Una Mesa Rodeada De Amor Familiar

LeGrand R. Curtis


“Pensemos en el potencial de una familia que se arrodille alrededor de la mesa (sin el televisor) para orar, suplicar ayuda [y] agradecer a nuestro Padre Sus bendiciones.”

Se ha escrito mucho sobre la importancia del hogar. El presidente Marion G. Romney dijo una vez que “la inestabilidad de la familia es el núcleo de la enfermedad fatal que afecta a nuestra sociedad” (Ensign, feb. de 1972, pág. 57). Sabemos que hay hogares establecidos en casas grandes, bellas y hasta lujosas, y otros en viviendas muy modestas y con escaso moblaje. Pero cada uno puede ser “como el cielo, cuando hay amor” y “se parecerá al cielo, si en el hay bondad” (Himnos, N° 193), tal como nos lo hace recordar uno de nuestros himnos.

Una de las piezas mas importantes del mobiliario de una casa es la mesa de la cocina, la cual puede ser muy grande o tan pequeña que ni siquiera tenga bastante espacio para la comida, la vajilla y los utensilios necesarios. Su función principal es la de proveer un lugar donde los miembros de la familia puedan recibir su alimento.

En esta ocasión, quisiera que prestáramos atención a una función mucho mas profunda e importante de la mesa de la cocina, una gracias a la cual recibimos mucho mas que el alimento necesario para nuestro bienestar físico.

Por lo general, una familia se compone de dos o mas miembros de edades diferentes; y esta debe reunirse, si es posible, no sólo para comer, sino también para orar, para hablar, para escuchar, fortalecer los lazos familiares, aprender y progresar en unión. El presidente Gordon B. Hinckley lo ha dicho muy claramente:

“Mi suplica-y cuanto desearía ser mas elocuente para expresarla- es el ruego ferviente de salvar a los niños. Demasiados de ellos viven con dolor y temor, en la soledad y en la desesperación. Los niños necesitan la luz del sol; necesitan felicidad; necesitan amor y cuidado; necesitan bondad, alimento y cariño. Todo hogar, no importa lo que cueste la vivienda que lo cobije, puede proporcionar un ambiente de amor que sea un ambiente de salvación” (“Salvemos a los niños”, Liahona, enero de 1995, pág. 67).

Casi siempre, los miembros de una familia están expuestos a las diversas fuerzas del mundo exterior, así como al potente influjo de la radio, la televisión, los videos, los casetes y otras influencias similares que introducimos en nuestro hogar.

Imaginemos una familia, reunida alrededor de una mesa, quizás la de la cocina, hablando del evangelio, de los discursos de la reunión sacramental, comentando artículos de la revista Liahona, mencionando los estudios y los temas relacionados con ellos, hablando de la conferencia general o de las lecciones de la Escuela Dominical; o, quizás escuchando buena música o hablando de Jesucristo y de Sus enseñanzas. La lista podría ser mas larga. Y no solo los padres, sino todos los miembros de la familia harían bien en asegurarse de que todos los presentes tuvieran la oportunidad de hablar y participar en la conversación.

Pensemos en el potencial de una familia que se arrodille alrededor de la mesa (sin el televisor) para orar, suplicar ayuda, agradecer a nuestro Padre Sus bendiciones, y, de esa manera, enseñar a las personas de todas las edades la importancia de tener un Padre Celestial que nos ama. La oración familiar con los pequeños hará que estos lleguen un día a orar con su propia familia.

El presidente Thomas S. Monson dijo:

“El Señor nos exhortó a tener la oración familiar al decir lo siguiente: Orad al Padre en vuestras familias, siempre en mi nombre, para que sean bendecidos vuestras esposas y vuestros hijos (3 Nefi 18:21).

“Unámonos para observar a una familia de Santos de los Últimos Días en sus oraciones al Señor. El padre, la madre y todos los hijos se arrodillan, inclinan la cabeza y cierran los ojos; hay un espíritu de amor, unidad y paz que prevalece en ese hogar. Cuando el hombre escucha a su Hijito pedir a Dios que el papa haga lo bueno y que obedezca al Señor, le será difícil honrar la oración de su preciado hijo? Cuando la hija adolescente oye a su buena madre suplicar al Señor que inspire a su hija en la selección de sus amigos a fin de prepararse para contraer matrimonio en el templo, ¿tratara esa jovencita de honrar la humilde y fervorosa petición de su madre a quien tanto quiere ? Cuando padres e hijos oran sinceramente pidiendo que los varones de la familia sean dignos de salir a su debido tiempo como embajadores del Señor en una misión de la Iglesia, ¿no los vemos ya como jóvenes virtuosos con un enorme deseo de ser misioneros?” (Pathways to Perfection, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1973, pág. 26.)

He oído decir a muchas personas: “¿Cómo es posible dejar que padres e hijos salgan al mundo cada día sin antes reunirse y hablar juntos al Señor?” Los padres sabios y prudentes examinan concienzudamente sus horarios y hacen planes para reunir a la familia por lo menos una vez por día a fin de recibir juntos las bendiciones de la oración. De esa forma, los mas pequeños se acostumbran rápidamente a aprovechar cuando “les toca el turno” y aprenden los preciados valores que encierra la oración familiar.

Como he dicho antes, “el hogar debe ser un lugar feliz por el esfuerzo que todos hagan para que así sea. Se dice que la felicidad se hace en casa, y debemos empeñarnos en hacer que nuestro hogar sea agradable y alegre tanto para nosotros como para nuestros hijos. El hogar feliz es el que se centra en las enseñanzas del evangelio, lo cual requiere el constante y esmerado esfuerzo de todos los miembros de la familia” (“La felicidad se hace en casa”, Liahona, enero de 1991, pág. 13).

Un jovencito de una familia numerosa, que siempre estaba muy ocupado, se quejó una vez del tiempo que llevaba la oración familiar; la próxima vez que oraron, la madre, a propósito y muy perspicazmente, no menciono el nombre de su hijo en la oración. Al terminar, el joven le dijo: “Mamá, ¡no me nombraste en la oración!” Con mucho cariño la mama le contesto’ que lo había hecho para abreviar, pues el se había quejado del tiempo que pasaban orando. El hijo entonces protesto: “Si, ¡pero no me excluyas!”

Imaginemos a una familia, sentada alrededor de la mesa, con las Escrituras abiertas, analizando todas las verdades y lecciones que se aprenden en ellas. ¡Esa seria realmente una mesa rodeada de amor familiar!

Los educadores opinan que los niños deben leer mas cuando no están en la escuela, y pienso que

podemos bendecir a nuestros hijos leyendo con ellos las Escrituras diariamente … sentados a la mesa de la

cocina.

Para disponer de una hora en la que la familia se reúna alrededor de la mesa con el fin de estudiar, quizás sea necesario hacer una planificación concienzuda y muchos ajustes; pero, ¿que puede tener mas importancia que la unidad familiar, el progreso espiritual de los miembros de la familia, y los lazos que se creen entre ellos al hablar, escuchar y responder, todos rodeados de amor? El éxito mayor que podamos lograr consiste en intentarlo una y otra vez.

En el mundo actual hay muchas influencias que tratan de destruir el hogar y la familia, y los padres prudentes se esfuerzan por afianzar los lazos familiares, aumentar la espiritualidad en el hogar y centrar su vida en Jesucristo y en la asistencia al templo. El presidente Howard W. Hunter nos aconsejó lo siguiente:

“… Ruego que nos tratemos unos a otros con mas bondad, con mas cortesía, con mas paciencia e indulgencia …

“Con ese espíritu, invito a los Santos de los Últimos Días a considerar el templo el gran símbolo de su condición de miembros. Lo que deseo de todo corazón es que todos los miembros de la Iglesia sean dignos de entrar en el templo …” (“Preciosas y grandísimas promesas”, Liahona, enero de 1995, págs. 8, 9).

Lo que suceda alrededor de la mesa de la cocina puede hacer que se magnifique realmente ese consejo que recibimos del presidente Hunter.

En nuestro hogar podemos poner en practica la forma de tratar a los demás. Como el escritor y poeta alemán Goethe dijo tan bien: “Si se trata a una persona como es, se quedara como es. Pero si se la trata como si fuera lo que puede llegar a ser. llegara a ser así” (Emerson Roy West, “Ideals”, Vital Quotations, Salt Lake City: Bookcraft, 1968, pág. 171).

Y el presidente Boyd K. Packer ha dicho:

“El llevar al hogar algunos ideales celestiales es una forma de asegurarse de que los miembros de la familia participen activamente en la Iglesia. Por supuesto, la noche de hogar esta como hecha a la medida para eso, ya que se puede organizar para atender a las necesidades particulares de todos; y se puede considerar también una reunión de la Iglesia, lo mismo que las que se realizan en la capilla” (Ensign, febrero de 1972, pág. 71).

Este consejo concuerda con el del elder Dean L. Larsen, cuando nos dijo:

“Seria prudente recalcar que los edificios de nuestra Iglesia no son el único lugar donde podemos adorar. Nuestros hogares deberían ser también lugares de devoción. ¡Que bueno seria que todos los días pudiéramos ‘ir a la iglesia de nuestro hogar’! No debería haber ningún otro sitio en donde el Espíritu del Señor fuera mejor recibido y fuera mas accesible que en nuestro hogar” (“Nuestro reloj espiritual”, Liahona, enero de 1990, pág. 60).

Al esforzarnos por tratar de lograr eso en nuestro hogar, pensemos en estas significativas palabras del presidente Harold B. Lee: “Recordad que la parte mas importante de la obra del Señor que podamos realizar sera la obra que efectuemos dentro de las paredes de nuestro propio hogar” (Fortaleciendo el hogar, folleto, 1973, pág. 8).

Mi ruego en este día es que cada uno de nosotros contemple con atención su hogar y considere la mesa de la cocina, y que continuamente nos esforcemos por llevar el cielo a nuestro hogar y “venir a Jesucristo” (véase Moroni 10:32). En el nombre de Jesucristo. Amen.