Canastos Y Frascos

Chieko N. Okazaki


“Dios nos ha dado muchos dones, gran diversidad, una amplia gama de variedad, pero lo fundamental es lo que sabemos de unos y de otros: que todos somos Sus hijos.”

Mis queridos hermanos y hermanas, ¡aloha!

En febrero del corriente año, me alegre junto con ustedes cuando el numero de miembros de la Iglesia de fuera de los Estados Unidos excedió al que hay dentro de este país. Ese ligero cambio es un indicador importante del carácter internacional de la Iglesia. Pensé en las palabras de Pablo a los gálatas: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28). Esta semana celebro el aniversario numero cincuenta y cuatro de mi bautismo. Las personas como yo, que somos conversas, conocemos la promesa de Pablo: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo” (1 Corintios 12:13).

Hermanos y hermanas, hoy deseo hablar de la hermosa unidad que compartimos en el evangelio. Hace tres semanas, regrese de una gira por las Filipinas, Australia, Nueva Zelanda, Tonga y Fidji, lugares en los que la hermana Susan Warner y yo participamos en la capacitación de líderes. Asignaciones anteriores me llevaron a México, Honduras, Guatemala, Samoa, Corea y Japón.

En todos esos sitios trabajamos arduas y largas horas. La gente nos decía: “(Cuanto deben de haberse cansado!” Por el contrario, sentíamos como si hubiésemos sido “[llevadas] en alto como en alas de águila” (véase D. y C. 124:18), por haber visto a las hijas de Sión “[despertar] y [levantarse]… y [vestirse sus] ropas hermosas” (véase Moroni 10:31) en respuesta a las buenas nuevas del evangelio. Enseñamos, peroCy este es el punto que deseo subrayarCtambién aprendimos.

La lección mas importante fue la de que realmente somos uno en Cristo Jesús. Somos uno en nuestro amor del Salvador; somos uno en nuestro testimonio del evangelio; somos uno en fe, esperanza y caridad; somos uno en nuestra convicción de que el Libro de Mormón es la palabra inspirada de Dios; somos uno al apoyar al presidente Hinckley y a las demás Autoridades Generales; somos uno al amarnos los unos a los otros.

¿Somos perfectos en alguno de esos aspectos? No. Nos queda mucho que aprender. ¿Somos exactamente iguales en alguno de esos pareceres? No. Todos nos encontramos en diversos puntos de nuestro viaje de regreso a la presencia de nuestro Padre Celestial. ¿Dejaron los judíos y los griegos, a los que Pablo se dirigía en su epístola a los gálatas, de ser judíos y griegos cuando se bautizaron? ¿Dejaron los hombres de ser hombres y las mujeres de ser mujeres? No. Porque “todos los que [habían] sido bautizados en Cristo, de Cristo [estaban] revestidos” (Gálatas 3:27).

Nefi explica este mismo principio al decir: “[El Salvador] invita a todos … a que vengan a el y participen de su bondad; y a nadie de los que a el vienen desecha, sean negros o blancos, esclavos o libres, varones o mujeres … y todos son iguales ante Dios …” (2 Nefi 26:33).

Dios nos ha dado muchos dones, gran diversidad, una amplia gama de variedad, pero lo fundamental es lo que sabemos de unos y de otros: que todos somos Sus hijos. El cometido que tenemos como miembros de la Iglesia es aprender todos los unos de los otros, para que nos amemos mutuamente y progresemos juntos.

Las doctrinas del evangelio son indispensables; son esenciales aunque [la presentación y] la aplicación de ellas varíe. Quisiera darles un ejemplo sencillo para ilustrar la diferencia que hay entre las doctrinas de la Iglesia y la variada aplicación cultural de ellas. Este es un frasco de melocotones (duraznos) de Utah, envasados por un ama de casa del lugar, con el fin de servirlos a su familia durante el invierno. Las amas de casa hawaianas no envasan la fruta: recolectan fruta suficiente para unos días y la guardan en canastos como este para su familia. Este canasto contiene un mango, plátanos (bananas), una piña o ananá y una papaya. He comprado esta fruta en un supermercado de Salt Lake City, pero podría haber sido recolectada por una mujer polinesia para su familia en un clima que permite que la fruta madure durante todo el año.

El canasto y el frasco de vidrio son recipientes distintos, pero el contenido es el mismo: fruta para la familia. ¿Es bueno el frasco y malo el canasto? No. Los dos son buenos; son recipientes adecuados para la cultura y las necesidades de la gente, y los dos son apropiados para lo que contienen, que es el fruto de la tierra.

Ahora bien, ¿que es el fruto? Pablo nos dice: “… el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-23). En la hermandad de la Sociedad de Socorro, en la hermandad de los quórumes del sacerdocio, en la reverencia de la reunión sacramental en la que participamos de la Santa Cena, el fruto del Espíritu nos une en amor, gozo y paz, ya sea que nos encontremos en la Sociedad de Socorro en Taipei o en Tonga, o el quórum del sacerdocio que se encuentre en Montana o en México, o que se realice la reunión sacramental en Fidji o en las Filipinas.

En todo el mundo, como hermanos y hermanas en el evangelio, podemos aprender los unos de los otros, unirnos mas estrechamente y aumentar en amor los unos por los otros. Nuestra unidad crece por lo que tenemos en común en toda la tierra, que son las doctrinas y las ordenanzas del evangelio, nuestra fe en el Salvador, nuestro testimonio de las Escrituras, nuestra gratitud por la guía que recibimos de los profetas vivientes y la apreciación de nosotros mismos como personas que se esfuerzan por ser santas. Estos son los principios del evangelio.

Seamos sensibles a los inmutables y potentes principios del evangelio. Comprendamos que son lo mas importante. Establezcamos un firme cimiento sobre esos principios. Y. entonces, cuando lleguen las lluvias y las inundaciones, nuestra casa estará “fundada sobre la roca” y no caerá. (Véase Mateo 7:25.)

Y. habiendo edificado sobre ese sólido cimiento, regocijémonos los unos con los otros, escuchémonos los unos a los otros, aprendemos los unos de los otros y ayudémonos mutuamente a aplicar esos principios al hacer frente a nuestras distintas circunstancias, distintas culturas, distintas generaciones y distintos puntos geográficos.

Desde hace seis años, he estado escuchando a hermanas de la Sociedad de Socorro y he aprendido mucho de todas ellas. He aprendido de madres divorciadas que luchan por criar solas a sus hijos. He aprendido de mujeres solteras que anhelan casarse, de mujeres que desean hijos pero que no pueden tenerlos, de mujeres expuestas al peligro constante de ser maltratadas emocional y físicamente en su hogar. He aprendido de mujeres que trabajan en casa y de mujeres que trabajan fuera de su casa. He aprendido de mujeres que padecen de dependencia de fármacos, de haber sido victimas de abuso sexual en la niñez y de enfermedades crónicas.

No muchas de ellas pensaban que me hacían un obsequio; la mayoría pensaba que me pedía ayuda. Pero todas ellas han sido una bendición para mi al escucharlas y aprender de ellas.

Cuando fui llamada a la Presidencia General de la Sociedad de Socorro hace seis años este mes, el presidente Hinckley me dijo: “Usted trae una cualidad singular a esta presidencia. Será reconocida como la persona que representa a los que viven fuera de los limites de los Estados Unidos y de Canadá, o, en otras palabras, un medio de comunicación de un lado a otro del mundo para los miembros de la Iglesia de muchos, muchísimos países. Ellos verán en usted una representación de su unidad con la Iglesia”. Me dio una bendición para que se me desatara la lengua al hablar a la gente.

Presidente Hinckley, deseo dar testimonio al Señor ante usted y ante esta congregación de que lo que usted me dijo y la bendición que me dio se han cumplido al pie de la letra.

Yo no hablo coreano, ni español ni tongano; pero cuando recibí la asignación de visitar a las hermanas de la Sociedad de Socorro y los líderes del sacerdocio de ellas en los países donde se hablan esos idiomas, me invadió el gran deseo de hablar les en su propia lengua. Saque fortaleza de las palabras de consuelo y de la bendición que me dio el presiden te Hinckley. Con la ayuda del Departamento de Traducciones de la Iglesia y de las personas que pasa ron horas ayudándome, fui bendecida y pude pronunciar mis discursos en español coreano y tongano al visitar a los hermanos que hablan esos idiomas. Sentí que el Espíritu llevaba mis palabras al corazón de ellos y, asimismo, sentí que “el fruto del Espíritu” (Gálatas 5:22) me devolvía el amor, la fe y el gozo de esas personas. Sentí que el Espíritu nos hacia uno.

Hermanos y hermanas, sean sus frutos melocotones o papayas, y los guarden en frascos o en canastos, les damos las gracias por ofrecerlos con amor. Padre Celestial, concédenos ser uno y ser tuyos (véase D. y C. 38:27), te ruego, en el sagrado nombre de nuestro Señor Jesucristo . Amen.