Que Coman “De Este Fruto Hasta Quedar” Satisfechas

Janette C. Hales


“Las Escrituras … nos ayudaran a mejorar nuestro comportamiento a medida que lleguemos a conocer a nuestro Salvador, Jesucristo.”

Al poco tiempo de haber sido llamada como Presidenta General de las Mujeres Jóvenes, recibí una carta de una jovencita de Nairobi, Kenia, país de Africa oriental. Sylvia, que en aquel entonces tenía quince años de edad, me contaba que su padre había perecido en un accidente. Me decía:

“Cuando el murió, sentí que algo dentro de mi había muerto también y eso me ha hecho una persona diferente, alguien que no me gusta. Ha afectado mis estudios y mi naturaleza espiritual; mis calificaciones han bajado y detesto la escuela. A veces me olvido de orar; estoy perdiendo mi confianza en Dios. Ya no tengo todo el amor, la calidez y la seguridad que antes sentía.

“Hermana Hales, por favor, ayúdeme. Pienso que si no hago algo o si alguien no me ayuda, voy a destruir mi vida”.

Sentí la premura de la suplica de Sylvia, pero me encontraba a miles de kilómetros de distancia. Después de pensar bien, le escribí una carta, con la esperanza de que mis palabras de fe le ayudaran a recobrar su confianza en nuestro Padre Celestial. En ella le sugería: “Lee las Escrituras todos los días y después que lo hagas, por favor escríbeme y cuéntame si te hacen sentir mejor”.

Unas semanas mas tarde, Sylvia me escribió lo siguiente:

“Había dejado de leer las Escrituras; y cuando las leía, era como si no las entendiera, y las dejaba de lado. Usted me ha dado el deseo de … escudriñarlas mas diligentemente. Estoy descubriendo un valioso alimento espiritual. Gracias por hacerme esa sugerencia”.

Eso le sirvió de consuelo cuando se sentía desesperada y sola, pero al mismo tiempo se dio cuenta de que las Escrituras podían también ayudarle a mejorar su vida. Mas adelante, decía:

“He decidido esforzarme por ser una persona mejor. Tengo que vencer algunos de mis rasgos malos y reemplazarlos con otros que sean buenos, y resistir a aquellos que quieren denigrarme y desacreditar mi fe, en especial en la escuela, donde soy la única que es miembro de la Iglesia”.

A medida que continuó con su cometido de leer las Escrituras, Sylvia se dio cuenta de que nuestro Padre Celestial la guiaría al tomar decisiones.

Mas tarde, comentó esto:

“He estado muy ocupada últimamente, pero no me he olvidado de las Escrituras. Deseo tener una fe semejante a la del hermano de Jared o a la de Nefi, que les permitió saber la voluntad del Señor para con ellos. Tengo planes de meditar en cuanto a que debo hacer para fortalecer mi fe. Cumplí dieciséis años”.

Con el correr de los meses, Sylvia adquirió un mayor conocimiento de las Escrituras y expresó su deseo de ayudar a los demás, diciendo:

“Me encanta ir a la Iglesia, y lo que mas me gusta es cuando tengo la oportunidad de ayudar con los niños de la Primaria. Disfruto de oírlos cantar y leer y expresar lo que sienten”.

Cuando comenzó a ayudar a los demás, Sylvia empezó a comprender mejor a nuestro Salvador. Comentó que había leído del ministerio final de Cristo sobre la tierra, la Crucifixión, la Resurrección. Llegó a tener una mejor comprensión de la misión de Cristo sobre la tierra y de Su gran amor por nosotros.

La jovencita continuó afrontando problemas y presión por parte de sus compañeros, pero había encontrado una fuente permanente de ayuda en las Escrituras. Cuando se entero del fallecimiento de mi madre, me escribió para brindarme aliento y fortalecer mi fe.

El medio que le sugerí hace tres años, de leer las Escrituras, le sirvió mas que la ayuda que yo habría podido darle. La lectura de las Escrituras le ayudó a resolver la crisis inmediata, pero estas se han convertido en un recurso permanente para ella, un recurso que siempre tendrá a su alcance. En ellas ha aprendido que nuestro Padre Celestial no le fallara.

Las Escrituras han llevado bendiciones a otras personas. Algunas de ustedes habrán leído el libro titulado “The Hiding Place” (“El escondite”), de Corrie ten Boom. Las Escrituras fueron para ella un consuelo en una época mucho mas triste que la que jamas afrontara la mayoría de nosotros.

Corrie y su hermana Betsy llevaban una vida cristiana en Holanda, antes de la guerra. Al ver las atrocidades cometidas en contra de los judíos, decidieron dar refugio a algunos escondiéndolos en su casa. Cuando se descubrió el escondite, las hermanas fueron enviadas a un c ampo de concentración, donde sufrieron la misma clase de privaciones a las que estaban sujetos los prisioneros judíos.

De una manera extraordinaria, Corrie pudo conservar una Biblia, de la que solía leerles pasajes a los otros prisioneros. Su mundo exterior de sufrimiento se hacia cada vez mas abrumador, pero ella describió su vida interior como algo totalmente opuesto. Estas son sus palabras:

“Nuestra Biblia era el centro de un circulo cada vez mas amplio de ayuda y esperanza. Como niños abandonados alrededor de una hoguera, nos reuníamos alrededor de la Biblia, acercando nuestro corazón a su luz y calidez. Cuanto mas tenebrosa era la noche a nuestro alrededor, tanto mas brillante, verídica y hermosa resplandecía la palabra de Dios.

“Vivíamos en dos esferas … Una, la esfera exterior, la que se podía observar, se hacia mas horrible día tras día. La otra esfera, o sea, la vida que dedicábamos a Dios, se hizo cada vez mejor a medida que aprendimos verdad sobre verdad, gloria sobre gloria” (Corrie ten Boom, The Hiding Place, New York City: Bantam Books, 1974, págs. 194-195).

Al igual que Sylvia y Corrie ten Boom, otras personas han testificado sobre el poder de las Escrituras. El Salvador mismo nos puso el ejemplo en cuanto al conocimiento de las Escrituras y a confiar en las palabras de nuestro Padre Celestial. En el capitulo cuarto de Lucas, esta escrito que cuando Jesús había ayunado durante cuarenta días y fue tentado por el diablo, este le sugirió que si era el Hijo de Dios convirtiera una

piedra en pan. Incluso después de haber ayunado cuarenta días, Jesús respondió: I’… No só10 de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Dios” (Lucas 4:4). El conocía las palabras de los profetas.

De nuevo Satanás tentó a Jesús, ofreciéndole poder y gloria si lo adoraba. El Salvador resistió la tentación y respondió con estas palabras: “… escrito esta: Al Señor tu Dios adoraras, y a el solo servirás” (Lucas 4 8). El Hijo conocía la voluntad de Su Padre y las palabras lo fortalecieron en la hora de la tentación.

Las palabras de las Escrituras las fortalecerán a ustedes en la hora de la tentación. Las Escrituras se nos han dado para ayudarnos a encontrar paz y seguridad en épocas de crisis, para ayudarnos a encontrar soluciones a los problemas cotidianos, para fortalecernos en momentos de tentación; y nos ayudaran a mejorar nuestro comportamiento a medida que lleguemos a conocer a nuestro Salvador, Jesucristo. A las Mujeres Jóvenes de la Iglesia se les ha extendido la invitación este año de establecerse el cometido de leer las Escrituras con regularidad.

Imaginen a medio millón de jovencitas de todo el mundo, con las Escrituras abiertas, leyendo. Me imagino los libros canónicos abiertos en los campamentos, en las conferencias de la juventud, durante las lecciones dominicales, en maratones de lectura, o en un centro para personas ancianas. Las jóvenes quizás lean las Escrituras a sus hermanitos, o a un abuelo a quien le este fallando la vista. Me imagino libros de Escrituras sobre una almohada, en una mesa de noche, al alcance durante las noches de hogar. Alma se sentiría conmovido esta noche al ver a las jovencitas reunidas en capillas y centros de estaca con las Escrituras en la mano. Tengan la bondad de abrir el Libro de Mormón en el capitulo 32 de Alma. Yo leeré el versículo 27 y juntas leeremos el versículo 28.

“Mas he aquí, si despertáis y aviváis vuestras facultades hasta experimentar con mis palabras, y ejercitáis un poco de fe, sí, aunque no sea mas que un deseo de creer, dejad que este deseo obre en vosotros, sí, hasta creer de tal modo que deis cabida a una porción de mis palabras.

“Compararemos, pues, la palabra a una semilla. Ahora bien, si dais lugar para que sea sembrada una semilla en vuestro corazón, he aquí, si es una semilla verdadera, o semilla buena, y no la echáis fuera por vuestra incredulidad, resistiendo al Espíritu del Señor, he aquí, empezara a hincharse en vuestro pecho; y al sentir esta sensación de crecimiento, empezaréis a decir dentro de vosotros: Debe ser que esta es una semilla buena, o que la palabra es buena, porque empieza a ensanchar mi alma; sí, empieza a iluminar mi entendimiento; si, empieza a ser deliciosa para mi”.

Y en el versículo 37 se nos dice que después que hayamos plantado la semilla y esta empiece a crecer, debemos nutrirla “con gran cuidado para que eche raíz, crezca y nos produzca fruto” (Alma 32:37).

En el versículo 41 se nos enseña a nutrir la palabra con fe, con diligencia y con paciencia, con la esperanza puesta en su fruto. Es mi oración que todas las jovencitas de la Iglesia logren la promesa del versículo 42, de que cuando hayan plantado la semilla y la hayan nutrido, coman “de este fruto hasta quedar satisfech[a]s, de modo que no ten[gan] hambre ni ten[gan] sed”.

Esta es la promesa que nos hace nuestro Padre Celestial si respondemos a la invitación de experimentar con la palabra. Doy testimonio de esta promesa, en el nombre de Jesucristo. Amen.