Los principios básicos no han camiado

David B. Height


“Aprendan a ser … sobre todo obedientes para que puedan llevar a cabo la obra del Señor en la forma majestuosa en que debe realizarse.”

¡Que panorama tan hermoso, hermanos míos! Me llena de emoción estar aquí, contemplar el vasto auditorio que llena el Tabernáculo y, en consecuencia, pensar en lo que sucede en el resto del mundo. Creo que fueron muy apropiados los himnos que acabamos de escuchar: “¿Dónde hallo el solaz?” (Himnos, N° 69); podríamos hablar de ese tema toda la noche. Antes de ese canto escuchamos el himno tan emotivo: “Oh montañas, alabad” (Himnos de Sión, N° 67), compuesto por Evan Stephenst. Al reflexionar sobre el sesquicentenario de la llegada de los pioneros, ¿se pueden imaginar el gozo que deben de haber sentido los santos al cantar ese himno o al escucharlo por vez primera? Después de haber hecho el recorrido a través de las llanuras y de haber hecho todo lo que hicieron y aguantado tanto -sufrir penas, vivir en carretas, dormir en el suelo, caminar descalzos y sepultar a los muertos en la pradera- para finalmente llegar al Valle del Gran Lago Salado y allí establecer Sión, ya podrán imaginarse como mas tarde habrán cantado “Oh montañas, alabad, y cantad loor”.

Eso podemos hacerlo ahora al reflexionar en nuestros antepasados que formaron parte de ese recorrido y en todo lo que han hecho para labrarnos el camino, y después contemplar la Iglesia de la actualidad. Al escuchar hoy la lectura de las estadísticas y al reflexionar en lo que sucede en todo el mundo respecto al concepto que la gente tiene de la Iglesia, al crecimiento de esta y la continua expansión en la cantidad de estacas, barrios y miembros en países y áreas nuevos de todo el mundo, podríamos de nuevo cantar con gran entusiasmo: “Oh montañas, alabad”. Aquí estamos, y la palabra se esta esparciendo tal como se ha predicho y tal como debe hacerse.

Es un honor para mi participar en el programa aquí esta noche. Tengan suficiente edad para abarcar casi todo el siglo veinte. Sólo me faltan seis años al comienzo del siglo -nací en 1906- y me quedan tres años hasta el final, y eso cubriría los cien años. El otro día, cuando el presidente Hinckley hablaba de una dedicación que se llevará a cabo en el año dos mil, me dijo: “Estoy contando con su presencia”. Y yo le conteste: “Tengo planes de estar allí”. Así que si puedo llegar hasta esa fecha, eso cerraría los tres años del final del siglo, y solo me faltarían los seis del inicio. Con eso habré vivido noventa y cuatro por ciento de los cien años de este siglo.

Ahora, al reflexionar en el siglo veinte y en lo que he aprendido, me gustaría dirigir mis comentarios al Sacerdocio Aarónico, particular mente en lo que respecta a lo que he visto y sentido durante ese tiempo.

Quisiera recordarles que en el año de 1906, la Iglesia contaba con aproximadamente 300 miembros; había cincuenta y cinco estacas, veintidós misiones y 1.500 misioneros, hasta donde he podido calcular, lo cual significa que había aproximadamente setenta misioneros en cada una de las veintidós misiones. La obra avanzaba en ese año de mi nacimiento.

Mi madre cuenta que cuando nací, un domingo por la mañana, mi padre se sintió muy orgulloso. El era el obispo del barrio Primero de Oakley, Idaho, y salió a la calle para anunciarle el nacimiento a uno de nuestros amigos escandinavos, el hermano Petersen, quien pasaba por allí.

Mi padre le pidió que pasara a ver a su nuevo hijo. Mi madre dijo que yo era el pequeño mas feo que jamas había visto. Estaba mal nutrido, arrugado y calvo así que el hermano Petersen, después de mirarme, dijo: “Hermana Haight, ¿cree que vale la pena quedarse con el?” Pues bien, así fue como entre en el mundo.

Desde esos tiempos he visto la invención del automóvil y los primeros aviones. He visto el radio desarrollarse desde un pequeño cristal con un alambre para sintonizarlo, hasta el inicio del moderno mundo de la electrónica. Recuerdo que por la noche nos reuníamos en el edificio que pertenecía a la Compañía de Electricidad del estado de Idaho, con un pequeño radio, y lo rascábamos con ese pequeño alambre, y escuchábamos una terrible estática. Pensamos que habíamos sintonizado alguna estación de China porque no entendíamos nada de lo que decían.

Al reflexionar en el mundo que conocí cuando era pequeño, considero que en ese tiempo los principios básicos que recalcamos estaban bien fundamentados. Con todo lo que he visto acontecer en mis años de vida, nada ha surgido que cambie esos principios básicos. Ahora tenemos la gran capacidad para comunicarnos con muchísima rapidez y de varias maneras. Podemos viajar mas rápido por aire, en automóviles, etc., pero lo básico, los principios eternos, no han cambiado en nada.

Ustedes que son jóvenes ahora -y estoy pensando en los diáconos que están congregados en reuniones en todo el mundo-, yo recuerdo cuando fui ordenado diácono por el obispo Adams, quien tomo el lugar de mi padre cuando el murió. Mi padre me bautizó, pero ya no vivía cuando recibí el Sacerdocio Aarónico. Recuerdo la emoción que sentí cuando llegue a ser diácono y al fin poseía el sacerdocio. Me explicaron en una forma clara y con palabras sencillas que había recibido el poder para ayudar en la organización y en el avance del programa del Señor sobre la tierra.

Como jóvenes de doce años de edad, eso es lo que recibimos. Avanzamos en esos primeros rangos del sacerdocio menor -como diácono, maestro y después presbítero-, aprendiendo poco a poco, aquí un poco y allí un poco, desarrollándonos en conocimiento y en sabiduría. Ese pequeño testimonio con que comienzan empieza a crecer, y pueden verlo magnificarse y edificarse de una manera que pueden entender. Conforme crecen y se preparan para ser hombres, pueden sentir la magnitud de ese sacerdocio.

Y hablando de la preparación para ser hombre, recuerdo que cuando tenía doce años de edad, yo era el hombre de la casa. Para entonces, ya era un hombre porque eso era lo que mi madre esperaba de mi. A ella no se le consideraba una viuda, sino una madre que debía criarnos, enseñarnos, capacitarnos y ayudarnos a prepararnos para la vida. Y es por eso que les digo a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico: Recuerden los principios básicos y sencillos que aprendemos desde el principio, que se nos enseñan en las Escrituras. Desde Adán, los principios básicos han existido aquí en la tierra, y ni con el desarrollo del genero humano, ni con la velocidad de los automóviles, los aviones y la comunicación, ninguno de esos principios básicos ha cambiado. Siguen iguales. Debemos estar preparados conforme avancemos por la vida, aprendiendo a hacer lo que es esencial para avanzar, ya sea en el sacerdocio o en diversos puestos en la sociedad, o en lo que sea. Tenemos que aprender a obedecer las reglas sencillas y básicas del Evangelio.

Esta noche, cuando entró la Primera Presidencia, uno de ellos dijo: “Hagan una jonrón”, y alguien mas dijo: “Anoten un gol”. Eso me recordó que hace unos cuantos años, en una reunión similar a esta, relate una historia de un partido de fútbol americano en el que participe, una vez que la mesa directiva del distrito escolar de Oakley, Idaho, pudo reunir suficiente dinero para comprar doce uniformes de fútbol (véase “Vosotros sois diferentes”, Liahona, agosto de 1981, pág. 64). Siempre habíamos jugado al básquetbol en lugar de fútbol porque era mas fácil y barato y no requería mucho equipo, pero finalmente se pudieron comprar doce uniformes para que tuviéramos un equipo completo y un suplente. Nuestro entrenador era el maestro de química, porque alguna vez había visto un partido, así que nos enseñó a defender y a correr por todo el campo y a hacer unas cuantas jugadas sencillas, pero nunca habíamos visto jugar a un equipo autentico.

Nuestro primer partido era contra Twin Falls, Idaho, que el año anterior había ganado el campeonato estatal de escuelas secundarias. Nos subimos a nuestros pequeños automóviles Ford y viajamos a la ciudad de Twin Falls. Vestimos los uniformes y los tenis de básquetbol y los doce salimos al campo. Después de haber corrido un poco para entrar en calor, comenzó a tocar la banda y salió el equipo contrarío. Había mas alumnos en la banda de ellos que en toda nuestra escuela, pero cuando salió su equipo en sus uniformes parecidos a los de los equipos profesionales, nos quedamos asombrados. Eran treinta y nueve jugadores, todos ellos con uniforme completo.

Como podrán imaginarse, el partido estuvo interesante. Los contrarios dieron el puntapié inicial, y nosotros intentamos un par de jugadas, que de nada nos sirvieron, por lo que pateamos el balón para deshacernos de el. Cada vez que lo recibíamos, lo pateábamos, y cada vez que lo recibían ellos, anotaban seis o siete puntos. Fue una tarde Sumamente interesante. Hacia el final del partido, cuando ya estábamos golpeados, sangrientos y afligidos, el otro equipo comenzó a jugar con menos cuidado, y uno de sus pases fue a dar exactamente a las manos de Clifford Lee, quien jugaba conmigo como defensa. El no sabia que hacer con el balón, pero vio que venían siguiéndolo, así que comenzó a correr. No corría para anotar puntos, sino para salvar la vida. Anotó un gol de seis puntos.

El marcador final fue de 106 a 6. Hace unos dos o tres años, el periódico de Twin Falls publicó un articulo sobre los grandes equipos de fútbol americano de esa ciudad, en el que se menciona aquel partido contra Oakley, e informaron sobre un marcador de 106 a 7. Le escribí al editor y le dije: “Estimado editor: Pensé que tal vez le gustaría escuchar de alguien que jugo en el equipo contrario”. Así que le describí el partido y le dije: “No intentamos anotar el punto extra porque no había nadie en el equipo que pudiera hacerlo. Y usted debe corregir el marcador en sus registros, porque fue de 106 a 6”.

Pues bien, experiencias como esas son parte de la vida y debemos aprovechar toda oportunidad que nos presente a fin de estar preparados para enfrentarlas; y cuando haya algo que deba hacerse y cosas que deban aprenderse para poder hacerlo, es importante saber los principios básicos y cómo ponerlos en practica.

El Evangelio es verdadero. Al reparar en la fuerza misional que tenemos en el mundo, pienso: que gran oportunidad de llevar a cabo la obra del Señor de la forma en que debe hacerse. Les amamos por lo que están haciendo. Ustedes, jóvenes del Sacerdocio Aarónico, sean tan buenos como deben ser. y aprendan a ser limpios, honrados, puros, sinceros y obedientes -sobre todo obedientes- para que puedan llevar a cabo la obra del Señor en la forma majestuosa en que debe realizarse.

Les dejo mi amor y mi testimonio de que esta obra es verdadera; que el presidente Hinckley, quien esta a la cabeza la Iglesia en la actualidad, es nuestro Profeta, Vidente y Revelador; que ha sido llamado por el Señor para presidir esta Iglesia. Lo he observado de cerca por mas de veinte años y he visto su capacidad, su talento, su dedicación y el impacto espiritual que tiene en el mundo al dirigir esta obra, la cual es verdadera y avanzara hasta llenar todo rincón de la tierra. La gente tendrá la oportunidad de escucharla con sus propios oídos, de escuchar a alguien declarar que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, lo cual les declaro yo. Les dejo mi amor y mi testimonio de que esta obra es verdadera, en el nombre de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Amén