Esta Pacifica Casa De Dios

Gordon B. Hinckley

First Counselor in the First Presidency


Gordon B. Hinckley
‘Todos los templos, ya sean grandes o pequeños, viejos o nuevos, demuestran nuestro testimonio de que la vida venidera es tan real como la vida mortal.”

Estoy seguro de que se darán cuenta de que es una gran responsabilidad hablarle a esta inmensa congregación, y necesito sentir la fe de cada uno de ustedes para hacerlo.

El jueves pasado, como parte de nuestra preparación para esta conferencia, todas las Autoridades Generales tuvimos una experiencia que es familiar para muchos de ustedes en esta congregación. Con un espíritu de ayuno y oración, nosotros y nuestras esposas recibimos las hermosas bendiciones de una sesión de investidura en el Templo de Salt Lake.

Esa experiencia en el templo nos hizo mejores hombres y mujeres porque todo lo que ocurrió allí fue edificante y purificador.

No necesito recordarles que es un privilegio entrar en la Casa del Señor y participar en las ordenanzas que allí se realizan. ¡Que extraordinarios son estos edificios que han sido dedicados con fines sagrados y eternos! Tenemos ese privilegio gracias a los sacrificios que hicieron muchas personas.

El sacrificio mas grande de todos fue el del Hijo de Dios, el Salvador y Redentor del mundo. Cristo dio Su vida en la cruz del Calvario por los pecados de toda la humanidad. Y debido a ello, a todos se nos garantizan las bendiciones de la resurrección. Y además, gracias a ese don, si nos esforzamos podremos obtener la vida eterna y la exaltación en el reino de nuestro Padre.

En comparación con la intensidad del sacrificio de nuestro Salvador y las bendiciones que recibimos como resultado de la Expiación, el sacrificio de edificar estos sagrados templos no es tan grande.

Así lo entendían los que construyeron este magnifico Templo de Salt Lake.

Hoy es el primer domingo de abril de 1993. Recordemos lo que sucedió hace exactamente un siglo en esta Manzana del Templo. No, regresemos 101 años, hasta la conferencia de abril de 1892. Este lugar hierve de gente. Nunca se había juntado una multitud mayor en esta región del Oeste. Hay miles y miles de personas, tantas que no caben en la manzana y se acumulan en las calles de los alrededores. Algunos están subidos a los postes telefónicos; otros, a los arboles. Todos han venido a ver la colocación de la cúpula del templo, la esfera de granito que corona la torre mas alta del lado este. Es un día de fiesta. Encima de la esfera va colocada una estatua hecha de bronce y recubierta de oro; es del ángel Moroni, uno de los profetas, escritores y compiladores del Libro de Mormón. La estatua representa al ángel mencionado por Juan el Revelador cuando este dijo con visión profética “Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenia el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo, “diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas” (Apocalipsis 14:6–7).

En presencia de esa multitud, el presidente Wilford Woodruff accionó un llave eléctrica y la cúpula con el ángel se colocó en el lugar que le correspondía. El presidente Woodruff guió a la multitud en una exclamación de gozo: “¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡Hosanna a Dios y al Cordero!”

Nunca había sucedido algo así ni ha vuelto a suceder. Ese clamor fue una expresión de adoración, de gratitud en un día de gracias sin igual. Ese fue el día con que esta gente había sonado casi cuarenta años. Ustedes han escuchado, leído y visto muchos informes recientemente sobre las pruebas que pasaron los pioneros durante esos cuarenta años.

Mi bisnieto de seis años, Peter, vino de vacaciones con la familia a Salt Lake City el verano pasado y los padres lo trajeron a la Manzana del Templo. Le mostraron el templo y le dijeron que les había llevado cuarenta años construirlo. Y el niño preguntó: “¿Por que les llevó cuarenta años cuando al Señor le llevó sólo seis días crear toda la tierra?”

En julio de 1847, cuatro días después de haber llegado al valle, Brigham Young ya había determinado dónde se iba a edificar el templo y Wilford Woodruff lo había demarcado. El ó de abril de 1853 se colocaron las piedras angulares. Todos ustedes están familiarizados con la historia de los años que siguieron a este acontecimiento. Fueron años de mucho esfuerzo y descorazonamientos; años de trabajo arduo bajo sol y tormentas para traer bloques de granito de “los collados eternos”, y cortar los bloques, cada piedra de acuerdo con un molde preciso. Se requirieron años de inquebrantable fe en pos de una meta.

Durante esos años, otros tres hermosos templos también se habían edificado en este territorio: uno en Saint George, otro en Logan y otro en Manti.

Pero el sueño mas grande de todos estaba aquí en la Manzana del Templo. Y ahora, en abril de 1892 las paredes exteriores, las torres y el techo estaban terminados. ¡Con razón la gente exclamó Hosanna! Mas de una generación había pasado desde el comienzo de la obra. Wilford Woodruff tenia ahora ochenta y cinco años y era Presidente de la Iglesia. Ante la gran muchedumbre que se había reunido ese día. el élder Francis M. Lyman presentó la moción de que se comprometieran a terminar el interior y dedicaran el templo el ó de abril de 1893, a un año de esa fecha y cuarenta años desde que se habían colocado las piedras angulares.

Una exclamación unánime de aprobación retumbo en el aire.

Era fácil decir que si en un momento de tanta algarabía, pero era otra cosa cumplir con el cometido. Algunos que eran prácticos y tenían mucha experiencia afirmaron que era imposible lograrlo.

Sólo la parte exterior del templo se había terminado, así que con gran dedicación comenzaron a construir el interior.

Se pusieron los pisos, se levantaron las paredes, se instalaron las cañerías y las conexiones eléctricas. Y después empezó la enorme tarea del acabado.

Miles de metros de varillas de madera se clavaron al armazón de las paredes para sostener las toneladas de revoque de cal. Cortaron madera y la trabajaron para fabricar molduras, escaleras y toda clase de muebles.

Cuando preparábamos las ordenanzas del templo para usarse en los templos actuales, yo pase horas y días trabajando en el estupendo Salón de Asambleas del Templo de Salt Lake. Siempre me ha maravillado el talento de los artesanos que crearon obras de arte fuertes y gráciles, a la vez, como la escalera de cuatro esquinas de ese salón. Me han maravillado muchas obras arquitectónicas del mundo entero, pero nunca he visto mejor artesanía que la que se encuentra en esta Casa del Señor. Hay muchas columnas estriadas y coronadas con ornamentos florales. Hay muchas obras de arte con intrincados diseños de piedra, madera y yeso. No se escatimó nada en hermosear esta Casa de Dios.

Debe de haberles parecido imposible hacer todo eso en un año, pero artesanos que habían aprendido su oficio en Europa y en las Islas Británicas, y que habían venido como conversos a estos valles del oeste de Estados Unidos, no escatimaron esfuerzos. Y. lo imposible sucedió en un periodo de doce meses.

Maravilla de maravillas y milagro de milagros, el templo estaba listo el cinco de abril. Los principales periódicos del país habían mandado corresponsales. Incesante fue su admiración por lo que vieron. El día antes de la dedicación, el presidente Woodruff invitó a un buen numero de personas que no eran miembros de la Iglesia a entrar en el edificio. Salieron conmovidos al reconocer que la belleza que habían visto no se había logrado sólo con destreza sino también con inspiración.

Permítanme apartarme un poco de la narración unos momentos para decirles que siento mucho agradecimiento por ese logro singular. Todo esto se logró cuando nuestra gente era bastante pobre. Desde entonces hemos construido y dedicado cuarenta y un templos y cada uno de ellos tiene su belleza propia. Dedicaremos otro hermoso templo en San Diego este mes. Hemos sido bendecidos con los medios para hacer todo esto, los cuales hemos obtenido de la dedicada consagración de nuestro pueblo. Cada uno de estos edificios es sagrado. Cada uno tiene la inscripción que esta en la pared este del Templo de Salt Lake y que dice: “Alabanzas al Señor-La Casa del Señor”. Todos ellos han sido dedicados con el mismo fin, el de ayudar a llevar a cabo la divina obra de Dios nuestro Padre Eterno, quien dijo: “… esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).

Las ordenanzas que se administran en cada uno de los templos son idénticas a las que se realizan en el Templo de Salt Lake y tan eficaces como ellas.

Se nos ha criticado por gastar tanto dinero en edificarlos. Los templos cuestan tanto por la calidad excepcional de la artesanía y de los materiales que utilizamos. Los que nos critican no entienden que estos edificios son dedicados como moradas de Dios y, como dijo Brigham Young, deben permanecer intactos durante el Milenio.

Para mi es interesante que el Templo de Salt Lake, construido en tiempos de los pioneros, es el mas grande que hemos construido aunque la situación de la Iglesia sea mejor ahora. Nuestros arquitectos dicen que tiene 23.500 metros cuadrados. El hermoso Templo de Los Angeles tiene 17.ó00 metros cuadrados. El Templo de Washington, que cientos de miles de

personas ven desde la carretera Beltway, tiene 14.800 metros cuadrados. Nuestra gente nunca, en toda nuestra historia, ha construido un edificio de esa magnitud, de tan elaborada y delicada artesanía, como este templo al que honramos hoy en el centenario de su dedicación.

Pero se preguntaran el porque de este esfuerzo concentrado en un solo edificio y la razón de tanta dedicación para construir otros con el mismo propósito.

El objetivo es el mismo hoy que en aquel entonces. Los fines, que son varios, se exponen en pocos renglones de la oración dedicatoria del Templo de Kirtland ofrecida en 183ó y que el profeta José Smith dijo que recibió por revelación:

“Te rogamos, Padre Santo, que tus siervos salgan de esta casa armados con tu poder, y que tu nombre este sobre ellos, y los rodee tu gloria, y tus ángeles los guarden” (D. y C. 109:22).

Y además:

“Pon sobre tus siervos el testimonio del convenio, para que al salir a proclamar tu palabra puedan sellar la ley y preparar el corazón de tus santos para todos aquellos juicios que estas a punto de mandar en tu ira sobre los habitantes de la tierra, a causa de sus transgresiones, a fin de que tu pueblo no desmaye en el día de la tribulación” (D. y C. 109:38).

Y de otras revelaciones que se recibieron en los días de Nauvoo:

“Porque no existe lugar sobre la tierra donde el pueda venir a restaurar otra vez lo que se os perdió, o lo que el ha quitado, a saber, la plenitud del sacerdocio.

“Porque no hay una pila bautismal sobre la tierra en la que mis santos puedan ser bautizados por los que han muerto,

“porque esta ordenanza pertenece a mi casa …

“Pero os mando a todos vosotros, mis santos, que me edifiquéis una casa …

“Y de cierto os digo, edifíquese esta casa a mi nombre, para que en

ella pueda yo revelar mis ordenanzas a mi pueblo;

“porque me propongo revelar a mi iglesia cosas que han estado escondidas desde antes de la fundación del mundo, cosas que pertenecen a la dispensación del cumplimiento de los tiempos” (D. y C. 124:28–31; 40–41).

Cada uno de los templos edificados por La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días expresa el testimonio de este pueblo de que Dios nuestro Padre Eterno vive, de que El tiene un plan para bendecir a Sus hijos de todas las generaciones, y que Su Amado Hijo, Jesucristo, el que nació en Belén de Judea y fue crucificado en la cruz del Gólgota, es el Salvador y el Redentor del mundo. Su sacrificio expiatorio permite que se cumpla ese plan en la vida eterna de toda persona que acepte el evangelio y lo viva. Todos los templos, ya sean grandes o pequeños, viejos o nuevos, demuestran nuestro testimonio de que la vida venidera es tan real como la vida mortal. No habría necesidad de edificar templos si el espíritu humano no fuera eterno. Todas las ordenanzas que se realizan en estos edificios sagrados tienen consecuencias eternas. Mientras nuestro Señor estuvo en la tierra, confirió el eterno sacerdocio a Sus discípulos escogidos, con estas palabras:

“Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mateo 16:19).

Esta misma autoridad fue restaurada en esta generación por Pedro, Santiago y Juan, los que la habían recibido directamente del Señor Este poder de sellar en los cielos lo que se sella en la tierra es el que se ejerce en estos sagrados edificios. Todos vamos a morir, pero por medio del plan eterno validado por el sacrificio de nuestro Redentor, todos podemos heredar glorias infinitamente mejores que cualquiera de las maravillas de esta vida.

Esta es la razón por la cual los de la generación pasada lucharon tanto y con una fe tan extraordinaria por edificar un edificio digno de ser dedicado a Dios nuestro Padre Eterno y Su Amado Hijo, el Señor Jesucristo. Y ese fue también el propósito de construir los templos que se terminaron antes del Templo de Salt Lake, y también los que se edificaron después, así como el hermoso Templo de San Diego que dedicaremos pronto.

Entre paréntesis, aprovecho la oportunidad de anunciar que edificaremos otros templos. Uno en Bountiful, Utah, que planeamos dedicar en 1995. En un terreno en American Fork, Utah, que es propiedad de la Iglesia desde hace muchos años, se construirá otro templo. En Orlando, Florida, ya se esta construyendo uno. Tenemos esperanzas de que este año podamos dar la palada inicial del Templo de Saint Louis, Misuri.

Hemos comprado terreno para otro templo en el estado de Connecticut, y otro al norte de Inglaterra. Los arquitectos trabajan en planos para los templos de Bogotá, Colombia, Guayaquil, Ecuador, y de Hong Kong. Además estamos en miras de comprar terrenos en España y en por lo menos otros tres países.

Con esta obra hacemos nada menos que lo que hicieron nuestros padres: fortalecemos las estacas de Sión. Estamos llevando el evangelio a las naciones de la tierra y realizando la gran obra de la investigación genealógica para que pueda realizarse la obra redentora a favor de millones de personas que han pasado al otro lado del velo de la muerte. Estamos ayudando a los necesitados y contribuyendo generosamente con alimentos y ropa a muchos miles en otras tierras, que no son de nuestra fe, pero que hansí quedado destituidos por causas naturales y conflictos políticos.

Ahora permítanme volver al 6 de abril de 1893. Ese día se levantó una horrible tormenta, el agua caía a torrentes y el viento soplaba con furia salvaje. Era como si las fuerzas del maligno se hubieran desatado en violenta protesta ante este acto de consagración.

Pero la paz reinaba entre las gruesas paredes de granito. El anciano profeta de ochenta y seis años encabezo la congregación dirigida al salón de asambleas del quinto piso. El salón se llenó por completo en esta, la primera de cuarenta y una sesiones. Después de escuchar palabras y música apropiadas, el presidente Woodruff se puso de pie en el púlpito en el extremo este del salón y ofreció la oración de dedicación.

Fue una emocionante y poderosa oración que expresaba los sentimientos de los que aman al Señor.

Le siguió una exclamación unánime de Hosannas y el coro cantó entonces las mismas palabras de alabanza al Todopoderoso, con el arreglo musical de Evan Stephens: “Hosanna, Hosanna, Hosanna a Dios y al Cordero”.

Después la congregación se unió para cantar el himno “El Espíritu de Dios”, que se cantó por primera vez en la dedicación del Templo de Kirtland.

Y ahora que los dejo con mi testimonio de este sagrado edificio, de la fe de los que lo construyeron, de la verdad y de la validez de las ordenanzas que se llevan a cabo allí, le he pedido al Coro del Tabernáculo que cante otra vez ese mismo himno de alabanzas y que las congregaciones, dondequiera que estén, cantemos

“Tal como un fuego se ve ya ardiendo
el Santo Espíritu del gran Creador”,

Espero que mientras lo hagamos e implante dentro de cada uno de nosotros un ardiente testimonio de la divinidad de esta obra y un espíritu de gratitud hacia el Todopoderoso, a quien pertenece el reino. En el nombre de nuestro divino Redentor, Jesucristo. Amén.