“Apacienta Mis Ovejas”

Richard P. Lindsay


“Nosotros, los que hemos recibido la asignación de ser guardianes del precioso rebaño del Señor, debemos estar allí con los corderos cuando se nos requiera.”

Elder Wirthlin, yo estuve en ese partido de fútbol y gaste diez centavos para ver esa increíble jugada, pero lo perdono por no haber atajado a Whizzer White. Junto con el elder Wirthlin, quiero dirigirme a ese formidable ejército que son los jóvenes poseedores del Sacerdocio Aarónico de la Iglesia y, en particular, a los que en estos tiempos tan difíciles han sido llamados por revelación divina para ser sus líderes del sacerdocio. Toda mi vida he sentido una inmensa gratitud hacia los líderes del Sacerdocio Aarónico que bendijeron mi juventud de tal modo que nunca podré retribuírselo. Estos hombres magníficos me ayudaron a llenar el vacío que dejó la muerte de mi padre, ocurrida cuando yo tenía cinco años y causada por una súbita enfermedad; mi padre había sido el obispo de nuestro barrio durante mucho tiempo.

Años después, en 1940, cuando yo era presidente del quórum de diáconos, recibí una carta del Obispado Presidente de la Iglesia, firmada por LeGrand Richards, Marvin J. Ashton y Joseph L. Wirthlin. En parte, la carta decía:

“El Obispado Presidente felicita a la presidencia del quórum de diáconos del Barrio Taylorsville por haber logrado una asistencia de mas del noventa por ciento a las reuniones del sacerdocio y sacramentales en el año 1939”. )Se pueden imaginar, hermanos, el efecto que tuvo esta carta en los jóvenes poseedores del Sacerdocio Aarónico de aquel barrio campesino y en los tres diáconos de trece años que formaban la presidencia de nuestro quórum? Desde ese momento, aquellos hombres del Obispado Presidente pasaron a ser mis héroes.

Hoy, al pensar como adulto acerca de aquel acontecimiento, reconozco que la carta fue, en realidad, la consecuencia de tener un obispado fiel y consciente cuyo segundo consejero solía sentarse con nosotros en nuestra reunión semanal de planeamiento y siempre nos acompañaba, al menos un rato, en las reuniones semanales del quórum. El asesor de nuestro quórum era la clase de líder con la humildad que me imagino que el Salvador tendría para ayudar a Pedro a prepararse para desempeñar su función de líder y profeta de la iglesia en el futuro, cuando le dijo: “Tu, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:32) .

Todos los domingos, al reunirnos en un obscuro cuarto del sótano de esa capilla construida el siglo anterior, aquel noble asesor hablaba sinceramente con palabras bondadosas a su rebaño de jovencitos entusiastas. Con amor puro y en forma clara nos aconsejaba acerca de lo absurdo que era usar las substancias perjudiciales que reveló el Señor en la Palabra de Sabiduría; hacía hincapié en la importancia de mantenernos física y mentalmente limpios y de ser dignos de servir al Señor en la obra misional. A menudo, y con lágrimas en los ojos, declaraba a los miembros de nuestro quórum de diáconos su humilde testimonio acerca de la divinidad del Salvador y de la profética misión de José Smith.

Nos enseñaba constantemente que somos guardias de nuestros hermanos y que el propósito del quórum era bendecir la vida de cada uno de sus miembros; destacaba que cuando repartíamos la Santa Cena, recogíamos las ofrendas de ayuno o les cortábamos la leña a las viudas, sólo hacíamos lo que el Señor quería que hiciéramos. Cuando un miembro menos activo de nuestro quórum enfermó y por un tiempo no pudo asistir a las reuniones del sacerdocio, íbamos a su casa y el recibía allí la lección semanal y el hermanamiento de los otros miembros del quórum. Cuando otro hermano menos activo, cuyo padre no era miembro de la Iglesia, no iba a las reuniones, realizábamos una reunión de sacerdocio en su casa. En años recientes, estos dos hermanos han bendecido a muchos miembros al ocupar puestos de gran responsabilidad en la Iglesia.

Muchos años después, estuve en el hospital junto al lecho de aquel amado asesor en momentos en que estaba por cambiar esta vida por la vida venidera. A pesar del gran sufrimiento que lo agobiaba, me pidió que le informara acerca de las circunstancias en que se hallaba cada uno de los diáconos que había pertenecido a aquel quórum favorito hacía mas de treinta años.

Con su vida cumplió literalmente la instrucción que el Salvador le había dado a Pedro en las playas del Mar de Tiberias en oportunidad de Su ultima admonición a los Apóstoles: “Apacienta mis corderos … Pastorea mis ovejas … Apacienta mis ovejas” (véase Juan 21:15-17).

La lucha por conquistar el alma de las preciosas ovejas y corderos de nuestro Padre Celestial se esta librando furiosamente en todos los rincones del mundo.

Una sociedad cada vez mas licenciosa, influida enormemente por los medios de comunicación y en especial por la televisión, esta procurando exponernos a todos, y en particular a nuestra juventud, a una serie de preceptos inmorales. La televisión ha logrado, casi por si sola, que la vulgaridad se convierta en algo normal y corriente. El resultado es hoy una cultura popular maniobrada por explotadores que se aprovechan de quienes se deleitan en la vulgaridad, la pornografía y aun las atrocidades; tales influencias no pueden sino tener un efecto desalentador en las creencias religiosas y los valores morales de nuestra juventud.

Esa es la condición que previeron los profetas de la Biblia y del Libro de Mormón; es el mundo en el que deben vivir y el que deben superar valiente y victoriosamente los fieles poseedores del Sacerdocio Aarónico. Frente a este cuadro mundanal, los lideres del Sacerdocio Aarónico deben, con amor, ayudar a que cada uno de los jóvenes logre lo siguiente:

  • Convertirse verdaderamente al Evangelio de Jesucristo y vivir conforme a sus enseñanzas.

  • Magnificar sus llamamientos en el sacerdocio.

  • Prestar servicios significativos.

  • Prepararse para recibir el Sacerdocio de Melquisedec.

  • Comprometerse y prepararse dignamente para la obra misional y cumplir entonces una misión honorable.

  • Vivir dignamente para recibir los convenios del templo y prepararse para ser un esposo y padre digno.

Hermanos, asegúrense de que el amor y el hermanamiento del sacerdocio abarquen a todo miembro de su quórum y que ninguno de ellos quede excluido de su amistad.

Desde que retornamos, hace poco, después de servir a la Iglesia durante tres años en Africa, y habiendo tenido que familiarizarnos de nuevo con nuestros veintitrés nietos, al visitarles mi esposa y yo hemos accedido a contarles cuentos que sean, primero, verídicos; segundo, interesantes y tercero, que no les hayamos contado antes. Todos los que son abuelos podrán entender el problema que tales solicitudes nos presentan. Sin embargo, uno de estos relatos acudió a mi mente en ocasión de una reciente visita al hogar de nuestro hijo y su esposa, quienes residen en otra ciudad con sus cinco hijos, tres de los cuales son poseedores del Sacerdocio Aarónico, uno presbítero, otro maestro y el otro diácono. La historia se refiere al propio padre de esos jóvenes, cuando tenía seis años.

Yo me crié en las afueras de Salt Lake, en una época en que era necesario cuidar una variedad de animales de corral. Mi animal favorito era la oveja, quizás porque las ovejas no requieren que se les ordene dos veces al día los siete días de la semana.

Yo quería que nuestros hijos tuvieran la bendición de ser pastores | de esos animales de corral, por lo que a cada uno de nuestros hijos mayores se le asignó la responsabilidad de cuidar una oveja y de los corderitos que esperábamos que llegaran después.

El segundo de ellos, que acababa de cumplir los seis años, me llamó por teléfono a mi oficina una fría mañana de marzo y me dijo con entusiasmo: “Papa, )sabes que? Esther (ese era el nombre de la oveja), acaba de tener dos corderitos. Ven por favor a casa y ayúdame a cuidarlos”. Le recomendé entonces que observara con cuidado a los corderos, asegurándose de que se alimentaran con la leche de la madre, y le dije que todo andaría bien. Poco después, esa mañana, la misma vocecita se dejó oír otra vez por el teléfono, diciendo: “Papa, creo que estos corderitos no están muy bien. No han podido tomar la leche de la madre y tienen frío. Ven a casa por favor”.

Estoy seguro de que mi respuesta reflejó la preocupación que sentí, ante la interrupción de mis tareas, cuando le dije: “Gordon, los corderos van a estar bien. Sólo tienes que cuidarlos y, cuando regrese a casa, tu y yo vamos a hacer que se alimenten y estarán bien”. En la tarde, nuevamente recibí otro llamado, esta vez con mayor urgencia. Ahora la voz en el teléfono era suplicante al decir: “Papa, (tienes que venir a casa ahora mismo! Los corderitos están tirados y uno de ellos parece tener mucho frío”. No obstante las obligaciones del trabajo, en aquel momento me sentí preocupado y trate entonces de calmar a ese niño de seis años al decirle: “Gordon, lleva los corderos a la casa. Frótalos con un trapo de arpillera para calentarlos y, cuando yo regrese, vamos a ordenar la oveja y darles la leche; y estarán bien”.

Dos horas mas tarde, cuando llegue a casa, me esperaba mi niño con los ojos llenos de lágrimas, llevando en sus brazos un corderito muerto. Su congoja era enorme. Trate de arreglar la situación corriendo a ordenar a la oveja madre y procurando forzar la botella de leche en la boca del otro débil corderito. En aquel momento, Gordon salió del cuarto para regresar luego con una expresión de esperanza en los ojos y me dijo: “Papa, he orado para que podamos salvar a este corderito y creo que quedara bien”. Lamentablemente, el corolario de esta historia es que pocos minutos después se nos murió el segundo cordero. Y entonces, con una mirada que nunca podré olvidar y con lágrimas que le rodaban por las mejillas, aquel niño de seis años de edad que acababa de perder a sus dos corderitos, me dijo: “Papa, si hubieras venido cuando te llame por primera vez, podríamos haber salvado a los dos”.

Amados hermanos del sacerdocio, nosotros, los que hemos recibido la asignación de ser guardianes del precioso rebaño del Señor, debemos estar allí con los corderos cuando se nos requiera. Debemos enseñar con amor los principios de la fe y la bondad, y ser verdaderos ejemplos para los corderos de nuestro Padre Celestial. Cada uno de los miembros del quórum debe prepararse para sus futuras funciones como poseedor del Santo Sacerdocio en un mundo plagado de pecados y ansioso por tener lideres de moral incuestionable.

Dejo con ustedes mi testimonio de que esta es la obra de Dios, la obra mas importante del mundo en la que podamos participar. Ruego que logremos ser instrumentos en Sus manos para salvar a los corderos por quienes El dio Su propia vida, y lo hago en el nombre de Jesucristo. Amen.