Hagamos Frente A Los Retos De La Vida

Thomas S. Monson


“Siempre que nos sintamos acongojados por los tropiezos de la vida, recordemos que otros han pasado por ese mismo camino, han perseverado y han salido victoriosos.”

En una conferencia, hoy hace treinta años, fui llamado y sostenido miembro del Consejo de los Doce Apóstoles. En aquella ocasión, solicite la fe y las oraciones de los presentes, y hoy, al tener la oportunidad de dirigirme a ustedes, renuevo aquella suplica, de poder sentir su fe y oraciones.

Hace un mes, mientras celebrábamos un día festivo nacional, el elder Russell M. Nelson y yo nos encontramos con nuestros hijos y nietos en una piscina llena de agua tibia, desde la que se apreciaba en lo alto un grandioso cielo azul. Mas que nada, estábamos cuidando a los pequeños, tal como la gallina vigila los movimientos de sus polluelos. Le comente al elder Nelson: “¿No es interesante que aunque los padres estén vigilando a sus hijos, usted y yo pensamos que somos nosotros, los abuelos, los que tenemos la responsabilidad total de supervisar a nuestros respectivos nietos?” Nos divertimos muchísimo al ver a los niños jugar y al escuchar sus expresiones de alegría.

Entonces me fije que en la piscina había también un padre que sostenía a su hijo severamente incapacitado y que movía de un lado a otro el cuerpecito enjuto del niño. Lo ayudaban otros familiares, y era obvio que el muchachito estaba disfrutando de la diversión, aunque dependía totalmente de los demás. De sus labios no salía ninguna exclamación de gozo, ni sus extremidades casi inertes hacían ningún movimiento de alborozo. Cuando era pequeñito, una enfermedad grave le había hecho perder el habla, le había dañado el cerebro, y seguramente seguiría siendo una carga para sus seres queridos. Sin embargo, el abuelo del niño me dijo: “Es mi nieto; toda nuestra familia lo quiere mucho; nos gusta su compañía y todos lo atendemos; es una bendición en nuestras vidas”.

Después de un rato, la gente empezó a salir de la piscina. Cesaron la risa y el juego; se hizo silencio a medida que el sol de la tarde empezaba su descenso y el fresco de la tarde me recordó que era hora de irnos. Pero aquella tierna escena de amor y devoción ha permanecido conmigo.

Mis pensamientos se remontaron a un lugar muy lejano, de hace mucho tiempo, a otro estanque llamado Betesda. El libro de Juan describe lo que ocurrió ahí:

“Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos. En estos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua. Porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque, y agitaba el agua; y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese.

“Y había allí un hombre que hacia treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?

“Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entretanto que yo voy, otro desciende antes que yo.

“Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho y anda.

“Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo” (Juan 5:2–9).

Otra escena de dolor y sufrimiento se encuentra en la famosa galería de arte Tate, en Londres, Inglaterra. Ahí adorna la pared de un transitado corredor una obra de arte intitulada Enfermedad y Salud. La pintura representa a un organillero con un pequeño mono y un grupo de niños felices y saludables que juguetean y se divierten al ver las payasadas del animalito. Hacia el fondo se aprecia la figura de un niño pequeño y pálido confinado a una silla de ruedas, sin poder jugar o participar en la diversión de los demás niños. Quienes contemplan la escena perciben su sufrimiento y sus ojos se llenan de lágrimas al pensar en los mudos sentimientos que abriga el corazón de aquel niño enfermo.

¿Quien puede contar los niños y los adultos en quienes las enfermedades han dejado su marca, incapacitando extremidades una vez fuertes y haciendo que los seres queridos derramen lágrimas de dolor y ofrezcan oraciones de fe por ellos?

La enfermedad no es el único villano que se mete y altera nuestras vidas. En este mundo tan agitado, los accidentes pueden, en tan sólo un instante, asestarnos dolor, destruir la felicidad y acortar nuestro futuro. Esa fue la experiencia del joven Robert Hendricks. Siendo una persona saludable y libre de preocupaciones hace tres años, un repentino accidente automovilístico lo dejó con lesiones cerebrales y el uso limitado de sus extremidades y del habla. Cuando su madre, desesperada, me pidió que fuera a verlo, contemple el cuerpo casi sin vida que yacía en la camilla del hospital en la sección de cuidados intensivos. Conectado a aparatos para sostenerle la vida, con la cabeza envuelta en vendajes, su futuro no sólo era dudoso, sino que la muerte parecía inminente.

Ocurrió, sin embargo, el milagro esperado. Se recibió la ayuda divina y Robert vivió. Su recuperación ha sido difícil y lenta, pero constante. Un buen amigo de ellos que era obispo cuando ocurrió el accidente cuida a Robert una vez por semana, ayudándolo a vestirse y llevándolo a las reuniones dominicales de la Iglesia … siempre paciente y fiel.

Un día, ese ex obispo lo llevó a mi oficina, ya que Robert deseaba conocerme, y sin recordar que yo lo había visto aquella noche critica en el hospital. El y el dedicado obispo se sentaron, y Robert se comunicó conmigo por medio de una pequeña máquina electrónica en la que deletreaba lo que quena decir y luego aparecía impreso en tiras de papel. Por medio de aquella maquina, expresó el amor que tiene por su madre, su agradecimiento por las manos bondadosas y de buen corazón que le ayudaron, así como su gratitud hacia un Padre Celestial tierno y amoroso que lo ha fortalecido mediante sus oraciones. Algunos de los mensajes menos privados y personales que me escribió fueron: “Me voy recuperando bien, considerando lo que he pasado”. “Se que podré ayudar a la gente y ser una buena influencia en sus vidas, lo cual es maravilloso.” “No se hasta que punto puedo considerarme afortunado, pero en contestación a mis oraciones se me ha dicho que continúe luchando.”

Al final de nuestra visita, el obispo dijo: “A Robert le gustaría darle una sorpresa”. Robert se puso de pie y, con muchos esfuerzos, dijo en voz alta: “Gracias”. Una gran sonrisa se dibujo en su rostro. Estaba en camino a la recuperación. “Gracias a Dios”, fueron las únicas palabras que pude musitar. Mas tarde ore en voz alta: “Gracias también por obispos amorosos, maestros caritativos y especialistas diestros”.

Hoy, mediante la ayuda de aquel obispo, su obispo actual y otras personas, Robert ha ido al templo. Ha aprendido a usar la computadora, materia que esta estudiando en la universidad; durante la recuperación también recibió ayuda del personal de las Industrias Deseret, quienes le brindaron aliento y le enseñaron ciertas destrezas esenciales. Actualmente, Robert camina con la ayuda de un bastón. Ha aprendido a hablar, aunque lo hace con frases entrecortadas y con sumo esfuerzo. Su progreso ha sido fenomenal.

A veces, las enfermedades y los accidentes cobran la vida de sus victimas, no importa el lugar, el nivel social o la edad. La muerte se lleva al anciano que camina con pasos inciertos, los que apenas han llegado a la mitad de su jornada en la vida y con frecuencia calla la risa de los niños pequeños.

Por todo el mundo se repite diariamente la escena dolorosa de seres queridos que lloran al despedirse de hijos, hermanos, madres, padres y amigos.

Veamos una de estas escenas que se llevo a cabo apenas el mes pasado en un cementerio local. Se encontraban reunidos amigos y familiares de Roger S. Olson, cuyo ataúd, cubierto de flores, contenía sus restos terrenales. Claudia, su esposa, seis hijos adorados, y familiares, amigos y asociados permanecían en silencio.

Hasta apenas unos días, Roger había ido al trabajo, en el que se desempeñaba como un talentoso y reconocido fotógrafo especializado. Ocurrió un accidente: cayó el helicóptero en que iba y perdió la vida … todo en un abrir y cerrar de ojos y sin previa advertencia. Llenos de pesar, pero consolados por la fe, aquellos que lo habían amado y vivido junto a el se despedían tan sólo temporalmente del esposo y del padre. Les infunde esperanza el conocimiento que rechazan los incrédulos. Atesoran el relato registrado en Lucas, el cual describe el acontecimiento mas importante después de la crucifixión y sepultura de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

“El primer día de la semana, muy de mañana [María Magdalena y la otra María], vinieron al sepulcro”. Para su sorpresa, el cuerpo de su Señor no estaba ahí. Lucas registra que dos varones con vestiduras resplandecientes se pararon junto a ellas y dijeron: “¿Por que buscáis entre los muertos al que vive? No esta aquí, sino que ha resucitado” (Lucas 24: 1, 4–6).

En contra de la filosofía que prevalece en el mundo actual-de dudar de la autenticidad del Sermón del Monte, de abandonar las enseñanzas de Cristo, de negar a Dios y rechazar Sus leyes-la familia Olson y los verdaderos creyentes de todo el mundo atesoran el testimonio de los que presenciaron Su resurrección. Esteban, condenado a la muerte cruel un mártir, miró hacia los cielos y exclamó: “He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que esta a la diestra de Dios” (Hechos 7:56).

Saulo, en el camino a Damasco, tuvo una visión del Cristo resucitado y exaltado. Pedro y Juan también testificaron del Cristo resucitado. Y en nuestra dispensación, el profeta José Smith dio testimonio elocuente del Hijo de Dios porque lo vio y oyó al Padre presentarlo así: “Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” (José Smith, Historia 1:17).

Al meditar sobre lo que nos puede suceder a todos nosotros, incluso enfermedades, accidentes, muerte e infinidad de cosas menos graves, podemos decir, como Job: “El hombre nace para la aflicción” Job 5:7). Esta por demás decir que en esa referencia de la biblia, en el libro de Job, también va incluida la mujer. Creo que acertadamente se podría decir que no hay persona alguna que haya vivido libre del dolor y la tribulación, y que tampoco ha habido un período alguno en la historia de la humanidad que no haya tenido su porción de inquietud, ruina y sufrimiento.

Cuando el sendero de la vida toma una cruel desviación, existe la tentación de pensar o emitir la pregunta: “¿Por que yo?” El culparnos a nosotros mismos es una practica común, aun cuando no hayamos tenido nada que ver con nuestro problema. Sócrates dijo lo siguiente: “Si todos lleváramos nuestras penas a un lugar común, a fin de que cada persona recibiera una porción igual en la distribución, la mayoría se alegraría de volver a llevarse las suyas”.

Sin embargo, a veces parece que no hay luz al final del túnel, no hay aurora que rompa la obscuridad de la noche. Nos sentimos rodeados por el dolor de los corazones quebrantados, la desilusión de los sueños destruidos y la desesperación de las esperanzas que se han desvanecido. Nos unimos a aquellos que en tiempos bíblicos hicieron la suplica: “¿No hay bálsamo en Galaad?” (Jeremías 8:22). A veces somos propensos a ver nuestras propias desgracias a través del distorsionado prisma del pesimismo. Nos sentimos abandonados, acongojados y solos.

A los que sufran de esta manera, permítanme ofrecerles la seguridad de las palabras del salmista: “Por la noche durara el lloro, y a la mañana vendrá la alegría” (Salmos 30: 5). Siempre que nos sintamos acongojados por los tropiezos de la vida, recordemos que otros han pasado por ese mismo camino, han perseverado y han salido victoriosos

Job era un hombre perfecto y recto, “temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:1). Devoto en su conducta, próspero en su fortuna Job estaba a punto de hacer frente a una prueba que tentaría a cualquier hombre. Despojado de sus posesiones, despreciado por sus amigos, afligido por su sufrimiento e incluso tentado por su esposa, Job declararía desde las profundidades de su alma: “Mas he aquí que en los cielos esta mi testigo, y mi testimonio en las alturas” (Job 16:19). “Yo se que mi Redentor vive” (Job 19:25).

Volviendo a nuestra época, permítanme darles un ejemplo de fe, valor, compasión y victoria que ilustra la manera de hacer frente, con intrepidez, a los retos de la vida. Es un ejemplo de la capacidad para sufrir impedimentos físicos, soportar dolor y sufrimiento, y aun así, nunca quejarse. Así son Wendy Bennion de Sandy, Utah, y Jami Palmer, de Park Valley, Utah. Ambas son adolescentes que han soportado aflicciones similares. Sus situaciones son casi idénticas. Puesto que Wendy ha luchado por mas tiempo esa batalla, quisiera hablar en cuanto a ella.

Habiendo contraído cáncer a temprana edad, y habiendo soportado largos períodos de quimioterapia, Wendy perseveró valientemente. Los maestros cooperaron, padres y familiares ayudaron, pero la mayor fortaleza en su aflicción ha sido su espíritu indomable. Ha infundido aliento a los que tienen aflicciones similares; ha orado por ellos; les ha dado su apoyo por medio de su ejemplo y fe.

Después de completar un tratamiento de quimioterapia que duró dieciocho meses, se llevó a cabo una fiesta en honor de Wendy en la que se lanzaron globos al aire. Los medios de difusión estuvieron presentes para tal acontecimiento. Uno de los globos que se lanzaron aquel día lo encontró Jayne Johnson, a cuatro millas de distancia. Había descendido en el patio de atrás de su casa, y ella lo había encontrado cuando estaba a punto de empezar su propio tratamiento de quimioterapia. Le escribió a Wendy para decirle que se había estado sintiendo triste y atemorizada, pero el encontrar el globo con la nota que habían depositado adentro, en la que hablaban sobre Wendy, el cáncer y el haber terminado su tratamiento, le había dado fortaleza, y que Wendy era para ella una verdadera inspiración. Wendy respondió: “Creo que era muy apropiado que ella encontrara ese globo a fin de que se diera cuenta de que no es el fin del mundo y que la gente si se mejora”.

A pesar de que a Wendy le volvió el cáncer, y fue necesario un segundo tratamiento, la fe de esta jovencita no ha flaqueado, ni tampoco ha evitado la serie de tratamientos. Raras veces he visto a alguien con tanto valor, tanta determinación y tanta fe. Lo mismo se puede decir de Jami Palmer; ambas son un ejemplo de las palabras de la poetisa Ella Wheeler Wilcox, quien escribió:

Fácil es ser agradable
cuando la vida es placentera.
Pero el que sonríe es el que vale
cuando todo mal le sale.
Prueba del corazón es la aflicción
que con los años nos pilla
y la que vale es la sonrisa
que a través de las lágrimas brilla.

Hay una vida que da apoyo a los acongojados o a los que se sienten acosados por el dolor y la aflicción: la de nuestro Señor Jesucristo. Al predecir Su venida, el profeta Isaías escribe: “No hay parecer en el, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos.

“Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos.

“Ciertamente llevó el nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido.

“Mas el herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre el, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:2–5).

Sí, nuestro Señor y Salvador Jesucristo es nuestro ejemplo y nuestra fortaleza; es la luz que brilla en las tinieblas; es el Buen Pastor. A pesar de que se encontraba en el desempeño de Su ministerio majestuoso, aprovechó la oportunidad para aligerar cargas, dar esperanzas, curar y restaurar la vida.

Pocos relatos del ministerio del Maestro me conmueven mas que el ejemplo que mostró a la afligida viuda de Nam: “Aconteció… que el iba a la ciudad que se llama Nain; e iban con el muchos de sus discípulos, y una gran multitud.

“Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad.

“Y cuando el Señor la vio se compadeció de ella y le dijo: No llores.

“Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate.

“Entonces se incorporo el que había muerto y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre” (Lucas 7:11–15).

¡Que poder, que ternura, que compasión demostró nuestro Maestro! Nosotros también podemos ser una bendición para los demás si tan sólo seguimos Su noble ejemplo. Hay oportunidades por doquier. Se necesitan ojos que vean la deplorable situación y oídos que escuchen la silenciosas suplicas de un corazón quebrantado. Sí, y un alma llena de compasión, a fin de que nos podamos comunicar no solamente con el contacto visual o con la palabra, sino al estilo majestuoso del Salvador: de corazón a corazón.

Sus palabras se convierten en nuestra guía: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

El vive; El nos dará Su apoyo. Ruego que guardemos Sus mandamientos; ruego que le sigamos y seamos merecedores de Su compañía a fin de que con éxito podamos hacer frente y vencer los retos de la vida, lo ruego humildemente en Su Santo nombre, el nombre de Jesucristo. Amén.