Venid A Cristo

Margaret D. Nadauld


“Queremos venir a Cristo porque sólo en Él y por medio de Él podemos regresar al Padre”

En esta época de la Pascua de Resurrección, y siempre, nos regocijamos en la invitación más significativa que se haya extendido al género humano: la de venir a Cristo. Y todos estamos invitados. Las Escrituras están repletas de esa gloriosa invitación, que se resume tan hermosamente en el himno:

Venid a Cristo, de toda tierra
y de lejanas islas del mar.
A todos llama Su voz divina:
“Venid a mí a morar”

Él extiende esa generosa invitación simplemente porque nos ama y porque sabe que lo necesitamos. Él puede ayudarnos y sanarnos; Él nos comprende como resultado de Sus propias experiencias: “Y él saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases … a fin de que … sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos” (Alma 7: 12). Queremos venir a Cristo porque sólo en Él y por medio de Él podemos regresar al Padre.

Hace muchos años sucedió algo que siempre he recordado porque me hizo pensar en la misión del Salvador. Aunque fue un incidente infantil, guarda cierto significado. Sucedió cuando nuestros gemelos tenían apenas cinco años de edad y estaban aprendiendo a andar en bicicleta. Al observarlos por la ventana, vi que iban por la calle a toda velocidad; tal vez demasiado rápido, considerando el nivel de experiencia que tenían, porque de pronto, Adam chocó estrepitosamente. Quedó prensado en los res tos de la bicicleta y lo único que yo alcanzaba a divisar era una masa retorcida de manubrios, neumáticos, brazos y piernas. Aarón, su hermanito pequeño, vio lo que pasó y de inmediato se detuvo y se bajó de la bicicleta, dejándola tirada para ir corriendo a ayudar a su hermano, al que tanto quería. Esos gemelitos realmente eran uno de corazón; si a uno le dolía algo, al otro también; si a uno le hacían cosquillas, ambos se reían; si uno empezaba a decir algo, el otro terminaba la frase; lo que sentía uno, también lo sentía el otro. De modo que a Aarón le dolió ver a su hermano chocar. Adam quedó hecho un desastre; se había raspado las rodillas, estaba sangrando de una herida en la cabeza, se sentía humillado y estaba llorando. Con la delicadeza propia de un niño de cinco años, Aarón ayudó a su hermano a salir de entre la retorcida bicicleta, le examinó las heridas y después hizo algo muy tierno. Levantó a su hermano y lo llevó en brazos hasta la casa, o por lo menos lo intentó. No fue fácil porque eran del mismo tamaño, pero lo intentó. Con grandes esfuerzos luchaba para levantarlo, y arrastrándolo y sosteniéndolo en brazos a medias, finalmente llegaron a la entrada de la casa. Para ese entonces, Adam, el que estaba herido, había dejado de llorar, pero Aarón, el que lo había rescatado, ahora lloraba. Cuando se le preguntó: “¿Por qué lloras, Aarón?”, él simplemente contestó, “Porque Adam está lastimado”. Por eso lo había llevado a casa, a alguien que supiera qué hacer; alguien que le limpiara y le vendara las heridas y lo ayudara a sentirse mejor. Lo había llevado a casa a recibir amor.

Así como un gemelo ayudó a su hermano necesitado, nuestro amado Salvador, el Señor Jesucristo, también a nosotros nos puede levantar, ayudar e incluso, en ocasiones, hasta llevarnos en Sus brazos. Él siente lo que sentimos; Él conoce nuestro corazón. Su misión fue la de enjugar nuestras lágrimas, limpiar nuestras heridas y bendecirnos con Su poder sanador. Él puede llevarnos de nuevo a la presencia de nuestro Padre Celestial con la fuerza de su incomparable amor.

Seguramente le complace al Señor cuando nosotros, Sus hijos, nos tendemos la mano el uno al otro para brindarnos ayuda a lo largo del camino y ayudar a otras personas a acercarse a Cristo. Él enseñó: “… en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25.40). Él quiere que “[lloremos] con los que lloran … y [consolemos] a los que necesitan de consuelo”(Mosíah 18:9), y que nos sirvamos “por amor los unos a los otros” (Gálatas 5:13).

Las palabras de Susan Evans McCloud lo expresan muy bien:

Quiero amarte, Salvador, y por Tu senda caminar,
recibir de Ti la fuerza para a otro levantar.
Quiero a mi hermano dar, sinceramente y con bondad,
el consuelo que añora y aliviar su soledad.
Quiero yo amar a todos, pues yo tengo Tu amor.
Mi deseo es servirte; pido que me des valor

Estimados hermanos y hermanas, con estas líneas expreso el humilde deseo de mi corazón al embarcarme gozosamente en la tarea de nuestro Padre Celestial de servir a las Mujeres Jóvenes de Su Iglesia. Ruego de manera constante que esta sierva dispuesta encuentre fortaleza y un faro de luz en el Señor.

La misión de las Mujeres Jóvenes y nuestro más grande deseo es el de ayudar a las mujeres jóvenes a crecer espiritualmente y ayudar a sus familias a prepararlas para venir a Cristo. Muchas de ellas ya están bien encaminadas; por ejemplo, cuando preguntamos a algunas jovencitas lo que les gustaba de la reunión sacramental, una de ellas dijo: “La Santa Cena, porque me recuerda a Jesús y todo lo que Él hizo por mí”. Otra dijo: “Nunca salgo de allí con el corazón vacío y me encanta tomar la Santa Cena”. Cuando preguntamos con qué frecuencia oraban, muchas dijeron: “Por la mañana y por la noche”. Ellas oran antes de presentar un examen en la escuela, oran ante la tentación, leen las Escrituras. Además de su propia preparación, estas hermosas joven citas son una bendición en la vida de los demás. Quisiera leerles la carta de un agradecido hermano que fue el beneficiario del cariñoso servicio que ellas prestaron:

“Las mujeres jóvenes [de mi barrio] literalmente me salvaron la vida. Yo era un obispo joven, de 29 años de edad; padre de cuatro hermosas hijitas, entre ellas una bebita, cuando mi esposa murió. Al hablar con cada una de ellas y preguntarles cómo les afectaría ese cambio en su vida, Emily, de seis años, la mayor de las cuatro, tenía muchas cosas que la preocupaban, entre ellas:

“¿Quién me va a peinar y a rizar el cabello para ir a la Iglesia y a ponerme listones y moños?”. Yo también me preguntaba lo mismo. ¿Quién? Me obsesionaba la idea de que la vida continuara siendo lo más ‘normal’ posible para todos, lo cual significaba que yo tendría que adaptarme a un modo de vida totalmente diferente. Yo era su padre y estaba solo para criarlas. Comprendí que no poseía las habilidades maternales necesarias, así que les pedí a las mujeres jóvenes del barrio que me enseñaran para que por lo menos aprendiera a peinar a las niñas Ellas vinieron a casa varias veces e iniciaron mi capacitación. Incluso me enseñaron a lavarle el cabello a mi bebita de seis meses con más facilidad. Cuando me ‘gradué’ del curso, me consideraba experto en hacer peinados muy lindos, aunque sencillos; sin embargo, más que el darme esa habilidad, esas mujeres jóvenes me dieron confianza en mi papel de padre de mis hijas, de que podía amarlas, cuidarlas y ser un apoyo para ellas sin importar lo que sucediera el resto de mi vida”. Gracias, hermano Michael Marston, por su delicada carta.

Ruego que los padres de esas extraordinarias jovencitas estén siempre agradecidos por la mayordomía que tienen de guiar a sus hijas con amor, que las líderes de las mujeres jóvenes comprendan la importancia eterna de su asignación, y que toda mujer joven comprenda lo bendecida que es por ser hija de un Padre Celestial que la ama mucho y desea que tenga éxito.

Para concluir, quisiera expresar mi gratitud, primeramente por el hogar en el que me crié, el cual estaba lleno con la clase de amor que Cristo enseñó; por el privilegio de estar junto a mi querido esposo, Stephen, donde siempre he sido bendecida, preparada y sostenida; y por hijos queridos cuyas vidas de apoyo tierno y constante nos inspiran, nos dan gozo y con frecuencia nos muestran el camino.

Doy testimonio de que al aceptar la invitación de venir a Cristo, nos daremos cuenta de que Él puede sanar todas las heridas, puede aligerar nuestras cargas y llevarlas por nosotros y podemos sentirnos “[envueltos] entre los brazos de su amor” (2 Nefi 1:15), en el nombre de Jesucristo. Amén.