La Caridad Y El Aprendizaje

Aileen H. Clyde


“Creemos que nuestros actos de bondad … tendrán significado en el mismo grado en que atraigan el Santo Espíritu a nuestra alma.”

Las hermanas de nuestra Iglesia se han movilizado muchas veces para prestarse cariñoso servicio unas a otras, así como a sus familiares y a su comunidad. Si bien las tareas que emprendemos son muy diversas, creemos que la forma en que las realizamos nos separa del mundo por motivo de nuestro deseo de ser guiadas espiritualmente y de actuar con caridad. Nuestras Escrituras nos indican que la caridad, la palabra que empleamos para definir el amor mas elevado, o sea, “el amor puro de Cristo” (Moroni 7:47) se aprende. Al aprender a ejercer ese amor puro, somos capaces de ser bondadosas, de no tener envidia, de no irritarnos fácilmente, de regocijarnos en la verdad, de creer, esperar y soportar todas las cosas (véase 1 Corintios 13:47). La caridad va formando parte de nuestro ser a medida que vamos avanzando de gracia en gracia y absorbiendo precepto por precepto.

“Pues he aquí, así dice el Señor Dios: Daré a los hijos de los hombres línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y un poco allí; y benditos son aquellos que escuchan mis preceptos y prestan atención a mis consejos, porque aprenderán sabiduría …” (2 Nefi 28:30).

Las hermanas de la Sociedad de Socorro buscamos aprender sabiduría, pero ponemos en primer lugar el aprender la caridad.

La caridad se va asentando en nuestra alma al ir dejando a un lado lo que sirva primero para nuestra comodidad y egoísmo a fin de ir dando paso al amor a la familia y a los amigos, y, mas aun, al llegar a comprender el amor incondicional de nuestro Señor por nosotros que nos manifiesta parentesco divino de las unas con las otras y con El. Ese amor, o caridad, no brota de pronto ni permanece en forma constante en la mayoría de las personas, pero podemos adquirirlo al aprender y progresar, y esforzarnos por conocer el amor de Dios. Las Escrituras nos ayudan en gran medida a entender eso; en ellas leemos que el amor precede al conocer a Dios. En 1 Juan 4:8–11, dice:

“El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.

“En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por el.

“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que el nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.

“Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros.”

Lo que “debemos” hacer con caridad tanto por nosotras mismas como las unas por las otras a veces resulta muy fácil, pero la mayoría de las veces requiere un esfuerzo valiente y generoso al igual que un cambio en la manera de conducirnos. La organización de la Sociedad de Socorro ofrece a la mujer oportunidades de aumentar sus esfuerzos personales por desarrollar y ejercer la caridad. Mediante nuestros esfuerzos conjuntos, los miembros de la Sociedad de Socorro podemos hacernos sentir mutuamente apoyadas y amadas, sobre todo en los momentos de necesidad y de crisis. Ponemos a prueba esos esfuerzos nuestros al seguir el ejemplo de Cristo de dar amor incondicional y comprensión. Creemos que nuestros actos de bondad y las formas en que manifestemos nuestro amor fraternal tendrán significado en el mismo grado en que atraigan el Santo Espíritu a nuestra alma.

Igualmente importante es que la Sociedad de Socorro nos brinda la oportunidad de enseñarnos unas a otras los principios y las ordenanzas salvadores, los cuales recibimos por medio del poder del sacerdocio y se hacen constar en las Escrituras. Y así, podemos ser instrumentos para salvar almas, como lo vislumbró el profeta José Smith en 1842. En la actualidad, al igual que cuando se fundó la Sociedad de Socorro, las mujeres de la Iglesia vemos la caridad como la forma mas notable de des arrollar nuestra capacidad de conocer a Dios, y no tan solo de saber acerca de Dios.

En la gran oración intercesora de nuestro Salvador, que se encuentra en el capitulo diecisiete de Juan, El oró por nosotros: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (vers. 3). Luego, refiriéndose a los Apóstoles y a los creyentes de aquella época, prosiguió diciendo: “porque las palabras que me diste, les he dado …” (vers. 8). El tipo de conocimiento que llegó a los Apóstoles de Cristo y a otros creyentes de aquel tiempo fue un don del Espíritu, pero reparemos en la importancia te las palabras que Cristo les habló, las cuales ellos a su vez comunicaron a todos los que oían su testimonio, y las que ahora llegan a nosotros mediante las Escrituras. La realidad de Dios y de Cristo y nuestra relación con ellos llega a nosotros por conducto de una cadena de conocimiento comunicado con palabras, sí, palabras santas, y por el Santo Espíritu.

Por motivo de que reconocemos la importancia de las palabras para comunicamos las verdades redentoras unas a otras, la Sociedad de Socorro ha emprendido la tarea de animar el aprendizaje y, para ello, ha ofrecido ayuda en lectura básica a quienes la necesiten y nos ha motivado a las que sabemos leer a hacer lo con mas esmero.

El saber leer bien y comprender lo que se lee es un importante camino para conocer a Dios, y es un medio universal en el que podemos confiar. Lo llamo universal porque todos los seres humanos nacemos con la dotación genética que nos permite reconocer y formular el lenguaje. Es sencillamente una de las formas asombrosas en que estamos constituidos. Nuestro Creador deseaba que valorásemos y desarrollásemos nuestra facultad de comunicarnos con El y los unos con los otros. El espera que empleemos esas