“Aplica la sangre expiatoria de Cristo”

Neal A. Maxwell


“Hermanos y hermanas, Cristo pago un precio tan enorme y habilitador por nosotros. Aplicaremos Su expiación a fin de pagar el ínfimo precio requerido para nuestro progreso personal?”

Hermanos y hermanas, deseo reiterar y también ampliar y expresar con mayor profundidad los sentimientos de eterna gratitud que exprese en la conferencia de abril.

Con misericordia se me ha concedido lo que podría llamarse “una demora en la ruta”. Ya sea breve o prolongada, es una maravillosa bendición del Señor. Esto me ha enseñado, sin embargo, que hay otro aspecto de la pregunta “¿por que a mi?”, puesto que hay algunos a quienes no se les concede “ninguna demora en la ruta”. No importa cual sea el aspecto de esa pregunta, lo que necesitamos es una sumisión terrenal, aun cuando no obtengamos de inmediato una explicación divina. Y así, debemos seguir adelante, por cerca o lejos que este nuestro horizonte, mientras nos regocijamos por lo que allí nos espera.

Al llevar a cabo la caritativa Expiación, ciertas cosas fueron totalmente singulares en cuanto a Jesús. Nosotros, los beneficiarios de la gloriosa Expiación con su dádiva de la resurrección universal y también su oferta de vida eterna, no podemos duplicar estas cosas (véase Moisés 6:57-62). Es obvio que, a diferencia de nuestro preciado Salvador, ¡de seguro no podemos expiar los pecados de la humanidad! Mas aun, ciertamente no podemos padecer todas las enfermedades, aflicciones y dolores mortales (véase Alma 7:1 1-12).

No obstante, en nuestra menor escala, tal como Jesús nos ha invitado a hacerlo, podemos, en verdad, esforzarnos por ser “aun como [El es]” (3 Nefi 27:27). Este proceso de arrepentimiento progresivo ocurre cuando realmente tomamos sobre nosotros Su yugo y así nos hacemos merecedores del mayor de los dones de Dios: la vida eterna (véase Mateo 11:29; D. y C. 6:13; 14:7). Es esta ultima dimensión de la Expiación Cmas apreciada ahora por miC sobre la cual me concentrare brevemente.

La vida terrenal nos ofrece innumerables oportunidades de llegar a ser mas semejantes a Cristo: primero, al tener que hacer frente satisfactoriamente a es as dificultades de la vida que son “humanas” (1 Corintios 10:13). Asimismo, existen también nuestras tribulaciones individuales tales como las enfermedades, la soledad, las persecuciones, las traiciones, las contradicciones, la pobreza, la calumnia y el amor no correspondido, etc. Si las sobrellevamos bien ahora, “todas estas cosas” serán para nuestro bien y “ennoblecerá[n] grandemente el alma”, e incluso aumentaran nuestra capacidad para sentir regocijo (D. y C. 122:7; 121:42). ¡El sufrir con humildad suele excavar el alma para aumentar esa capacidad! Siento gran admiración por las muchas personas que son espiritualmente superiores a mi y que son ejemplos de esto para todos nosotros. En el mundo venidero, ellos, los mas fieles, recibirán de nuestro Padre generoso “todo lo que [El] tiene” (D. y C. 84:38). Y. hermanos y hermanas, ¡no hay mas que esto!

Los siguientes ejemplos de la Expiación no se aplican a Jesús sino a todos nosotros, y en Sus propias palabras instructivas y personalizadas sobre la Expiación se encuentra una orientación especial.

Cuando comenzó a sentir el peso enorme de la inminente Expiación, Jesús reconoció: “para esto he venido al mundo” (Juan 18:37). También nosotros, hermanos y hermanas, hemos venido “al mundo” a fin de pasar por nuestra porción particular de la existencia terrenal. Aunque nuestras experiencias no se comparan en absoluto con las de nuestro Maestro, sin embargo, ¡nosotros también estamos aquí para someternos a la experiencia terrenal! El dedicarnos diligentemente a esta “causa” da un significado fundamental a nuestra vida mortal y nos ayuda en gran manera a entrar con fe en ese pabellón de perspectiva: el plan de salvación. Entonces finalizara toda búsqueda del significado de nuestra vida, aun cuando mayores y gloriosos descubrimientos nos esperan. ¡Que lastima que los miembros de la Iglesia a veces nos comportemos como apresurados turistas y nos aventuremos apenas a ir un poco mas allá de la entrada!

Ahora bien, a medida que enfrentemos nuestras pruebas y tribulaciones menores, también nosotros podemos suplicarle al Padre, tal como lo hizo Jesús, que no tengamos que “desmayar”, es decir, retroceder o rehuir. (Véase D. y C. l 9: 18.) ¡No desmayar es mucho mas importante que sobrevivir! Mas aun, el beber de una amarga copa sin amargarse es asimismo parte del emular a Jesús.

Para continuar, también nosotros podemos experimentar momentos de soledad en esta vida. Esos momentos no son nada comparados con lo que Jesús experimentó. No obstante, puesto que de vez en cuando nuestras oraciones contendrán algunos “por que”, también nosotros podríamos experimentar el silencio inicial de Dios (véase Mateo 27:46).

Ciertos “por que” terrenales no son en realidad preguntas, sino expresiones de resentimiento. Otros “por que” denotan que la prueba podría ser aceptable mas adelante pero no ahora, como si la fe en el Señor excluyera la fe en Su regulación del tiempo. Algunas preguntas de “por que a mi”, formuladas en momentos de tensión, serian mucho mejores si fueran preguntas que comenzaran con “que”, tales como: “Que se requiere de mi ahora?” O parafraseando las palabras de Moroni: “Si soy suficientemente humilde, ¡que debilidad personal podría convertirse en fortaleza?” (véase Eter 12:27).

El presidente Brigham Young se refirió a lo que suscitó el “por que” de Jesús al indicar que durante los momentos cruciales de los padecimientos del Señor en Getsemaní y en el Calvario, el Padre retiró de Jesús tanto Su Presencia como Su Espíritu (véase Journal of Discourses, tomo 3, págs. 205 y 206). De ese modo, el triunfo personal de Jesús fue total y se perfeccionó Su compenetración. Habiendo “descendido debajo de todo”, El “comprende”, perfecta y personalmente, la gama completa de los sufrimientos humanos (véase D. y C. 88:6; 122:8). Una tonada espiritual afroamericana que se cantaba en otros años contenía estas palabras emotivas e inspiradas: “Nadie conoce los problemas que yo he visto, nadie, sino Jesús” (véase tan bien Alma 7:11-12). En verdad, Jesús era intensamente “experimentado en quebranto”, como ningún otro (Isaías 53:3).

Cuando hacemos lo mejor que podemos por intentar comprender los sufrimientos y las enfermedades de los demás, también nosotros podemos cultivar nuestra compenetración, esa virtud eternamente trascendente y esencial. Asimismo, podemos cultivar nuestra sumisión a la voluntad de Dios de modo que en medio de nuestros simples aunque genuinos momentos de angustia también nosotros podamos decir: “pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Cuando es sincera, esta expresión de obediencia constituye una autentica súplica seguida de una verdadera sumisión. Es mucho mas que una cortes deferencia. Es, mas bien, un profundo acatamiento mediante el cual nuestra momentánea incertidumbre se somete a la certidumbre del amor rescatador y a la misericordia del Padre, atributos que colman Su plan de felicidad.

También nosotros podemos aprender mayor humildad si damos una mayor “gloria al Padre”, en vez de tratar de llamar la atención o exponer ideas arrogantes en cuanto al éxito personal, tales como “mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza” (Deuteronomio 8:17). Jesús, que llevó a cabo lo supremo, también sintió regocijo supremo al dar toda la gloria al Padre. ¡Que lamentable es que, aun cuando hacemos una ofrenda a Dios, a veces nos quedemos a la espera de un recibo!

En medio de todo lo que tenemos que aprender aquí, también debemos esforzarnos por “acabar [nuestros] preparativos” para el tercer y sempiterno estado que nos espera gracias a la gloriosa expiación de Jesús (D y C. 19:19). Al hacerlo, también podemos llegar a ser “completos” y “perfeccionados”, habiendo alcanzado finalmente nuestros diversos potenciales individuales (véase Mateo 5:48).

Aunque en mucho menor escala, también nosotros podríamos sufrir el dolor simultáneo en “cuerpo y en espíritu”: la angustia física y mental (D. y C. 19:18). Cualesquiera que hayan sido los intensos dolores físicos de la crucifixión de Jesús, Sus totalmente excepcionales aflicciones en el “espíritu” fueron absolutamente enormes al sobrellevar nuestros pecados para expiarlos y nuestras enfermedades para entenderlas “según la carne” (Alma 7: 12). La intensificación de nuestras pruebas puede formar parte de nuestro aprendizaje. De no ser así, podemos ser como estudiantes superficiales que nos dejamos llevar por la comodidad del asistir a un curso como oyentes. Después llega el momento de intensificación: de súbito nos encontramos inscritos en el curso, ¡y podemos aprobarlo o reprobarlo!

Periódicamente, también nosotros experimentaremos una cierta medida de contradicción, esa dura corteza del pan de la adversidad. Jesús hizo frente de forma constante a las contradicciones cada vez que las circunstancias lo provocaban. Por ejemplo, esta tierra es el estrado de Sus pies, pero en Belén no había “lugar … en el mesón” ni cuna para acostarse, y las “zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Lucas 2:7; véase Himnos, N° 125; Lucas 9:58; véase también Hechos 7:49-50). El Mas Inocente es el que mas ha sufrido al hacer algunos de Sus súbditos con El “como quisieron” (D. y C. 49:6). Aunque poseedor del único nombre por el cual viene la salvación, el Señor del Universo vivió modestamente despojándose a si mismo, tomando forma de siervo (Filipenses 2:7; Véase también Hechos 4:12; 2 Nefi 25:20; Abraham 3:27). Cristo “construyó” el universo; sin embargo, en la pequeña Galilea se le conocía simplemente como “el hijo del carpintero” (Mateo 13:55).

Ustedes y yo, al ser afectados por contradicciones mas pequeñas, somos mucho mas frágiles y con frecuencia olvidamos que, por su naturaleza misma, algunas pruebas son injustas, en especial cuando son contradicciones ásperas.

Por tanto, hermanos y hermanas, junto con el grandioso y gratuito don de la resurrección universal y personal existe también la posibilidad personal de merecer la vida eterna. Aunque pasemos las pruebas que nos hacen progresar, si vivimos con rectitud y perseveramos bien podremos al fin llegar a ser suficientemente mas como Jesús en nuestras cualidades y atributos, para que un día podamos morar por siempre jamas en la presencia del Padre. Si vivimos así ahora, entonces nuestra confianza “se fortalecerá en la presencia de Dios” (D. y C. 121:45). En confirmación de es to , el profeta José declaró: “Si deseáis ir a donde Dios esta, debéis ser semejantes a Dios o poseer los principios que Dios posee” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 263).

Ahora bien, es cierto que nuestras experiencias no se comparan a las de Jesús, pero sí se aplican a nosotros los mismos principios y procedimientos. Los perfeccionados atributos del Señor ejemplifican lo mucho que aun podemos cultivar. En verdad, no carecemos de pertinentes experiencias en la vida, ¿no es así? Aunque parezca extraño, a veces reaccionamos mejor ante los problemas mayores que ante los incesantes problemas menores. Por ejemplo, puede surgir la impaciencia con el cónyuge en tanto que se encare bastante bien un problema en publico. Uno puede estar sinceramente agradecido por sus grandes bendiciones y quejarse con regularidad por molestias pequeñas. Uno puede tener una humildad de naturaleza jerárquica: ser humilde ante los superiores pero no ante los de menor jerarquía. El sobrellevar las pruebas mayores y al mismo tiempo no poder sobrellevar las menores no es aceptable en modo alguno. Debemos encarar nuestras imperfecciones si realmente queremos ser mas como Jesús.

Mientras nos esforcemos diariamente por progresar, fallaremos hasta cierto punto; por lo tanto, es muy importante no dejarse abatir. Así que, ¿dónde hemos de encontrar esa capacidad para salir adelante que tanto y tan frecuentemente necesitamos? Una vez mas, ¡en la gloriosa Expiación! Por medio de ella conoceremos el sentimiento edificante que proviene del perdón.

Además, si aplicamos la Expiación, podremos continuar recibiendo los otros dones nutritivos del Espíritu Santo, cada uno de ellos con su propio y generoso poder para ayudarnos a hacer frente a las pruebas. Con frecuencia el Espíritu Santo nos predicara sermones desde el púlpito de la memoria. Nos consolara y nos tranquilizara. Las cargas de las que no nos alivie, El nos ayudara a soportarlas y de ese modo nos capacitara, aun después de cometer errores, para que continuemos con gozo la enaltecedora jornada de nuestra calidad de discípulos. Al fin y al cabo, en tanto que el adversario abiertamente procura nuestra eterna miseria, el Padre y el Hijo verdadera y constantemente desean nuestra felicidad sempiterna (Véase 2 Nefi 2 27).

Hermanos y hermanas, Cristo pagó un precio tan enorme y habilitador por nosotros. ¡Aplicaremos Su expiación a fin de pagar el ínfimo precio requerido para nuestro progreso personal? (Véase Mosíah 4:2.) El ser valientes en el testimonio de Jesús, por tanto, comprende el ser valientes en nuestro esfuerzo por vivir mas como El vivió (Véase D. y C. 76:79). Realmente no podremos entrar en Su reino sin haber recibido las ordenanzas restauradas ni sin haber cumplido con sus correspondientes convenios, pero tampoco podremos entrar en el sin haber desarrollado considerablemente nuestra caridad y los demás atributos fundamentales (Véase Eter 12:34). Si, necesitamos las ordenanzas esenciales, pero también los atributos esenciales. Si, debemos cumplir los convenios, pero también debemos perfeccionar nuestro carácter. ¿No cantamos, acaso, “mas santidad dame”, implorando ser “mas como el Señor”? (Himnos, N° 71).

Durante este proceso especial, ¿cómo podemos, ustedes y yo, asegurarnos de recibir plenamente las preciosas bendiciones que Dios nos da? Por mi parte, deseo que mis bendiciones, incluida la reciente “demora en la ruta”, ocasionen mi necesario y mayor refinamiento espiritual además de mi agradecido reconocimiento. Si, ustedes y yo debemos contar nuestras bendiciones, pero también debemos hacerlas valer. Además, puesto que, en la adversidad, el punto central de nuestra mira se fija en las cosas de la eternidad, ese debe ser el centro de nuestra atención en lo que nos quede de vida en la tierra. Esta es mi ferviente oración, tanto por ustedes como por mi, en el Santo Nombre de Jesucristo. Amén.