Nuestro Testimonio

Gordon B. Hinckley

First Counselor in the First Presidency


Gordon B. Hinckley
“Sin duda huy incrédulos. Pero, ¿hay acaso en la historia de la humanidad una experiencia con mas testigos que la resurrección de Jesús en esa primera Pascua?”

Mis queridos hermanos, en esta mañana de Pascua agrego mi testimonio al de mis hermanos. Toda la cristiandad celebra hoy el aniversario del milagro mas grandioso que ha tenido lugar en la historia de la humanidad. Es el milagro que abarca a todos los que han vivido en la tierra, a todos los que están en ella, y a todos los que vivan en ella en el futuro. Nada de lo que se ha hecho antes o después ha afectado al genero humano como la expiación que llevó a cabo Jesús de Nazaret, que murió en la cruz del Calvario, fue sepultado en el sepulcro de José de Arimatea, y al tercer día se levantó de la tumba como el Hijo viviente del Dios viviente, el Salvador y Redentor del mundo.

Todos los seres mortales tenemos que morir. La muerte forma una parte tan importante de la vida eterna como el nacimiento. Si la contemplamos con ojos terrenales, sin comprender el plan eterno de Dios, la muerte es una experiencia tétrica, final e implacable, que Shakespeare describió como “la tierra desconocida de cuyos confines ningún viajero retorna” (Hamlet, acto 3, escena 1, líneas 78-80).

Pero nuestro Padre Eterno, cuyos hijos somos, hizo posible que fuera algo mucho mejor mediante el sacrificio de Su Hijo Unigénito, el Señor Jesucristo. Así tenía que ser. )Sería posible creer que el Gran Creador hubiera creado la vida, el progreso y los logros sólo para echar todo al olvido al llegar la muerte? La razón nos dice que no; la justicia exige una respuesta mejor. El Dios de los cielos la designó; el Señor Jesucristo la llevó a efecto. El Suyo fue el sacrificio supremo; Su victoria fue sublime.

Sin duda hay incrédulos. Pero, )hay acaso en la historia de la humanidad una experiencia con mas testigos que la resurrección de Jesús en esa primera Pascua? El le habló a María, que fue la primera en llegar al sepulcro; después, les hablo a las otras mujeres, que corrieron a relatarlo a sus hermanos, dos de los cuales fueron corriendo hasta el jardín. Mas tarde, apareció a diez de los Apóstoles, encontrándose ausente Tomas. Luego volvió, esa vez con Tomas presente. Al verlo, el que había dudado exclamó: “(Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28). Habló con dos de los hermanos en el camino a Emaus, y ellos después dijeron: “)No ardía nuestro corazón en nosotros … ?” (Lucas 24 32). Y Pablo dijo que “después apareció a mas de quinientos hermanos a la vez”, agregando luego: “Y … me apareció a mí” (1 Corintios 15:6, 8).

Todo esto y mas se encuentra en el Nuevo Testamento, y ha servido de base a la fe de incontables millones de personas de todo el mundo, cuyo corazón ha recibido un testimonio del Santo Espíritu de que sor la verdad; personas que han vivido por ese testimonio y han muerto por el. Cuando la sombra obscura de la muerte se ha atravesado en su camino, cuando normalmente ya no quedaría ninguna esperanza, han recibido la seguridad de que “así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22). En esas horas tenebrosas, ha aparecido una luz segura y certera para sostenerlos, consolarlos y bendecirlos.

Por si eso no fuera suficiente, hay otro testamento, el que se llama Libro de Mormón, una Escritura del Nuevo Mundo que esta ante nosotros como otro testigo de la divinidad y realidad del Señor Jesucristo, del beneficio global de Su expiación y de su triunfo sobre las tinieblas del sepulcro. Entre sus cubiertas se halla gran parte de la palabra segura de profecía que habla de Aquel que nacería de una virgen, el Hijo del Dios Todopoderoso; hay una predicción de Su obra como hombre entre los hombres; hay una declaración de Su muerte, como Cordero sin mancha que habría de ser sacrificado por los pecados del mundo. Y esta el relato conmovedor, inspirador y verdadero de la visita del Cristo resucitado a los habitantes del continente occidental. El testimonio esta para que lo palpen, para que lo lean, para|que lo mediten, para que oren sobre sus palabras con la promesa de que el que ore sabrá por el poder del Espíritu Santo que es válido y verdadero (véase Moroni 10:35).

Y además, por si eso no fuera suficiente, esta la atestación de un Profeta, cuyo nombre era José Smith, que selló con su sangre el testimonio de su Señor. Hoy celebramos otro aniversario de la Pascua. Este año conmemoraremos e l sesquicentenario de la muerte del profeta José Smith. La bochornosa tarde del 27 de junio de 1844, en Carthage, Illinois, el y su hermano Hyrum fueron asesinados por un populacho armado, cuyos integrantes se habían pintado de negro la cara para que no los reconocieran. John Taylor, que en esa ocasión estaba con el Profeta y su hermano, escribió después estas palabras:

“José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, ha hecho mas por la salvación del hombre en este mundo, que cualquier otro que ha vivido en el, exceptuando sólo a Jesús … Vivió grande y murió grande a los ojos de Dios y de su pueblo; y como la mayoría de los ungidos del Señor en tiempos antiguos, ha sellado su misión y obras con su propia sangre; y lo mismo ha hecho su hermano Hyrum …

“… y su sangre inocente … es un testimonio de la verdad del evangelio sempiterno que cl mundo entero no puede impugnar …” (D. y C. 135:3, 7)

Con motivo de la conmemoración de este trágico acontecimiento, deseo decir unas palabras sobre los protagonistas principales de ambas partes de esos hechos nefastos ocurridos en Carthage: de un lado, esta José Smith, el Profeta mártir; del otro, Thomas Ford, Gobernador del estado de Illinois, cuya promesa rota culminó en las tragedias de ese día.

José Smith y Thomas Ford eran contemporáneos; el Gobernador nació en Pensilvania, en 1800; José Smith nació en Vermont, en 1805; Ford era cinco años mayor que el Profeta. La información que tengo sobre José Smith es de una procedencia que todos ustedes conocen; la que tengo del Gobernador proviene de sus propios escritos, y en su mayor parte de un prefacio histórico de estos, escrito por M. M. Quaife, así como también de otro prefacio escrito por el general James Shields en la primera edición del libro de Ford titulado Historia de Illinois. Mucho le debo a la señora Doris M. Davis, de Peoria, por su ayuda en esta indagación. Explico estos detalles para que sepan que lo que voy a decir proviene de una fuente que se puede considerar verídica.

José Smith murió en 1844, a los treinta y ocho años; en diciembre de ese año habría cumplido los treinta y nueve.

El gobernador Ford murió en 1850, un mes antes de cumplir los cincuenta años. En 1846 terminó su período como Gobernador y se mudó a la granja de sus suegros, donde escribió el libro que acabo de mencionar.

En dicho libro, hace un relato bastante detallado de la muerte de José y Hyrum Smith, y concluye con estas palabras:

“Así cayó José Smith, el impostor que ha tenido mas éxito en los tiempos modernos; un hombre que, aunque inculto y grosero, gozaba de algunos excelentes atributos naturales que lo calificaron para una gloria pasajera pero que estaban tan empañados y contrarrestados por la corrupción y los vicios inherentes de su naturaleza que jamas habría podido prevalecer en establecer un sistema que tuviera posibilidades de un éxito permanente en el futuro” (History of Illinois, 2 tomos, Chicago: The Lakeside Press, 1946 2:213).

Esa fue la evaluación que hizo Thomas Ford.

No deseo criticar al gobernador Ford; sólo me inspira lastima; lo veo como una persona que sembró vientos y cosechó tempestades.

En abril de 1847, cuando nuestra gente dio comienzo a la larga marcha desde Winter Quarters, Misuri, hasta el Valle del Gran Lago Salado, Ford y su familia se mudaron a Peoria con la intención de que el ejerciera allí la abogacía. Cito ahora palabras del Señor Quaife:

“La historia de los tres años pasados allí es una de pobreza y derrota continuas. La Señora de Ford, enferma de cáncer, murió el 12 de octubre de 1850, a la temprana edad de treinta y ocho años; tres semanas mas tarde, el 3 de noviembre, el la siguió a la tumba. Detrás, quedaron cinco niños huérfanos, pequeños y sin un centavo, para enfrentar el mundo como pudieran. Como prueba de los sentimientos humanitarios, debe decirse que personas consideradas del pueblo se hicieron cargo de ellos y los criaron en hogares que eran mejores del que su propio padre habría podido proveerles. En sus ultimas semanas de vida, el había vivido de la caridad publica y los gastos de su funeral se pagaron con donaciones de un grupo de personas” (ibíd., 1:26, 27).

El y la esposa fueron sepultados en el cementerio de Peoria; mas adelante, trasladaron sus restos al cementerio de Springdale, donde el sepulcro quedo sin lapida hasta 1896, cuando la legislatura votó una apropiación de $1.200 dólares para levantar el monumento que ahora marca su tumba.

He estado frente a ese sepulcro donde he reflexionado sobre los acontecimientos y las circunstancias a los que me he referido.

Después de la muerte del Gobernador y el pago de sus deudas, quedó la suma de $148.06 para distribuirse como herencia entre los cinco hijos.

En su prefacio del libro de Ford, el general James Shields dice:

“En 1850, mientras el autor de esta obra se encontraba en su lecho de muerte, puso en mis manos un manuscrito del cual no tenía yo noticia, con el encargo de que después de su muerte yo lo hiciera publicar para el beneficio de su familia. Muy poco después murió, dejando sus hijos huérfanos en una condición de absoluta pobreza”.

Las ganancias de la venta del libro produjeron $750 dólares que, repartidos entre los cinco hijos, dieron $150 dólares a cada uno como escasa herencia, además de los $148 que su padre les había dejado.

La mayor de las mujeres se casó y quedó viuda en 1878; ella vivió hasta 1910, teniendo que recibir los cuidados de otras personas en sus últimos años. La segunda hija se casó también, tuvo una familia y murió en Saint Louis. La hija menor, nacida en 1841, murió de “fiebres” a la edad de veintiún años y fue enterrada junto a sus padres. Sobre los varones, cito de nuevo las palabras del Señor Quaife:

“En el otoño de 1872, Thomas [que era el menor], acusado de robar caballos, fue colgado por unos linchadores cerca de Caldwell, estado de Kansas. Dos años después, en 1874, Seuel [su hermano] y otros dos bandoleros fueron colgados cerca de Wellington, estado de Kansas, por otro grupo de linchadores” (ibíd., 32). Fueron sepultados en tumbas sin lápidas en las praderas de Kansas.

Menciono estas cosas para hacer ver que hubo tragedia en las dos partes que tuvieron Un papel principal en Carthage. José y Hyrum Smith fueron asesinados. El gobernador Ford, que les había prometido la protección del estado de Illinois y no había cumplido su promesa, cayo en circunstancias trágicas, muriendo en abyecta pobreza y dejando en la miseria a su familia, que también en su mayor parte vivió con penurias y murió miserablemente.

Al mismo tiempo que el gobernador Ford escribía su errada evaluación de José Smith, otro contemporáneo de ambos, Parley I’ Pratt, escribió también una en la que dijo, refiriéndose al Profeta:

“Su obra perdurara a través de las épocas y millones de personas que todavía no han nacido siquiera mencionaran su nombre con honor, como un noble instrumento en las manos de Dios que, durante su breve vida, estableció los cimientos de ese reino del que habló Daniel, cl Profeta, diciendo que haría trizas a todos los demás reinos y permanecería para siempre” (Autobtography of Parley P Pratt, Salt Lake City; Deseret Book Co., 1979, pág. 46).

Parley Pratt escribió con un sentido mas certero de profecía que Thomas Ford. Es cierto que lo hizo con espíritu de amor, pero también con una cierta visión de este gran movimiento milenario.

La sombra de los acontecimientos de junio de 1844 se ha extendido ahora sobre mas de ciento cincuenta años y ha cubierto una gran parte del mundo. La historia es clara y es extraordinario estudiarla. Es una historia grandiosa y emocionante, una épica sin paralelo. L)os ar os después del asesinato del Profeta, mientras el Gobernador escribía su libro, la mayoría de nuestra gente abandonaba Nauvoo, su amada ciudad a orilla del Misisipí. Atrás, dejaron sus casa hermosas y cómodas, dejaron su magnifico templo. El éxodo comenzó en febrero de 1846, en el rigor del invierno, con un frío tan intenso que el Misisipí se había congelado y algunos cruzaron sobre el hielo. No se fueron de allí porque así lo hubiera deseado, sino que tuvieron que irse expulsados por el odio implacable de los populachos enfurecidos.

Avanzaron penosamente por la praderas de lowa hasta llegar al río Misuri en Council Bluffs, que entonces se llamaba Kanesville. Allí establecieron Winter Quarters. Al llega la primavera, siguieron hasta el río Elkhorn y a lo largo del río Platte, atravesando lo que ahora son los estados de Nebraska y Wyoming, hasta llegar al Valle del Gran Lago Salado. La muerte los acompañó; unos seis mil quedaron enterrados lo largo de la ruta antes de que se terminara la construcción de la vía transcontinental en 1869. Acá, en estos valles de las montañas, arrancaron artemisa, batallaron contra lo grillos, acarrearon agua de las corrientes fluviales de los canones para hacer florecer el desierto. Desde esa época la obra se ha extendido por toda la tierra hasta hoy, en que las congregaciones de mas de ciento cuarenta naciones cantan en mas de ciento sesenta y cinco idiomas y dialectos este tributo a José Smith que escribió W. W. Phelps

‘Al gran Profeta rindamos honores.
Fue ordenado por Cristo Jesús
a restaurar la verdad a los hombres
y entregar a los pueblos la luz”.

El numero de miembros de la Iglesia se acerca ahora a los nueve millones. El año pasado se imprimieron y distribuyeron mas de cuatro millones y medio de ejemplares del Libro de Mormón como “Otro Testamento de Jesucristo”. Miles de centros de reuniones para mas de 21.000 congregaciones y muchos templos hermosos ostentan el nombre de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

El gobernador Ford no pudo ver las virtudes de aquel hombre cuya sangre manchó el piso de una pequeña cárcel de Carthage; pero unos años antes, un ángel del cielo había hablado del destino del que entonces era un muchacho, diciendo:

“Tu nombre será conocido entre las naciones, porque la obra que el Señor llevará a cabo sirviéndose de tus manos hará que los justos se regocijen y los inicuos se enfurezcan; unos lo pronunciaran con honra, otros con desprecio; pero para estos será aterrador, por la obra grande y maravillosa que surgirá: después que salga a la luz la plenitud de mi evangelio” (Times and Seasons, tomo 2, págs. 394-395) .

Han pasado ya ciento cincuenta años. Estamos agradecidos por la reconciliación que tuvo lugar. Agradecemos a Dios nuestro Padre Eterno esta época de mayor tolerancia y mas comprensión. Los días de las quemas y las expulsiones quedaron atrás y brilla sobre nuestro pueblo la luz de la buena voluntad. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es propietaria ahora del lugar donde ocurrió el asesinato, la cárcel de Carthage y la manzana en la que se encuentra; lo ha convertido en un sitio hermoso y atractivo para las decenas de miles de visitantes de diversas naciones que pasan por allí. Nauvoo es un lugar de tolerancia. un resto de la historia extraordinaria; el lugar donde una vez se levanto un hermoso templo, se ha vuelto objeto de reverente curiosidad; hay una estaca de Sión que lleva el nombre Nauvoo, y en el norte de Chicago hay un magnífico templo en el cual se administran las ordenanzas de salvación para el beneficio de los hijos de Dios de todas las generaciones, una obra que se ha hecho posible por el sacerdocio revelado al profeta José Smith, una obra que extiende a las generaciones pasadas las oportunidades maravillosas que abrió a la humanidad la Expiación del Salvador del mundo.

En una ocasión anterior, el profeta José Smith estaba encarcelado en otra prisión, la de Liberty, Misuri. En las penurias de este tétrico lugar, exclamó:

“Oh Dios, en dónde estas?” (D.y C. ]21:1.)

Como respuesta a esa oración recibió esta extraordinaria promesa:

“Los extremos de la tierra indagaran tu nombre, los necios se burlarán de ti y el infierno se encolerizará en tu contra;

“en tanto que los puros de corazón, los sabios, los nobles y los virtuosos buscarán consejo, autoridad y bendiciones de tu mano constantemente.

“El testimonio de traidores nunca volverá a tu pueblo en contra de ti” (D.yC. 122:13).

Todos somos testigos del cumplimiento de esas palabras proféticas. Mientras hablo, me escuchan en cientos de salones en este y en otros países; y eso es apenas una muestra del cumplimiento de la promesa. Y lo que presenciamos hoy, estoy seguro, no es mas que un pronostico de lo que nos reserva el futuro. José Smith fue un instrumento en las manos del Señor toda su vida, para el establecimiento de Su obra restaurada en esta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Murió por el testimonio del Salvador de la humanidad. La Iglesia que se estableció por su intermedio lleva el nombre del Redentor del mundo.

De una bella y maravillosa visión que tuvo en la flor y vigor de su vida, el profeta José Smith escribió estas palabras que confirman la veracidad de aquella primera mañana de Pascua y la gloria de Aquel de quien recibía toda su inspiración como Profeta de esta grandiosa dispensación de los últimos días. El declaró:

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de el, este es el testimonio, el ultimo de todos, que nosotros damos de el:(Que vive!

��Porque lo vimos, si, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que el es el Unigénito del Padre;

“que por el, por medio de el y de el los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:22-24) .

Por eso, en este día de reposo en que celebramos la Pascua, damos testimonio del Redentor del mundo, el Unigénito del Padre; El, que anduvo haciendo el bien en el ejercicio de Su poder divino; El, que murió en el Calvario y que se levantó para ser las primicias de la Resurrección. Testificamos de la veracidad de las palabras de los Apóstoles y otros testigos de antaño. Confirmamos la veracidad del testimonio del gran Vidente y Revelador de esta dispensación, el profeta José Smith, que hace ciento cincuenta años dio su vida como testimonio del Redentor resucitado. Y. por el poder del Espíritu Santo, damos nuestro propio testimonio de Aquel que murió en el Calvario y se levantó de los muertos, de nuestro Salvador cuyo sacrificio hizo posible el don de la vida eterna para todos los que obedezcan Sus mandamientos. En e l nombre de Jesucristo, nuestro Redentor. Amén.