Una pequeña piedra

Elaine L. Jack


“Ya no es el momento en que simplemente creamos en este Evangelio; debemos ser vehementes en nuestra creencia y en nuestra dedicación a Jesucristo y Su plan.”

Me críe a solo unos cuantos pasos del Templo de Alberta, en Cardston, Canadá. En esa pequeña comunidad mormona ubicada al pie de las Montañas Rocosas canadienses, el templo se erguía como un poderoso símbolo de la fortaleza y la grandeza del Evangelio de Jesucristo. Yo hice mis mas importantes convenios dentro de las paredes de ese templo.

Esas paredes encierran un significado especial para mi. Mi abuelo John F. Anderson, un diestro mampostero de Aberdeen, Escocia, fue llamado para tallar la piedra blanca de granito para ese santo templo. En 1915, durante la colocación de la piedra angular, tuvo el honor de regir como el mampostero principal bajo la supervisión del élder David O. McKay. En 1923, antes de que se dedicara el templo, mi abuelo colocó la ultima piedra. Mas tarde, en su diario, el registró: “No fue la piedra de coronamiento, sino una pequeña piedra a la entrada del portal principal”.

Hoy día. yo coloco mi pequeña piedra en la entrada del portal principal de la Sociedad de Socorro.

En el libro de Omni, que es en si una pequeña piedra en medio del Libro de Mormón, Amalekí escribe: “… quisiera que vinieseis a Cristo, el cual es el Santo de Israel, y participaseis de su salvación y del poder de su redención. Si … y ofrecedle vuestras almas enteras como ofrenda, y continuad ayunando y orando, y perseverad hasta el fin; y así como vive el Señor, seréis salvos” (Omni 1:26).

El profeta José Smith describió la frase “ofrecer vuestras almas enteras” como servir a Dios con todo el “corazón, alma, mente y fuerza” (D. y C. 4:2). Es poner en el altar de Dios nuestro tiempo, talentos, dones y bendiciones, nuestra voluntad de servir y de hacer todo lo que El pida. Mi abuelo le ofreció al Señor la piedra que había colocado con tanto cuidado; hoy, yo ofrezco mis años de servicio en la presidencia general de la Sociedad de Socorro.

En 1991, por invitación del presidente Hinckley, regrese al hogar de mi niñez en Canadá para asistir a la rededicación del Templo de Alberta. Siempre recordaré el poder que se sintió en la sala cuando concluyó la sesión y nos pusimos de pie para entonar “Tal como un fuego se ve ya ardiendo el Santo Espíritu del gran Creador”. El corazón se me conmovió con las palabras tan familiares: “Cantemos, gritemos, con huestes del cielo: (Hosanna, hosanna a Dios y Jesús …” (Himnos, # 2). Hosanna es una justa exclamación de gozo y esa fue una ocasión de regocijo.

Al entonar su parte la congregación, el coro añadió la gran “Aclamación de Hosanna”. Las palabras tuvieron significado especial en aquel entonces cuando pensé en la obra de mi abuelo de edificar las paredes de ese noble templo: “(La Casa del Señor se ha terminado! Acepte El nuestra ofrenda” (en The Choirbook, 1980, 69-76). Incluso me impresionan de forma mas dramática hoy en día al terminar yo misma mi “casa” para el Señor.

Encuentro muchas semejanzas entre la edificación de un templo y el cumplir un llamamiento. Empezamos con un terreno baldío y empezamos a trabajar; evaluamos la situación, oramos pidiendo inspiración, formulamos los planes con cuidado, los enviamos para ser revisados, hacemos adaptaciones y volvemos a planificar. Forjamos los cimientos y luego agregamos las paredes, el techo e incluso los jardines. Cada administración edifica sobre el sólido lecho del pasado.

Durante los últimos siete años, la presidencia de esta Sociedad le Socorro ha estado edificando. A nuestro énfasis en la educación hemos agregado un programa de alfabetización en toda la Iglesia; hemos recalcado el principio de velar por nuestras hermanas mediante el programa de maestras visitantes; hemos continuado colocando el hogar y la familia en el centro de nuestra atención y hemos dado tributo a la naturaleza divina de las mujeres a medida que crían, se sacrifican, enseñan e inspiran. Han ocurrido cosas maravillosas gracias a las mujeres de la Iglesia que han cuidado niños y se han cuidado unas a otras, que han enseñando la autosuficiencia y en cuanto al Salvador.

Cuanto he disfrutado al trabajar tan de cerca con las maravillosas mujeres de esta Iglesia que le han ofrecido su alma al Señor. A las piedras de ellas, yo agrego la mía; ruego que sea aceptada.

Uno de los mas preciados recuerdos de estos últimos años fue el sesquicentenario en 1992, cuando celebramos el establecimiento de la Sociedad de Socorro, a mi parecer una de las mas antiguas, mas grandes y mas prosperas organizaciones de mujeres en todo el mundo. Aún es maravilloso recordar la transmisión simultánea a todos los continentes del mundo que unió por primera vez a las hermanas de Taiwan, Zimbabwe, Alemania, México, Corea, Australia y Estados Unidos.

Emma Smith, la primera presidenta de esta organización, dijo a las hermanas: “Vamos a hacer algo extraordinario” (Acta de la Sociedad de Socorro de Mujeres, 17 de marzo de 1842, Archivo General de la Iglesia SUD). Nuestra celebración fue, en verdad, “algo extraordinario”. Lo que en 1842 comenzó con 20 mujeres en Nauvoo, Illinois, abarca actualmente casi cuatro millones de mujeres de todos los continentes y de casi todos los países del mundo. Pero lo que es significativo es que dio comienzo con una mujer, Margaret Cook, quien se ofreció para coser camisas para los hombres que trabajaban en el Templo de Nauvoo. Ella necesitaba tela y no tenía los medios para comprarla. Sarah Kimball obsequió la tela y a las pocas semanas el profeta José Smith organizo la Sociedad de Socorro mediante la inspiración del Señor. Empezó con una ofrenda pequeña en el portal principal y se ha convertido en una importante fuerza para bien alrededor del mundo, una piedra a la vez.

Una de las cosas que reconozco es que si somos obedientes, fieles y dispuestas, el Señor nos ayuda a preparar nuestras ofrendas. Esto lo aprendemos de Nefi, a quien le fue dicho: “Construirás un barco, según la manera que yo te mostraré, para que yo lleve a tu pueblo a través de estas aguas” (Juan 17:4). Nefi no provenía de una comunidad costeña; nunca había construido un barco, pero su respuesta estuvo llena de fe y responsabilidad: “Señor, )a dónde debo ir para encontrar el mineral para fundir, a fin de que yo haga las herramientas para construir el barco, según el modo que tu me has mostrado?” (1 Nefi 17:9). Sin vacilación ni duda, Nefi empezó a preparar una ofrenda para el Señor en la forma de un barco.

Cuando fui llamada a prestar servicio en esta asignación, yo, al igual que Nefi, acudí al Señor para pedir ayuda. Mis herramientas vinieron en la forma de dos fuertes y competentes consejeras: Chieko Okazaki y Aileen Clyde. En calidad de presidencia, hemos tenido la fortuna de contar con una mesa directiva de doce mujeres nobles cuya aportación ha reflejado dedicación y destreza; y un personal de oficina que ha prestado un servicio generoso y paciente. Juntas, hemos llevado a cabo “… esta obra con santidad de corazón” (Mosíah 18:12). Y hemos sido bendecidas con las oraciones y la bondad de las mujeres de la Sociedad de Socorro de todas partes del mundo, mujeres buenas que toman en serio el mandato del Señor: “No os canséis de hacer lo bueno” (D. y C. 64:33).

Quiero expresar mi gratitud a los muchos líderes del sacerdocio que nos han asesorado y dirigido. Ellos han necesitado nuestro apoyo y confianza de la misma forma que nosotras hemos necesitado su comprensión y el poder del sacerdocio. El Señor ha llamado a hombres de valor, sabiduría y corazón para dirigir esta Iglesia. He visto a Dios inspirar a nuestros líderes; los he visto actuar en forma decisiva, caritativa y cuidadosa. Confío en ellos y ellos han confiado en nosotras.

Se que hablo en nombre de las mujeres de la Iglesia cuando digo al presidente Hinckley, al presidente Monson y al presidente Faust, y al Quórum de los Doce Apóstoles: estamos a su lado, los apoyamos, sabemos que son Profetas de los últimos días con las llaves del Reino de Dios.

También rindo tributo a mi esposo, Joe, quien me ha bendecido con su firmeza, su sentido del humor, buen criterio y manos justas. Mis cuatro hijos han seguido el ejemplo de el al brindarme su leal apoyo. Lo considere uno de los mas grandes cumplidos cuando uno de ellos dijo: “Por mucho tiempo hemos estado capacitando a mama para ser presidenta de la Sociedad de Socorro, (y por fin lo ha hecho bien!”

Nuestras ofrendas incluyen tanto el trabajo que hacemos como el corazón con que lo hacemos. El Señor le llama a esto “un corazón quebrantado y un espíritu contrito” (3 Nefi 9:20). Esta unión constituye el alma. Omni hablo en cuanto a “ofrecer nuestras almas enteras a Jesucristo”. Ya no es el momento en que simplemente creamos en este Evangelio; debemos ser vehementes en nuestra creencia y en nuestra dedicación a Jesucristo y Su plan. Debemos saber, sin lugar a dudas, que El esta con nosotros, que El nos guiara y dirigirá. En Su nombre le damos forma a nuestra ofrenda. Durante los últimos años he representado a todas las mujeres de la Iglesia, una responsabilidad que se extiende a todo el mundo. Creo que el Señor medirá mis esfuerzos en base a mi corazón y a mi espíritu, tal como los de ustedes.

Hoy en día. la Sociedad de Socorro representa la esperanza que expreso la presidenta Emmeline B. Wells, que prestó servicio en los primeros años de este siglo. Con la guía de ella, la Sociedad de Socorro pudo aferrarse a sus preciadas tradiciones mientras avanzaba con fe en Dios y esperanza en el futuro. Cincuenta años mas tarde, la presidenta Belle Spafford dijo: “La Sociedad de Socorro esta tan sólo en el umbral de su divina misión” (en History of Relief Society, 1842-1966, 1966, pág. 140). Hoy, estamos listas para cruzar ese umbral y entrar a una nueva dimensión de espiritualidad y luz. Espero ver, con un fulgor perfecto de esperanza, las ofrendas de las hermanas de la Sociedad de Socorro en el nuevo siglo que esta por empezar. Nuestro gozo en el Evangelio de Jesucristo y nuestro lugar en Su plan atraerá a las personas y cambiara vidas. Nosotros elevaremos e inspiraremos a un mundo que tan desesperadamente necesita lo bueno. Esta nueva presidencia edificara un sentimiento aun mayor de propósito y aportación. Dedico mi apoyo total a la hermana Smoot y a sus consejeras a medida que añaden nuevas piedras a la edificación del Reino de Dios. Ciertamente la fortaleza de hoy servirá como fundamento en el que edificaran las mujeres del mañana.

Esta Iglesia ha sido edificada y continuara creciendo mediante los esfuerzos constantes de los miembros que calladamente hacen su parte, que luchan con los problemas del diario vivir, que son humildes, pacientes y sufridas. Estos son los corazones que se llenan de gozo cuando al dedicar sus propias ofrendas entonan: “Aumenta el Señor nuestro entendimiento” (Himnos, N 2).

Mi corazón esta lleno de gratitud y de gran gozo. Regocíjense conmigo al dar testimonio del Salvador: “¡Hosanna, hosanna a Dios y Jesús … !” En el nombre de Jesucristo. Amen.