El Ser Marido Y Padre Con Rectitud

Howard W. Hunter

President of the Church


“El hombre que posee el sacerdocio debe considerar que la familia es ordenada por Dios. El ser líder de su familia es su deber más importante y más sagrado.”

Mis queridos hermanos del sacerdocio, considero un privilegio reunirme con ustedes esta noche en esta reunión general del sacerdocio. El sacerdocio es la mejor y la más grande hermandad que hay sobre la tierra. Me siento intensamente robustecido al ver su fidelidad, sentir su amor y recibir su voto de sostenimiento. En particular, nos sentimos agradecidos porque han concurrido a esta reunión tantos de nuestros hermanos del Sacerdocio Aarónico con sus padres o asesores.

El tema de mi discurso en esta oportunidad está dirigido de forma especial a los que son maridos y padres de familia. Todos ustedes, los que poseen el Sacerdocio Aarónico, pronto llegarán a la edad del matrimonio y la paternidad. Por tanto, lo que diga en esta ocasión tendrá aplicación para todos los presentes.

Deseo hablar de la relación que el hombre que posee el sacerdocio debe tener con su esposa y con sus hijos. Con el conocimiento del plan de salvación como base, el hombre que posee el sacerdocio debe considerar el matrimonio como un privilegio y una obligación sagrados. No es bueno que el hombre ni que la mujer estén solos. El hombre no es completo sin la mujer. Ninguno puede cumplir la medida de su creación sin el otro (véase 1 Corintios 11:11; Moisés 3:18). El matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios (véase D. y C. 49:15–17). Sólo por medio del nuevo y sempiterno convenio del matrimonio alcanzarán la plenitud de las bendiciones eternas (véase D. y C. 131:1–4; 132:15–19). Como parte importante de la responsabilidad del sacerdocio, el hombre, en circunstancias normales, no debe innecesariamente posponer el matrimonio. Hermanos, el Señor ha hablado con claridad sobre este asunto. Es la sagrada y solemne responsabilidad de ustedes seguir el consejo del Señor y las palabras de Sus profetas.

Los profetas del pasado también han hablado de los que quizá no tengan la oportunidad de casarse en esta vida. El presidente Lorenzo Snow dijo:

“Ningún Santo de los últimos Días que muera después de haber llevado una vida fiel perderá bendición alguna por no haber hecho ciertas cosas si no se le presentaron las oportunidades de hacerlas. En otras palabras, si un joven o una joven no tienen oportunidad de casarse y llevan una vida fiel hasta la hora de su muerte, tendrán todas las bendiciones, la exaltación y la gloria que tendrá cualquier hombre o mujer que tenga esa oportunidad y la aproveche. Eso es seguro y verdadero” (The Teachings of Lorenzo Snow, compilación de Clyde J. Williams, Salt Lake City: Bookcraft, 1984, pág. 138). Creo que lo que dijo el presidente Snow es verdadero.

El hombre que posee el sacerdocio debe ser perfecto en su fidelidad moral a su esposa y no darle motivos para que ella dude de su fidelidad. El marido debe amar a su esposa con todo su corazón y allegarse a ella y a ninguna otra (véase D. y C. 42:22–26). El presidente Spencer W Kimball explicó que “las palabras ninguna otra eliminan a cualquier otra persona o cosa. De manera que el cónyuge llega a ocupar el primer lugar en la vida del esposo o de la esposa, y ni la vida social, ni la vida laboral, ni la vida política, ni ningún otro interés, persona o cosa deben recibir mayor preferencia que el compañero o compañera correspondiente” (Spencer W. Kimball, El Milagro del Perdón, pág. 256).

El Señor prohibe y Su Iglesia condena cualquier y toda relación íntima fuera del matrimonio. La infidelidad por parte del hombre quebranta el corazón de su esposa y hace que él pierda la confianza de ella y la confianza de sus hijos (véase Jacob 2:35).

Sean fieles a sus convenios matrimoniales en pensamiento, palabra y hecho. La pornografía, el flirteo y las malsanas fantasías corroen la integridad personal y asestan un feroz golpe a los cimientos de un matrimonio feliz. De ese modo se destruyen la unidad y la confianza de un matrimonio. El que no domine sus pensamientos y cometa así adulterio en su corazón, si no se arrepiente, no tendrá el Espíritu, sino que negará la fe y temerá (véase D. y C. 42:23; 63:16).

El hombre que posea el sacerdocio debe tener reverencia por la maternidad. A las madres se les ha dado el sagrado privilegio de engendrar “las almas de los hombres; pues en esto se perpetúa la obra de[11 Padre, a fin de que él sea glorificado” (D. y C. 132:63).

La Primera Presidencia ha dicho:

“La maternidad está cerca de la divinidad. Es el más elevado, el más santo servicio que el género humano puede tomar sobre sí” (en James R. Clark, comp., Messages of The First Presidency, 6 tomos, Salt Lake City: Bookcraft, 1965–1975, 6:178). El sacerdocio no puede alcanzar su destino, ni los propósitos de Dios pueden cumplirse sin la compañera, la esposa. Las madres realizan una labor que el sacerdocio no puede realizar. Por ese don de la vida, el poseedor del sacerdocio debe tener un amor ¡limitado a la madre de sus hijos.

Honren la función exclusiva y divinamente señalada de su esposa como madre en Israel y su don especial de tener los hijos. Hemos recibido el mandato divino de multiplicarnos y henchir la tierra, y de criar a nuestros hijos en la luz y la verdad (véase Moisés 2:28; D. y C. 93:40). Ustedes comparten, como compañeros cariñosos, el cuidado de los hijos. Ayuden a su esposa a administrar y a mantener el hogar. Ayúdenle a enseñar, a formar y a disciplinar a los hijos.

Expresen con regularidad a su esposa y a sus hijos su reverencia y respeto hacia ella. En realidad, una de las mejores cosas que un padre puede hacer por sus hijos es amar a la madre de ellos.

El hombre que posee el sacerdocio debe considerar que la familia es ordenada por Dios. El ser líder de su familia es su deber más importante y más sagrado. La familia es la unidad más importante en esta vida y en la eternidad y como tal supera a todos los demás intereses de la vida.

Reiteramos lo que dijo el presidente David 0. McKay: “Ningún otro éxito [en la vida] puede compensar el fracaso en el hogar” (David 0. McKay, citando a J. E. McCulloch, “Home, the Savior of Civilization”, en Conference Report, abril de 1935, pág. 116) y el presidente Harold B. Lee: “Lo más importante de la obra del Señor que ustedes y yo hagamos jamás será dentro de las paredes de nuestro propio hogar” (Harold B. Lee, Stand Ye in Holy Places, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1974, pág. 255). El ser eficaces líderes de familia, hermanos, requiere el dar a ésta tiempo en cantidad y calidad. No deben dejar por entero la enseñanza y el gobierno de la familia sólo en manos de su esposa, ni de la sociedad, ni de la escuela y ni siquiera de la Iglesia.

El hombre que posee el sacerdocio debe aceptar a su esposa como compañera en la dirección del hogar y de la familia, por lo que ella debe participar de forma total, y con sin conocimiento pleno de los detalles, en todas las decisiones que atañan a éstos. Necesariamente debe haber en la Iglesia y en el hogar un oficial presidente (véase D. y C. 107:21). Por decreto divino, la responsabilidad de presidir en el hogar descansa sobre el poseedor del sacerdocio (véase Moisés 4:22). El Señor dispuso que la esposa fuese ayuda idónea para el hombre, o sea, una compañera apropiada y necesaria para él e igual en todo sentido. Para presidir con rectitud, es preciso que se compartan las responsabilidades entre marido y mujer; deben actuar juntos con conocimiento y participación en lo que respecta a todos los asuntos familiares. El que el hombre actúe por su propia cuenta, sin pedir la opinión ni el consejo de su esposa en el gobierno de la familia, es ejercer injusto dominio.

Eviten cualquier proceder dominante o indigno en la delicada e íntima relación entre marido y mujer. Por motivo de que el matrimonio ha sido ordenado por Dios, la relación íntima entre marido y mujer es buena y honorable a los ojos de Dios. Él ha mandado que sea una sola carne y que se multipliquen e hinchan la tierra (véase Moisés 2:28; 3:24). Ustedes deben amar a su esposa como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella (véase Efesios 5: 25–3 l).

La ternura y el respeto —nunca el egoism— deben ser los principios que rijan la relación íntima entre marido y mujer. Cada lino debe ser considerado y sensible para con las necesidades y los deseos del otro. Cualquier proceder tiránico, indecente o desenfrenado en la relación íntima entre marido y mujer es condenado por el Señor.

El hombre que maltrate o rebaje a su esposa física o espiritualmente es culpable de grave pecado y tiene necesidad de arrepentirse sincera y seriamente. Las diferencias deben arreglarse con amor y con bondad y con el espíritu de mutua reconciliación. El hombre siempre debe hablarle a su mujer con amor y con amabilidad, tratándola con el mayor respeto. El matrimonio es como una delicada flor, hermanos, y hay que cuidarlo con cariño constantemente y con expresiones de amor y de afecto.

Ustedes, los que poseen el sacerdocio, no deben tratar mal a sus hijos. Siempre procuren emplear los principios del gobierno del sacerdocio que se exponen en las Escrituras (véase D. y C. 93:40; 121:34–36, 41–45). El presidente George Albert Smith con sabiduría aconsejó: “No debemos enfadarnos ni tratarnos mal unos a otros … Nunca nadie que haya tenido el Espíritu del Señor ha maltratado a otra persona. Eso sólo ocurre cuando tenemos algún otro espíritu” (en Conference Report, octubre de 1950, pág. 8).

Ningún hombre que haya sido ordenado al sacerdocio de Dios podrá impunemente maltratar a su esposa o a su hijo. El abusar sexualmente de niños ha sido causa de excomunión de la Iglesia.

Los exhortamos, hermanos, a recordar que el sacerdocio es una autoridad que obra únicamente en rectitud. Gánense el respeto y la confianza de sus hijos, tratándolos con cariño. Un padre recto y justo protege a sus hijos dándoles de su tiempo y su presencia en las actividades y los deberes sociales, escolares y espirituales de ellos. Las tiernas expresiones de amor y de cariño hacia los hijos son tanto la responsabilidad del padre como de la madre. Díganles a sus hijos que los quieren.

Ustedes, los que poseen el sacerdocio, tienen la responsabilidad, excepto que sean minusválidos, de proporcionar el sustento temporal de su esposa y de sus hijos. Ningún hombre puede trasladar esta responsabilidad a otra persona, ni siquiera a su mujer. El Señor ha mandado que las mujeres y los niños tienen el derecho de recibir sostén de su marido y de su padre respectivamente (véase D. y C. 83; 1 Timoteo 5:8). El presidente Ezra Taft Benson dijo que casando el marido insta a su esposa a trabajar fuera del hogar, o insiste en que lo haga, para su conveniencia y comodidad, “en tales casos, no sólo sufrirá la familia … sino que se dificultará el propio progreso espiritual de él” (Ensign, nov. de 1987, pág. 49).

Los instamos a hacer todo lo que esté a su alcance por permitir que su esposa se quede en el hogar cuidando a los hijos mientras ustedes proveen para la familia lo mejor que puedan. Además, volvemos a poner de relieve que los hombres que abandonan a si¡ familia y no cumplen con su responsabilidad de cuidar a los hijos que han engendrado harán peligrar su derecho a tener la recomendación para el templo y su posición en la Iglesia. En los casos de divorcio o separación, los hombres deben demostrar que están cumpliendo con el pago de la pensión alimenticia que manda la ley y que obligan los principios de la Iglesia a fin de hacerse merecedores de las bendiciones del Señor.

El hombre que posee el sacerdocio está a la cabeza de su familia en lo que toca a participar en la Iglesia para que ellos conozcan el evangelio y estén bajo la protección de los convenios y las ordenanzas. Si desean recibir las bendiciones del Señor, tienen que poner si¡ propia casa en orden. Junto con su esposa, determinan el ambiente espiritual de sti hogar. La primera obligación de ustedes es poner en orden su propia vida espiritual valiéndose del estudio regular de las Escrituras y de la oración diaria. Afiancen y honren su sacerdocio y sus convenios del templo e insten a su familia a hacer lo mismo.

Tomen seriamente su responsabilidad de enseñar el evangelio a su familia, realizando para ello la noche de hogar con regularidad, la oración familiar, la lectura de las Escrituras y de mensajes espirituales, y aprovechando momentos propicios para enseñar. Hagan hincapié sobre todo en la preparación para el servicio misional y el matrimonio en el templo. En calidad de patriarcas de su hogar, ejerzan su sacerdocio efectuando las ordenanzas correspondientes por su familia y dando bendiciones a su esposa y a sus hijos. Después de su propia salvación, hermanos, no hay nada tan importante para ustedes como la salvación de su esposa y de sus hijos.

Hermanos, les he hablado con claridad con respecto a sus responsabilidades como poseedores del sacerdocio. Si hay en su vida aspectos en los que precisan mejorar, los insto a hacerlo con oración.

Testifico que esto es lo que el Señor desea que los hermanos del sacerdocio reciban en esta ocasión. Que sean bendecidos en sus esfuerzos por ser maridos y padres de familia llenos de rectitud, ruego, al dar solemne testimonio de la veracidad de lo que se ha dicho esta noche, y lo hago en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.