“La ley del diezmo no es una práctica arcaica del Antiguo Testamento, sino un mandamiento que procede directamente de nuestro Salvador a la gente de nuestra época.”

Cuando el Señor resucitado se apareció a los fieles en este continente, les enseñó los mandamientos que el profeta Malaquías ya había dado a los otros hijos de Israel. El Señor mandó escribir estas palabras (véase 3 Nefi 24:1):

“¿Robará el hombre a Dios? Mas vosotros me habéis robado. Pero decís: ¿En que te hemos robado? En los diezmos y en las ofrendas.

“Malditos sois con maldición, porque vosotros, toda esta nación, me habéis robado.

“Traed todos los diezmos al alfolí para que haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice el Señor de los Ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros una bendición tal que no haya donde contenerla” (3 Nefi 24:8-10; véase también Malaquías 3:8-10).

Después de que el Salvador hubo citado esas palabras, “las explicó a la multitud” y dijo: “Estas escrituras que no habíais tenido con vosotros, el Padre mandó que yo os las diera; porque en su sabiduría dispuso que se dieran a las generaciones futuras” (3 Nefi 26;1-2).

Allí vemos que la ley del diezmo no es una practica arcaica del Antiguo Testamento, sino un mandamiento que procede directamente de nuestro Salvador a la gente de nuestra época. El Señor ha confirmado es a ley en la revelación con temporánea al mandar a Su pueblo pagar “la décima parte de todo su interés anualmente”, y decir que “esta les será por ley fija perpetuamente” (D. y C. 119:4).

Ningún Profeta del Señor de los últimos días ha predicado de la ley del diezmo con mayor fervor que Heber J. Grant. En calidad de Apóstol y posteriormente como Presidente de la Iglesia, con frecuencia exhortaba a los santos a pagar un diezmo íntegro, y hacia categóricas promesas a los que lo hicieran.

En una conferencia general de 1912, el entonces elder Heber J. Grant dijo:

“Doy testimonio-y se que este testimonio es verdadero-que a los hombres y a las mujeres que hayan sido totalmente honrados con Dios que hayan pagado su diezmo … Dios les ha dado sabiduría por la cual han podido utilizar los restantes nueve decimos, y estos han sido de mayor valor para ellos, y han logrado mas con ellos que lo que hubieran logrado si no hubiesen sido honrados con el Señor” (en Conference Report, abril de 1912, pág. 30).

En 1929, el presidente Heber J. Grant dijo:

“Suplico a los Santos de los Últimos Días que sean honrados con el Señor, y yo les prometo que la paz, la prosperidad y el éxito económico acompañarán a los que sean honrados con nuestro Padre Celestial … Cuando ponemos el corazón en las cosas de este mundo y no somos del todo honrados con el Señor, no progresamos en la luz ni en el poder ni en la fortaleza del evangelio como lo haríamos si lo fuésemos” (en Conference Report, octubre de 1929, págs. 4-5).

Durante el gran desastre económico [de 1930], el presidente Grant siguió recordando a los santos que el pago del diezmo abriría las ventanas de los cielos y traería las bendiciones que necesitaran los fieles. En aquella difícil época, algunos de los obispos de la Iglesia observaron que los miembros que pagaban su diezmo podían mantener a su familia con mayor eficacia que los que no lo hacían. Se advertía que los que pagaban el diezmo conservaban su empleo, tenían buena salud y no padecían de la mayoría de los efectos devastadores de la depresión económica y espiritual. (Véase Church News, 9 de diciembre de 1961, pág. 16.) Innumerables Santos de los Últimos Días que pagan su diezmo pueden testificar que reciben bendiciones similares en la actualidad.

Estoy agradecido al presidente Grant y a los otros Profetas por haber enseñado el principio del diezmo a mis padres, y a ellos, por habérmelo enseñado a mi. Mi actitud con respecto a la ley del diezmo quedó establecida con el ejemplo y las palabras de mi madre en una conversación que recuerdo de mi juventud.

Durante la Segunda Guerra Mundial, mi madre viuda mantuvo a sus tres hijos pequeños con su sueldo de maestra de escuela, que era muy exiguo. Cuando llegue a darme cuenta de que vivíamos sin algunas cosas deseables porque no contábamos con suficiente dinero, le pregunte a mi madre por que pagaba tanto de su sueldo como diezmo. Nunca he olvidado la explicación que me dio: “Dallin, quizá haya gente que se las arregle sin pagar el diezmo, pero nosotros no podemos. El Señor se ha llevado a tu padre y he quedado yo para criarlos a ustedes; no puedo hacerlo sin las bendiciones del Señor, y recibo esas bendiciones al pagar un diezmo integro. Cuando pago mi diezmo, tengo la promesa del Señor de que El nos bendecirá , y necesitamos esas bendiciones para arreglarnoslas para vivir”.

Años después, leí los recuerdos del presidente Joseph F. Smith de un testimonio y enseñanza similares de su madre viuda. En la conferencia de abril de 1900, el presidente Smith contó lo siguiente de su infancia:

“Mi madre era viuda y tenía que mantener a una familia numerosa. Una primavera, al abrir el deposito de papas (patatas), mando a sus hijos a apartar las mejores y las llevo a la oficina donde se pagaban los diezmos. Esa temporada las papas estaban escasas. Yo era pequeño en esa época y me toco guiar los animales. Cuando llegamos a la entrada y nos disponíamos a descargar las papas, uno de los encargados le dijo a mi madre: ‘Hermana Smith, es una vergüenza que usted tenga que pagar los diezmos’… y reprendió a mi madre por pagar su diezmo, tratándola de todo, menos de sabia y prudente; y dijo que había gente fuerte y apta para trabajar que recibía su manutención del dinero de los diezmos. Mi madre se volvió a el y le dijo: ‘William, ¡vergüenza debiera darte! ¿Quieres negarme una bendición? Si no pagara mis diezmos, no podría esperar que el Señor me diera Sus bendiciones. Pago mis diezmos no solo porque es la ley de Dios sino también porque, al hacerlo, espero recibir bendiciones. Al obedecer esta y otras leyes, espero prosperar y poder proveer para mi familia’“ (en Conference Report, abril de 1900, pág. 48).

Algunos dicen: “Mi medios no me permiten pagar el diezmo”. Los que depositan su fe en las promesas del Señor dicen: “No puedo permitirme no pagar el diezmo”.

Hace un tiempo, tuve que hablar en una reunión de lideres de la Iglesia en un país fuera de norteamérica. Mientras hablaba del diezmo, me encontré diciendo algo que no había tenido la intención de decir. Les dije que el Señor estaba apesadumbrado porque solo una pequeña fracción de los miembros de sus países confiaban en las promesas del Señor y pagaban un diezmo integro. Les advertí que el Señor retendría bendiciones materiales y espirituales si Sus hijos del convenio no guardaban este mandamiento fundamental.

Confío en que esos líderes hayan enseñado ese principio a los miembros de las estacas y de los barrios de sus países. La ley del diezmo y la promesa de bendiciones a los que la cumplen se aplica al pueblo del Señor en todas las naciones. Espero que nuestros miembros se hagan merecedores de las bendiciones del Señor al pagar un diezmo íntegro.

El diezmo es un mandamiento con una promesa. Las palabras de Malaquías, confirmadas por el Salvador, prometen a los que traigan SUS diezmos al alfolí que el .Señor abrirá “las ventanas de los cielos, y derrama[rá] sobre [ellos] bendición hasta que sobreabunde”. Las bendiciones que se prometen son temporales y espirituales. El Señor promete reprender “al devorador” y también promete a los pagadores de diezmos: “todas las naciones os dirán bienaventurados; porque seréis tierra deseable” (3 Nefi 24:10-12; véase también Malaquías 3: 10-1 2) .

Creo que esas son promesas a las naciones en las que residimos. Cuando los del pueblo de Dios retengan sus diezmos y ofrendas, Malaquías condenó a “la nación toda” (Malaquías 3:9). Del mismo modo, creo que cuando muchos ciudadanos de una nación son fieles en el pago del diezmo, invocan las bendiciones de los cielos sobre toda su nación. La Biblia enseña que la “justicia engrandece a la nación” (Proverbios 14:34), y que un “poco de levadura leuda toda la masa” (Gálatas 5:9; véase también Mateo 13:33) .

El pago del diezmo trae, además, a la persona bendiciones espirituales infinitas. El pagar el diezmo es evidencia de que aceptamos la ley de sacrificio; también nos prepara para la ley de consagración y para las otras leyes mas elevadas del reino celestial. Los “Discursos sobre la Fe” (Lectures on Faith), que prepararon los líderes de la Iglesia en los primeros años de la Restauración, abrieron las cortinas sobre el tema al decir:

“Tengamos en cuenta que una religión que no requiera el sacrificio de todas las cosas nunca tendrá poder suficiente para producir la fe indispensable para la vida y la salvación, puesto que desde el principio de la existencia humana, nunca se ha podido conseguir la fe que hace falta para la vida y la salvación sin el sacrificio de todas las cosas terrenales” (Lectures on Faith, 6:7).

No debemos pensar que el pago y las bendiciones del diezmo sean exclusivos de los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. El pago del diezmo se manda en la Biblia. Abraham pagó diezmos a Melquisedec (véase Génesis 14:20). Jacob hizo convenio de apartar “el diezmo” para Dios (Génesis 28:22). Después de que los hijos de Israel fueron sacados de Egipto, el profeta Moisés les mandó consagrar el diezmo a Jehová (véase Levítico 27:30-34).

Nuestro Salvador confirmó esa enseñanza cuando los fariseos le preguntaron si/era lícito pagar tributo o impuestos. El Salvador contestó con este mandamiento: “Dad, pues, a Cesar lo que es de Cesar, y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:21).

Hace unos años, el articulo principal del New York Times giraba sobre el tema de una docena de atletas profesionales muy bien remunerados que daban una parte fija (por lo general, el diez por ciento) de sus ingresos a su iglesia. (Véase New York Times, 29 de abril de 1991, págs. A1, B9.) Ninguno de los atletas mencionados era mormón. Si se hubieran añadido a la lista los nombres de los atletas mormones que pagan su diezmo, esta habría sido mucho mas larga.

Hay relatos de buenos hombres de negocios de la fe cristiana que prometieron dar al Señor una parte de sus ganancias y que luego atribuyeron el éxito de sus negocios al hecho de que el Señor era su socio. (Véase Betty Munson, “His Two Strips of Wheat”, Guideposts, diciembre de 1991, págs. 24-27; William G. Shepherd, “Men Who Tithe”, Improvement Era, junio de 1928, págs. 633 -645). El rector de la Universidad Brigham Young, Ernest L. Wilkinson, que habló reiteradas veces de las bendiciones que había recibido por el pago del diezmo, citó las siguientes palabras de un hombre de negocios que no era mormón:

“No prestaríamos a ninguna persona dinero con el cual dirigir sus negocios sin cobrarle intereses. Ni esperaríamos que ella nos prestase dinero a nosotros sin cobrarnos intereses. Descubrí que yo estaba usando el dinero de Dios y los talentos para los negocios que El me había dado sin pagarle yo a El los correspondientes intereses. Eso es ni mas ni menos lo que he hecho al pagar mi diezmo: ¡cumplir con mis obligaciones!” (citado en Ernest L Wilkinson, “The Principle and Practice of Paying Tithing”, Brigham Young University Bulletin, pamphlet, 1957, págs. 10-11) .

En el mandamiento del Señor a la gente de esta época, el diezmo es “‘la décima parte de todo su interés anualmente’, lo cual debe entender se como los ingresos anuales”. La Primera Presidencia ha dicho: “Nadie esta justificado en hacer ninguna otra declaración” (carta de la Primera Presidencia, fechada el 19 de marzo de l 970, citada en el Manual General de Instrucciones, 9-1; véase también D. y C. 119). Pagamos el diezmo, como lo enseñó el Salvador, al traer los diezmos “al alfolí” (Malaquías 3:10; 3 Nefi 24:10). Hacemos eso al paga nuestro diezmo a nuestro obispo o presidente de rama. No pagamos el diezmo si aportamos dinero a nuestras instituciones de caridad predilectas. Las donaciones que hagamos a instituciones de caridad deben provenir de nuestros propios fondo y no del diezmo que se nos ha mandado llevar al alfolí del Señor.

El Señor ha mandado por revelación que el gasto de Sus diezmos se dirigido por Sus siervos de la Primera Presidencia, el Quórum d los Doce y el Obispado Presidente (véase D. y C. 120). Esos fondos se emplean para construir y mantener los templos y las casas de adoración, para llevar la obra misional de la Iglesia a todo el mundo, para traducir y publicar las Escrituras, para proporcionar medios para redimir a los muertos, para la instrucción religiosa y para respaldar otros fines de la Iglesia seleccionados por los siervos del Señor designados para ello.

En los tiempos antiguos, el diezmo se pagaba en especie: la décima parte del ganado del ganadero, la décima parte de los productos del granjero. Es una lastima que nuestro uso moderno de dinero en efectivo prive a los padres de las excelentes oportunidades de enseñar que ofrece el pago del diezmo en especie. En el libro que se ha publicado hace poco, titulado Tongan Saints, Legacy of Faith, el autor cita los recuerdos de un obispo tongano de un ejemplo de ese tipo:

“La espiritualidad del abuelo Vanisi me inspiraba un temor reverencial cuando yo era niño. Recuerdo que le seguía a diario a su plantación. El siempre me señalaba lo mejor de su taro (una planta comestible), de sus plátanos y de sus otras hortalizas y me decía: ‘Esto será para nuestro diezmo’. Y dedicaba sus mejores cuidados a esas partes ‘escogidas’. Durante la siega, a menudo me encomendaba la tarea de llevar nuestra carga del diezmo al presidente de la rama. Recuerdo que yo montaba el caballo de la familia y el abuelo ponía sobre este un saco del mejor taro, que yo acomodaba delante de mi. En seguida, con gran seriedad en la mirada, me decía: ‘Simi, se muy cuidadoso con esto porque es nuestro diezmo’. De mi abuelo aprendí temprano en la vida que al Señor se le da lo mejor que se tiene” (Eric B. Shumway, traductor y editor, Tongan Saints, Legacy of Faith, Laie, Hawai: The Institute for Polynesian Studies, 1991, págs. 79-80).

De niño, yo tuve una experiencia parecida en la granja de mis abuelos. Me enseñaron lo que era el diezmo con ejemplos de un huevo entre diez o de un cajón de duraznos entre diez. Años después, use ese mismo tipo de ejemplos para enseñar el principio del diezmo a mis hijos.

Los padres siempre buscan las mejores formas de enseñar, y el resultado de su empeño resulta a veces inesperado. Al intentar enseñar lo que es el diezmo a mi hijo de siete años, le explique lo que era la décima parte de un todo y la forma en que se aplicaría, por ejemplo, a los huevos de un criadero de aves y a los terneros o a los caballos que nacieran en un criadero de animales. Cuando termine lo que no me cabía la menor duda había sido una explicación clara, quise probar si el niño había entendido. Le pedí que se imaginara que el era granjero y que tenía un criadero de aves y de animales. Le di las cifras y en seguida le pregunte que le daría al obispo como diezmo. El se quedó pensando profundamente un momento y luego me dijo: “Le daría el caballo mas viejo”.

Desde luego, hablamos mas a fondo del principio del diezmo, y me siento feliz de la forma en que el y sus hermanos aprendieron ese principio y lo pusieron en practica. Pero he pensado muchas veces en esas palabras del pequeño al observar el modo como algunos miembros adultos de la Iglesia consideran la ley del diezmo. Pienso que aun tenemos algunos cuya actitud y modo de proceder consisten en dar al obispo algo parecido al “caballo mas viejo”.

El pago del diezmo es una prueba de lo que es mas importante para nosotros. Nuestro Salvador enseñó esa realidad cuando pronunció esta parábola:

“La heredad de un hombre rico había producido mucho.

“Y el pensaba dentro de si, diciendo: ¿Que haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos?

“Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; “y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe,

regocíjate. “Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quien será?

“Así es el que hace para si tesoro, y no es rico para con Dios” (Lucas 12 16-21).

Una ilustración moderna de ese principio se encuentra implícita en el relato apócrifo de dos hombres que estaban ante el ataúd de un amigo rico. Lino preguntó: “¿Cuantos bienes dejó?” Y el otro contestó: “Los dejó todos”.

El presidente Lorenzo Snow enseñó que “la ley del diezmo es una de las leyes mas importantes que jamas se hayan revelado al hombre” (citado en Le Roi C. Snow, “The Lord’s Way Out of Bondage”, Improvement Era, julio de 1938, pág. 442). El fiel cumplimiento de esta ley abre las ventanas de los cielos de las que se derraman bendiciones temporales y espirituales. Como recibidor de esas bendiciones a lo largo de toda mi vida, testifico de la bondad de nuestro Dios y de Sus abundantes bendiciones a Sus hijos.

Ruego que todos los miembros de esta Iglesia se hagan merecedores de las bendiciones prometidas y que se otorgan a los que traen sus diezmos al alfolí. En el nombre de Jesucristo. Amen.