La Oración

David E. Sorensen

Of the Second Quorum of the Seventy


David E. Sorensen
“La acción de orar en si tiene la capacidad de purificarnos y cambiarnos, tanto si lo hacemos individualmente como en grupo.”

Cuando nuestros hijos mayores eran todavía pequeños, vivíamos en una calle de mucho tráfico, en Salt Lake City. Mi esposa, Verla, y yo estábamos preocupados por el peligro que ello representaba para nuestros hijos, y empleábamos cualquier oportunidad para recalcarles la importancia de no estar en la calle. Por otra parte, esa era una época en que estábamos también enseñándoles sobre los templos y la condición eterna de la familia. Así que, en sus oraciones, por lo general pedían lo siguiente: “Ayúdanos a casarnos en el templo y a no estar en la calle”.

Un día, cuando los hijos de unos vecinos se habían ido a su casa, después de jugar con los nuestros, la madre llamó a mi esposa para contarle que uno de sus niños, después de oír una oración en nuestra casa, había ofrecido esta variante al decir la oración con su familia: “Ayúdanos a no estar en el templo y a casarnos en la calle”.

Espero que esa oración en particular no se haya recibido exactamente de la manera en que fue dicha, pero de todos modos tengo un fuerte testimonio de la importancia de la oración para dar significado a nuestra vida.

En el Libro de Mormón vemos que el Salvador hace gran hincapié en la oración; repetidamente oró por los nefitas y con ellos, y después de hacerlo, los exhortó a seguir Su ejemplo, diciendo:

“De cierto, de cierto os digo que debéis velar y orar siempre, no sea que el diablo os tiente, y seáis llevados cautivos por él.

“Y así como he orado entre vosotros, así oraréis en mi iglesia, entre los de mi pueblo que se arrepientan y se bauticen en mi nombre. He aquí, yo soy la luz; yo os he dado el ejemplo” (3 Nefi 18:15–16; véase también 3 Nefi 18:24, 19:17–34 y 27:21).

Más aún, Cristo exhortó a los nefitas por lo menos diez veces a orar al Padre en Su nombre (3 Nefi 18:19; véase también 3 Nefi 13:6–9, 14:11, 17:3, 18:20–21 y 23, 20:31, 21:27, 27:2–7, 9 y 28).

Cristo enseñó que la oración es indispensable en cada paso del proceso de perfeccionamiento, pero especialmente al principio. Por ejemplo, El explicó que una de las principales razones para la restauración del evangelio era que el Israel dispersado pudiera orar al Padre en el nombre de Cristo:

“Sí, empezará la obra entre todos los dispersos de mi pueblo, y el Padre preparará la vía por la cual puedan venir a mí, a fin de que invoquen al Padre en mi nombre” (3 Nefi 21:27; cursiva agregada).

Además, El enseñó que los de la Iglesia debemos orar por aquellos que están investigando el evangelio (véase 3 Nefi 18:23–30); y animó a los que hubieran escuchado Sus palabras a que las meditaran y oraran al Padre en Su nombre pidiendo más comprensión (véase 3 Nefi 17:3); y, por supuesto, nos demostró que aun los que se hayan perfeccionado, incluyéndose El mismo, deben orar constantemente.

En cada etapa de nuestro progreso hacia la meta de llegar a ser como nuestro Padre Celestial, la oración es un paso indispensable. Cristo nos exhorta a orar a menudo una vez que hayamos conocido Su bondad; a orar en secreto, con nuestra familia, en la Iglesia y en lo íntimo de nuestro corazón, en forma continua y pidiendo especialmente lo que necesitemos. El dijo:

“Y cualquier cosa que pidáis al Padre en mi nombre, si es justa, creyendo que recibiréis, he aquí, os será concedida” (3 Nefi 18:20).

El Señor enseñó a los nefitas que la oración es algo más que un medio de beneficiarnos con la generosidad de nuestro Padre Celestial; es más bien un acto de fe así como también una acción de rectitud; es el hecho que demuestra que adoramos a Dios el Padre y a su Hijo Jesucristo. Esto sucede porque la acción de orar en sí tiene la capacidad de purificarnos y cambiarnos, tanto si lo hacemos individualmente como en grupo. Como lo explica la Guía para el estudio de las Escrituras:

“La finalidad de la oración no es cambiar la voluntad de Dios, sino obtener para nosotros y para otras personas las bendiciones que Dios esté dispuesto a otorgarnos, pero que debemos solicitar a fin de recibirlas” (pág. 223).

En otras palabras, la oración armoniza nuestros deseos con los de nuestro Padre, brindándonos así al mismo tiempo la bendición que buscamos y la de obtener una mayor unidad con Dios. La práctica de orar es esencial para la salvación individual y colectiva de hombres y mujeres.

El elder Hyrum M. Smith expresó esta idea muy bien al escribir lo siguiente: “La oración de fe es el secreto de la fortaleza de la Iglesia” (Smith y Sjodahl, Doctrine and Covenants Commentary, Salt Lake City: Deseret News Press, 1923, pág. 253).

He comprobado este concepto en mi propia vida. Cuando vivíamos en California, uno de nuestros hijos fue herido gravemente en un accidente de un auto y una motoneta. Tenia una seria fractura de cráneo y los médicos nos dieron pocas esperanzas de que se salvara. Tres días después de estar internado en el hospital, contrajo meningitis y su condición empeoró. El medico, que era también nuestro vecino, fue a casa y nos dijo: “Lo único que nos queda por hacer ahora es orar”.

Y. ciertamente, oramos. Durante varias semanas, nuestros vecinos, amigos y otras personas que conocíamos se unieron a nosotros para orar por nuestro hijo y pedir fortaleza para nosotros mismos. Después de casi un mes, por fin su condición se estabilizó; luego, mejoró, y finalmente tuvimos la bendición de verlo recuperarse y volver a sonreír.

No le deseo a nadie una experiencia similar, pero ese periodo tan extremadamente difícil nos enseñó el principio que el presidente Thomas S. Monson ha enseñado a la Iglesia, diciendo: “… La oración es el pasaporte al poder espiritual” (“Para tocar el cielo”, Liahona, enero de 1991, pág. 54). Durante la enfermedad de nuestro hijo pudimos apreciar y sentir la fortaleza espiritual de la oración. Nuestro barrio nunca había orado con mayor fervor que entonces, y no creo que los miembros hubieran estado nunca tan cerca los unos de los otros; nuestra familia fue sostenida por la fe y la oración colectivas de nuestros amigos. Y aun en los momentos en

que nos parecía que se nos iba a romper el corazón de miedo de perder a nuestro hijo, sentíamos que estábamos mas cerca de nuestro Padre Celestial y mas convencidos de nuestra dependencia de El que en cualquier otra época de nuestra vida.

Aunque no se puede negar que las bendiciones que pedimos y recibimos por medio de la oración son magnificas, el beneficio mayor que sacamos de la oración no son las bendiciones espirituales o físicas que podamos recibir como respuesta a nuestras oraciones, sino los cambios que experimenta el alma cuando aprendemos a depender de nuestro Padre Celestial para recibir fortaleza.

Una hermana contó el siguiente relato, que ilustra muy bien esta idea:

“A veces, cuando estamos comiendo, uno de mis hijos me hace senas para llamarme la atención, mientras tiene la boca llena; mascullando y haciendo movimientos con la mano, trata de hacerme entender lo que quiere. Se perfectamente que quiere que le sirva un vaso de leche, pero no lo hago hasta que el me lo pide con palabras. No es que no entienda lo que el desea, sino que considero importante que aprenda a comunicarse bien con los demás”.

Creo que, de una manera similar a la que emplean los padres para enseñar a sus hijos la comunicación y la cortesía, nuestro Padre Celestial nos enseña a orar porque el solo hecho de hacerlo nos hace mejores. Adoramos a nuestro Padre sabiendo que es Omnisciente y Todopoderoso. Sin duda, por ser nuestro Creador El conoce nuestras inquietudes, preocupaciones, gozos y luchas sin necesidad de que le digamos cuales son. La razón por la cual El quiere que oremos no puede ser para que le digamos algo que El no sepa, sino que el proceso de aprender a comunicarnos eficazmente con El cambiara y moldeara nuestro carácter de la misma manera en que cambiamos al aprender a comunicarnos cuando somos niños.

El presidente Gordon B. Hinckley enseña ese principio de esta manera:

“Hay algo en la posición misma de estar arrodillado que es contrario a la actitud que describe Pablo de ‘soberbios … impetuosos, infatuados’.

“Hay algo en la acción de dirigirse a Dios que contrarresta la tendencia a la blasfemia y a volvernos ‘amadores de los deleites mas que de Dios’ (véase 2 Timoteo 3:2, 4).

“La tendencia a ser. como lo dice Pablo, impíos e ingratos se desvanece cuando los miembros de la familia agradecen juntos a Dios la vida, la paz y todo lo que tienen” (Ensign, febrero de 1991, pág. 4).

Aparte de la participación que tengamos en las ordenanzas del evangelio, no hay otro momento de nuestra vida en que podamos renovar nuestra espiritualidad y mejorar nuestra comprensión de la relación que tenemos con nuestro Padre Celestial, que en el momento de orar. Al volvernos humildes para acercarnos a Dios y considerar reflexivamente Su gracia y Su gran amor por nosotros, nos volveremos mas reverentes y seremos mas capaces de recibir las bendiciones que El derramara sobre nosotros. Ciertamente, la oración de fe es el secreto de la fortaleza de la Iglesia.

Testifico que Dios vive, que Jesús es el Cristo, que José Smith fue el Profeta de la Restauración. Ezra Taft Benson es nuestro Profeta, Vidente y Revelador sobre la tierra actualmente. Las planchas de oro del Libro de Mormón son reales, así como lo fueron las apariciones de Moroni, Juan el Bautista, Pedro, Santiago y Juan, y muchos otros ángeles que instruyeron al profeta José Smith en respuesta a sus oraciones. La restauración del sacerdocio es un hecho real y eterno, y este poder es la fuerza ligadora que rige las ordenanzas divinas como el bautismo y los sellamientos que la Iglesia administra hoy en día. La Primera Presidencia y los Doce Apóstoles son profetas, videntes y reveladores. Esto lo testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.