Los Niños Y la Familia

Eugene Hansen


“Las relaciones familiares sólidas no se edifican de un día para el otro; llevan tiempo; se requiere un compromiso; se requiere oración y dedicación”.

A medida que leemos las Escrituras, es evidente el amor que el Señor tiene por los niños, por lo que es fácil entender que: “Herencia de Jehová son los hijos” (Salmos 127:3).

En el Nuevo Testamento, el Señor hizo clara la gravedad de cualquiera que causara daño u ofensa á “éstos pequeños”, tal como se registra en Mateo: “… mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:6).

Una de las escenas más emocionantes que se registra en el Libro de Mormón, el cual es otro testamento de Jesucristo, ocurrió cuando el Señor resucitado apareció al pueblo nefita que habitaba en el hemisferio occidental en la época del Salvador. Durante esa visita, el ministró con gran ternura a los niños pequeños.

Leemos que, al pararse en medio de la multitud, mandó a la gente que trajese a sus niños pequeños, y Él se arrodilló en medio y oró al Padre por ellos. Las palabras que habló fueron tan sagradas que no pudieron ser escritas; y lloró y tomó a los niños uno por uno y los bendijo.

Al levantar la vista al cielo, la multitud vio los cielos abrirse: aparecieron ángeles y descendieron. Los niños fueron rodeados de fuego, y ángeles les ministraron.

Al reconocer el amor que el Señor tiene por los niños pequeños, no es de sorprender que aquellos que hoy representan al Señor en la tierra hayan hablado franca y convincentemente sobre las responsabilidades que tienen los padres hacia sus hijos.

Me refiero ahora al documento emitido por la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles intitulado “La familia: Una proclamación para el mundo”. De ese documento, leemos:

“El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y cuidarse el uno al otro, y también a sus hijos … Los padres tienen la responsabilidad sagrada de educar a sus hijos dentro del amor y 1a rectitud, de proveer para sus necesidades físicas y espirituales, de enseñarles a amar y a servirse el uno al otro, de guardar los mandamientos de Dios y de ser ciudadanos respetuosos de la ley dondequiera que vivan. Los esposos y las esposas, madres y padres, serán responsables ante Dios del cumplimiento de estas obligaciones” (Liahona, junio de 1996, págs. 10-l l) .

Esas son palabras educativas, en particular ante los ataques continuos del adversario en contra de los valores tradicionales y ante el impacto que tienen en la familia. Es obvio que se necesita hacer mucho para revertir la tendencia que continúa poniendo en peligro a la familia.

En la desesperación, la sociedad se vuelca a lo secular: se organizan programas sociales, se involucra a agencias del gobierno para proveer de programas y de fondos públicos con la intención de cambiar las tendencias destructivas. A pesar de que se observan éxitos fugaces, la tendencia general permanece alarman te. Sostengo que un cambio real y duradero sólo ocurrirá cuando regresemos a nuestras raíces espirituales; debemos escuchar el consejo de los profetas.

Me refiero otra vez a la proclamación sobre la familia, una revelación moderna: “La familia es ordenada por Dios … Los hijos tienen el derecho de nacer dentro de los lazos del matrimonio, y de ser criados por un padre y una madre que honran sus promesas matrimoniales con fidelidad completa. Hay más posibilidades de lograr la felicidad en la vida familiar cuando se basa en las enseñanzas del Señor Jesucristo. Los matrimonios y las familias que logran tener éxito se establecen y mantienen sobre los principios de la fe, la oración, el arrepentimiento, el perdón, el respeto, el amor, la compasión, el trabajo y las actividades recreativas edificantes. Por designio divino, el padre debe presidir sobre la familia con amor y rectitud y tiene la responsabilidad de protegerla y de proveerle las cosas necesarias de la vida. La responsabilidad primordial de la madre es criar a los hijos. En estas responsabilidades sagradas, el padre y la madre, como iguales, están obligados a ayudarse mutuamente. Las incapacidades físicas, la muerte u otras circunstancias pueden requerir una adaptación individual. Otros familiares deben ayudar cuando sea necesario”.

Mientras meditamos en esas inspiradas palabras de la revelación moderna, me doy cuenta de la bendición que representa el haber sido criado en un buen hogar, en el que los padres se preocupaban más por los hijos que Dios les había dado que por adquirir fama o posesiones materiales.

Yo era el segundo hijo de nuestra familia de ocho hijos, vivíamos en una pequeña granja, en el norte de Utah. El dinero escaseaba, por lo que tuve la bendición de la necesidad de trabajar a una temprana edad; de hecho, nuestros limitados ingresos requerían que todos los hijos fueran frugales y que contribuyeran al éxito financiero de la familia tan pronto como tuvieran la edad suficiente. En cuanto a la holgazanería, mi padre siempre decía: “No hay nadie tan aburrido como el holgazán, porque no puede detenerse y descansar”.

Aunque los tiempos han cambiado, los principios permanecen inamovibles: los padres de hoy tienen que brindar a cada uno de sus hijos oportunidades para colaborar con el bienestar de la familia. En tal familia, los hijos serán más felices y habrá un espíritu de amor y de unidad en el hogar.

En esa pequeña granja aprendí que el dinero y las posesiones materiales no son las claves para la felicidad y el éxito. Por supuesto, debe haber suficiente para proveer lo necesario; pero pocas veces, o nunca el dinero en sí brinda la felicidad.

Nuestra granja también proporcionaba oportunidades para aprender a ser humilde. Parecía que si se vaticinaba una buena cosecha y subían los precios, una helada temprana o una tormenta de granizo se las arreglaría para dañar nuestros ingresos al punto de quedarnos sólo con lo indispensable para vivir.

Recuerdo lo que comentaba mi padre más de una vez: “No me importan las experiencias y las pruebas de la vida. La verdadera dificultad es experimentarlas una y otra vez”.

A pesar del constante desafío financiero, tuvimos una buena vida: en el hogar había amor, queríamos estar en casa; fue bueno para nosotros el haber experimentado el privarnos de algunos de nuestros deseos para que otros miembros de la familia tuvieran lo que realmente necesitaban.

Considero que los muebles que teníamos en la sala nunca habrían salido en la cubierta de una revista de decoración de interiores, pero teníamos dos muebles muy importantes: un piano y un biblioteca llena de libros. Cuán importantes fueron esas dos sencillas posesiones en lo relacionado con el desarrollo de talentos e intereses productivos, hechos tan significativos en nuestros primeros años.

La influencia de la buena música y de los buenos libros se ha transmitido aun a la próxima generación; incluso la televisión no ha reemplazado al piano ni a la biblioteca en la vida de nuestra familia.

Además, fuimos bendecidos con una madre y un padre que trabajaban como iguales en ese deber de importancia fundamental que es criar una familia.

Aprendí mucho al observarlos enseñar a sus hijos por medio de la forma más eficaz: el ejemplo. Mi padre me enseñó sobre:

  • el deber y la caridad cuando lo veta, en varias ocasiones, dejar su propio trabajo para ir a ayudar a los miembros del barrio;

  • la fe, mientras le escuchaba orar y le observaba dar bendiciones del sacerdocio a los miembros de la familia y a otras personas;

  • el amor, al observar la forma en que cuidó con ternura a sus padres en sus últimos años;

  • las normas, al utilizar experiencias y acontecimientos de la época para enseñarme concerniente al camino que él quería que yo siguiera;

  • la confianza, cuando me compro un reloj despertador y luego me asignó cinco vacas a las que tenía que ordeñar y cuidar de noche y de mañana durante los años que asistí a la escuela secundaria.

Me enseñó sobre la integridad, pues puedo decir, sinceramente, que nunca lo vi cometer un acto deshonesto.

Mi madre también me enseñó mucho. Me enseñó en cuanto a:

  • la frugalidad, al poner en práctica el espíritu del adagio pionero: “Úsalo, gástalo, haz que sirva o arréglatelas sin él”.

  • el sacrificio, al contemplarla privarse de cosas para que no les faltara a sus hijos;

  • la castidad, porque temprano en la vida puso en claro cuáles eran sus expectativas con respecto a que sus hijos fueran moralmente limpios;

  • el amor, porque vi y sentí el amor de mi madre en nuestro hogar;

  • la bondad, porque puedo decir, en forma genuina, que nunca la vi hacer algo descortés.

Le agradezco al Señor los padres amorosos que me enseñaron valores espirituales y morales y que, con sabiduría, pusieron en claro que había que seguir ciertas normas y verdades; entre ellas: la asistencia a las reuniones de la Iglesia, el pago de los diezmos, la lectura de las Escrituras y el respeto a los padres y a los líderes de la Iglesia. Y lo más importante fue que ellos enseñaron por medio del ejemplo y no sólo por palabras.

En lo que respecta al fortalecimiento de la familia, es de crucial importancia el darse cuenta de que las relaciones familiares sólidas no se edifican de un día para el otro; llevan tiempo; se requiere un compromiso; se requiere oración y dedicación. Los padres deben entender sus deberes y asumirlos voluntariamente y el gozo y la felicidad que resultarán serán indescriptibles.

Nuestro amado presidente Hinckley ha aconsejado: “Sigan nutriendo y amando a sus hijos … De todo lo que poseen, nada es tan precioso como sus hijos” (citado en Church News, 3 de febrero de 1996, pág. 2).

Les dejo mi testimonio de que la proclamación para la familia, a la que me referí anteriormente, es revelación moderna que cl Señor nos ha proporcionado a nosotros por medio de Sus profetas de los últimos días.

Dios vive, Jesús es el Cristo, ésta es Su Iglesia. En el nombre de Jesucristo. Amén.