Herederos Del Reino De Dios

James E. Faust


“Nuestra fortaleza verdadera no radica en nuestras diferencias, si no en nuestra unidad espiritual y doctrinal.”

Mis queridos hermanos y amigos, al estar ante este púlpito como el miembro mas nuevo de la Primera Presidencia de la Iglesia, recuerdo las palabras de Salomón, que dijo: ‘… y yo soy Joven, y no se como entrar ni salir” (1 Reyes 3:7). Al igual que Salomón, ruego a Dios que me de un “corazón entendido”. No tenemos palabras para expresar lo mucho que echamos de menos a nuestro amado amigo y compañero, el presidente Howard W. Hunter, cuyo nombre honramos y elogiamos. Su memoria nos bendecirá para siempre .

El presidente Hinckley me ha honrado, mas de lo que me es posible expresar, al pedirme que preste servicio como su segundo consejero. Creo que ni siquiera mi madre sonó alguna vez que su hijo pudiera sentarse en una de estas sillas.

Como explique anoche en la reunión general del sacerdocio, mi extensa relación con el presidente Gordon B. Hinckley me ha bendecido a lo largo de casi toda mi vida de adulto. Como todos sabemos, es un hombre que posee un talento y dones extraordinarios. Durante todos estos años, el nos ha enseñado, guiado y bendecido a todos. Con el correr del tiempo lo hemos visto fortalecerse, a medida que, una y otra vez, el Señor lo ha llamado y magnificado . En muchos de sus llamamientos, incluso el de consejero de tres Presidentes de la Iglesia, SUS responsabilidades han sido cada vez mas pesadas. De una forma excelente, el ha magnificado con gran inspiración, inteligencia y energía cada uno de los llamamientos que ha recibido. Su ministerio ha bendecido la obra de Dios en todo el mundo.

He tenido también el privilegio de trabajar muy de cerca con el presidente Thomas S. Monson, desde que el era el Apóstol mas nuevo del Quórum. El presidente Monson ha sido bendecido con una mente y una capacidad extraordinarias; desde niño, y ahora como adulto, ha sido siempre un líder notable. A muy temprana edad, ya tuvo que afrontar grandes responsabilidades que lo capacitaron en la vida; es un hombre de una fe grande y sencilla. Su forma de ser. bondadosa y efusiva, ha sido una gran bendición para la gente de esta Iglesia durante los largos años de su ministerio.

Hoy, quisiera dirigirme a los miembros de la Iglesia de todo el mundo. Espero que podamos vencer cualquier diferencia de cultura, raza y lengua. Desde los primeros días de la Iglesia, las Autoridades Generales y los misioneros han viajado extensamente por el mundo para proclamar el Evangelio de Jesucristo, tal como lo restauro el profeta José Smith, y para establecer en muchos países la Iglesia con las llaves y la autoridad pertinente. Una parte de nuestro ministerio, que nos ha conmovido y hemos disfrutado, ha sido el adorar al Señor con las maravillosas personas que componen diferentes culturas y grupos étnicos. Ha sido gratificador sentir su fortaleza espiritual y su amor, y, en forma recíproca, amarlos a ellos también.

Ahora, cada vez mas, se están abriendo las puertas en muchos países de poco desarrollo económico. En algunos de ellos, un alto porcentaje de la población es pobre; la gran mayoría de esas personas tienen menos oportunidades que otras de adquirir las comodidades de la vida, e incluso algunos de los artículos de primera necesidad. Hemos visto a hombres y mujeres trabajar de sol a sol, hasta el agotamiento, por una bagatela. Pero aun así, su sonrisa siempre a flor de labios, y su rostro alegre indicaban que habían encontrado cierta felicidad en la vida.

Algunos podrían decir: “¿Dónde esta la justicia cuando algunos de los hijos de Dios tienen tanta salud y bienes materiales y otros tan poco?” Y muchos de los que poseen en abundancia parecen no sentirse agradecidos por lo que tienen. Pero también hemos visto la generosidad de los miembros de esta Iglesia que se preocupan por la gente de todas partes del mundo que carece de los artículos de primera necesidad. Ellos contribuyen generosamente para ayudar a los pobres de muchos países, aun cuando no haya allí miembros de la Iglesia. Desde 1985, se ha estado proporcionando ayuda humanitaria a ciento catorce países. He aprendido a admirar, respetar y amar a la gente de toda raza, cultura y nación que he tenido el privilegio de visitar. En mi opinión, ninguna raza o clase es superior a cualquier otra en lo que concierne a espiritualidad y fidelidad.

Los que parecen preocuparse menos de lo espiritual sea cual sea su raza, cultura o nacionalidad, son las personas de las que habló el Salvador en la parábola del sembrador, diciendo que “son ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto” (Lucas 8:14) .

Uno de los encuestadores mas famosos de Estados Unidos, Richard Wirthlin, ha descubierto, por medio de encuestas, cuales son las necesidades básicas de la gente de dicho país. Esas necesidades son: la propia estimación, la paz mental y el contentamiento. Creo que esas son las necesidades de los hijos de Dios en todas partes del mundo. ¿Y en que forma pueden satisfacerse? Pienso que detrás de cada una de ellas esta el requisito de establecer la identidad personal, como hijo de Dios. Las tres necesidades, sean cuales sean los antecedentes étnicos, la cultura o el país natal, se pueden satisfacer si buscamos la divinidad que llevamos en nuestro interior. Como el Señor mismo dijo:

“Y el Espíritu da luz a todo hombre [y mujer] que viene al mundo; y el Espíritu ilumina a todo hombre [y mujer] en el mundo que escucha la voz del Espíritu” (D. y C. 84:46).

El presidente David 0. McKay dijo:

“Por lo general, en todo hombre hay algo divino que lucha por perfeccionarlo y sacarlo adelante. Creemos que ese poder que lleva en su interior es el espíritu que proviene de Dios. El hombre vivió antes de venir a la tierra, y ahora esta aquí para esforzarse por perfeccionar el espíritu interior. En algún momento de la vida, en toda persona se despierta el deseo de ponerse en contacto con el Infinito; su espíritu trata de allegarse a Dios. Esa manera de sentir es universal, y la profunda verdad es que todo hombre debería estar embarcado en la misma gran obra: la búsqueda y el desarrollo de la paz y la libertad espiritual” (“Conference Report”, octubre de 1963, pág. 7).

Cuando los humildes siervos de Dios-las Autoridades Generales, los misioneros y otras personas-viajan por el mundo, nos sentimos obligados a preguntar: ¿Que podemos hacer por los pueblos de la tierra? ¿Que podemos dar que nadie mas puede dar? ¿Que puede justificar el gran gasto de esfuerzo, tiempo y dinero de “ [ir] por todo el mundo” (Marcos 16:15), como el Salvador lo mandó? No podemos cambiar la economía de los países, ni tampoco buscamos cambiar los gobiernos. La respuesta es sencilla; ofrecemos la esperanza que el Salvador prometió: “… paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero” (D. y C. 59:23). La vida de las personas cambia cuando los siervos de Dios enseñan a Sus hijos, en todas partes del mundo, a aceptar y a guardar los mandamientos. Cualquiera, sean cuales fueren su cultura o sus circunstancias económicas, puede descender a lo mas profundo de su manantial espiritual y beber de esa agua que proporciona el Señor “El que bebiere del agua”, dijo el Salvador, “no tendrá sed jamas; sino que … será en el una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4: 14)

Las necesidades básicas de la humanidad, según la investigación que efectuó el Dr. Wirthlin-la propia estimación, la paz mental y el contentamiento-, se pueden satisfacer plenamente por medio de la fiel obediencia a los mandamientos de Dios. Eso se aplica a toda persona, en cualquier país o costumbres.

A pesar de que muchos no tienen lo necesario para vivir, me consuelo al pensar en las palabras de Nefi:

“… sino que eran uno, hijos de Cristo y herederos del reino de Dios” (4 Nefi 1: 17) .

A medida que la Iglesia se establece en mas y mas países, encontramos en ella una rica variedad de culturas; pero aun así, en todas partes puede haber una “unidad de la fe” (Efesios 4:13). Cada grupo brinda dones y habilidades especiales a la mesa del Señor: Todos podemos aprender algo de valor de los demás. Pero a la vez, cada uno, en forma individual y voluntaria, debe tratar de disfrutar de todos los convenios, las ordenanzas y las doctrinas unificadoras y salvadoras del Evangelio del Señor Jesucristo.

En la gran diversidad de pueblos, costumbres y circunstancias, es necesario recordar que todos somos iguales ante el Señor, ya que como Pablo enseñó:

“pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús;

“porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos.

“Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.

“Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa” (Gálatas 3:26-29).

Al convertirnos en miembros de esta Iglesia no perdemos nuestra identidad, sino que nos convertimos en herederos del Reino de Dios, por habernos unido al cuerpo de Cristo y haber hecho a un lado espiritualmente algunas de nuestras diferencias personales para unirnos en una causa espiritual mas grande.

A todos los que se han unido a la Iglesia, les decimos: mantengan todo lo que sea noble, bueno y edificante de su cultura y de su identidad personal. No obstante, bajo la autoridad y el poder de las llaves del sacerdocio, todas las diferencias dejan de tener importancia cuando procuramos convertirnos en herederos del Reino de Dios, nos unimos para seguir a quienes poseen las llaves del sacerdocio y buscamos lo divino que hay en nuestro interior. A todos se les extiende la bienvenida y se les estima, pero solo hay un Reino celestial de Dios.

Nuestra fortaleza verdadera no radica en nuestras diferencias, sino en nuestra unidad espiritual y doctrinal. Por ejemplo, la oración bautismal y el bautismo por inmersión son exactamente iguales en todo el mundo; las oraciones para bendecir la Santa Cena son las mismas en todos lados; en todos los países del mundo cantamos los mismos himnos de alabanza a Dios.

Las elevadas normas morales de esta Iglesia se aplican a todos los miembros, en toda nación; la honradez y la integridad se enseñan y se esperan de todos por igual; la castidad antes del matrimonio y la absoluta fidelidad de la pareja en el matrimonio se requieren de todos los miembros de la Iglesia, vivan donde vivan. Quienes violen esas altas normas de conducta moral ponen en riesgo su condición de miembros de la Iglesia, en cualquier parte del mundo.

Los requisitos para la asistencia al templo no cambian de un lugar a otro. Donde hay un templo, la autoridad del sacerdocio no proporciona bendiciones mayores ni menores que en cualquier otro. La adoración en el templo es un ejemplo perfecto de nuestra unidad como miembros de la Iglesia. Para entrar en el, todos respondemos a las mismas preguntas en cuanto a la dignidad; todos los hombres visten igual; todas las mujeres visten de forma similar. Al entrar al templo, dejamos atrás las preocupaciones del mundo y todos recibimos las mismas bendiciones. Todos hacemos los mismos convenios y somos iguales ante el Señor. Sin embargo, dentro de nuestra unidad espiritual, hay un amplio margen para la individualidad y la expresión. Dentro de ese marco, todos somos herederos del Reino de Dios. El presidente Hunter dijo:

“La clave para una iglesia unificada es un alma unificada, una que este en paz consigo misma y no se entregue a conflictos y tensiones internas” (That We Might Have Joy, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1994, pág. 50).

La riqueza espiritual de nuestras reuniones parece tener muy poco que ver con el edificio o el país en los que se lleven a cabo. Hace muchos años, fuimos a la ciudad de Manaos, Brasil, la cual se encuentra río arriba, en el Amazonas, en el corazón de la selva, con el fin de reunirnos con los misioneros y los pocos santos que vivían ahí en aquel entonces. Nos reunimos en una casa muy humilde, sin cristales en las ventanas. Hacia muchísimo calor los niños se sentaron en el piso de la habitación. El presidente de la misión, Helio da Rocha Camargo, dirigió la reunión, y llamó a un fiel hermano para que diera la primera oración. El hombre humilde respondió: “Daré la oración con mucho gusto, pero, ¿podría también dar mi testimonio?”

Una hermana a quien se le pidió que dirigiera la música contestó: “Me encantaría dirigir la música, pero, por favor, ¿me permitiría también dar mi testimonio?” Y así fue con todas las personas a las cuales se les pidió que participaran de alguna forma u otra. Todos se sintieron inspirados para expresar su profundo testimonio del Salvador, de Su misión y de la restauración del Evangelio de Jesucristo. Todos los que se encontraban allí presentes sondearon en lo mas hondo de su alma sus raíces espirituales, recordando las palabras del Salvador de que “donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20). Esos hermanos lo hicieron mas como herederos del Reino de Dios, que como miembros de la Iglesia en Brasil.

La infinidad de idiomas y culturas representa para los miembros de la Iglesia una oportunidad y al mismo tiempo un problema. Para lograr que todos oigan el evangelio en su propia lengua se precisan grandes esfuerzos y recursos. Sin embargo, el Espíritu es una forma de comunicación mucho mas elevada que el idioma en si. Hemos asistido a muchas reuniones en las que no entendimos ni una sola palabra, pero el Espíritu testificó con gran poder en cuanto a Jesucristo, el Salvador y Redentor del mundo. A pesar de la diferencia de idiomas, tenemos la esperanza de que ningún grupo minoritario se sienta jamas rechazado en el “cuerpo de Cristo” (véase 1 Corintios 10:16-17) y desee adorar exclusivamente dentro de su propia cultura étnica. Esperamos que los que pertenezcan a la cultura predominante se acerquen a ellos en el hermanamiento del evangelio, a fin de establecer plenamente una comunidad de santos donde todos se sientan necesitados y queridos.

La paz espiritual no se encuentra en ninguna raza, cultura o nacionalidad, sino mediante nuestros compromisos con Dios y los convenios y las ordenanzas del evangelio. Cada uno de nosotros, sea cual fuere nuestra nacionalidad, necesita profundizar en lo mas recóndito de su alma para encontrar la partícula divina interior, y pedirle diligentemente al Señor una investidura de sabiduría e inspiración especial. Solamente cuando nos adentremos en lo mas profundo de nuestro ser. podremos descubrir nuestra verdadera identidad, nuestra propia estimación y nuestro propósito en la vida. Sólo cuando deseemos ser librados del egoísmo y de nuestra preocupación por el reconocimiento y las riquezas, encontraremos un dulce alivio a las ansiedades, las penas, los dolores, las desdichas y las preocupaciones de este mundo. De esa forma, como dijo el presidente J. Reuben Clark, podemos sacar “a florecer y dar fruto la riqueza latente del espíritu” (El proveer conforme a la manera del Señor, Guía para los lideres de los servicios de bienestar, primera página). Dios no solamente puede ayudarnos a encontrar gozo y contentamiento sublimes y sempiternos, sino que también nos cambiara para que podamos convertirnos en herederos de Su reino.

Esto es, realmente, el restablecimiento del sagrado elemento que poseemos interiormente. En nuestro ser tenemos la potestad de responder a los desafíos de la vida de cualquier forma que queramos hacerlo; de esa manera, superaremos cualquier situación. Como el Salvador le dijo a la mujer enferma: “… tu fe te ha salvado …” (Mateo 9:22).

Poseo el conocimiento verdadero de que Jesús es nuestro divino Salvador y Redentor, y el Hijo de Dios el Padre. Se de Su veracidad por medio de una percepción segura y tan sagrada que me es imposible explicarla. Se y testifico con cabal conocimiento que José Smith restauro las llaves de la dispensación del cumplimiento de los tiempos y que todos los Presidentes de la Iglesia han poseído esas llaves, de la misma forma que en este momento las posee el presidente Gordon B. Hinckley. En el nombre de Jesucristo. Amen.