Las Llaves Que Nunca Se Enmohecen

James E. Faust


“Insto enfáticamente a todos los miembros de esta Iglesia a seguir las enseñanzas y el consejo de los que ahora tienen las llaves como profetas, videntes y reveladores.”

Hace pocos meses, mi amada Ruth, el elder Holland, su amada esposa Patty y yo acompañamos a un grupo de personas a la fascinante y antigua ciudad de Jerusalén para buscar la puerta en la cual esta grabado el nombre “Hyde”. El agradable aroma de las especias de las vasijas abiertas y las voces de los hombres que vendían sus mercancías era vivificante. Al entrar en el monasterio St. Saviour, en busca de la mencionada puerta, nos introdujimos por antiquísimos pasadizos cercados por murallas de piedra. Nos dijeron que algunas partes de las murallas databan de la época de las cruzadas. De una de ellas colgaba un manojo de llaves antiguas y enmohecidas. Algunas de esas llaves eran enormes; y todas eran mas grandes que las que usamos hoy en día. Un buen numero de ellas eran muy ornamentadas. Muchas de las puertas para las cuales las llaves se hicieron ya no existen, o, si existieran, no podrían abrirse puesto que las cerraduras y las llaves están muy enmohecidas.

Hoy hablaré de llaves que no son de metal, de llaves que nunca se enmohecen. Esas son las llaves de la vida y la salvación en el Reino de Dios. El profeta José Smith dijo: “Os daré una llave que nunca se enmohecerá: si permanecéis con la mayoría de los Doce Apóstoles, y con los anales de la Iglesia, nunca os llevaran por mal camino” (“Young Women’s Journal”, diciembre de 1906, pág. 543).

Además, el Profeta dijo: “El sacerdocio es eterno. El Salvador, Moisés y Elías entregaron las llaves a Pedro, Santiago y Juan en el monte de la transfiguración” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 184). Pedro, Santiago y Juan otorgaron las llaves del Reino de Dios al profeta José Smith y lo ordenaron Apóstol y testigo especial del nombre del Salvador, y para poseer las llaves de Su ministerio (véase D. y C. 27:1213). Las llaves que pertenecen al recogimiento de Israel, la dispensación de Abraham, e, imprescindiblemente, las llaves para sellar, fueron otorgadas al Profeta por Moisés, Elías y Elías el profeta en 1836 (véase la sección 110 de Doctrina y Convenios).

Antes del martirio, sin duda por un presentimiento, el profeta José Smith se preparó para su muerte. El presidente Joseph Fielding Smith dijo:

“El Profeta declaró que no sabia por que, pero el Señor le había mandado investir a los Doce con estas llaves y sacerdocio, y, después de hacerlo, se regocijó mucho, y, concretamente, dijo: ‘Y bien, si me matan, vosotros tenéis todas las llaves y todas las ordenanzas, y podréis conferirlas sobre otros, y los poderes de Satanás no podrán destruir el reino con la rapidez con la cual vosotros podréis edificarlo; y sobre vuestros hombros descansara la responsabilidad de guiar a este pueblo”‘ (Doctrina de Salvación, tomo I, pág. 246).

Tras haberse enterado de la muerte del profeta José y del patriarca Hyrum, Wilford Woodruff cuenta que se encontró con Brigham Young, que era en ese entonces el Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles; dice así: “… me encontré con Brigham Young en una calle de Boston, cuando el acababa de regresar, enfrente de la casa de la hermana Voce. Nos estrechamos la mano, pero ninguno de los dos pudimos pronunciar palabra … Cuando hubimos terminado de llorar, comenzamos a conversar … en el curso de la conversación, el [Brigham Young] se golpeó el muslo con una mano y dijo: ‘Gracias a Dios, las llaves del reino están aquí’“ (Millennial Star 51: 546) .

Cuando Brigham Young regresó a Nauvoo, Sidney Rigdon, que había sido consejero de José Smith, objetó el liderazgo de Brigham Young y de los Apóstoles. En una reunión con los santos, Brigham Young dijo:

“Si deseáis que el presidente Rigdon os dirija, esta en vosotros hacerlo; pero os digo que el Quórum de los Doce posee las llaves del Reino de Dios en todo el mundo”. Y prosiguió: “Yo se dónde están las llaves del reino y dónde estarán eternamente. No se puede llamar a un hombre a ser profeta; no se puede poner al elder Rigdon por encima de los Doce. Para que lo sea, el debe ser ordenado por ellos”.

Brigham Young, en calidad de Presidente del Quórum de los Doce, mas tarde llegó a ser Presidente de la Iglesia, después del profeta José Smith. Al igual, llegó a serlo el presidente Howard W. Hunter, después de la muerte del presidente Ezra Taft Benson. Como escribió el presidente Joseph Fielding Smith:

“No hay ningún misterio en lo que concierne a la selección del sucesor del Presidente de la Iglesia. El Señor dispuso esto hace mucho tiempo, y el apóstol de mayor antigüedad, automáticamente llega a ser el oficial presidente de la Iglesia, y en tal calidad lo sostiene el Consejo de los Doce, el cual llega a ser el cuerpo presidente de la Iglesia cuando no hay una Primera Presidencia. El presidente no es elegido, pero tiene que ser sostenido tanto por sus hermanos del Consejo como por los miembros de la Iglesia” (Doctrina de Salvación, pág. 147).

El 5 de junio de 1994, el Quórum de los Doce, del cual el presidente Hunter era el presidente, poseyendo colectivamente todas las llaves del reino, se reunió en el Templo de Salt Lake. El presidente Howard W. Hunter fue entonces ordenado y apartado por los Doce, y pronunció las palabras el presidente Gordon B. Hinckley. Y así, el presidente Hunter llegó a ser el Presidente y el administrador legal de la Iglesia, y el único hombre autorizado para administrar, supervisar y ejercer todas las llaves del Reino de Dios sobre la tierra. También el llegó a ser el sucesor de las llaves que poseyeron José Smith, Brigham Young, John Taylor, Wilford Woodruff, Lorenzo Snow, Joseph F. Smith, Heber J. Grant, George Albert Smith, David 0. McKay, Joseph Fielding Smith, Harold B. Lee, Spencer W. Kimball y Ezra Taft Benson.

Las llaves que el Salvador dio a Pedro, Santiago y Juan, y que estos dieron al profeta José Smith, no se han enmohecido. Ellas abrirán todas las puertas espirituales de la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Ahora las ejercen el presidente Howard W. Hunter, sus consejeros de la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce, que sirve bajo la dirección de la Primera Presidencia.

¿Cuanto duraran esas llaves? El presidente Wilford Woodruff dijo:

“Cuando el Señor dio las llaves del Reino de Dios, las llaves del Sacerdocio de Melquisedec, del apostolado, y las selló sobre la cabeza de José Smith, lo hizo para que permanecieran sobre la tierra hasta la venida del Hijo del Hombre … el las tuvo hasta el día de su muerte. Después, pasaron a otro hombre, el que las tuvo hasta la hora de su muerte. En seguida, pasaron, por turno, o por la providencia de Dios, a Wilford Woodruff.

“Digo a los Santos de los Últimos Días que las llaves del Reino de Dios están aquí, y que van a permanecer aquí hasta la venida del Hijo del Hombre. Entienda eso todo Israel. Tal vez yo las tenga sólo durante un tiempo breve y después pasaran a otro Apóstol, y después de el a otro y así sucesivamente hasta la venida del Señor Jesucristo sobre las nubes del cielo, para ‘compensar a cada hombre conforme a sus obras en el cuerpo mortal”‘ (Wilford Woodruff, Millennial Star, tomo 51:546–547, 2 de sept. de 1989).

Hay una sola cabeza en esta Iglesia, y es el Señor Jesucristo. El es la cabeza de todos. Debajo de El esta el presidente Howard W. Hunter, el hombre que el Señor ha escogido para que este a la cabeza de la Iglesia, con sus consejeros de la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce. Todas las demás organizaciones de la Iglesia es tan subordinadas a los que tienen esas llaves.

¿Por que son tan importantes esas llaves espirituales? Esas llaves espirituales son “el derecho de gozar de la bendición de comunicarse con los cielos, y el privilegio y autoridad de administrar las ordenanzas del evangelio de Jesucristo, predicar el evangelio de arrepentimiento y de bautismo por inmersión para la remisión de pecados” (Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, pág. 137). El Sacerdocio Aarónico tiene derecho a poseer las llaves del ministerio de ángeles (véase D. y C. 107:20). El sacerdocio mayor o de Melquisedec “posee la llave de los misterios del reino, si, la llave del conocimiento de Dios” (D. y C. 84:19). Para que sea eficaz y valido, todo acto que se efectúe en la Iglesia debe realizarse bajo la autoridad de las llaves en el momento y en el lugar apropiados, y en la forma y orden debidos. La autoridad y el poder para dirigir todas las labores del Reino de Dios sobre la tierra constituyen las llaves del sacerdocio. Los que las poseen tienen el derecho de presidir y de dirigir los asuntos de la Iglesia en su jurisdicción.

¿Por que es imperioso seguir a los que tienen las llaves de la autoridad del sacerdocio? Ese principio ha guiado esta Iglesia y a su gente desde el comienzo y es un principio de la revelación. Entre los miembros de la Iglesia han estado los oráculos vivientes de Dios, que han poseído las llaves para dirigir esta santa obra. Sin profetas, videntes y reveladores, la Iglesia y el Reino de Dios no pueden progresar ni prosperar.

Valdesius [Pierre Valdo], ciudadano de Lyon, Francia, reconoció la necesidad de la dirección apostólica en el año 1170. Era un hombre rico, pero renunció a su riqueza para llevar la vida sencilla de un seguidor de los Apóstoles de Cristo. Trabajó principalmente entre los pobres de Lyon y sus alrededores, e hizo traducir partes de la Biblia al lenguaje de ellos. El y sus prosélitos viajaban de dos en dos, enseñando las verdades sencillas de la Biblia. Algunos cruzaron las altas montañas de los Alpes para ir a vivir en los valles del Piamonte, Italia. (Georgio Tourn, The Waldensians: The Flrst 100 Years, traducido por Camillo P. Merlino, Torino: Claudiana, 1980, págs. 34.)

Los de ese valiente grupo, que llegaron a conocerse como los valdenses, fueron considerados por sus contemporáneos como peligrosos disidentes. A través de los siglos, fueron “quemados en la hoguera, quemados vivos, apedreados … , ahorcados, apiñados en … calabozos infectados y perseguidos … por peñascos y heladas montañas” (Archibald F. Bennett, “The Vaudois Revisited”, Improvement Era, enero de 1948, pág. 12). No obstante, siguieron adelante con tenacidad, haciendo retroceder ejércitos enteros de tiranos, para preservar su valioso patrimonio de fe en los primeros Apóstoles, que poseyeron las llaves que nunca enmohecen.

En 1655, el Señor del feudo, el Duque de Savoy, promulgó el decreto que estipulaba que renunciaran a su fe; de no ser así, serían masacrados. La consiguiente matanza despertó al fin la conciencia de algunos de sus vecinos, uno de los cuales fue John Milton, el gran poeta inglés. Con repulsión por aquel acto infame, escribió el soneto “On the Late Massacre in Piedmont” [“De la ultima masacre en Piamonte”]:

“Sea tuya la venganza, oh Señor, por
tus santos masacrados,
cayos huesos en las frías montañas de
los Alpes esparcidos yacen”

En 1850, el entonces elder Lorenzo Snow, del Consejo de los Doce Apóstoles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, subió a un monte muy alto cerca de LaTour para visitar a los valdenses del Piamonte. El y sus dos compañeros subieron a una saliente pena, desde la que cl les proclamó que José Smith había visto al Padre y al Hijo, y que había restaurado el evangelio en su plenitud. Les testificó que las llaves del Santo Apostolado habían sido restauradas. Les testificó, además, que efectivamente había apóstoles y profetas vivientes sobre la faz de la tierra. Muchos creyeron su asombroso mensaje y se unieron a la Iglesia. Conmovido por la experiencia que tuvo con los valdenses de los valles alpinos, el presidente Snow escribió el emotivo himno:

“Por tus dones loor cantamos,
oh Dios, eterno Dios.
A tus hijos fuerza diste;
alentaste con tu voz”

John Daniel Malan fue el primero de los valdenses que se bautizó el 27 de octubre de 1850 y le siguieron las familias de los Cardon, los Stalle, los Beus, los Pon, los Malan, los Gaudin, los Chatelain y muchas otras. Algunos formaron parte de las primeras compañías de carros de mano que llegaron al Valle del Gran Lago Salado a principios de 1850. Esas familias se unieron por matrimonio con otras familias muy conocidas en el Oeste de los Estados Unidos, entre ellas, la de los Larson, los Maughan, los Crockett, los Miner, los Budge, los Thatcher, los Steed y los Parkinson. (Archibald F. Bennett, “The Vaudois of the Alpine Valleys and their Contribution to Utah and Latterday Saint History”, pags. 9, 1ó). Con la fuerza de sus raíces en los valles del Piamonte, muchos de sus descendientes cuidaron las viñas de la recién restaurada Iglesia, y hoy en día colaboran de forma extraordinaria en la Iglesia mundial, porque creen, al igual que sus antepasados, que los Apóstoles poseen las llaves que nunca se enmohecen.

Insto enfáticamente a todos los miembros de esta Iglesia a seguir las enseñanzas y el consejo de los que ahora tienen las llaves como profetas, videntes y reveladores. Ellos son los que nos inspiraran para hacer frente a las vicisitudes de nuestra época. Ruego a todos que no traten de buscar principios del evangelio ni de las Escrituras para justificar sin razón la desobediencia espiritual o para apartarse de las responsabilidades de los convenios y las ordenanzas en contra del consejo de los que tienen la voz profética en la Iglesia. Las Escrituras y las enseñanzas de la Iglesia no son, como lo advirtió Pedro “de interpretación privada” (2 Pedro 1:20).

Gran fortaleza temporal y espiritual emana del seguir a los que tienen las llaves del Reino de Dios en la actualidad. La fortaleza personal proviene de la obediencia a los principios eternos que enseñan los delegados vivientes del Señor. Que el Espíritu del Señor descanse sobre nosotros al seguir a los oráculos vivientes.

Al llegar a la conclusión de esta histórica conferencia, me complace testificar de un asunto muy importante. Como testigo especial del Señor Jesucristo, afirmo que, entre los que poseen las llaves del Reino de Dios aquí en la tierra, reina el amor y existe una plena unidad y respeto mutuo. Apoyamos y sostenemos en formal total al presidente Howard W. Hunter, al presidente Gordon B. Hinckley y al presidente Thomas S. Monson como Primera Presidencia. En representación de los Setenta y del Obispado Presidente, también expresaron su apoyo el presidente Rex D. Pinegar y el obispo Merrill J. Bateman. Todas las Autoridades Generales votaron entonces, aprobando en su totalidad las palabras del presidente Packer y, de esa manera, demostrando su pleno apoyo por la Primera Presidencia al igual que el uno por el otro. Con esta unidad, las puertas del infierno no podrán prevalecer contra nosotros. Así lo testifico, en cl nombre de Jesucristo. Amen.