Actuar Por Nosotros Mismos, Sin Ser Obligados

James E. Faust


“El Señor puede llevar a cabo extraordinarios milagros con una persona de talento común que sea humilde, fiel y diligente en servirle, y que trate de mejorar.”

Es siempre una sagrada responsabilidad dirigirme al grupo numeroso que compone el sacerdocio de esta Iglesia. Esta noche quisiera hablar principalmente a los magníficos jóvenes del Sacerdocio Aarónico; lo hago porque reconozco que el futuro de la Iglesia, e incluso del mundo, depende de la manera en que ustedes, jovencitos, consideren y honren el sacerdocio que poseen.

Recientemente pregunte a unos jóvenes que debería yo saber en cuanto a su generación. Uno de ellos me respondió, hablando por todos: “Que vivimos al borde …” Desde ese entonces he pensado mucho en lo que esas palabras significan; naturalmente, pueden significar muchas cosas. Creo que mi buen amigo se refería al peligro de las motocicletas, de trepar por riscos y de otras formas de recreo en las que se exponen a riesgos innecesarios a fin de enfrentar un desafío o sentir una gran emoción.

Hace algunos años, el elder Marion D. Hanks habló de un grupo de Boy Scouts que había ido a explorar una caverna. El angosto sendero estaba marcado con piedras blancas y algunas secciones estaban iluminadas; después de mas o menos una hora, llegaron a una enorme y elevada cúpula, debajo de la cual había un lugar al que se conocía como “el pozo sin fondo”, llamado así porque el suelo de la caverna se había derrumbado, dejando expuesto un hoyo muy profundo. Era difícil no empujarse unos a otros sin querer en la angosta senda. Al poco rato, uno de los muchachos mas grandes accidentalmente empujó a uno mas pequeño que cayo en un lugar oscuro, lleno de lodo. Aterrorizado al sentir que resbalaba, el niño lanzó un grito en la oscuridad. El guía se acercó rápidamente al oír la exclamación de terror; el jovencito volvió a gritar cuando vio, a la luz de la linterna del guía, que se hallaba en el borde mismo del pozo (Historia adaptada de “Questions for the Iconoclast”, Improvement Era, junio de 1957, págs. 444, 446-448, 450-451).

En esa oportunidad, se rescato al muchacho; pero esto no siempre sucede. Muchas veces los jóvenes son tentados a llegar hasta el borde, e incluso mas allá; contando sólo con un precario punto de apoyo, es muy fácil salir gravemente herido e incluso morir. La vida es demasiado valiosa para desperdiciarla en favor de las emociones, o, como dice Jacob en el Libro de Mormón, “por traspasar lo señalado” Jacob 4:14).

Ustedes, jovencitos, tal vez piensen que son indestructibles y que van a vivir para siempre. Dentro de unos años se darán cuenta de que no es así. El vivir al borde también puede significar estar peligrosamente muy cerca del “pozo sin fondo”. Mas peligroso aun es poner el alma en peligro al meterse en problemas de drogas o de otras substancias nocivas para sentir un placer momentáneo.

Quizás algunos piensen que, viviendo “al borde”, descubrirán sus fuerzas y habilidades. Tal vez piensen también que esa es la manera de encontrar su identidad y hombría. Sin embargo, la identidad no se puede encontrar buscando emociones, tales como el exponer su vida o su alma intencional e innecesariamente a cualquier peligro, físico o moral. Siempre habrá suficientes riesgos que se presenten de manera natural sin que ustedes los tengan que buscar. Su fortaleza e identidad la obtendrán al honrar el sacerdocio, desarrollar sus habilidades y servir al Señor. Cada uno tendrá que trabajar arduamente a fin de hacerse acreedor de lograr su potencial eterno; no será fácil. El encontrar la verdadera identidad será una tarea mucho mas fatigosa que escalar una montaña peligrosa o ir a alta velocidad en un auto o una motocicleta les exigirá toda su fortaleza, entereza, inteligencia y valor.

El mejor consejo que he recibido en cuanto a mantenerme alejado del borde lo escuche cuando, siendo

recién casado, el presidente Harold B. Lee me llamó para integrar un obispado. En esa oportunidad, me dijo: “De ahora en adelante, no sólo debes evitar lo malo, sino también la apariencia del mal”. No prosiguió a interpretar ese consejo, sino que lo dejó a mi discreción.

Todo esto me lleva a un punto importante del que me gustaría hablar esta noche al Sacerdocio de Dios. Cada uno de nosotros debe tomar la responsabilidad de las decisiones morales que tomamos en cuanto a la proximidad en que viviremos del borde. Nefi dijo:

“Y porque son redimidos de la caída, han llegado a quedar libres para siempre, discerniendo el bien del mal, para actuar por si mismos, y no para que se actúe sobre ellos” (2 Nefi 2:26).

Que se actúe sobre una persona significa que alguien controla nuestras acciones, o nos obliga. Vivimos en una época en que muchos desean evitar la responsabilidad de sus propios actos.

Cuando era un joven abogado, recibí el nombramiento de los jueces para defender personas a quienes se acusaba de infringir la ley. Un día se me asignó representar a un muchacho. Al acercarnos al tribunal, el venerable juez federal nos miró a ambos y preguntó: “¿Cual de los dos es el acusado?” Por las experiencias que tuve en esa época, aprendí que algunas personas no se consideraban responsables ni culpables de ninguna manera a pesar de haber quebrantado la ley; pensaban que no se les debía culpar; habían dejado a un lado su conciencia; admitían que tal vez hubieran cometido un acto indebido, pero pensaban que en realidad era culpa de los padres por no haberles enseñado debidamente, o de la sociedad porque nunca les había dado una oportunidad en la vida. Muchas veces recurrían a razones o excusas para culpar a alguien o algo de sus acciones, en vez de aceptar la responsabilidad de estas; las atribuían al hecho de que no actuaban por si mismos, sino que otras personas o circunstancias actuaban sobre ellos.

Mickey Mantle, que fue estrella de béisbol en los Estados Unidos hace muchos años, reconoció hace poco que durante años se había entregado al abuso de substancias nocivas. Al recibir un trasplante de hígado con el fin de salvarle la vida, hizo una declaración extraordinaria: “No me pongan a mi por modelo”, dijo; y agregó que estaba dispuesto a dedicar el resto de su vida a ser un mejor ejemplo. Mickey Mantle por fin aceptó la responsabilidad de sus errores. Lamentablemente, murió al poco tiempo.

Durante la Segunda Guerra Mundial, muchos de nosotros pasamos por un entrenamiento para oficiales; se nos enseñó que la única respuesta apropiada cuando cometíamos errores de gravedad debía ser: “Es inexcusable, señor”.

A veces, cada uno de nosotros debe defender, en forma valiente y firme, lo que es y lo que cree. Cuando el presidente Joseph F. Smith era joven, se vio ante esta dificultad:

Una mañana, cuando el y otros misioneros regresaban a Salt Lake City, se toparon con un grupo de hombres rudos, montados a caballo, que disparaban las armas y blasfemaban.

El líder desmontó del animal y exclamó: “¡Mataremos a cualquiera que sea mormón!” Los otros misioneros habían salido despavoridos hacia los bosques, pero Joseph F. Smith permaneció valientemente sin moverse. El hombre le apuntó a la cara con la pistola y le preguntó: “~Eres mormón?”

El joven Smith se irguió y le dijo: “Si, señor, lo soy. De pies a cabeza”.

El hombre quedó sorprendido ante la respuesta; guardó el arma y estrechándole la mano, le dijo: “i Es usted el hombre mas simpático que he conocido! … Me gusta ver a un hombre que es capaz de defender sus convicciones”. Volvió a montar a caballo y se alejó con sus compañeros (“Courageous Mormón Boy”, Friend, agosto de 1995, pág. 43).

A diferencia de Joseph F. Smith, el peligro que ustedes, jovencitos, afrontan, no es tanto en lo físico, sino mas bien el peligro de ser engañados y desviados. Este es, en cierto sentido, mas sutil y difícil, y requiere mas fuerza y valor para vencer que el peligro físico.

El permanecer alejados del borde es una responsabilidad individual. A veces, nuestros bien intencionados jóvenes quieren que se les especifique hasta el mas mínimo detalle de lo que es una conducta apropiada o inapropiada, quizás para acercarse al borde con mas tranquilidad. Algunos parecen mas preocupados con lo que el evangelio prohíbe que con lo que nos brinda. Por ejemplo, unos jóvenes adultos se quedaron sorprendidos al enterarse de que no es apropiado que los grupos de jóvenes solteros de ambos sexos participen en actividades que duren toda la noche. E hicieron este comentario: “¿por que no nos lo ha dicho el Profeta?” El consejo de la Iglesia en este asunto ha sido bastante claro durante muchos años. No debía haber sido necesario decirles a esos jóvenes que evitaran la apariencia del mal. Mi consejo es que si tienen alguna duda en cuanto a la conducta que deben seguir, no lo hagan. Los profetas tienen la responsabilidad de enseñar la palabra de Dios y no de detallar con todas sus jotas y tilde s e l comportamiento humano . Nuestro albedrío moral exige que diferenciemos el bien del mal y elijamos el bien. Si tratamos de evitar no solo lo malo, sino la apariencia misma del mal, estaremos actuando por nosotros mismos sin ser obligados.

Los poseedores del Sacerdocio de Dios no solo son responsables de sus propios actos, sino que proporcionan seguridad moral y física a las mujeres y a los niños de las familias de la Iglesia. Ustedes, los muchachos poseedores del sacerdocio que cortejan a las maravillosas jóvenes de la Iglesia, tienen el deber de hacer todo lo que puedan por proteger la seguridad física y la virtud de ellas. El sacerdocio que poseen deposita en ustedes la gran responsabilidad de asegurarse de que siempre se mantengan los elevados principios morales de la Iglesia. El Señor sabe que ustedes son demasiado prudentes para acercarse al borde de la tentación sexual; si van mas allá del borde y abusan de los sublimes poderes de la procreación, perderán parte de lo que es sagrado en ustedes. Cada uno de nosotros es responsable de sus propias acciones. ¿Como podríamos pretender tener una función de importancia en esta vida o en la eternidad si no tenemos el poder del autodominio?

Los que andan en busca de placeres pasajeros parece que quisieran aplacar un vacío interno por medio de la satisfacción externa del alcohol, las drogas y las relaciones sexuales ilícitas. Con el fin de apaciguar su conciencia, algunos esperan en vano a que la Iglesia se “modernice”, que “despierte”, o ‘&que se ponga al día”. Ese vacío interno únicamente se puede llenar al hacer de nuestra relación con “Dios el centro de nuestro ser”, tal como lo enseñó el presidente David O. McKay.

“No es fácil hacer que Dios sea el centro de nuestro ser. Para lograrlo, debemos tomar la determinación de guardar Sus mandamientos; además, la meta principal deben ser los logros espirituales, y no las posesiones físicas ni los caprichos ni los placeres del cuerpo.

“Únicamente en la renuncia completa de nuestra vida interior podremos elevarnos por encima de la influencia egoísta y sórdida de la naturaleza … Así como el cuerpo muere cuando el espíritu se aleja de el, también muere el espíritu cuando excluimos de el a Dios. No puedo imaginar que reine la paz en un mundo del que se haya desterrado a Dios y a la religión (David O. McKay, Gospel Ideals, Salt Lake City: The Improvement Era, 1953, pág. 295).

El Señor tiene una gran obra para que cada uno de nosotros lleve a cabo. Tal vez se pregunten como puede ser eso, porque quizás piensen que no hay nada especial ni sobresaliente en ustedes ni en sus habilidades. Quizás piensen o se les haya dicho que son torpes; muchos de nosotros nos hemos sentido así y se nos ha dicho eso. Gedeón pensó de esa manera cuando el Señor le pidió que salvara a Israel de los madianitas. Gedeón dijo: “He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre” Jueces 6:15). Contaba con tan solo trescientos hombres, pero con la ayuda del Señor, derroto los ejércitos de los madianitas (véase Jueces 7).

El Señor puede llevar a cabo extraordinarios milagros con una persona de talento común que sea humilde, fiel y diligente en servirle y que trate de mejorar. La razón es que Dios es la fuente máxima de poder. Mediante el don del Espíritu Santo no solo podemos saber todas las cosas (D. y C. 11:14), sino incluso “la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5). Muchos de ustedes se preocupan de su futuro; creo que todo jovencito serio lo hace. Pero de lo que no se dan cuenta es de las oportunidades que les reserva el futuro. Después de toda una vida de tratar asuntos humanos, me inclino a pensar que el futuro de ustedes sobrepasará sus sueños si observan lo siguiente:

  1. 1.

    Si no viven al borde.

  2. 2.

    Si evitan no solo lo malo, sino también la apariencia del mal.

  3. 3.

    Si siguen el consejo de Nefi de actuar por si mismos, sin ser obligados.

  4. 4.

    Si buscan primeramente el reino de Dios y reciben la gran promesa de que todo lo demás les será añadido.

  5. 5.

    Si siguen los consejos de los lideres de la Iglesia.

En este gran recinto, y escuchándonos esta noche, se encuentran miles de líderes futuros de la Iglesia que han sido llamados de entre los del mundo y elegidos por el Señor antes de la fundación del mundo, tal como lo describió Abraham:

“Y el Señor me había mostrado a mi, Abraham, las inteligencias que fueron organizadas antes que existiera el mundo; y entre todas estas había muchas de las nobles y grandes;

“y vio Dios que estas almas eran buenas, y estaba en medio de ellas, y dijo: A estos haré mis gobernantes; pues estaba entre aquellos que eran espíritus, y vio que eran buenos; y me dijo: Abraham, tu eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer” (Abraham 3:22-23).

Creo que el Señor ha traído a esta tierra espíritus especiales que fueron reservados desde antes que existiera el mundo para ser fuertes y valientes en estos tiempos tan difíciles de la historia del mundo. Sobre ustedes, jovencitos, pronto descansara el futuro del reino de Dios sobre la tierra. En esos días, los problemas y las oportunidades serán mas grandes de lo que jamas lo han sido.

Con todo mi corazón, les exhorto, jovencitos, a que sean dignos y fieles a los llamamientos del sacerdocio en su juventud. Hoy son los poseedores del sacerdocio preparatorio. Si se conservan dignos, muy pronto serán poseedores del Sacerdocio Mayor, que vendrá acompañado de la gran responsabilidad de la obra sagrada de Dios en toda la tierra.

Que sean dignos de lograrlo, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.