“El Corazón Y Una Mente Bien Dispuesta”

M. Paramore


“Ustedes podrán hacer tanto bien que se quedaron atónitos al ver que ustedes mismos cambian y que otras personas cambian”.

Poseedores del sacerdocio de la Iglesia aquí en esta tierra, yo los saludo con respeto. Es un honor para mí estar en presencia de ustedes esta noche. El sacerdocio representado tanto aquí como en toda la tierra es maravilloso. Hace unos meses, me encontraba en el vestíbulo principal del Edificio de Administración de la Iglesia esperando el ascensor cuando llegaron tres hombres y le preguntaron al recepcionista: “¿Es aquí donde están los hermanos?” (refiriéndose a la Primera Presidencia). El recepcionista sonrió, y yo pensé: “La palabra ‘hermano’, ¡qué gran salutación!”.

A cualquier parte que vaya, el reconocimiento de que somos hermanos es instantáneo y tranquilizador. Regreso a casa después de cada asignación dando gracias a Dios por esta hermandad, así como por el amor y las obras buenas que veo. Ustedes son extraordinarios, mis amigos.

Varones del sacerdocio, recuerdo la anécdota de una maestra de escuela que, al comenzar el año escolar, preguntó a los alumnos lo que sus papás les habían enseñado sobre la autosuficiencia durante las vacaciones de verano. Después de que varios niños contaron su parte, le pidió a Johnny que contara la suya. Johnny contestó: “Mi papá me enseñó a nadar; me llevó al centro del Lago Utah, me echó por la borda y me dijo que nadara hasta la orilla”. “Vaya”, le dijo la maestra, “para eso sí que hace falta valor”. Johnny añadió: “Bueno, después de librarme de las pesas que me amarró, no estuvo tan mal”. Y bien, mis jóvenes amigos, la vida será un desafío, pero nuestro Padre Celestial nos ha proporcionado los medios para llegar al final de ella sin novedad. Hablemos de eso unos minutos.

El Señor desea que tengan la mejor de las experiencias al realizar su trayecto por esta tierra. Este puede ser un recorrido magnífico, literalmente lleno de miles de experiencias formidables y de confirmaciones espirituales si se orientan mediante las muchas oportunidades de escoger que tendrán a lo largo del trayecto. El sendero que nos ha marcado nuestro Padre Celestial está claramente señalado; sin embargo, las normas y las vías del mundo pueden engañarlos. Pero recuerden: “… vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio”

(1 Pedro 2:9). Ustedes son el medio por el cual la verdad, la virtud y la vida eterna se darán a conocer a todo el mundo. Iodos formamos parte de ese medio. Como el Señor dijo a José Smith en 1831, será preciso que todos tengamos “el corazón y una mente bien dispuesta” (D. y C. 64:34).

Jóvenes, la vida es eterna. El Señor Jesucristo y Sus siervos dan esperanza y testimonio al mundo de que la jornada que hacemos es desde la presencia de nuestro Padre hasta la tierra para volver después a la presencia de nuestro Padre Celestial a fin de vivir eternamente. Todos nosotros damos estas buenas nuevas al mundo; es un mensaje divino de vida sempiterna y de relaciones eternas: matrimonios y familias eternos, nada supera su significado, ni su valor ni su promesa. Con ese conocimiento y amor, podemos transformar esperanzas y sueños, podemos ayudar a otras personas a encontrar las verdades eternas, la paz interior y la seguridad que éstos brindan.

Por ejemplo, tengamos en cuenta a mi amigo Bob y cómo veló por un élder que fumaba. Casi todas las mañanas, iba a ver a ese miembro de su quórum y oraba junto con él con objeto de que venciera el hábito para luego ofrecerle caramelos o goma de mascar a fin de que le ayudaran durante el día. Más adelante, Bob contempló el día en que ese hermano y su esposa se estrechaban la mano sobre el altar del templo y eran sellados por la eternidad. ¿Qué fue lo que cambió las cosas y logró llevar eso a cabo? El Evangelio y “el corazón y una mente bien dispuesta”.

Jóvenes, quisiera dejarles unos pensamientos que les servirán para tener esa clase de “corazón y una mente bien dispuesta”. Primero, testificamos a este mundo que hay un Dios y que Él ha enviado a Su Hijo amado a confirmar la importancia de esta jornada a la tierra y de regreso. Él ha proporcionado el plan para realizar satisfactoriamente ese trayecto. Tan sólo debemos fiarnos “de Jehová de todo [nuestro] corazón, y no [apoyarnos] en [nuestra] propia prudencia” (Proverbios 3:5). Las filosofías de los hombres existirán siempre, pero no conllevan la promesa de la vida eterna, ni siquiera de la paz sobre esta tierra. Depositen toda su confianza en el Señor. SUS Escrituras y Sus profetas testifican de Él y señalan el camino.

Segundo, por medio de Su Hijo Jesucristo, Dios ha establecido límites morales, o sea, los mandamientos que Él nos da para ayudarnos a hacer la jornada sin contratiempos. Cuando, con “el corazón y una mente bien dispuesta”, somos obedientes a esos mandamientos, pasamos por el proceso de un cambio que modifica nuestro modo de pensar, de sentir, de vestir, así como la forma en que vivimos, lo que comemos y lo que bebemos y el modo de servir al prójimo. Como lo expuso Alma, hijo: “… llegan a ser nuevas criaturas” (Mosíah 27:26). Esos límites nos protegen; son primordiales para realizar el viaje a salvo.

Cuando yo tenía cinco años, mi madre me ayudó a aprender acerca de los “límites” al decirme casi todos los días: “Jimmy, no te acerques a las arenas movedizas”; éstas estaban a corta distancia de nuestra casa. Y bien, adivinen lo que hacían Jimmy y sus amiguitos. Pues nos íbamos a las arenas movedizas. Una vez, al acercarnos a ellas, uno de mis amigos comenzó a caminar por esas arenas algo húmedas y más oscuras; se veían casi igual que el resto de la arena. Al principio no podía mover bien los pies y todos nos reímos; pero en seguida comenzaron a hundírseles y se llenó de pánico. Al ver que no podía salir de allí, comenzó a gritar. Los demás corrimos lo más rápido que pudimos hasta la casa de un ganadero gritando a voz en cuello. El de inmediato tomó una soga y corrió con nosotros hasta el sitio donde se encontraba el niño que ya estaba hundido hasta la cintura. Al llegar, en seguida lo enlazó con la cuerda, la cual nosotros sostuvimos mientras él extendió un tronco sobre la arena y caminó por él hasta que llegó junto al chico y lo sacó.

Aprendemos que cuando traspasamos los límites del Señor, a menudo quedamos atrapados en una especie de arenas movedizas. Las vías del mundo son a menudo como éstas y pueden ser muy dañinas, pues buscan desviarnos de los límites del Señor, es decir, Sus mandamientos. Esas vías del mundo (las drogas, el beber, el fumar, el vivir juntos sin casarse, cierta clase de música, etc.):

  • parecen muy atractivas,

  • parecen ser lo normal,

  • parecen ser aceptadas por todos y

  • son ensalzadas en la televisión, en las películas, en Internet, en videos, etc.

Esas cosas nos sacan de los límites que el Señor ha establecido. Si se siguen, llevan a la desesperación, a la mala salud y a dificultades económicas y de otros tipos.

Los límites del Señor se exponen en el folleto La fortaleza de la juventud: son claros y son una gran bendición para todo el que los respete y los obedezca. Los misioneros y los miembros procuramos ayudar a la gente a hallar y a valorar los mandamientos, o sea, los límites del Señor. Si la obra se realiza con “el corazón y una mente bien dispuesta”, o, en otras palabras, con anhelo, felicidad y entusiasmo, tal como el presidente Hinckley al recorrer toda la tierra, nos hará diferentes, comprensivos y agradecidos por cada oportunidad que aprovechemos.

Tercero, Jóvenes y, sí, mayores por igual, comiencen cualquier empresa teniendo presente el resultado final ¿Dónde desean estar a los diecinueve años de edad o después de jubilarse? ¿En la misión? Tomen esa decisión esta misma noche. Les prometo que la misión cambiará su vida y la de otras personas al dirigirlos Dios en ella. Todo lo que Él requiere es “el corazón y una mente bien dispuesta”. Ustedes podrán hacer tanto bien que se quedarán atónitos al ver que ustedes mismos cambian y que otras personas cambian.

En una reunión de testimonios que se efectuó en la ciudad de Bari Italia, se podrán imaginar mi sorpresa cuando un joven se puso de pie y dijo: “Si no hubiera sido por los misioneros, yo no estaría aquí hoy”. Luego relató que hacía treinta años los élderes Ben Walton y James Paramore habían encontrado a su madre y a sus abuelos en París, Francia Después de muchas reuniones, la familia se bautizó. Ahora su hijo se hallaba en la misión. Posteriormente me enteré de que a través de los años, por medio de esa familia, se habían bautizado más de 170 personas. Yo tuve el privilegio de cumplir una misión y esos dos años y medio fueron decisivos para mi testimonio, y no me canso de dar gracias a Dios por ello.

Testifico que Dios vive, que Su Hijo es el Redentor y que este Evangelio bendecirá a todas las personas de todas partes. Que todos

  • confiemos en Dios y en Su Hijo,

  • que vivamos dentro de los límites que Ellos nos han dado y que

  • comencemos cualquier empresa teniendo presente el resultado final”

Recuerden que el Señor dijo: “… porque yo honraré a los que me honran” (1 Samuel 2:30). Ruego que ése sea nuestro destino, en el nombre de Jesucristo. Amén.