Mi Testimonio

Gordon B. Hinckley

First Counselor in the First Presidency


Gordon B. Hinckley
“De todos los dones, el más precioso es la convicción que tengo en mi corazón de la veracidad y la divinidad de esta sagrada obra.”

Felicito sinceramente al presidente Monson por el honor que se le ha dado. Los expertos en ecología dirán que es bueno tener un “lobo” entre nosotros. Este es un reconocimiento bien merecido por sus años de servicio leal a los Scouts, un programa que la Iglesia ha patrocinado durante ochenta años, para la bendición de cientos de miles de niños y jóvenes.

Hermanos, ésta ha sido una hermosa reunión. Todos hemos sido fortalecidos. Ruego que el Espíritu Santo me guíe para poder finalizar mi discurso con mi testimonio.

Cuando era joven, asistí a una conferencia general en este Tabernáculo y escuché al presidente Heber J. Grant declarar que él se sentía agradecido más que nada por el testimonio que tenía de ésta, la obra de Dios.

Ahora, yo tengo más años de los que el presidente Grant tenía cuando lo escuché decir esas palabras, y bien sé cómo se sentía. Yo también siento que de todos los dones, el más precioso es la convicción que tengo en mi corazón de la veracidad y la divinidad de esta sagrada obra.

Agradezco al Señor el conocimiento que me ha dado de que José Smith fue un Profeta del Dios viviente. He

mencionado antes la experiencia que tuve cuando tenía doce años y acababan de ordenarme diácono, y fui con mi padre a la reunión de sacerdocio de nuestra estaca. El era miembro de la presidencia de la estaca y se sentó en el frente y yo me senté en la última hilera de la capilla. Los hombres en esa gran congregación se pusieron de pie y cantaron:

Al gran profeta rindamos honores.
Fue ordenado por Cristo Jesús
a restaurar la verdad a los hombres
y entregar a los pueblos la luz.

Cuando los escuché cantar ese himno con tanta convicción, sentí en mi corazón un testimonio del llamamiento divino del joven José Smith, y agradezco que el Señor haya mantenido en mí ese testimonio por más de setenta años. Estoy contento de que mi fe no haya tambaleado al leer lo que escriben los críticos de la Iglesia, que nunca reconocen que el conocimiento de las cosas de Dios se obtiene por el poder del Espíritu y no mediante la sabiduría de los hombres.

A ellos les dedico estas palabras de George Santayana, un distinguido profesor de la Universidad de Harvard:

Oh, mundo, no escoges tú lo mejor.
No es sabio tener sólo erudición
ni cegados a nuestra intuición;
lo sabio es creer al corazón.

Agradezco a mi Padre Celestial el testimonio que tengo de la realidad de la Primera Visión. Me he detenido entre los árboles donde José Smith se arrodilló de joven, y escuchado la confirmación del Espíritu asegurándome que las cosas pasaron tal como él dijo que habían pasado. He leído las palabras de los críticos que, desde 1820 hasta ahora, han tratado de destruir la validez de ese relato. Han destacado el hecho de que existieron dos o tres versiones y de que el relato que tenemos ahora no fue escrito sino hasta 1838. ¿Y qué? Yo encuentro apoyo para mi fe en la simplicidad de la narración, en que no trata de debatir nada, en lo franca y razonable que es y en el hecho de que selló su testimonio con su sangre. ¿Qué respaldo más fuerte habría podido dar a sus palabras?

¿Es acaso de extrañar que Santiago, que escribió hace tantos años, haya exhortado a todos los que quisiéramos saber la verdad a preguntar a Dios con fe? ¿Nos sorprende que tina oración como ésa reciba respuesta? Agradezco al Señor la fe de creer que la contestación a esa oración vino acompañada de una manifestación gloriosa del Padre Eterno y de Su Amado Hijo, a fin de levantar el velo después de siglos de oscuridad y abrir una nueva y última dispensación del evangelio como se había prometido. ¿Sucedió esto? No me cabe la menor duda. ¿No había acaso llegado el momento, justo al amanecer de una gran era de esclarecimiento, de que el Padre y el Hijo se revelarais para mostrar Su apariencia, Su poder y Su existencia verdadera, y de que así manifestaran de una vez por todas la verdadera naturaleza de la Deidad?

Agradezco al Todopoderoso mi testimonio del Libro de Mormón, este maravilloso compañero de la Santa Biblia.

Me extraña que los incrédulos todavía den crédito a las viejas mentiras de que José Smith escribió el libro basado en ideas que tomó del libro View of the Hebrews (Reseña de los hebreos), de Ethan Smith, y del Solomon Spaulding’s Manuscript (Manuscrito de Salomón Spaulding). Comparar el Libro de Mormón con estos otros es como comparar un hombre con un caballo: es cierto que ambos caminan, pero excepto por eso no se parecen en nada. Para comprobar su veracidad, hay que leerlo; yo hablo con propiedad, porque lo he leído una y otra vez y he disfrutado de su belleza, su profundidad y su poder. Y pregunto: ¿Podría José Smith, el jovencito criado en la zona rural del estado de Nueva York, casi sin educación escolar, haber dictado en tan poco tiempo un libro tan complejo y tan uniforme en su contenido, con una cantidad tan grande de personajes y tan extenso en su alcance? ¿Podría él, con su propia capacidad, haber creado el lenguaje, los pensamientos y la inspiración que han conmovido a millones de personas y les han hecho decir: “Es verdadero”?

En la universidad he leído mucha literatura inglesa. He disfrutado de la belleza y la variedad del vasto campo de la literatura antigua y moderna; me han elevado las creaciones producidas por el genio de escritores de talento, hombres y mujeres. Pero, a pesar de todo eso, no he recibido de ninguno de esos libros la inspiración, el conocimiento de las cosas sublimes y eternas que me han dado los escritos de los profetas de este Libro de Mormón, que fue traducido en las comunidades rurales de Harmony, estado de Pensilvania, y Fayette, estado de Nueva York, e impreso por la imprenta Grandin de Palmyra. He leído muchas veces el testimonio final de Moroni, que contiene las siguientes palabras:

“Y os exhorto a que recordéis estas cosas; pues se acerca rápidamente el tiempo en que sabréis que no miento, porque me veréis ante el tribunal de Dios; y el Señor Dios os dirá: ¿’No os declaré mis palabras, que fueron escritas por este hombre, como uno que clamaba de entre los muertos, sí, como uno que hablaba desde el polvo?

“Y Dios os mostrará que lo que he escrito es verdadero” (Moroni 10:27, 29).

Agradezco al Señor, mis hermanos, que no tendré que esperar a conocer a Moroni para creer en la veracidad de sus palabras. Sé esto ahora y lo he sabido por mucho tiempo por medio del poder del Espíritu Santo.

Agradezco a mi Padre Celestial la restauración del Santo Sacerdocio, para que “… todo hombre pueda hablar en el nombre de Dios el Señor, el Salvador del mundo” (D. y C. 1:20). He presenciado lo maravilloso que es ese sacerdocio en su forma de gobernar esta extraordinaria Iglesia; he sentido fluir por mi cuerpo ese poder para bendecir y curar enfermos; he visto la nobleza que les confiere a hombres humildes que reciben llamamientos de gran responsabilidad. Lo he visto cuando esos hombres han hablado con el poder y la autoridad de los cielos, como si la voz de Dios se expresara por medio de ellos.

Agradezco al Señor el testimonio que me ha dado de la naturaleza íntegra del evangelio, de su amplitud, su alcance y su profundidad; tiene como objeto bendecir a los hijos de Dios de todas las generaciones, tanto los muertos como los que viven ahora. Nunca podría agradecer lo bastante la Expiación que llevó a cabo nuestro Salvador y Redentor. Por medio de Su sacrificio como culminación de una vida perfecta, un sacrificio realizado con sufrimientos inimaginables, se rompieron las cadenas de la muerte y se aseguró la resurrección de todos. Además de eso, las puertas de la gloria celestial se abrieron para todos los que acepten las verdades divinas y obedezcan sus preceptos.

¿Podría encontrarse en la literatura palabras que fueran más reconfortantes que éstas que se han recibido por revelación y que se refieren a los que obedecen los mandamientos de Dios?

“Y otra vez testificamos, porque vimos y oímos, y éste es el testimonio del evangelio de Cristo concerniente a los que saldrán en la resurrección de los justos:

“Estos son los que recibieron el testimonio de Jesús, y creyeron en su nombre, y fueron bautizados según la manera de su sepultura …

“Son aquellos en cuyas manos el Padre ha entregado todas las cosas; son sacerdotes y reyes que han recibido de su plenitud y de su gloria;

“Estos son aquellos cuyos cuerpos son celestiales, cuya gloria es la del sol, sí, la gloria de Dios, el más alto de todos, de cuya gloria está escrito que tiene como símbolo el sol del firmamento” (D. y C. 76:50–5 1, 55–56, 70).

Estas no son las palabras del hombre José Smith; son las palabras de una revelación divina que habla de la oportunidad gloriosa, de las bendiciones prometidas y puestas a nuestra disposición gracias al Hijo de Dios y por medio de Su expiación realizada en beneficio de todos los que escuchen y obedezcan. Estas palabras son la promesa del Redentor del mundo, quien gobierna y reina en ese Reino Celestial, y que nos invita a hacernos merecedores de estar en Su presencia.

Agradezco a mi Redentor el testimonio de estas verdades eternas. Y le agradezco el testimonio del valor de esta gran obra vicaria que se realiza en los templos. Si no se hiciera esta obra, Dios no sería justo. Por medio de ella, todos los hijos de nuestro Padre pueden participar de los beneficios de la Redención. Agradezco al Señor la majestuosidad y la maravilla de Su plan.

Estoy agradecido por el testimonio que tengo del programa misional de esta Iglesia. En la actualidad, tenemos más de 49.000 misioneros. Ellos son una bendición para la gente a dondequiera que vayan en esta tierra, pues llevan buenas nuevas de paz y de salvación para todos los que los escuchen.

Agradezco al Señor el espíritu que hay en esta obra misional y que reside en el corazón y en los hogares de nuestros miembros de todo el mundo. Las familias no limitan sus sacrificios para enviar a sus hijos a la misión. Quisiera leer una carta que recibimos hace poco en respuesta al llamamiento de un joven para cumplir una misión. Dice así:

“Estimados hermanos:

Gregory murió en un accidente dos días antes de que llegara su llamamiento. Pensamos que el talento, la habilidad y el testimonio de Greg están utilizándose en la vida del más allá. Murió el sábado 19 de junio.

“Adjuntamos un cheque por la cantidad que él había ahorrado para la misión con el deseo de donarlo al Fondo Misional Internacional; y solicitamos que, si fuera posible, lo utilizaran en la República Dominicana. Quisiéramos que los santos menos afortunados que no pueden costearse la misión usaran ese dinero. Lo dejamos a su discreción.

“Greg ahorró todo eso él mismo. Desde que empezó a ganar dinero, ahorró cincuenta por ciento para la misión, diez por ciento para los diezmos y el resto … lo usaba para sus gastos. Este dinero (el de la misión) estaba dedicado a la obra del Señor, por lo que estamos seguros de que él quiere que se gaste con ese fin.

“Reciban nuestro amor. Sabemos que la obra es verdadera, sabemos sin ninguna duda que Greg está atendiendo los asuntos de su Padre Celestial. Estamos agradecidos por nuestras bendiciones.

“Que la obra del Señor continúe extendiéndose por el mundo.”

Firmada por la madre de Greg.

Con la carta venía un cheque por casi nueve mil dólares.

Agradezco a mi Padre porque tengo un testimonio de lo que algunos considerarían las leyes menores del evangelio. Primero, hablo del diezmo. Me maravilla la sencillez de este gran principio por medio del cual se lleva a cabo la edificación del reino de Dios en la tierra. Los que pagan el diezmo no lo hacen forzados por ninguna obligación legal. Si no cumplen, no se les quitan los derechos de miembros ni se excomulga a nadie; sin embargo, millones de nuestros miembros lo pagan fiel, honrada y voluntariamente; lo hacen por la convicción que tienen en su corazón de que esta obra es verdadera y de que esa ley es divina.

Yo estoy en una posición desde donde veo lo que sucede. Me maravilla y le agradezco a Dios la fe y dedicación de Sus santos. Sé que lo que donan es sagrado y me comprometo siempre a asegurarme de que esos fondos sagrados no se malgasten, sino que se utilicen con honradez e integridad para edificar Su santa obra en la tierra.

Veo también otra dimensión de este gran principio: Es la promesa del Señor que se cumple para los que lo obedecen en este mandamiento. Veo que las ventanas de los cielos se abren para nuestra gente y que las bendiciones del Todopoderoso se derraman sobre ellos; veo la felicidad, la bondad, la gratitud y el optimismo de los que son honrados con el Señor en el pago de sus diezmos y ofrendas; veo que El los hace prosperar y testifico que es así.

Le agradezco al Señor mi testimonio de la Palabra de Sabiduría. Me gustaría que la viviéramos con más exactitud; pero aunque no lo hacemos, el Señor bendice abundantemente a los que se esfuerzan. La promesa que nos da es que si la obedecemos, recibiremos salud en el vientre y médula en los huesos y que encontraremos sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, incluso tesoros escondidos; y correremos sin cansarnos, andaremos sin desmayar y el ángel destructor no nos dañará, como no dañó a los hijos de Israel (véase D. y C. 89:18–2 l). Para mí es asombroso que además de las promesas de salud física se nos prometan también tesoros escondidos de conocimiento acerca de las cosas divinas y eternas.

Estoy agradecido por el testimonio que tengo del llamamiento divino de los líderes de la Iglesia. A pesar de que el presidente Benson está muy limitado en su capacidad, yo sé que fue llamado por Dios para este cargo preeminente y sagrado. Lo apoyo y lo sostengo como Profeta, Vidente y Revelador. Mi mayor deseo es servirlo bien y lealmente como consejero y por medio de mi servicio a la Iglesia y a sus miembros.

He servido ya como Autoridad General más tiempo que ningún otro hermano, excepto el Presidente de la Iglesia. Creo que he trabajado en las oficinas administrativas de la Iglesia más tiempo que ninguna otra persona; conozco desde hace casi sesenta años personalmente a todos los que integran la Primera Presidencia, el Consejo de los Doce y el Primer Consejo de los Setenta, y más recientemente a los del Primero y del Segundo Quórumes de los Setenta, como también a los del Obispado Presidente. Ellos han sido y son hombres mortales, que no están exentos de debilidades; entre muchos, ha habido dos o tres que han tropezado en todos esos años; pero estoy seguro de que no hay hombres mejores en ninguna otra causa ni lugar en la tierra. No se han adjudicado este honor ellos mismos, sino que han sido llamados por Dios, como lo fue Aarón, y sirven a la Iglesia con un espíritu de consagración y amor. Son hombres que oran y tienen fe, hombres que poseen el sacerdocio y que con humildad ejercen la autoridad divina. Su único objetivo es edificar y mejorar el reino.

Los amo y les agradezco a ellos; y los amo y agradezco a ustedes, mis hermanos, dondequiera que sirvan en las regiones, estacas y barrios, misiones y templos. Los amo y agradezco su fidelidad, su devoción, su lealtad, sus oraciones y su fe.

Ustedes también forman parte de mi testimonio, así como las hermanas fieles y capaces que sirven en las mesas generales y locales, mujeres de gran capacidad y fe sin las cuales esta obra sería terriblemente incompleta. Ellas también recibieron sus llamamientos de Dios.

A mi Padre Eterno agradezco la esencia divina que tenemos todos nosotros y el don de la vida misma que proviene de El. Agradezco a mi Redentor el don supremo que nos dio a todos, el don de la vida eterna. Al Padre y al Hijo adoro, honro y amo. A ellos elevo mis oraciones. Ellos son mi Padre y mi Dios, mi Redentor y mi Señor. De ellos doy testimonio en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.