haya propagado en todo país y haya resonado en todo oído; hasta que se cumplan los propósitos de Dios y el gran Jehová proclame que la obra se ha consumado” (History of the Church, vol. 4, pág. 540).

Nos regocija saber que el futuro pertenece a nuestro Maestro, el Creador de este mundo, que nos proveyó el plan de salvación y estableció Su Iglesia. Como El mismo lo dijo: “Porque yo, el Señor, he extendido mi mano para ejercer los poderes del cielo; no lo podéis ver ahora, pero dentro de un corto plazo lo veréis, y sabréis que yo soy, y que vendré y reinaré con mi pueblo” (D. y C. 84:119).

Ninguna otra institución tiene el carácter divino de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y es así porque esta Iglesia tiene la verdadera autoridad, un propósito que ha sido revelado, una obra divina que realizar, discípulos abnegados, una visión de nuestra mayordomía y principios motivadores de progreso eterno. De todo esto testifico humildemente y con gratitud, en el nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Amen.