La Esperanza Por Medio De La Expiacion De Cristo

A. Maxwell


“…la verdadera esperanza es mucho mas que una simple meditación. No debilita, sino que aumenta nuestra fortaleza espiritual”.

Hermanos y hermanas, me siento muy agradecido de estar hoy con ustedes. Todavía tengo la cabeza un tanto brillante, pero no porque mis amigos peluqueros hayan magnificado su llamamiento, sino que más bien refleja los tratamientos adicionales que están produciendo resultados positivos, a pesar de los diferentes estilos de peinado que presento entre una y otra conferencia.

Mi gratitud continua aumentando, principalmente hacia el Señor, luego hacia mi esposa y mi familia, tan especiales, hacia los competentes y esmerados médicos y enfermeras, y hacia tantos amigos y miembros que oran por mí.

Por un sinnúmero de razones, hermanos y hermanas, la sociedad actual parece esforzarse por tener esperanza. Las causas y los efectos relacionados con esto se entremezclan sutilmente.

En el uso cotidiano que damos a la palabra esperanza se incluyen ideas como la “esperanza” de llegar a cierto destino a cierta hora; la “esperanza” de que mejore la economía mundial; la “esperanza” de que nos visite un ser querido. Y esto simboliza nuestras sinceras pero temporarias esperanzas.

Las desilusiones de la vida representan con frecuencia los escombros de nuestras frustradas esperanzas temporarias. Sin embargo, acá me refiero a la indispensable necesidad de una esperanza definitiva.

Al final, la esperanza es un asunto distinto. Esta ligada a Jesús y a las bendiciones de la grandiosa Expiación, bendiciones cuyo resultado es la Resurrección universal y la inestimable oportunidad que nos ofrece, de ese modo, de practicar el arrepentimiento emancipador haciendo posible lo que las Escrituras llaman “un fulgor perfecto de esperanza” (2 Nefi 31:20).

Moroni confirmó: “¿Y que es lo que habéis de esperar? He aquí, os digo que debéis tener esperanza, por medio de la expiación de Cristo” (Moroni 7:41; véase también Alma 27:28). La verdadera esperanza, por lo tanto, no esta relacionada con lo inconstante y temporario, sino con lo que es inmortal y eterno.

No es de sorprender que la esperanza este entretejida con otras doctrinas del Evangelio, en especial, con la fe y la paciencia.

Tal como la duda, la desesperanza y la insensibilidad van de la mano, así también sucede con la fe, la esperanza, la caridad y la paciencia. Pero estas cualidades deben nutrirse cuidadosa y constantemente, mientras que la duda y el desaliento, como la maleza, precisan muy poco estimulo para germinar y dispersarse ¡Lamentablemente, el desaliento sobreviene con naturalidad al hombre natural!

La paciencia, por ejemplo, nos permite enfrentar mas equilibradamente el desequilibrio de las experiencias de la vida.

La fe y la esperanza se relacionan constantemente entre sí pero no siempre pueden distinguirse fácil o precisamente. Sin embargo, las expectativas de la esperanza definitiva son indudablemente seguras (véase Eter 12 4; véase también Romanos 8:24; Hebreos 11:1; Alma 32:21). Aun así, en la perspectiva geométrica de la teología restaurada, la esperanza es correspondiente a la fe, aunque a veces abarca una circunferencia mayor. La fe, a su vez, constituye “la certeza de lo que se espera” y la prueba de “lo que no se ve” (Hebreos 11:1; véase también Eter 12:6). Por ese motivo, la esperanza suele extenderse mas allá de los actuales confines de la fe, pero siempre emana de Jesús.

No es de extrañar que haya almas a las que sea más fácil estimular e incitar con el real “toque de diana” de la esperanza que con cualquier otro estímulo. Aun cuando algunos camaradas flaqueen o abandonen las filas, “tenemos en Dios gran confianza … alegres de ver su fulgor” (Himnos, Nº 10; véase también 1 Pedro 1:3). La esperanza fue lo que hizo que los desalentados discípulos fueran apresuradamente y con gran expectativa al sepulcro vacío (véase Marcos 16:1-8; Lucas 24:8-12). Fue la esperanza lo que hizo que un profeta viera lluvia renovadora en una nube distante, que parecía no ser más grande que la mano de un hombre (véase 1 Reyes 18:41-46).

Esa esperanza definitiva constituye el “ancla del alma” y se preserva mediante el don del Espíritu Santo y la fe en Cristo (Hebreos 6:19; véase también Alma 25:16; Eter 12:9). En contraste, el percibir la vida sin la expectativa de la inmortalidad puede disminuir no solo la esperanza sino también el sentido de la responsabilidad personal (véase 2 Corintios 5:19; Alma 30: 18).

Es verdad que el panorama humano incluye a mucha gente que desempeña con decencia sus labores en la vida sin tener o sin expresar profundos sentimientos religiosos, pero que, sin embargo, aprovechan sin saber “la luz de Cristo”, la cual ilumina, hasta cierto punto, a todo ser humano (véase D. y C. 84:46; Moroni 7:16; Juan 1:9). Es de encomiar que haya otras personas que abiertamente reconozcan haber tenido inspiraciones espirituales que les sostienen.

No obstante, por ser las esperanzas temporarias tan vulnerables a los hechos irónicos e imprevistos, hay en el mundo un creciente y profundo desaliento existencial. Un enconado cinismo invade el campo de la política. Mucha gente se siente abrumada por la acumulación de otras aflicciones sociales.

Aun aquellos que se hallan espiritualmente seguros pueden percibir que esa atmósfera se enfría; el frío materialismo causa algo de esa aprensión, y hay muchos que se han dado a lo que el senador Patrick Moynihan llamó la “justificación decadente de la desviación” (“Defining Deviancy Down”, The American Scholar, Invierno de 1993, pág. 17). Gran parte de la desesperanza realmente proviene de la iniquidad, pero de la iniquidad según la define Dios (véase Moroni 10:22).

Existen gran inquietud y desacuerdo. No debe extrañarnos el que la resultante perdida de la esperanza casi inevitablemente cause un incremento en el egoísmo humano a medida que, abandonándose, muchos se contentan con complacerse a sí mismos.

Cuando se pierde la esperanza, según Pablo indicó, la tendencia de algunos es comer y beber razonando que “mañana moriremos”, guiados por la errónea idea de que “cuando moría el hombre, allí terminaba todo” (1 Corintios 15:32; Alma 30: 18).

Aunque lamento las amenazantes tormentas, creo que algo provechoso resultara de ellas. Los acontecimientos contribuirán a volver la atención de la humanidad hacia los caminos mas altos de Dios y hacia Su Reino, el cual llegara a ser “resplandeciente como el sol, [y] claro como la luna” (D. y C. 105:31).

Tanto el hombre como las naciones continuaran escogiendo lo que quieran, pero no podrán cambiar las consecuencias finales de lo que quieran.

Por lo tanto, en este apresurado proceso madurador, no nos sorprendamos al ver que la cizaña tiene cada vez mas el aspecto de cizaña. En estos tiempos en que las naciones están angustiadas por la incertidumbre, veremos en realidad algunas turbulencias redentoras. “Porque el reino del diablo ha de estremecerse, y los que a él pertenezcan deben ser provocados a arrepentirse …” (2 Nefi 28:19.)

Tal provocación será algo real, aunque sólo poden os imaginar cómo habrá de suceder.

Mientras tanto, los que tienen la esperanza definitiva aceptan la veracidad de este breve versículo: “Mas todas las cosas tienen que acontecer en su hora” (D. y C. 64:32).

Esta bien, por consiguiente, meditar en cuanto al estado de la esperanza en nuestra actual circunstancia humana, cuando los mandamientos de Dios parecen carecer de importancia para tantas personas. Es cierto que, como dicen las Escrituras, “no es cosa común que la voz del pueblo desee algo que sea contrario a lo que es justo” (Mosíah 29:26); pero si esto ocurre produciendo un cambio universal en las actitudes de la sociedad, descenderán entonces los juicios de Dios (véase Mosíah 29:26, 27). Sólo la aceptación de las revelaciones de Dios puede proporcionar la dirección y la corrección necesarias y, a su vez, “un fulgor perfecto de esperanza” (2 Nefi 31:20).

La verdadera esperanza nos mantiene “anhelosamente consagrados” en buenas causas, aun cuando estas parezcan ser causas perdidas en la opinión del mundo (véase D. y C. 58:27). De igual manera, la verdadera esperanza es mucho más que una simple meditación. No debilita, sino que aumenta nuestra fortaleza espiritual. La esperanza es serena, no inconstante, anhelosa sin ser ingenua, y gratamente firme sin ser arrogante. La esperanza es una expectativa bien fundada que toma la forma de una determinación no sólo de vencer a la adversidad sino, mas todavía, de “sobrelleva[rla] bien”, de perseverar hasta el fin (D. y C. 121:8).

Aunque es, por lo general, un atributo “vivaz”, la esperanza nos acompaña serenamente en los funerales. Nuestras lagrimas corren igualmente, pero no son causadas por la desesperanza; mas bien, son lagrimas de acrecentado aprecio provocado por la separación. Esas lágrimas de separación se convertirán, sin que pase mucho tiempo, en lágrimas de gloriosa expectativa.

La verdadera esperanza inspira un discreto servicio cristiano, no una demostración ostentosa de fanatismo público. Finley Peter Dunne observó con cierta picardía: “Fanático es aquel que hace lo que cree que el Señor haría si conociera las circunstancias” (citado en The Third- And Possibly the Best- 637 Best Things Anybody Ever Said, comp. por Robert Byrne, [1986], Nº 549).

En verdad, cuando somos indebidamente impacientes en cuanto al horario de un Dios omnisciente, estamos realmente sugiriendo que sabemos mejor lo que conviene. Es extraño, ¿verdad? que nosotros, que usamos un reloj de pulsera, tratemos de aconsejar a quien administra los relojes y los calendarios cósmicos.

Debido a que Dios quiere que regresemos a Él después de haber llegado a ser mas como Él y como Su Hijo, parte de este proceso de desarrollo consiste, necesariamente, en mostrarnos cuales son nuestras debilidades. En consecuencia, si poseemos la esperanza definitiva seremos sumisos porque, con Su ayuda, esas debilidades pueden aun convertirse en puntos fuertes (véase Eter 12:27).

No es cosa fácil, sin embargo, que nos muestren nuestras debilidades, puesto que las circunstancias de la vida nos las manifiestan con regularidad. No obstante, ello es parte de venir a Cristo y una parte esencial, aunque dolorosa, del plan divino de la felicidad. Además, como ha observado el élder Henry Eyring con sabiduría, “quien más que instrucción prefiera el elogio, quizás no adquiera ni lo uno ni lo otro” (“To Choose and Keep a Mentor”, discurso pronunciado en la conferencia universitaria anual de 1993, Universidad Brigham Young, 1993, pág. 42).

Al perseverar con esperanza, podemos, con frecuencia y gran gozo, avanzar hasta lo que ayer era el lejano horizonte y obtener aun mayores esperanzas de nuestras propias experiencias. De ahí que Pablo haya descrito cómo “la tribulación produce paciencia, y la paciencia prueba, y la prueba esperanza” (Romanos 5:3-4). Debido a eso, con justicia alabamos a Dios cantando: “Probamos ya bien Su bondad” (Himnos, Nº 10).

Es cierto que incluso aquellos que abrigan la verdadera esperanza a veces ven sus circunstancias personales agitadas como si fuera en un calidoscopio. Sin embargo, con el “ojo de la fe”, aun en medio de sus alteradas circunstancias temporarias, todavía ven un designio divino (véase Alma 5:15).

El que esta lleno de esperanza, por ejemplo, aun rodeado de la decadencia, se esfuerza por lograr una familia fuerte y feliz. Su manera de responder es la misma, firme, de Josué: “Yo y mi casa serviremos a Jehová …” (Josué 24:15).

Quizás no podamos componer el mundo entero, pero sí podemos esforzarnos por reparar todo lo que este errado en nuestra propia familia. Tolkien nos advierte: “No es nuestro deber controlar todo lo que pasa en el mundo, sino hacer lo que este a nuestro alcance en bien de los años de que dispongamos, destruyendo la maleza para que quienes vengan después puedan labrar una tierra limpia. Pero no esta en nuestras posibilidades controlar las circunstancias en las que ellos vivan” (The Return of the King”, [1965], pág. 190).

Por lo tanto, hermanos y hermanas, en nuestras pequeñas parcelas familiares podemos legar a las generaciones venideras “una tierra limpia” para el cultivo. Y así, no sólo la caridad sino también la esperanza comienza por casa.

Sea cual sea nuestro surco particular, podemos, como sugirió Pablo, “arar con esperanza”, sin mirar atrás ni permitir que el pasado impida nuestro futuro (1 Corintios 9:10).

La esperanza genuina y definitiva nos ayuda a demostrar mas amor, aun cuando el amor de muchos se enfríe (véase Mateo 24:12). Podemos ser mas santos, aun cuando el mundo madure en la iniquidad; más corteses y pacientes en un mundo grosero y descortés; y ser de corazón fuerte aun cuando desfallezca el corazón de los demás (véase Moroni 10:22).

La esperanza puede ser contagiosa, especialmente si hemos de estar “siempre preparados para presentar defensa … ante todo el que [nos] demande razón de la esperanza que hay en [n]osotros” (1 Pedro 3:15). El presidente Brigham Young dijo que si no impartimos conocimiento a otros y hacemos el bien, se nos reducirá el entendimiento en cuanto a nuestras percepciones y sentimientos (Véase Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia, pág. 12).

Si buscamos algo específico que hacer, el Espíritu Santo nos guiara y nos mostrara “todas las cosas” que debemos hacer, porque esa es una de Sus funciones inspiradoras que cumple (véase 2 Nefi 32:5). Nuestras oportunidades para ayudar a otros que hayan perdido la esperanza bien podrían estar no mas allá de nuestros propios familiares, de algún desalentado vecino o de alguien a la vuelta de la esquina. Es mucho lo que podemos hacer por los demás: ayudar a un niño para que aprenda a leer, visitar a un paciente solitario en una casa de reposo o simplemente hacer una diligencia o tramite por un abrumado padre o madre. Asimismo, una simple conversación sobre el Evangelio puede impartir esperanza. Mientras tanto, no importa que el mundo se divida entre los que son profanos e indulgentes y los que se ajustan a los valores espirituales.

Por consiguiente, al ser bendecidos por nuestra esperanza, en vez de reducirnos, tratemos, como discípulos, de llegar a todos aquellos que, sea cual sea la razón, se hayan movido “de la esperanza del evangelio” (Colosenses 1:23).

Como lo sugieren las palabras de Charles Wesley en cierto himno [no traducido], nuestra vida y nuestro tiempo se deslizan con premura y los senderos por donde nos deslizamos varían sin cesar, como bien lo sabemos. Pero todos los que hayan perseverado en la paciencia de la esperanza y en la labor del amor escucharan las gloriosas palabras: “‘Bien, buen siervo y fiel … entra en mi gozo y siéntate en mi trono”‘ (Hymns, Nº 217).

Ruego que podamos algún día alcanzar ese glorioso momento por medio del Evangelio de esperanza. En el nombre de Jesucristo. Amen.