¿Cual Es La Función De La Sociedad De Socorro?

Aileen H. Clyde


“La Sociedad de Socorro fue organizada por un Profeta de Dios, José Smith, y ha sido guiada … por un Profeta, para que seamos verdaderas discípulas de Jesucristo.”

Esta noche, en la presencia de nuestro Profeta y sus consejeros, con gratitud recordamos y testificamos al mundo que la Sociedad de Socorro fue divinamente organizada por un amoroso Padre Celestial por medio del profeta José Smith, y testificamos que aun la guían los profetas de Dios. Siento humildad al estar con ustedes en esta reunión general de la Sociedad de Socorro para escuchar los consejos del presidente Gordon B. Hinckley, nuestro profeta para nuestra época.

Necesitamos su voz que nos guíe ahora, tal como nuestras hermanas necesitaron la intervención de un Profeta en 1842, cuando en Nauvoo presentaron a José Smith la constitución para una sociedad femenina de benevolencia. Fueron a hablar con el Profeta y le pidieron su consejo sobre el deseo que tenían de servir en el reino y organizarse de acuerdo con ese plan. El les dijo que tenía algo mejor para ellas: una orden y un propósito que precisaba el liderazgo del sacerdocio a fin de que sus buenos deseos dieran aun mejores frutos.

Muchas organizaciones compiten por nuestro tiempo. De hecho, nuestros llamamientos en las varias organizaciones de la Iglesia pueden hacernos pensar que por ahora “no estamos trabajando en la Sociedad de Socorro” o podemos decir: “Cuando estaba en la Sociedad de Socorro”. Hermanas, las que somos miembros de la Iglesia siempre formamos parte de la Sociedad de Socorro. No es raro que las mujeres, especialmente las que son nuevas en la Iglesia o en la organización, pregunten: “¿Cual es la función de la Sociedad de Socorro?”, “¿Por que debo participar?”, “¿Cómo me puede ayudar?” Todas podemos sacar provecho de reflexionar sobre estas preguntas y sobre las respuestas que nos han dado nuestros profetas y que nos darán en lo futuro en ocasiones como esta.

Simplemente, participamos en la Sociedad de Socorro porque sabemos que esta es la organización de Dios para nosotras y porque tenemos la firme convicción de que, tal como El prometió por medio de Su Profeta, “nos regocijaremos y desde hoy empezaremos a recibir conocimiento e inteligencia” (History of the Church, 4:607; citado en History of Relief Society, 1842-1966, Salt Lake City: The General Board of Relief Society, 1966, pág. 21).

O. como dijo la madre del Profeta: “La Sociedad de Socorro es donde podemos instruirnos unas a otras y apreciarnos para poder sentarnos juntas en el cielo” (libro de actas de la Sociedad de Socorro femenina de Nauvoo, 24 de marzo de 1842; citado en History of Relief Society, 1842-1966, pág. 20).

Hermanas, necesitamos recibir instrucción, ser apreciadas y saber apreciar a otros. Todos los maestros y los alumnos mas preparados conocen la relación entre estos dos principios. No podemos enseñar a los que no queramos; ni tampoco podemos aprender de aquellos que no nos quieran.

Consideremos el poder mismo de los medios de comunicación modernos, que prometen un sistema que facilitara dicha comunicación entre todos los países y seres del mundo, pero que, a la vez, son causa de mucha preocupación publica por el temor de estar aislándonos cada vez mas unos de otros. Aun en nuestra vida privada, en los barrios de la Iglesia y también en nuestra familia, nos sentimos aisladas o privadas del cariño de los demás porque no tenemos ni el tiempo ni un motivo bastante fuerte para cruzar el pasillo o la calle a fin de saludarlos; y a otros les pasa lo mismo. Es esa falta de relación entre nosotras, ese vacío que cada día se hace mas grande en la familia y en el barrio, lo que hace que sea cada vez mas importante participar en la Sociedad de Socorro.

Pedro dio instrucciones fuertes a los santos de su época, las que se aplicaban tanto a los hombres como a las mujeres, y repito algo en particular de lo que dijo que nos concierne a nosotras:

“… tened entre vosotros ferviente amor …

“Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones.

“Cada [una] según el don que ha recibido, minístrelo a [las] otr[a]s, como buen[a]s administrador[a]s de la multiforme gracia de Dios!’ (1 Pedro 4:8-10).

Cómo quisiera poder transferir el poder de ese pasaje de las Escrituras a todas las futuras reuniones de la Sociedad de Socorro. Ojalá sucediera algo en cada una de esas reuniones para que toda mujer presente- ya sea casada o soltera, que trabaje en el hogar o fuera de el, que por el momento sienta seguridad o desesperanza-sintiera el Espíritu del Padre Celestial y amor y aliento verdaderos de sus hermanas.

Recuerden, mis hermanas, “la caridad nunca deja de ser”. Este es mas que nuestro lema, es una comisión divina. Como hermanas, amémonos unas a otras y a nuestros hermanos en esta gran obra; y demostrémoslo por medio de nuestra caridad y fe.

“… Allegaos, pues, a la caridad, que es mayor que todo …

“… y permanece para siempre; y a quien la posea en el postrer día. le ira bien.

“Por consiguiente, [amadas hermanas mías], pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones, que seáis llen[a]s de este amor que el ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo, Jesucristo …” (Moroni 7:47-48) .

La Sociedad de Socorro fue organizada por un Profeta de Dios, José Smith, y ha sido guiada desde aquel entonces, y lo es hoy en día. por un Profeta, para que seamos verdaderas discípulas de Jesucristo. Esa es la respuesta a la pregunta: “~Por que existe la Sociedad de Socorro?” Es por eso que participamos en ella y esto es lo que puede brindarnos: una instrucción mas perfecta acerca de las obligaciones y promesas, o sea, los convenios que hemos hecho de ser discípulas del Señor. O. como José Smith enseñó a las primeras hermanas que se reunieron en 1842: “La Sociedad de Socorro de las hermanas existe no sólo para dar alivio al pobre, sino para salvar almas” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 293). ¿Que significa salvar almas? Les daré un ejemplo de los muchos de que he sido testigo al andar entre ustedes:

Una hermana de Africa del Sur me dijo una vez que cuando murió su esposo y tuvo que criar a sus seis hijos sola, se apoyó en las enseñanzas de la Biblia para recibir dirección. Muchas veces meditaba sobre el significado de Proverbios 13, versículo 24, que comúnmente se interpreta como: “Si no se castiga al niño, se le malcría”. Cuando se hizo miembro de la Iglesia, recurrió al Libro de Mormón para mayor entendimiento y encontró que existe otra manera mejor de criar a los hijos: la de enseñarles la palabra de Dios que nos lleva al árbol de la vida. Entonces entendió que el no corregirles en este sentido seria realmente malcriar a sus hijos y que debe poner su hogar en orden y llevarles la luz del evangelio para salvar sus almas.

Vi a la hermana Mavimbela hace poco, cuando recibió un premio en la Universidad Brigham Young; ahora se ha fijado metas aun mas altas. Al conversar con ella, me dijo que por haber participado en la Sociedad de Socorro, en Soweto, ha aprendido a emplear los métodos que en ella se enseñan para ayudar al prójimo en la comunidad. Basándose en la practica de tener maestras visitantes y en los principios del programa de bienestar, que se describen en el manual El proveer conforme a la manera del Señor, ha supervisado a mas de mil niños para que aprendieran a trabajar en huertos y cosechar alimentos para ellos mismos y para otros. Además, ha reclutado la ayuda de mas de doscientas cincuenta abuelas de su comunidad que ayuden en las muchas tareas esenciales para el bienestar temporal y espiritual de los niños y para fortalecer a la familia.

La hermana Mavimbela esta salvando almas. Esta en la misma categoría de esas otras grandes mujeres, como Eliza R. Snow, Phoebe Kimball y Zina D. H. Young, quienes hacían visitas a las hermanas de Nauvoo con el propósito de dar comida a las familias necesitadas y de apoyar a los faltos de fe en épocas difíciles. Para eso es la Sociedad de Socorro: para que seamos mujeres que alimenten tanto el cuerpo como el alma; para que sepamos “cómo socorrer a los del … pueblo [de Dios], de acuerdo con las enfermedades de ellos” (Alma 7:12). Esta es la obra que realizó nuestro Salvador y es la obra para la cual El nos llamó cuando estableció esta organización bajo la dirección del sacerdocio.

Esta simple explicación de lo que hace la hermana Mavimbela no significa que su obra sea fácil. Estos son tiempos complicados, ya sea que vivamos en Soweto o en San Francisco, en Sapporo o Sao Paulo. De hecho, son tan complicados que “… engañarán, si fuere posible, aun a los mismos escogidos, que son los escogidos conforme al convenio” (José Smith-Mateo 1:22). Lo que hará imposible que Sus discípulos sean engañados es la capacidad que tengan de discernir la voz de la verdad de entre todas las demás que exijan nuestra obediencia. La palabra de Dios que se nos da en las Escrituras es, de cierto, una barra de hierro que nos lleva a la vida eterna. Ahí vemos la verdad; podemos asirnos a ella tal como se ha hecho a través de las generaciones. Pero no toda verdad es fácilmente aceptada; es preciso que la reconozcamos una vez que la encontremos. El Espíritu tiene que testificarnos de estas cosas, o sea, hacer que las reconozcamos como verdaderas; hacernos sentir que vienen de Dios.

Consideremos la imagen de l Salvador cuando habló de la necesidad de discernir la verdad. El compara el reconocer la verdad con recibir “agua viva”, es decir, agua que es buena para beber, agua pura, de vertiente. El le dijo a la mujer que fue a sacar agua del pozo: “… Si conocieras el don de Dios, y quien es el que te dice: Dame de beber; tu le pedirías, y el te daría agua viva” (Juan 4: 10).

Cuando pienso en pozos y aguas que salvan la vida, también pienso en Agar (véase Génesis 21:14-20). La historia de su familia es complicada, puesto que ella se vio forzada a vivir sola en el desierto de Beerseba con su pequeño hijo, Ismael. Al pasar cierto tiempo, se terminaron el agua y el pan que habla llevado consigo al desierto, y ella y su hijito sintieron mucha hambre. Al no poder soportar oír el llanto de su hijo, el registro nos dice que lo “echó… debajo un arbusto, y se fue y se sentó enfrente, a distancia de un tiro de arco” (vers. 16). Allí alzó su voz y lloro. En respuesta, un ángel de Dios le habló para consolarla y le aseguró que Dios no se había olvidado de ella. Y dice que “Dios le abrió los ojos, y vio una fuente de agua” (vers. 19; cursiva agregada). Es preciso que nosotras, como Agar, veamos “la fuente de agua”. Como la mujer en el pozo, debemos pedirle al Señor: “… dame esa agua, para que no tenga yo sed” (Juan 4:15). Este es el propósito de la Sociedad de Socorro. Nos enseña, como hijas de Dios, a ver y pedir lo que necesitemos del Señor a fin de no volver a tener sed. Recuerden la promesa que el profeta José Smith nos hizo: que por medio de esta Sociedad, “nos regocijaremos y desde hoy empezaremos a recibir conocimiento e inteligencia”.

Debemos vivir de tal manera que podamos recibir esa promesa. No la recibiremos si nos apartamos “a distancia de un tiro de arco”. Hermanas, les pido que sean unidas, que se amen y aprecien unas a otras para que el Espíritu les enseñe “la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5). Instrúyanse unas a otras. Empleen el discernimiento que Dios les ha dado por medio del Espíritu Santo. Escuchen para oír Su voz de inspiración.

Las exhorto a buscar instrucción en la palabra de Dios, tanto en las Escrituras y las palabras de los profetas de la antigüedad, como en las expresadas esta noche por nuestro Profeta actual. Vean el pozo. Pidan agua para no tener sed. Obtengan las promesas que un amoroso Padre Celestial les ha hecho por medio de la expiación de Su Unigénito, el que prometió: “mas el que bebiere del agua que yo daré, no tendrá sed jamas; sino que el agua que yo le daré será en el una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4: 14) .

Testifico que esto es verdadero, que estamos unidas en Su Iglesia por medio de Su sacerdocio, para poder edificar Su reino en la tierra y regocijarnos en nuestro conocimiento de El. Y esto lo digo en el nombre de Jesucristo. Amén.