Como Nos Ve Jesucristo

O. Samuelson, hijo


El Señor … nos ha brindado, mediante la grandeza de Su expiación, todo lo que necesitamos para compensar nuestros fracasos, errores, pecados y desilusiones.

Al expresar mi agradecimiento por el privilegio de estar con ustedes en esta histórica conferencia, y por la oportunidad de sostener a nuestro amado Profeta y a sus compañeros del ministerio, también debo expresar gratitud; primero, al Señor por la oportunidad de servir en este santo llamamiento, y, segundo, a todos aquellos que me han asesorado, enseñado y apoyado. Mi familia, en especial mi esposa, Sharon, siempre ha estado dispuesta a brindarme lo que he necesitado. Mis amigos y compañeros, tanto dentro como fuera de la Iglesia, han tratado de comprender lo que esta asignación significa para mi, y han sido muy considerados y alentadores. Las Autoridades Generales han sido particularmente pacientes y bondadosas, y para siempre estaré agradecido a los que con tanta paciencia me han ayudado a través de estas semanas de autoevaluación y adaptación.

Durante este reciente proceso de introspección, confieso que me he preguntado que pensaran los demás en cuanto a este llamamiento que he recibido. He reflexionado en estas palabras del poeta Robert Burns, que, sin intención de ser atrevido quisiera modernizar: “Que grande es el don … de vernos como otros nos ven”. (“To a Louse”). Si es interesante e importante reconocer como nos ven los demás, especialmente aquellos a quienes mas queremos, entonces, que gran gozo seria saber cómo nos ve el Señor.

¿Y como vamos a saber la manera en que Jesucristo nos percibe? Mediante la estricta obediencia a las normas que El ha establecido para nosotros y la pureza de las intenciones de nuestro corazón. El es quien nos dio el modelo perfecto y la norma perfecta para toda la humanidad, no sólo por todo lo que es y lo que ha hecho, sino también con Su apremiante y clara pregunta e invitación: “… ¿que clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:27). El hacer lo que nos pide y el ser como debemos nos asegura Su aprobación; pero hacer lo contrario a Su voluntad le causa desilusión.

El Señor, que no solamente nos conoce a la perfección, sino que nos ama al máximo, nos ha brindado, mediante la grandeza de Su expiación, todo lo que necesitamos para compensar nuestros fracasos, errores, pecados y desilusiones, si solamente aceptamos Su invitación de venir a El mediante la puerta estrecha y el sendero angosto que señalaron Sus profetas (2 Nefi 31), y de obtener las bendiciones que estén disponibles para todos aquellos que las busquen por medio de Sus siervos autorizados.

El presidente Gordon B. Hinckley nos ha hecho recordar lo siguiente a los que amamos al Salvador y tratamos de complacerlo: “Como seguidores de El, no podemos hacer algo cruel, malo o desagradable sin opacar Su imagen; pero tampoco podemos hacer un acto bueno, benigno y generoso sin dar un mayor brillo al símbolo de Aquel cuyo nombre hemos tomado sobre nosotros” (Be Thou An Example, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1981, pag. 90).

En la parábola del buen samaritano, el Hijo de Dios aclaró lo que esperaba de aquellas personas que deseaban ser como El (véase Lucas 10:30-37). El no sólo ejemplificó y enseñó las actitudes y acciones que requiere y espera de cada uno de nosotros, sino que a la vez nos proporcionó las ordenanzas y los convenios mediante los cuales, podremos obtener todas las bendiciones que nos ha prometido, tanto temporales como eternas, de manos de Sus siervos debidamente nombrados.

Con Su compasión y poder magníficos, el Salvador pudo alimentar milagrosamente a las multitudes cuando la situación así lo requirió (véase Lucas 9:10-17), pero también estuvo dispuesto a dedicar tiempo para proporcionar el “agua viva” que guía hacia la vida eterna a la pecadora solitaria que profesaba ser de un nivel social mas bajo (véase Juan 4:7-26). De buena gana predicó el evangelio a congregaciones numerosas, pero, además, se sintió inclinado a pasar un rato con Natanael, un hombre aparentemente insignificante, y a contestar las preguntas de el (véase Juan 1:43-51).

Aquel, que bajo la dirección del Padre había creado el mundo, y que literalmente podía hacerlo todo por Si mismo, dio participación a otros en Su ministerio. El día de Su crucifixión, le pidió a Juan, el discípulo amado, que cuidara a Su madre, María, como si fuese su propia madre (véase Juan 19:25-27). En nuestra época, Jesucristo mismo, junto con Su Padre, se aparecieron al profeta José Smith, pero dio a Moroni el privilegio y el honor de ser Su siervo en sacar a luz el Libro de Mormón. Esta es la Iglesia del Salvador, y sin embargo, ha llamado al presidente Gordon B. Hinckley a presidir en nuestros días. Testifico con gratitud, pero a la vez con un cierto temor que espero sea apropiado, que el Señor nos ha llamado a todos para representarlo en diversas formas y deberes importantes, ya sea que parezcan grandes o pequeños.

Al esforzarnos por comprender la manera en que Jesús nos ve, y al contemplar nuestros intentos de vivir como el Redentor desea que vivamos, recordemos Sus instrucciones y la aplicación literal que tiene a todo lo que hagamos: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15), y “… en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos mas pequeños, a mi lo hicisteis” (Mateo 25:40). En el nombre de Jesucristo. Amen.