Alcancemos Lo Mas Alto

Thomas S. Monson

Second Counselor in the First Presidency


Thomas S. Monson
“El Sacerdocio Aarónico prepara a los jóvenes para que sean hombres responsables y cumplan los importantes deberes de¡ Sacerdocio de Melquisedec. El Escultismo ayuda a nuestros jovencitos a marchar con honra por el camino de¡ sacerdocio hacia la exaltación.”

Mis queridos amigos y compañeros Exploradores, Jere Ratctiffe, Bud Reid y Mike Hoover, ustedes me honran esta noche con su presencia y sus comentarios. Es un gran honor para mí recibir el premio Lobo de Bronce. Yo sé que al entregar esta mención honorífica, ustedes también están expresando gratitud a la Iglesia y a los líderes del pasado y del presente que me han permitido servir durante estos veinticuatro años pasados en la Mesa Ejecutiva Nacional y seguir los pasos del presidente Ezra Taft Benson y del presidente George Albert Smith, que me precedieron en este oficio. Como miembro de la Mesa Directiva del Comité Internacional, he tenido el privilegio de ir a muchos países y presenciar la influencia favorable del Escultismo en la vida de los jóvenes de distintas lenguas, razas y culturas.

Como Iglesia, estamos llevando a cabo el programa Scout bastante bien en los Estados Unidos y Canadá. Con la ayuda de Jacques Moreillon, secretario general de la Organización Mundial del Movimiento Scout, estamos dando los pasos necesarios para extender la influencia del Escultismo a nuestros jóvenes de todo el mundo.

Cuánto agradezco las palabras inspiradas que el presidente Spencer W Kimball dirigió a los miembros de la Iglesia de todo el mundo: “La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días ratifica su continuo apoyo al Escultismo y hará lo posible por proveer liderazgo para ayudar a los jovencitos a mantenerse cerca de sus familias y cerca de la Iglesia mientras aprenden a ser buenos ciudadanos y desarrollan la integridad y la preparación física que están comprendidas en el Escultismo … Nos hemos mantenido fuertes y firmes en nuestro apoyo a este gran movimiento para los jóvenes y a la Promesa y a la Ley que son el núcleo del mismo” (Spencer W Kimball, Ensign, mayo de 1977, pág. 36). Esta noche renovamos ese apoyo.

Si me lo permiten, quisiera relatarles una experiencia personal. Cuando yo tenía catorce años de edad, nuestra tropa fue en una excursión al desfiladero de la montaña Big Cottonwood. Después de armar el campamento, nuestro líder me dijo: “Monson, a ti te gusta pescar; te voy a dar dos carnadas (artificiales): una mosquita negra y tina polilla; pesca lo suficiente para alimentar a esta tropa durante los próximos tres días; yo los vendré a buscar el sábado”. Y se marchó. Nunca puse en tela de juicio la tarea que me había asignado: sabía que si hacía mi parte, podría sacar peces y alimentar a la tropa; y lo hice. Ya era hombre cuando me di cuenta de que no es conveniente que el Maestro Scout deje solos a los muchachos. Pero ¡qué experiencia fue ésa para nosotros!

Las pinturas de Norman Rockwell [pintor norteamericano (1894–1978) conocido por su libro y sus ilustraciones en las revistas] en la cubierta de la revista The Saturday Evening Post o en la revista de los Boys Scouts de América siempre me traen tiernos recuerdos. De sus pinturas, las dos que más admiro son: tina de un Maestro Scout sentado al lado de las brasas mortecinas de una fogata, observando a los muchachos que duermen en sus pequeñas carpas. El cielo está cubierto de estrellas y el resplandor del fuego ilumina las cabezas despeinadas de los chicos. El rostro del Maestro Scout refleja su amor, su fe y su devoción. La escena hace pensar: “El regalo más grande que un hombre puede dar a un jovencito es compartir parte de su vida con él”.

En la otra pintura se ve a un niño enfundado en el uniforme demasiado grande de su hermano mayor. Se está mirando en sin espejo que adorna la pared y su pequeño brazo está levantado en el saludo Scout. Este se podría titular: “Siguiendo los pasos del Escultismo”.

En este mundo donde algunos hombres y mujeres equivocados tratan de denigrar y destruir grandes movimientos como el Escultismo, tengo el gusto de apoyar una organización que enseña el deber a Dios y a la patria, que se adhiere a la Ley Scout- sí, una organización cuya divisa es: “Siempre listo” y cuyo lema es:

“Ejecutar una buena acción diaria”.

El Sacerdocio Aarónico prepara a los jóvenes para que sean hombres responsables y cumplan los importantes deberes del Sacerdocio de Melquisedec. El Escultismo ayuda a nuestros jovencitos a marchar con honra por el camino del sacerdocio hacia la exaltación.

A lo largo de ese camino habrá curvas y desvíos que requerirán tomar decisiones de suma importancia. La inspiración divina nos proveerá un mapa de los caminos que nos asegurará la precisión de nuestras elecciones. Después llega una época en la vida de todo joven en que tendrá que considerar seriamente y evaluar con buen juicio su futuro para tomar las decisiones que determinarán su destino.

Esta noche, entre tantos poseedores del sacerdocio, hay quienes han recorrido con éxito los caminos de su juventud. Esos hombres de experiencia y fe son necesarios como ejemplos para aquellos que los miran en busca de guía y seguridad. Hermanos, ¿estamos preparados para esta oportunidad de ganar a los jóvenes, de aprovechar este privilegio de salvar vidas? Nuestra ayuda es necesaria aquí y ahora.

En las ciudades de todo el país y en las naciones de todo el mundo, hay un deterioro del hogar y la familia. En muchos casos se ha abandonado la red salvadora de la oración personal y familiar. Una actitud de orgullo que dice: “Puedo hacerlo solo” , o “No necesito la ayuda de nadie”, domina la diaria filosofía de muchos. Con frecuencia es rebeldía contra las tradiciones establecidas de la decencia y el orden, y la tentación de ir con la corriente es irresistible. Tal filosofía destructora, esa fórmula para el fracaso, puede llevar a la ruina a menos que hombres de fe, llenos de amor, den un paso al frente para mostrar al jovencito vacilante el camino correcto que debe seguir.

Recordemos el siguiente verso:

En cruce del camino,
con el rostro iluminado por el sol,
solo y ante lo desconocido,
permanecía listo y sin temor
para alcanzar la gloria de su destino.
Pero las sendas iban en opuesta dirección
y ese joven ignoraba cuál camino era mejor.
Escogió el equivocado y perdió su galardón.
Atrapado de amargura, en las garras del error,
Porque nunca hubo alguien
que lo guiara en aquel cruce hacia el camino mejor.
Otro día, en el mismo sitio,
otro joven anheloso a iniciar
se hallaba presto el camino hacia su gozo.
Pero él no estaba solo,
había alguien a su lado que el camino conocía
y que compartió gustoso su dirección y su guía.
El joven no escogió el error y obtuvo el galardón
porque alguien estuvo allí, en el cruce del camino
para mostrarle el sendero de su glorioso destino.

Aquellos que poseen el Sacerdocio de Melquisedec no son los únicos con la fortaleza para elevar, la sabiduría para guiar y la habilidad de salvar. Muchos de ustedes, jóvenes, integran las presidencias de quórumes de diáconos, de quórumes de maestros y ocupan puestos de liderazgo ayudando a los obispos en la tarea de guiar a los quórumes de presbíteros. Al magnificar sus llamamientos asistiendo a aquellos sobre quienes presiden, recibirán la ayuda celestial. Recuerden que a través de las épocas nuestro Padre Celestial ha mostrado Su confianza en los jovencitos.

Samuel debe haberse parecido a cualquier otro jovencito de su edad cuando él ministraba al Señor en presencia de Elí. Una noche Samuel estaba durmiendo cuando oyó la voz del Señor que lo llamaba, y creyendo que era el anciano Elí, respondió: “Heme aquí”. Entonces, después que Elí escuchó el relato del jovencito y le dijo que era el Señor, Samuel siguió el consejo de Elí y posteriormente respondió al llamado del Señor con la notable respuesta: “Habla, porque tu siervo oye”. El registro entonces revela que “Samuel creció, y Jehová estaba con él” (1 Samuel 3:4, 10, 19).

Consideremos por un momento las consecuencias de la oración de un jovencito, nacido en el año 1805 en Sharon, Condado de Windsor, estado de Vermont: sí, José Smith, el primer profeta de esta dispensación. El Padre y el Hijo se le aparecieron y recibió guía divina; todo con el propósito de exaltar a los hijos de Dios.

Recordamos con gratitud la más maravillosa de todas las noches, la que marcó el cumplimiento de la profecía de que un humilde pesebre daría abrigo a un recién nacido. Con el nacimiento del niño de Belén, el mundo recibió un gran don, un poder más fuerte que las armas, una magnífico ciervo macho, que tiene muy desarrollados los sentidos para advertir el peligro inminente, no tiene la capacidad para mirar directamente hacia arriba y así detectar a su enemigo. El hombre no está tan limitado. Su seguridad mayor reside en su habilidad y en su deseo de “acudir a Dios para vivir” (Alma 37:47).

El poeta dijo que lo más grande entre las obras maravillosas de Dios y lo supremo del plan de Dios es el hecho de que El puso en el corazón del hombre el deseo de ser mejor.

Quisiera terminar con el emocionante relato de un niño, un Lobato cuyo amor por el Escultismo lo llevó a él y a aquellos que lo conocían y amaban más cerca de Dios mientras él alcanzaba lo más alto y pasaba los límites de la

mortalidad para entrar en la amplia extensión de la eternidad, vestido en el uniforme que amó y exhibiendo el honor que había ganado en el Escultismo.

En el mes de octubre de 1992, Jared Barney, de nueve años de edad, murió como consecuencia de un cáncer en el cerebro. En su corta existencia tuvo que soportar muchas operaciones, así como tratamientos de radiación y quimioterapia. El 9 de agosto de 1992 le hicieron la última operación; un mes más tarde le descubrieron seis nuevos tumores, dos de los cuales ya eran bastante grandes.

La radiación y la quimioterapia le hacían sentir muy mal; las operaciones eran difíciles, pero él siempre se reponía muy rápido. Aunque sufrió mucho, el Señor le bendijo y le sostuvo.

Jared tenía un espíritu especial que atraía a las personas. Nunca se quejó porque se sentía mal, por estar enfermo o por los tratamientos que le hacían. Cuando le preguntaban cómo se sentía, siempre contestaba “Bien”, aunque no fuera así. Siempre le conocieron por su sonrisa contagiosa. La luz de Cristo estaba en sus ojos.

Quisiera citar algo que escribió la madre de Jared, Olivia, sobre los últimos días del niño: “Nuestras muchas oraciones en favor de nuestro pequeño hijo fueron contestadas. Oramos para que él pudiera caminar, hablar y ver hasta el final y que entonces el Señor se lo llevara rápido. El pudo hacer todo eso y estamos tan agradecidos al Señor por haber contestado nuestras oraciones. Jared amaba mucho la vida y nosotros queríamos que él pudiera gozaría plenamente hasta el fin.

“Tres semanas antes de morir, Jared obtuvo algunas insignias de los Lobatos. Había ganado el distintivo del Oso, el de Fe en Dios, tina punta de flecha dorada y dos puntas de flecha de plata. Sabemos que él vivió para conseguir esas insignias. Se estaba debilitando rápidamente y ni siquiera quería dormir en espera del día en que asistiría a la reunión de la Manada, que se llevó a cabo el 14 de octubre de 1992, y recibir sus insignias. En esa reunión, él levantó la mano tres veces y les dijo a todos cuánto tiempo había esperado recibirlas y qué contento estaba de haberlas logrado. Cuando volvimos a casa, me pidió que le cosiera los distintivos en la camisa esa misma noche; y lo hice. Entonces oró al Padre Celestial para que le hiciera dormir porque estaba muy cansado. Lo dijo tres veces; se fue a dormir y ni siquiera se movió en toda la noche. Desde ese momento casi siempre estaba durmiendo, hasta que murió.

“Le sepultamos con su camisa de los Lobatos con los emblemas que tanto había esperado cosidos y asegurados en la pechera. Tuvo un hermoso funeral. Mucha gente estuvo presente, porque se había hecho de muchos amigos en la comunidad por medio de su ejemplo de valor y de fe”.

Este relato ilustra la influencia de un programa inspirado en la vida de un niño y su familia.

A todos los poseedores del Sacerdocio Aarónico reunidos esta noche con sus padres y sus líderes les digo que el programa del sacerdocio de la Iglesia, con sus actividades correspondientes, así como el Escultismo, les ayudará y no serán obstáculos en su camino por la vida. Que cada uno de nosotros tome la determinación de seguir el ejemplo de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo, guarde Sus mandamientos y viva Sus enseñanzas, para que heredemos el mayor de todos los dones: la vida eterna con Dios. En el nombre de Jesucristo. Amén.