El himno de los obedientes: “¡oh, esta todo bien!”

David B. Haight

Of the Quorum of the Twelve Apostles


David B. Haight
“Que maravilloso futuro le espera a la Iglesia … Todos esos cosas dependen de … como aceptemos las verdades que conocemos, de como vivamos los principios del Evangelio.”

He orado para recibir el Espíritu del Señor y toda la fe que necesito para decir algunas palabras que llevo en el corazón; para que de algún modo les sirva de aliento en sus creencias y en la forma en que viven los principios del Evangelio.

Esta mañana el presidente Hinckley nos. presentó una de las reseñas mas alentadoras para nuestro futuro que yo recuerde haber escuchado; me sentí conmovido al sólo imaginar y visualizar lo que nos espera; y se que todo lo que el dice es verdad. Al haber tenido la oportunidad de trabajar con el durante algunos años y de sentir su espíritu, su entendimiento, sus deseos, su profunda fe y la inspiración que recibe en ese oficio, esta mañana me di cuenta de que estabamos escuchando palabras referentes al futuro que provenían del Profeta.

Al reflexionar ahora sobre el ciclo de la vida y a medida que el ciclo avanza y al pensar en lo que le depara a la Iglesia, me siento un poco como un amigo ingles que dijo: “¿No seria maravilloso retroceder el ciclo de la vida 50 años y que se nos permitiera vivirlos de nuevo?”. Y aun cuando he tenido la oportunidad de declarar, de enseñar, de predicar y de dar testimonio del Salvador en todo el mundo, atesoro el tiempo que todavía se me concede para estar aquí.

Acaban de escuchar los compases de “Santos, venid …” (Himnos N* 17). La primera oportunidad que tuve de familiarizarme de verdad con el himno “¡Oh, esta todo bien!” fue en un pequeño tabernáculo de

piedra en el sur de Idaho, donde me crié. Dentro de aquel pequeño tabernáculo construido con roca de lava por los miembros de la Iglesia del lugar, a fines de 1880, había un estrado, un podio similar a este y un órgano de tubos al fondo, con o este hermoso órgano que tenemos aquí, pero mas pequeño. Esto era antes de la electricidad y de los motores, y tenia un sistema de bombas. Para hacer llegar el aire a los tubos de un órgano se utiliza un sistema de fuelles. Alguien se tenia que sentar en un taburete y bombear la palanca que estaba detrás del órgano. Siempre era un gran privilegio para un jovencito el ser seleccionado para sentarse en ese taburete y bombear el órgano.

En ese pequeño tabernáculo , cuando cantábamos “Santos, venid …”, sentía que el espíritu y el poder de la música levantaban el techo. Se podía sentir debido al poder, a la fe y al testimonio de los miembros. En ese pequeño tabernáculo teníamos coros del Sacerdocio Aarónico para aprender a cantar. Fue allí donde cantábamos “Un niño mormón”. Ya no escuchamos mas esa canción; me gustaría que la pudiéramos escuchar. “Un niño mormón, un niño mormón, yo soy un niño mormón. La envidia de un rey puedo ser porque soy un niño mormón” (Evan Stephens, en Best-Loved Poems of the LDS People, compilación de Jack M. Lyon y otros, 1996, pág. 296).

Eso me dejó grabada una gran impresión. Piensen en ello por un momento: “La envidia de un rey puedo ser”. He allí a un rey con todo el poder, toda la pompa, toda la riqueza que un rey puede tener; pero yo estaba empezando a aprender que, como miembros de la Iglesia, teníamos bendiciones, bendiciones del sacerdocio, conocimiento e información que un rey no conocía ni tenia. “La envidia de un rey puedo ser porque soy un niño mormón”.

Mientras ustedes escuchaban la hermosa interpretación del coro, yo pensaba en William Clayton. Su padre era maestro y William había recibido una buena educación. Tenia aptitud para escribir, era bueno con los números así como para escribir y llevar registros. El grupo de misioneros de Heber C. Kimball le enseñaron el Evangelio y lo bautizaron durante los primeros días de la Iglesia en Inglaterra. Lo entendieron y lo aceptaron de inmediato debido a su educación y a su habilidad para escribir. Era un joven brillante, de 23 años de edad. Al poco tiempo empezó a prestar servicio como secretario, escribiente o tenedor de libros de la pequeña organización que formaba la Iglesia en ese entonces.

Cuando tenia 24 años, el y su esposa deseaban viajar a Nauvoo, por lo que se embarcaron con destino a América. En Nauvoo conoció al Profeta y a otros lideres de la Iglesia. Otra vez se le utilizo en formas interesantes por su hermosa caligrafía y buena ortografía. Hacia falta un joven de esa clase. Poco después del martirio del Profeta, el se unió a Brigham Young y a los Doce y llego a ser uno de sus escribientes y el secretario.

Después del martirio del Profeta, se fue con la compañía de Brigham Young y paso por la experiencia de Iowa que inspiró la creación de ese maravilloso himno que escuchamos hoy día. Se fueron en febrero; era ya abril. Atravesaron los campos de Iowa con los carromatos, los caballos, las yuntas, la lluvia y el barro; estaban desalentados. La jornada era difícil; la gente moría y niños nacían. Avanzaban lentamente, apenas unos pocos kilómetros al día. En su desaliento, William Clayton escribió en su diario que se sentó en un lado del carromato y escribió una canción, con la esperanza de que diera aliento y renovado animo y fe a los santos.

Y así escribió: “Santos venid, sin I miedo, sin temor”. Era difícil. Estaban desalentados. “Mas con gozo andad. Aunque cruel jornada esta es, Dios nos da Su bondad”. El les infunde valor para seguir adelante, para que la situación mejore.

Entonces escribió esas líneas maravillosas: “Hacia el sol, do Dios lo preparó, buscaremos lugar”. Aun cuando estemos atascados en el barro y desalentados, todo cambiara. Si tenemos el valor y la fe de que el Señor contestara nuestras oraciones, todo saldrá bien. Les dio esperanza y aliento. “Hacia el sol, do Dios lo preparo, buscaremos lugar do, libres ya de miedo y dolor”… palabras muy conmovedoras e inspiradas.

Y luego la ultima estrofa que cantó en forma tan hermosa el coro esta mañana: “Aunque morir nos toque sin llegar, ¡oh, que gozo y paz!” Así que, si morimos, habremos hecho lo mejor que pudimos. Como sabemos, todos vamos a morir algún día; de modo que: “¡Oh, que gozo y paz!”.

“Mas si la vida Dios nos da, para vivir en paz allá”. Veremos si las ruedas permanecen en los carromatos, y si las de los pequeños carros de mano resisten, y si mantenemos esa valentía y fortaleza por medio de nuestras oraciones, llegaremos allá. “Mas si la vida Dios nos da, para vivir en paz allá”. Si llegamos allá, diremos: “¡Oh, esta todo bien!”, si somos capaces de llegar allá y si tenemos el valor para salir adelante.

Y en su diario escribió: “He compuesto una nueva canción: ‘¡Oh, esta todo bien!”’ (William Clayton’s Journal, 1921, pág. 19). Me gusta ese tttulo original: “¡Oh, esta todo bien!” que explica nuestra vida, si la vivimos como debemos. Tenemos el bosquejo, tenemos los procedimientos, tenemos la información y si llegamos allá, y si la vida Dios nos da, entonces podremos cantar “¡Oh, esta todo bien!”. Este himno ha llegado a convertirse en el “himno nacional” de la Iglesia.

Así es que en este aniversario numero 150 del gran acontecimiento a que aludió el presidente Hinckley esta mañana, yo deseo agregar mis felicitaciones al comité que, por nombramiento de la Primera Presidencia, hizo posible que se montara esta maravillosa celebración. Los barrios y las ramas de todo el mundo han encontrado formas maravillosas y poco usuales de celebrar este sesquicentenario.

Mi abuelo, Horton David Haight, tenía 15 años cuando la segunda compañía llegó al valle, la compañía que siguió a la de Brigham Young, así es que el tuvo que haber caminado a través de las praderas. De modo que cuando cantamos sobre caminar “con fe en cada paso”, se que tengo un abuelo que lo hizo. Cuando uno tenia 15 años, no iba sentado en los carromatos, sino que tenía que estar donde había acción, animando a los caballos o a los bueyes y haciendo todo lo que fuera necesario. Y la jovencita con la que mas tarde contrajo matrimonio, Louisa Leavitt, cumplió once años cuando su familia llegó al valle, de manera que mi abuela también tuvo que haber caminado a través de las praderas.

Y así, con esa gran herencia, les digo a todos ustedes: Que año mas maravilloso hemos tenido y que maravilloso futuro le espera a la Iglesia, como lo comentó nuestro Profeta esta mañana. Pero todas esas cosas dependen de la forma en la que vivamos, de cómo aceptemos las verdades que conocemos, de cómo vivamos los principios del Evangelio y de la clase de ejemplos que seamos para la gente con la que trabajamos o con la que nos asociamos.

Cuando yo era un jovencito de unos doce años me encantaba jugar al béisbol. El único articulo de deportes que había en mi casa era un viejo guante de béisbol. En esos tiempos no teníamos pelotas de fútbol; había muchas otras cosas que no teníamos. Yo pensaba que el momento mas grande de mi vida sería cuando yo jugara al béisbol para los Yankees de Nueva York, y eso era en el tiempo en que los Yankees eran un gran equipo. Yo estaría jugando para ellos en las series mundiales, la serie empatada a tres, y ahora, en el partido decisivo, ¿a quien se imaginan que le toca batear? Mientras esperaba la pelota, el “pitcher” la lanzaría exactamente donde yo la deseaba; yo le pegaría con tanta fuerza que la pelota saldría del estadio de los Yankees y me convertiría en el héroe de las series mundiales. Yo pensaba que ese seria el momento mas memorable de mi vida, pero quiero que sepan que no es así.

Hace algunos años me encontraba sentado con mi esposa Ruby en un pequeño cuarto de sellamientos del Templo de Los Angeles. Nuestros hijos estaban allí con sus respectivas esposas; ellos habían estado casados desde hacia corto tiempo, y nuestra querida hija estaba arrodillada ante el altar, tomada de la mano con el joven al que iba a ser sellada. Al mirar alrededor de esa habitación, me di cuenta de que ese era el gran momento de mi vida porque tenia en ese cuarto todo lo que era precioso para mí: todo. Mi esposa estaba allí, mi eterna y dulce compañera. Nuestros tres hijos con sus compañeras eternas estaban allí. Y pense: David, estabas totalmente equivocado cuando eras joven; creías que algún acontecimiento mundano podría ser lo mejor que te sucediera en la vida. Sin embargo, ahora yo estaba siendo testigo de ese gran evento. Yo estaba allí, lo estaba sintiendo, sentía que era parte de el y supe en ese pequeño cuarto blanco de sellamientos -limpio, dulce, puro- con toda mi familia allí, que ese era el gran momento de mi vida.

Les dejo mi amor, mi testimonio de que esta obra es verdadera. Como Santos de los Ultimos Días debemos ser leales a la fe que profesamos; debemos ser fieles; fieles a los conmovedores testimonios que se nos han dado; fieles a El cuyo nombre hemos tomado, vivir en la debida forma, declarar la palabra de esta obra y ayudar en ella. En el nombre de Jesucristo. Amén.