El Poder De La Bondad

Janette Hales Beckham


“Dios nos ha dado a todos el poder individual de actuar, de decidir, de servir, de amar y de realizar mucho bien.~

Una madre me dijo una vez: “Me gustaría que encerraran a todos los niños en el templo hasta que cumplieran los veintiún años”. Y un padre comento: “Me siento totalmente impotente en mi propio hogar. Nuestra familia no tiene control”. ¿Que fuerza o poder hay que mitigue el anhelo humano de disfrutar de mayor seguridad, orden, control e incluso de paz?

Mi primer recuerdo de haber tenido necesidad de poder es de cuando mi familia se mudó, el año que comencé el tercer grado. Allí empecé a entender mas sobre los amigos y la familia de otras personas. Al charlar con mis nuevos amigos y chicos de la vecindad, comparábamos posesiones y cantidades: quien tenía los mejores árboles de sombra o un gallinero en el que pudiéramos treparnos. Además de enterarme de que papa era el mas fuerte, note que muchos chicos eran mayores que yo.

Por suerte, yo tenía dos hermanas mayores que contaban con muchos amigos. Y una vez dije que, si era necesario, toda la escuela secundaria iría a ayudarme. De este modo sentía que poseía el poder indispensable para mi seguridad y protección.

Poco a poco, el mundo de mis ocho años se fue ensanchando; también se hacia mas necesaria la habilidad de enfrentar este mundo civilizado. Comencé a apreciar la seguridad del tamaño, de la cantidad y de los recursos. El empleo de lo que llamamos el “poder político” empieza a temprana edad; lo primero que se aprende es la importancia del tamaño: “¡Si no te sosiegas, llamo a mama!” “¡Ya veras cuando papa vuelva!” Los recursos pueden ser un suplemento al tamaño. Un juguete sirve para golpear; lo que empezó como un muñeco de nieve se transforma en un fuerte.

El mundo estaba en guerra en aquellos días, pero yo estaba en tercer grado y el peligro al que temía era el niño que tenía una pistola de madera con la que tiraba aros de goma de los frascos de conservas; su blanco eran las piernas de las niñas. Mis amigos me decían que si le daba aros de goma, el no me iba a tirar mas a mi, pero contribuir a su arsenal me parecía un acto de traición, y dudaba de poder confiar en la palabra de un buscapleitos. Creo que al fin algún maestro le debe de haber quitado la pistola. En mi mundo, yo valoraba a la gente con poder, como los padres y los maestros, especialmente si sus reglas eran justas.

Ese mismo año, la comunidad compartió la alegría de nuestra familia cuando mi madre dio a luz al único varón después de cuatro niñas. Mi papa era el único varón de su familia, y pensó que ya tendría a alguien para que perpetuara su apellido. A los pocos meses, fue obvio que Tommy sufría de una grave anormalidad. Entonces empecé a sentir en mi interior una fuerza claramente diferente de la de mi mundo exterior. Empezó a tomar forma una nueva dimensión de amor, ternura y compasión; observe como mama y papa cambiaban su estilo de vida para cuidar amorosamente de un niño que en cinco años nunca aprendió a sentarse ni a hablar, pero que iluminaba el cuarto con su sonrisa. Todo el pueblo parecía mas amable, mas cuidadoso, mas atento. Mis temores a lo externo disminuyeron; me sentía segura porque mi madre y mi hermano estaban allí; mis padres estaban en casa por la noche. Nuestro hogar estaba lleno de calidez. Había un poder diferente que parecía emanar desde adentro; era mas permanente, no como el momentáneo que sentía con mis amigos; era sereno y lleno de paz; era el poder de la bondad, el poder del amor.

En la bondad hay un poder que se aprende a veces en el seno familiar. Y hay un vacío cuando esta falta. Conozco a una familia que dejo lo que llamaban “la buena vida” por el deseo de hacer el bien. Acordaron embarcarse en un noble propósito que los llevo a vivir un año en Filipinas. La madre de esta familia contó lo anonadados que estaban de ver lo difícil que era su nueva vida. Sin la rutina normal ni las comodidades del hogar, según dijo, “éramos los mismos insufribles de siempre”. Entonces iniciaron una nueva rutina: ejercicio a las cinco y media de la mañana, estudio de las Escrituras a las seis y media, luego el desayuno y la escuela. Y todas las tardes visitaban orfanatos para jugar con los niños.

Gradualmente, la familia comenzó a notar un cambio: tenían mas paciencia, gratitud y respeto.

Empezaron a hablar mas unos con otros, pero realmente hablar y realmente escuchar. La madre comento: “Nunca olvidaré la lección que aprendimos el día en que llevaron al orfanato a un bebe de cinco meses al que le habían cortado la lengua y sacado un ojo.” Cuando supieron que la propia madre, una mendiga, era quien lo había dañado, la clase de estudios sociales que habían tenido en el hogar cobro nuevo significado. Empezaron a sentir mayor compasión, mas reverencia por la santidad de la vida. Esas personas pusieron su “confianza en ese Espíritu que induce a hacer lo bueno” (D. y C. 11:12), y gradualmente comenzaron a experimentar el poder que les permitió cambiar.

Los poderes del cielo están al alcance de todos por medio de la rectitud. Moroni enseña que “toda cosa que invita a hacer lo bueno, y persuade a creer en Cristo, es enviada por el don y el poder de Cristo” (Moroni 7:16; cursiva agregada).

A José Smith se le dio una revelación sobre el poder, precisamente cuando el poder político se había vuelto en su contra y se hallaba prisionero en la cárcel de Liberty. Su primer ruego al Señor fue para pedir ayuda para castigar a sus enemigos: “Permite que tu enojo se encienda en contra de nuestros enemigos”, suplico. Nuestro Padre Celestial le respondió con una bendición mayor: “Hijo mío, paz a tu alma”. Luego le hizo una promesa, si perseveraba y era fiel: “Dios te exaltara; triunfaras sobre todos tus enemigos” (D. y C. 121:5, 7, 8).

Fue en esa misma prisión que Dios enseño al Profeta acerca del poder del sacerdocio, diciendo:

“Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del sacerdocio, sino por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero” (D.y C. 121:41).

El poder del sacerdocio se emplea para ministrar, predicar, enseñar, bautizar, ordenar, sanar, sellar, restaurar, bendecir, profetizar, testificar y hacer el bien.

El poder político, por otra parte, puede ser una fuerza para bien o para mal y es siempre momentáneo. Todos tenemos poder político y cada uno de nosotros lo necesita; debemos emplearlo para el bien. Sin un ejercicio correcto de ese poder, estaría en peligro nuestra libertad; las religiones podrían desaparecer. Por supuesto, necesitamos reglas y leyes, pero debemos recordar que las Escrituras nos dicen que “los poderes del cielo … no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud” (D. y C. 121:36).

Una fiel hermana expreso este testimonio de la manera que el poder de la bondad influyó en ella:

“Hasta que tenía aproximadamente ocho años de edad, no me había dado cuenta de que mi madre tenía serios problemas de salud, diagnosticados mas tarde como esclerosis múltiple. Cuando estaba en el primer año de Abejitas, desperté una mañana de mayo y la encontré paralizada del cuello para abajo; previamente había perdido la vista”.

Confinada a su lecho, esta valerosa mujer se convirtió en el eje del hogar. Su hija escribe lo siguiente:

“Un día me tocaba limpiar el horno, una tarea que acometí con autoconmiseración y bastantes quejas. Fui al dormitorio de mama para lamentarme un poco y vi que estaba llorando. Me dijo: ‘¿Sabes cuanto daría por levantarme y limpiar ese horno?’ Logre entonces una nueva perspectiva de la naturaleza del trabajo; y hasta el día de hoy, cada vez que limpio el horno pienso en esa experiencia.

“Fue una bendición muy especial el tener a mi madre siempre disponible. Ella escuchaba pacientemente las preocupaciones y preguntas de mi adolescencia. Me hacia sentir la persona mas importante e interesante del mundo. Ella estaba siempre EN CASA, atenta, llena de interés, y siempre disponible”.

La madre falleció el año en que ella se graduó. Continua el relato:

“Uno de los momentos mas dolorosos de mi joven vida fue el día que volví de la escuela para entrar en una casa vacía y caminar por el largo pasillo hasta su dormitorio. Mi consejera y confidente ya no estaba allí, pero me había dado esos dones eternos e intangibles de amor, interés, sabiduría y aceptación. Y estaré siempre agradecida por su bondad”.

Esa valiente mujer, aunque físicamente impedida, tuvo el poder para amar, motivar, inspirar, para perpetuar la rectitud y hacer el bien.

Mi ruego por cada uno de nosotros es que podamos reconocer que Dios nos ha dado a todos el poder individual de actuar, de decidir, de servir, de amar, y de realizar mucho bien. Quizás sea tiempo de tomar las riendas de nuestra vida. Nuestro Profeta, el presidente Gordon B. Hinckley, ha dicho: “[Sean fieles]… considerados y buenos … No debemos temer; Dios esta a la cabeza … El derramara Sus bendiciones sobre aquellos que caminen obedeciendo Sus mandamientos” (“Esta es la obra del Maestro”, Liahona, julio de 1995, pág. 81). Es mi oración que podamos buscar el poder de la rectitud en nuestro diario vivir al seguir el consejo de nuestro Profeta, y que vivamos según las enseñanzas de nuestro Salvador, Jesucristo, en Su nombre. Amén.