Testigos De Dios

Henry B. Eyring

Of the Quorum of the Twelve Apostles


Henry B. Eyring
“El ofrecer el Evangelio a los que conocemos y a nuestras familias es una obligación del convenio … Nuestros esfuerzos honrados por guardar nuestros convenios permiten que Dios aumente nuestro poder de hacerlo.”

Los Santos de los Ultimos Días son un pueblo que hace convenios. Desde el momento del bautismo hasta los acontecimientos espirituales mas importantes de nuestra vida hacemos promesas con Dios y El hace promesas con nosotros. El siempre cumple las promesas que hace por medio de Sus siervos autorizados, pero la prueba crucial de nuestra vida es ver si nosotros haremos convenios con El y los cumpliremos.

En una conversación que tuve durante un viaje con un señor sentado a mi lado, vi nuevamente el poder de guardar los convenios. Nunca lo había visto antes, pero aparentemente el si me había visto entre la gente, porque sus primeras palabras luego de presentarme fueron: “Lo he estado observando”. Me habló de su trabajo y yo le hablé del mío. Me preguntó sobre mi familia y luego me dijo algo de la suya. Me comentó que su esposa era miembro de la Iglesia, pero que el no.

Luego que entró en confianza, me dijo algo así “¿Sabe? Hay algo en su Iglesia que deberían arreglar. Deberían enseñar a su gente a saber cuando dejar de hacer algo”. Me explicó que había estado casado con su esposa durante veinticinco años y que ella había sido miembro de la Iglesia desde su niñez. Durante sus años de matrimonio su esposa había entrado sólo una vez a un edificio de la Iglesia, y fue para una gira antes de la dedicación de un templo, y sólo lo hizo porque sus padres habían hecho los arreglos para la visita.

Luego me dijo por que deberíamos hacer un cambio. Dijo que en sus veinticinco años de casados , e n los cuales su esposa no había demostrado interés en la Iglesia, las maestras visitantes y los maestros orientadores nunca habían dejado de visitar su hogar. Dijo que una vez salió a caminar solo con su perro, para encontrarse, por coincidencia, con el maestro orientador caminando con su respectivo perro, deseoso de conversar con el.

Me contó, con un tono algo exasperado, de que en otra noche, cuando llegó a su casa después de un largo viaje de negocios, estacionó su auto en el garage y al salir encontró a sus maestros orientadores parados allí sonriéndole. Me dijo algo así como “y allí estaban, frente a mi, con otro plato de galletas”.

Creo que entendí su forma de sentir, y luego trate, lo mejor que pude, de decirle lo difícil que seria enseñar a ese tipo de maestros que dejaran de hacer lo que hacían. Le dije que el amor que el había sentido de todos esos visitantes así como de la constancia que habían tenido durante esos años, a pesar de la poca importancia que el les daba, provenía del convenio que ellos habían hecho con Dios. Le hable del convenio bautismal que describe Alma en el Libro de Mormón. No cite las palabras pero ustedes deben recordar cuando Alma preguntó a aquellos que había enseñado si deseaban ser bautizados:

“Y aconteció que les dijo: He aquí las aguas de Mormón (porque así se llamaban); y ya que deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo, y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras;

“sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; si, y a consolar a los que necesitan de consuelo, y ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que estuvieseis, aun hasta la muerte, para que seáis redimidos por Dios, y seáis contados con los de la primera resurrección, para que tengáis vida eterna” (Mosíah 18:8-9).

Esos maestros orientadores y esas maestras visitantes entendían y creían que el convenio de ser testigos y de amar estaban entrelazados y se reforzaban mutuamente. No hay otra forma de explicar lo que había pasado. Mi nuevo amigo reconoció que sus visitantes tenían un interés genuino por el y por su esposa y supo que el interés que ellos manifestaban se originaba en una creencia que les impulsaba a regresar. Pareció entender, por lo menos así lo creo yo, que esos visitantes eran impulsados desde su interior por un convenio que no deseaban quebrantar. Cuando nos separamos, creo que el sabia por que debería esperar que hubieran mas visitas, mas evidencia de interés y mas paciencia, esperando la oportunidad de dar testimonio del Evangelio restaurado. Cuando nos despedimos me di cuenta de que yo también había aprendido algo: Nunca veré a la orientación familiar ni a las maestras visitantes sólo como un programa de la Iglesia. Esos fieles hermanos y hermanas comprendían lo que hacían como lo que es en realidad, y una obra así no es una carga, sino una oportunidad. Todo miembro ha hecho el convenio en las aguas del bautismo de ser un testigo de Dios. Todo miembro ha hecho un convenio de hacer obras bondadosas, tal como lo haría el Salvador. Por lo tanto, cualquier llamado para ser testigo y para cuidar a los demás, no es una petición de servicio extra, sino que es una bendición designada por un Padre Celestial amoroso y por su Hijo Jesucristo. Ellos nos han dado tales llamados, al igual que otros, a veces sin un llamamiento formal, todos con el mismo objetivo. Cada una es una oportunidad de demostrar las bendiciones que recibimos por ser el pueblo del convenio y cada una es una oportunidad por la que ustedes aceptaron ser responsables. Cada una es una responsabilidad sagrada de bendecir a otras personas, aceptada en las aguas del bautismo, pero que muy a menudo no cumplimos porque no la reconocemos como tal.

El poder de ese convenio de amar y de ser testigo debería transformar lo que los miembros hacen en otros medios por todo el mundo, de los cuales el mas importante es en la familia. Los Profetas de nuestra época han consolidado las reuniones dominicales para permitir que las familias pasen mas tiempo juntas; los Profetas han sido inspirados también para alentarnos a guardar el atardecer del día lunes para las noche s de hogar familiar. Es as oportunidades requieren que tomemos decisiones. En miles de hogares esas decisiones se hacen guiadas por los convenios de consolar a los que necesitan de consuelo, y ser testigos de Dios.

Tanto la consolidación de las reuniones dominicales como la creación de la noche de hogar le dan la oportunidad a la familia para que juntos presten servicio cristiano, estudien las Escrituras así como los principios del Evangelio. El presidente Spencer W. Kimball enseñó el poder de esa posibilidad “Me pregunto cómo seria este mundo si cada padre y madre se reuniera con sus hijos por lo menos una vez a la semana, les explicaran a sus hijos el Evangelio y compartieran ferviente testimonio con ellos. podría continuar la inmoralidad, de que manera la infidelidad podría destruir las familias y cómo existiría la delincuencia?” (Spencer W. Kimball, Teachings of Spencer W. Kimball, editado por Edward L. Kimball [1982], pág. 345)

Durante esas horas del domingo y en la noche de hogar, el lunes, tenemos la oportunidad de combinar el amor sincero, el enseñar el Evangelio y el compartir el testimonio. En todo el mundo existen familias que aman y entienden los convenios que hacen. Desde mi ventana he visto a padres, con sus hijos a su lado, ir a la casa de un vecino a ofrecer consuelo, a prestar servicio cristiano. Yo no he estado allí para verlo, pero estoy seguro de que el calor de esos momentos permanece en un hogar donde se cantó un himno de Sión, donde se dio una oración que incluye un ruego por la persona que se visita, donde se leen las Escrituras, o se da un breve mensaje y se ofrece el testimonio del Evangelio restaurado.

Me gustaría hacer una advertencia y extender una promesa con respecto a la decisión de cómo utilizar el tiempo con la familia. Para una persona que aun no es miembro de la Iglesia el no dar esos momentos de amor y fe es simplemente una oportunidad perdida, pero para aquellos que están bajo convenio significa mucho mas que eso. Existen pocos lugares donde sea mas fácil cumplir con los convenios del amor y del dar testimonio que el hogar. Y existen pocos lugares en donde sea mas importante que el lugar donde están aquellos por quienes somos responsables. En el caso de los miembros de la Iglesia, mi advertencia es que el ser negligente ante esas oportunidades significa optar por no guardar los convenios sagrados.

Dado que Dios siempre cumple Sus convenios, puedo hacer una promesa a los que cumplan con fe el convenio de crear un ambiente en donde se demuestre el amor y se de el testimonio en la familia: Cosecharan corazones inspirados, fe en Jesucristo para ejercitar el arrepentimiento, y el deseo y el poder de mantener fortalecidos los convenios.

Existe otra circunstancia en la que el convenio de combinar la bondad y del dar testimonio tienen un gran poder para cambiar vidas. Miles de veces durante el día. gente curiosa de saber algo sobre nuestra vida observa a los miembros de la Iglesia, tal como sucedió con el hombre que conocí en mi viaje. Dado que estamos bajo un convenio de ser testigos, trataremos de decirles en que forma el Evangelio nos da la felicidad. Lo que ellos piensen con respecto a lo que les digamos depende en gran manera que tanto sientan que nos interesamos por ellos.

Así sucedió cuando el rey Lamoni conoció a Ammón, tal como se describe en el Libro de Mormón. Ammón había sido capturado y los guardias lo llevaron ante el rey que tenía el poder de matarlo. Pero aparentemente en unos minutos, el rey Lamoni se dio cuenta de que Ammón se interesaba en el lo suficiente como para servirle. Cuando se le ofreció un alto cargo, Ammón dijo: “No, sino seré tu siervo” (Alma 17:25). En pocos días el rey supo que Ammón estaba dispuesto a sacrificar su vida por el, y entonces surgió la oportunidad para que Ammón testificara de Dios ante el rey.

La gente que conozcamos sentirá el amor que brota de nuestra larga practica de guardar el convenio de los que “lloran con los que lloran; sí, y consuelan a los que necesitan de consuelo” (véase Mosíah 18:9). Quizás no suceda en horas o días, como el caso del rey Lamoni, pero sentirán nuestro amor luego de poner a prueba nuestro corazón, y cuando se den cuenta de la sinceridad de nuestros sentimientos, el Espíritu Santo podrá tocarlos mas fácilmente y permitirá que les enseñemos y les testifiquemos, como lo hizo Ammón.

Nuevamente tengo una advertencia y una promesa. La advertencia es que sentiremos pesar cuando no demos nuestro amor ni compartamos nuestro testimonio. Si no podemos sentir y demostrar interés sincero por la gente a la que nos acercamos con el Evangelio, tendrían razón para desconfiar de nuestro mensaje. Pero si por temor de que se nos rechace no les decimos lo que el Evangelio ha significado en nuestras vidas y lo que podría significar en la vida de ellos, algún día compartiremos su dolor. Ya sea en esta vida o en la venidera, sabrán que no les dimos a conocer el precioso don del Evangelio. Sabrán que el aceptar el Evangelio era la única forma de heredar la vida eterna y sabrán que nosotros recibimos el Evangelio con la promesa de que lo daríamos a conocer.

Puedo hacer dos promesas a aquellos que ofrecen el Evangelio a los demás. La primera es que, incluso aquellos que lo rechacen algún día nos lo agradecerán. Mas de una vez he pedido a los misioneros que visiten a amigos que viven lejos de mi, he sabido que los misioneros fueron rechazados y mas tarde he recibido una carta de mis amigos diciendo mas o menos lo siguiente: “Fue una honra para mi saber que me ofreciste algo que para ti significa tanto”. Si no es en esta vida, se nos enviaran tales mensajes en el mundo venidero, cuando esas personas a las que nos hemos acercado sepan cuanto nos interesamos por ellas. Mi segunda promesa es que al ofrecer el Evangelio a los demás, este se profundizara mas en el corazón de ustedes mismos. Se convierte en el manantial de aguas vivas que brota para vida eterna cuando lo ofrecemos a nuestros semejantes.

Existe otro medio que nos da una oportunidad casi perfecta para combinar el amor y el testimonio. En todos los barrios y ramas de la Iglesia tenemos la reunión de testimonios una vez al mes. Ayunamos dos comidas antes de asistir. Con el dinero ahorrado y, si es posible ofreciendo mas, pagamos una ofrenda de ayuno generosa. Bajo inspiración, el obispo y el presidente de rama utilizan esas ofrendas para ayudar a los pobres y a los necesitados y, de esta forma, al pagar las ofrendas de ayuno estamos dando consuelo a los que necesitan consuelo, como prometimos que lo haríamos.

El ayuno también nos ayuda a ser mas humildes y mas mansos para que al Espíritu Santo le sea mas fácil ser nuestro compañero. Por medio del ayuno guardamos el convenio de ayudar a otra gente y a la vez nos preparamos para mantener nuestro convenio de dar testimonio.

Aquellos que se hayan preparado cuidadosamente para la reunión de ayuno y testimonios no necesitan que se les recuerde cómo dar su testimonio si sienten el impulso de hacerlo. No darán sermones, ni exhortaciones, ni informes de viajes, ni tampoco trataran de entretener al dar su testimonio. Dado que ya habrán demostrado su aprecio a la gente en forma privada, necesitaran hacerlo menos en publico; tampoco sentirán que necesitan palabras elocuentes o que deben hablar en forma extensa.

Un testimonio es una expresión sencilla de lo que sentimos. El miembro que haya ayunado, tanto para bendecir a los pobres como para tener la compañía del Espíritu, sentirá gratitud por el amor de Dios y por la certeza de la verdad eterna. Incluso un niño puede sentirse de esa forma, lo que puede ser la causa de que a veces el testimonio de un niño nos conmueva y de que la preparación que surja como consecuencia del ayuno y de la oración nos haga sentir como niños.

Esa preparación para la reunión de ayuno y testimonios es una obligación de convenio para los miembros de la Iglesia. El ofrecer el Evangelio a los que conocemos y a nuestras familias es una obligación del convenio. Podemos tener optimismo en que nuestros esfuerzos honrados por guardar nuestros convenios permiten a Dios que aumente nuestro poder de hacerlo. A veces todos necesitamos esa confianza cuando nuestra promesa de amar y de ser testigos nos parezca difícil.

Los resultados de cumplir con nuestros convenios serán la compañía del Espíritu Santo y un aumento del poder de amar, hechos que suceden debido al poder de la expiación de Jesucristo que nos cambia interiormente. Somos testigos oculares de ese milagro del aumento del poder espiritual en aquellos que aceptan convenios y los respetan. Por ejemplo, hay familias en la Iglesia a través del mundo que leen y releen las cartas de sus hijos misioneros y se maravillan, y dejan correr algunas lágrimas, ante el milagro de que en tan poco tiempo esos hijos se hayan renovado y sean mejores.

Sin embargo, también he visto ese mismo milagro en un hombre y en una mujer maduros llamados a cumplir una misión proselitista como matrimonio, en las circunstancias mas difíciles que podrían haber asustado al joven mas fuerte. Cuando el esposo dio su informe pensé en el tipo de hombre que había sido antes y me di cuenta de que la promesa del crecimiento espiritual es no sólo un producto de la juventud, sino de la fe, de sencillamente tratar de cumplir con los convenios. Ese matrimonio fue a amar a la gente y a dar su testimonio y llegaron tan transformados como lo hacen los jóvenes de veintiún años.

Muchos de nosotros que hemos hecho convenios con Dios enfrentamos problemas especiales, pero cada uno de nosotros comparte también una confianza común. Nuestro Padre Celestial nos conoce y esta consciente de nuestras circunstancias, incluso lo que enfrentaremos en el futuro. Su amado Hijo Jesucristo, nuestro Salvador, sufrió y pagó el precio de nuestros pecados y los de toda la gente que vayamos a conocer. El comprende perfectamente los sentimientos, el sufrimiento, las pruebas y las necesidades de cada persona y, por esto, si avanzamos con fe, se nos preparara la forma para que podamos cumplir con los convenios, por difíciles que parezcan.

Yo comparto con ustedes la obligación de ser testigo de Dios en todo tiempo, y en todo lugar donde este mientras viva, y comparto con ustedes la confianza de que Dios nos puede conceder el poder para que guardemos todos los convenios.

Estoy agradecido porque se, con la misma seguridad de los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan que Jesús es el Cristo, nuestro Señor resucitado, y que es nuestro intercesor ante el Padre. Se que el Padre dio testimonio directo de Su Hijo Amado al presentar al Señor al joven José Smith, en la arboleda sagrada. Se que el Libro de Mormón es la palabra de Dios, traducido por el Profeta José por medio del poder de Dios. Se que las llaves del Sacerdocio de Melquisedec fueron restauradas por aquellos que la recibieron del Salvador y que el presidente Gordon B. Hinckley es ahora la única persona en la tierra que esta autorizada para dirigir y usar esas llaves. Solemnemente doy testimonio de que esta es la verdadera Iglesia de Jesucristo, en la cual se ofrecen las ordenanzas y los convenios que, si se aceptan y se honran, brindan la paz en esta vida y nos aseguran la salvación eterna en la vida venidera. En el nombre de Jesucristo. Amén.