Rememos Con Los Dos Remos

Chieko N. Okazaki


Hermanas, es preciso seguir progresando. Parte de nuestra responsabilidad terrenal es crecer en conocimiento y sabiduría.

Mis queridas hermanas y mis queridos hermanos, ¡aloha!

Grande es mi alegría al encontrarme con ustedes en esta reunión y percibir la gran magnitud de nuestra hermandad en el Evangelio de Jesucristo. Nos hemos reunido con un fin, las hermanas de la Sociedad de Socorro, que es la organización del Señor para la mujer. Junto con este hermoso coro, ruego que todas vengamos a Cristo y hallemos reposo en su amor eterno.

Quisiera hablarles de algunos puntos de vista sobre el poder del conocimiento y la relación que este tiene con la autosuficiencia. A los santos de esta dispensación, el Señor ha dado importantes instrucciones de buscar conocimiento equilibrado, o sea, con equilibrio entre lo espiritual y lo temporal. Los términos que figuran en las Escrituras son el estudio y la fe. Por ejemplo, en Doctrina y Convenios 88:118, el Señor nos dice: “… buscad diligentemente y enseñaos el uno al otro palabras de sabiduría; sí, buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe”. Esa misma invitación se repite dos veces mas en Doctrina y Convenios (véase D. y C. 109:7, 14).

Para mi, las expresiones buscar conocimiento por el estudio y buscar conocimiento por la fe indican que la autosuficiencia se adquiere por esas dos vías. Todas las que hayan participado en el programa de alfabetización de la Sociedad de Socorro sabrán que la labor de alfabetizar requiere estudio y fe. Tenemos que valernos de los dos.

Por ejemplo, supongamos que deseamos saber cómo funciona el organismo humano. La fe nos dice que nuestro cuerpo fue creado mediante un proceso inspirado, que fue hecho a la imagen de nuestros Padres Celestiales, que tenemos una mayordomía para con el, la de conservarlo sagrado y saludable durante nuestra probación terrenal, y que lo recuperaremos perfecto después de la resurrección. Ese es el mensaje de la fe. Es como uno de los remos de un bote.

Pero el comprender como funciona el organismo humano-el saber si una enfermedad se ha producido por algún desequilibrio bioquímico o por alguna otra causa, el saber acomodar un hueso fracturado en la debida forma o el saber reemplazar una válvula del corazón por medio de una intervención quirúrgica- precisa un profundo y minucioso estudio. El estudio es el otro remo con el cual podemos buscar y adquirir conocimiento.

¿Que ocurre si tratamos de mover el bote usando un solo remo? Daremos vueltas y vueltas, describiendo círculos. Si remamos con fuerza, iremos rápido; si remamos con lentitud, iremos despacio. Pero seguiremos girando en círculos. Es lo mismo que tratar de que el estudio reemplace a la fe o que tratar de ejercer la fe sin estudiar. Muchas veces nos encontramos en la vida dando vueltas en círculos. Pienso que el Espíritu Santo no podrá darnos algunas respuestas sino hasta que de hecho busquemos conocimiento.

Pensemos en el gran progreso que han hecho en el campo de la medicina los que han usado “los dos remos” en su aprendizaje. Por ejemplo, el elder Russell M. Nelson, que es miembro del Consejo de los Doce Apóstoles, utilizó los dos remos en su anterior profesión de cirujano del corazón. Con la destreza de sus expertas sus manos, el conocimiento que almacenó en su mente por medio de sus estudios y de su experiencia, y la fe que tenía de que sería sostenido por el Espíritu Santo al operar a los pacientes, efectuó verdaderos milagros que salvaron la vida y prolongaron el vigor y las energías de muchas personas, incluso de Presidentes de la Iglesia y de muchas Autoridades Generales. Si se hubiese apoyado sólo en la fe, hubiera sido igualmente un gran hombre, pero no habría sido un gran cirujano. Si se hubiera apoyado sólo en el estudio, habría sido un gran cirujano, pero pienso que hay muchas tareas que el Señor no le habría confiado.

Lo mismo ocurre con nosotras. Toda mujer tiene que desarrollar los dos dones: el don de la fe y el don del estudio, y, al máximo de su capacidad. Tenemos que valernos tanto del estudio como de la fe para ser autosuficientes. Tenemos que comprender la relación que existe entre el uno y el otro, y con nosotras.

Hay diversas clases de autosuficiencia. Según la guía de bienestar de la Iglesia El proveer conforme a la manera del Señor: “A fin de mejorar nuestra autosuficiencia, debemos prepararnos en los siguientes aspectos: instrucción, salud, trabajo, almacenamiento en el hogar, administración de recursos, y fortaleza social, emocional y espiritual” (Guía para los lideres de Bienestar: El proveer conforme a la manera del Señor; Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1990, pág. 6). Consideremos un aspecto de la autosuficiencia: el trabajo, y veamos que relación tiene con este tema el adquirir conocimiento tanto por el estudio como por la fe.

Tenemos fe en nuestros profetas. Ellos nos han aconsejado que es particularmente necesario que las madres que tengan hijos pequeños se queden con ellos en casa; nos han hecho presentes las grandes necesidades de nuestros hijos y lo indefensos que son durante los años del crecimiento. La importancia de la madre en el establecimiento de un entorno que brinde seguridad, amor, incentivos, en el cual los hijos crezcan como personas sanas y autosuficientes es fundamental. Creemos que la familia ideal para criar a los hijos es la constituida por el padre y la madre, estables y cariñosos, que dediquen el mayor tiempo a sus hijos.

Pero no todas las situaciones son las ideales. No todas las mujeres son madres ni todas las madres tienen hijos en casa. Por otro lado, no todas las madres tienen en sus manos el decidir quedarse en casa con sus hijos todo el tiempo. A menudo, las circunstancias limitan lo que pueden decidir hacer. En otras ocasiones, otras responsabilidades y oportunidades exigen que se tomen decisiones difíciles. Tanto la mujer como sus familiares estarán mas contentos con esas decisiones si estas se toman valiéndose del estudio y de la fe.

Quizá el estudio y la fe sean los medios de una hermana inquisitiva y emprendedora, pero nunca juzguemos a otra, ya que no conocemos sus circunstancias; no sabemos que examen de conciencia la habrá llevado a decidir hacer esto o aquello. Ya sea que se trate de una hermana sola, o de una hermana casada, que junto con su marido haya pedido ayuda al Señor, o que se trate de una hermana que haya tenido que decidir, en gran parte ella sola, que hacer en cuanto a la seguridad económica y emocional de sus hijos, seamos indulgentes y apoyémonos como hermanas. Confiemos en el Señor, confiemos en nosotras mismas y confiemos en que unas y otras estamos procurando hacer lo mejor que podemos. Necesitamos toda la fortaleza que podamos hallar para hacer frente a nuestras tribulaciones diarias. No añadamos nuestra desaprobación a las aflicciones de una hermana. Y. al luchar con nuestras propias mortificaciones, no disminuyamos nuestra fortaleza al aceptar las quizá irreflexivas opiniones de los demás.

Apoyémonos y ayudémonos mutuamente en la Sociedad de Socorro. Todas nos encontramos en el bote de la Sociedad de Socorro y tenemos que remar con todas nuestras fuerzas. Valoremos las aportaciones de todas. No excluyamos a ninguna hermana, no importa el camino que haya seguido en la vida ni sus circunstancias. Expresemos confianza en que se haya apoyado en el estudio y en la oración para decidir seguir un camino u otro, y hagámosla sentirse cómoda para que lleve a cabo esas decisiones, para que las evalúe por su eficacia y las modifique de ser preciso. Si el cambio es necesario o conveniente, le resultara mas fácil si siente el apoyo y el afecto de los que la rodeen.

Con cada año que pasa, se hace mas importante que la mujer se prepare para mantenerse económicamente a si misma y a sus hijos en caso de que las circunstancias se lo requieran. El presidente Hunter, cuando era miembro del Quórum de los Doce, habló de eso específicamente en 1975: “Existen razones poderosas para que las hermanas también se preparen para conseguir empleo. Deseamos que adquieran toda la preparación académica y vocacional que les sea posible antes de casarse. Si después enviudarán o se divorciarán y tuvieran que trabajar, quisiéramos que tuviesen un empleo bueno y bien remunerado. Y las hermanas que no se casen tienen todo el derecho de dedicarse a una profesión que les permita magnificar sus talentos y dones” (véase Howard W. Hunter, Ensign, nov. de 1975, pág. 124). Ese consejo se ha vuelto aun mas apropiado en los casi veinte años que han transcurrido desde que se pronunció a medida que la economía nacional ha ido haciendo cada vez mas difícil mantener una familia con un solo salario, a medida que mas madres de familia van quedando solas para criar a sus hijos y que mas mujeres pasan solas largos años de su vida. Ese consejo nos señala a todas que usemos el remo del estudio y nos preparemos profesionalmente para dignas y satisfactorias actividades, incluso para un empleo remunerado.

El ejemplo del presidente Hunter también nos indica la importancia de la fe. El ha descrito el primer trabajo que tuvo como “fascinante en ciertos aspectos”, pero, como le exigía relacionarse con algunas personas cuyas normas de vida le hacían sentirse incómodo, cambio de trabajo (“Valiant Servant of the Lord”, Church News, 11 de junio de 1994, pág. 4). Ese ejemplo nos hace ver que debemos buscar un trabajo en el que pueda acompañarnos el Espíritu del Señor. En otras palabras, rememos, rememos y rememos, usando los dos remos.

El adquirir conocimiento por el estudio ocupo un sitio muy importante en mi familia. Mis padres trabajaban en una plantación en la “isla grande” de Hawai. Los dos se habían visto obligados a dejar la escuela primaria hacia el sexto año. La escuela secundaria era algo inalcanzable para ellos dos, y la universidad, un sueno imposible. Pero deseaban desesperadamente que sus hijos se educaran. Quizá porque yo fui su hija única durante cinco años, desearon eso para mi, aun cuando en las tradicionales familias japonesas es raro que una hija reciba mas ventajas que un hijo. Ellos hicieron muchos sacrificios para que yo fuera a la escuela secundaria y mas aun para que sacara un titulo universitario. Hicieron lo mismo por mis hermanos en lo que tocaba a su preparación profesional, aunque ninguno de ellos prosiguió estudios universitarios. Ninguno de mis padres había puesto un pie en una universidad sino hasta que yo recibí mi licenciatura. La única persona con titulo universitario que conocían era un maestro de escuela de nuestro pueblo.

Mis padres me dieron los instrumentos necesarios y me infundieron confianza. ¿Que instrumentos? Me enseñaron a ser inquisitiva, a hacer preguntas, a observar de cerca la naturaleza, a observar a las personas —sobre todo en un ambiente Nuevo—, a tratar con respeto a las personas y a aprender a relacionarme con ellas, a trabajar con mucho empeño y a hacer siempre todo lo posible por lograr lo mejor. Ellos pensaban que no importaba que decidiera yo hacer con mi vida, esa preparación me serviría. Y estaban en lo cierto.

¿De que forma me infundieron confianza? Me mandaron a una escuela secundaria que se encontraba distante cuando yo tenía quince años; me hicieron saber en docenas de pequeñas formas que confiaban en mi: en que conservara la mira puesta en mi objetivo y en que llevara una vida recta. Una de las grandes alegrías de mi vida es que siempre fui fiel a la confianza que mis padres depositaron en mi.

Por motivo de que estuve dispuesta a estudiar el Evangelio de Jesucristo, me hice miembro de la Iglesia y llegue a tener una gran fe en nuestro Salvador. Mi fe me dio mas fortaleza para buscar conocimiento por el estudio. No me es posible separar el adquirir conocimiento por el estudio del adquirir conocimiento por la fe. Los dos me llegan al corazón, me iluminan la mente y me animan a prestar servicio.

El aprender por el estudio y el aprender del Espíritu constituyen las dos mitades de mi vida. Esos dos remos me han servido para impulsar mi bote profesional, así como para hacer un buen matrimonio, criar a mis hijos y servir en la Iglesia. Necesito los dos al luchar por ser autosuficiente. Ustedes también necesitan los dos remos en su empeño por ser autosuficientes.

Las ultimas palabras escritas de Pedro a los santos de su tiempo fueron: “… creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3:18), y el rey Benjamín instó a los de su pueblo a aumentar “en el conocimiento de la gloria de aquel que os creó, o sea, en el conocimiento de lo que es justo y verdadero” (Mosiah 4:12) .

Hermanas, es preciso seguir progresando. Parte de nuestra responsabilidad terrenal es crecer en conocimiento y sabiduría. Tenemos que usar los dos remos: el del estudio y el de la fe, para que a nuestro bote no lo hundan las tempestades de la vida. Es indispensable enseñar a nuestros hijos a usar esos mismos remos. Instémoslos a valorar la instrucción académica y a buscar conocimiento y sabiduría por el estudio y por la fe.

Algunas de ustedes tal vez piensen que su oportunidad de adquirir mas conocimiento ya ha pasado; pero no es así. Se aprende a cualquier edad. Ninguna persona tiene suficiente poder para llevar las riendas de todas las circunstancias de su vida, pero si podrá hacer frente a esas circunstancias con confianza si cuenta con los instrumentos adecuados y si confía en si misma y en que los usara en la debida forma.

Mis queridas hermanas, confíen en el Señor. La vida las hará tener que tomar muchas y difíciles, y aun atemorizantes decisiones. Sigan las indicaciones del Espíritu al tomarlas y consulten con los que también se verán afectados por esas decisiones. Pidan consejo a personas competentes. Pidan bendiciones del sacerdocio, cuando lo deseen, a fin de complementar sus propias suplicas al Señor. Y cuando su camino se haya despejado, síganlo con resolución y hallen regocijo en el.

Toda mi vida he estado aprendiendo y me complace lo que aprendo todos los días acerca de la gloria del evangelio y de los prodigios del mundo en que vivimos. La promesa del progreso eterno me emociona vivamente, al esperar, ilusionada, una eternidad de aprendizaje. Confiemos en que el estudio y la fe nos impulsen hacia adelante, en lugar de desplazarnos, describiendo círculos.

Mis queridas hermanas, inmensa es mi gratitud por la Sociedad de Socorro y la gran fortaleza que puede ser para la mujer. Estoy agradecida por la expiación de nuestro Salvador y por el Evangelio de Jesucristo que nos perfecciona, que nos abre las puertas del aprendizaje eterno y que es la base de nuestra fe. Estoy agradecida por la restauración de la Iglesia de Jesucristo por medio del profeta José Smith. Estoy agradecida por el apoyo que recibimos de nuestros lideres del sacerdocio con respecto a nuestras tareas. Se que el Señor oye y contesta nuestras oraciones. Prodiguémonos amor, confianza y servicio las unas a las otras, “tanto p+>r el estudio como por la fe”, ruego, en el nombre de Jesucristo. Amen.