Somos Una Gran Familia

Gordon B. Hinckley

President of the Church


Gordon B. Hinckley
“Todos formamos una gran familia. Somos hijos de Dios y estamos embarcados en el servicio de Su Hijo Amado.”

Mis hermanos, es maravilloso tener la oportunidad de reunirnos cada seis meses en estas grandes conferencias mundiales. Nos congregamos desde todos los puntos de la tierra para expresarnos unos a otros el testimonio, recibir instrucción y relacionarnos como hermanos en la fe. Esta sociabilidad de que participamos es algo muy agradable y es parte importante de la cultura misma de nuestra organización.

Estas reuniones han tenido lugar regularmente desde hace mas de un siglo en este histórico Tabernáculo. Desde este púlpito ha ido al mundo la palabra del Señor. A través de los años, han pasado por este lugar oradores de personalidades diferentes pero con el mismo espíritu. Es el espíritu al que se refirió el Señor cuando dijo: “… EL que la predica y el que la recibe se comprenden el uno al otro, y ambos son edificados y se regocijan juntamente” (D. y C. 50:22).

Este histórico Tabernáculo parece mas pequeño cada año. En algunas conferencias regionales solemos reunirnos con grupos aun mas numerosos bajo un mismo techo. Por ejemplo, no hace mucho estuvimos en la región de Tacoma, estado de Washington, donde un domingo por la mañana tuvimos el privilegio de hablar ante una congregación de mas de diecisiete mil miembros de la Iglesia. La acústica de aquel lugar no era tan buena como la de este magnífico edificio.

Por supuesto, gracias a los maravillosos medios electrónicos de que disponemos en la Manzana del Templo, nos escuchan hoy muchas personas mas. El Tabernáculo se ha ido convirtiendo en un estudio de transmisión desde el cual se propagan estas conferencias por medio de la radioteléfonía y la televisión, por cable o satélite y por otros medios, para el beneficio de decenas de millares de personas en casi todo el mundo. Estas conferencias se transmiten directamente a todos los Estados Unidos, Canadá y la región del Caribe, como así también a las Islas Británicas y Europa. Esperamos que pronto podremos asimismo transmitirlas en vivo a las islas del Pacifico, Nueva Zelanda y Australia, y de igual modo a las naciones de Asia, a México, América Central y América del Sur. Mas del cincuenta por ciento de los miembros de la Iglesia pueden hoy, con un poco de esfuerzo, verme y escucharme cuando les hablo.

En el subsuelo del Tabernáculo, precisamente debajo de donde me encuentro, un gran número de interpretes trabaja con devoción para que quienes deseen escucharnos puedan hacerlo en su propio idioma. Yo rindo honores y expreso mi agradecimiento por sus valiosos servicios a estos dedicados hombres y mujeres que tan generosamente consagran su tiempo y su talento a esta obra de traducción.

Esta pequeña “piedra cortada del monte no con mano,” esta rodando para llenar toda la tierra (véase D. y C. 65:2).¡Que maravilloso es ser partícipes de este reino de nuestro Señor, siempre en progreso! No existen fronteras políticas que separen los corazones de los hijos de Dios, sea donde sea que residan. Todos formamos una gran familia. Somos hijos de Dios y estamos embarcados en el servicio de Su Hijo Amado, que es nuestro Redentor y Salvador, y en nuestro corazón arde el testimonio de esta gran verdad. Cada uno de nosotros tiene derecho a tal testimonio de esta obra. Es precisamente ese conocimiento personal de las verdades fundamentales lo que nos une en lo que llamamos la Iglesia y Reino de Dios.

Y así es que nos reunimos cada seis meses para renovar nuestra fe, aumentar nuestro entendimiento de todo lo divino y expresarnos amor y respeto mutuos en este notable hermanamiento que todos conocemos como La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Me uno a todos en esperar con gran interés estos servicios en que participaremos hoy y mañana, rogando al Señor que bendiga a cada uno de nosotros con la compañía de Su Santo Espíritu.

Invoco las bendiciones del Señor sobre todos los que harán uso de la palabra, los que habrán de cantar, los que pronunciaran oraciones y, muy particularmente, con el gran amor y aprecio de mi corazón, sobre todos aquellos que escuchen con la inspiración del Espíritu. En el nombre de Jesucristo. Amén.