Amor y servicio

B. Haight

del Quórum de los Doce Apóstoles


B. Haight
“Permítanme recordarles, a todos ustedes, en cuanto a la gran necesidad que tenemos, a medida que avanza el programa misional, de tener matrimonios misioneros que ayuden a fortalecer las ramas y las estacas en todo el mundo, al aumentar el número de conversos en la Iglesia”.

Mis queridos hermanos y hermanas: ¡qué hermoso día! ¡Qué día tan maravilloso es éste! ¡Qué maravilloso es el estar vivos en este tiempo y qué maravillosa época para ser miembros de la Iglesia!

Aunque mi vista ya no es tan buena como antes, a medida que envejezco voy descubriendo que mi visión se mejora, que con el transcurso del tiempo puedo percibir un panorama más amplio. Contemplo a mi [esposa] Ruby, bendita sea, allí sentada-este año celebraremos nuestro 69 aniversario de bodas-y mi corazón rebosa de gratitud por las bendiciones que he recibido y por la influencia que la Iglesia ha ejercido en mí y en mi vida teniendo a Ruby a mi lado, y por los hijos que hemos criado, Bruce y Robert, y nuestra hija, Karen, y sus respectivas familias. También en estos momentos puedo ver con los ojos de la imaginación, no sólo aquí en Utah sino en California, en Texas, en Carolina del Norte y en Boston, a mis biznietos frente al televisor. Y quizás estén diciendo: “Ese anciano es el Abuelo; parece que ya se está poniendo viejo, ¿no? Pero es nuestro abuelo”. Y a todos ellos les expreso mi gratitud.

Al envejecerme y contemplar el mundo y la vida que he vivido, presiento que nuestra gran recompensa está realmente en el amor que compartimos y en el servicio que prestamos.

Hace algunos años, hallándome en un avión casi al terminar un viaje después de cumplir cierta asignación, se me acercó la azafata para preguntarme si deseaba algo de tomar, quizás una bebida. Le pedí que me trajera una gaseosa o un refresco de limón.

Al servirme la bebida, ella se fijó en el alfiler de mi corbata. En ese alfiler, que ahora tengo en la mano, el cual usábamos hace años en la Misión Escocesa, se apreciaba el emblema de la familia real inglesa, pero en el centro del escudo habíamos grabado el Templo de Londres. Así que este alfiler tenía el templo encima del escudo y la azafata, al servirme la gaseosa, me dijo: “¡Qué prendedor tan raro! ¿Qué es lo que tiene encima?”.

Le respondí: “Es un templo”.

La joven replicó: “¿Un templo? ¿Un templo de qué?”.

Le dije: “Un templo del Señor”.

Y ella contestó: “¿Un qué?”.

Le dije: “Es un templo del Señor”.

Pude percibir que ella mostró cierto interés cuando me preguntó: “¿A qué iglesia pertenece usted?”.

Le hablé de nuestra Iglesia y, respondiendo a su interés, le dije: “Si me da su nombre y dirección, le enviaré a un par de jóvenes para que la visiten y le expliquen en cuanto a este templo y otros templos”.

Echándome una mirada un poco extraña, ella se alejó. Pocos momentos después regresó y me entregó un trozo de papel con su nombre: Penny Harryman, y una dirección en Los Ángeles (California).

Llamé al presidente de la misión y le encomendé, como hacemos siempre: “Envíe a dos de sus mejores

misioneros. Quiero que usted vaya y visite a esta joven”, porque le dije a ella: “le enviaré a algunos jóvenes para que la visiten y si hace lo que ellos le pidan que haga, y si les escucha, le prometo que recibirá las más grandes bendiciones que pueda tener en su vida”.

Poco más de un año después, recibí una llamada telefónica en mi oficina y la voz de una joven me dijo: “Me llamo Penny Harryman. ¿Se acuerda de mí?”.

Y le contesté: “Por supuesto que sí”.

“¿Podría usted”, me dijo, “hacer los arreglos para casarnos a mí y a mi novio en el Templo de Salt Lake, si fijáramos una fecha?”

Le dije: “Por supuesto que lo haré”.

En tanto que sellaba yo a esta joven a su joven novio, a quien había conocido durante su conversión, me enteré que la madre de ella andaba caminando por la Manzana del Templo pensando en qué estaríamos haciéndole a su hija en el templo, al cual ella no podía entrar.

Con el transcurso del tiempo, lo que va siendo más importante en nuestras vidas es el amor que compartimos y el servicio que prestamos.

Después de Su resurrección, sabemos que el Salvador se apareció varias veces. Una de ésas fue cuando se reunió con Pedro y los pescadores en las playas de Galilea. Era evidentemente muy temprano por la mañana cuando les preguntó si estaban teniendo éxito en la pesca. Ellos respondieron que no y El les sugirió que echaran sus redes por el otro lado. Entonces, según el relato que tan bellamente registró Juan, echaron las redes y consiguieron gran cantidad de peces.

Allí se encontraba El Salvador. Juan nos dice que había unas brasas puestas y que comieron pescado y pan. Y en esa ocasión, el Salvador le dijo a Pedro: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos?” (Juan 21:15; véanse los versículos 1-17). Indudablemente le estaba señalando los peces que quizás saltaban todavía en las redes.

“¿Me amas más que éstos?” Ellos

eran gente pobre. Bien podían tomar los peces y venderlos, venderlos por dinero o sacarles algún provecho.

Indicando que el Salvador sabía todas las cosas, Pedro respondió: “Tú sabes que te amo”. Y el Salvador le dijo: “Apacienta mis corderos” (versículo 15).

Por segunda vez, el Salvador le preguntó a Pedro: “¿Me amas?”. Pedro se entristeció porque el Salvador se lo preguntaba de nuevo. Y el Salvador le dijo: “Pastorea mis ovejas” (versículo 16).

Entonces, por tercera vez, le preguntó: “¿Me amas? … Apacienta mis ovejas” (versículo 17).

¿Qué estamos haciendo? Al tratar de manifestarle al Salvador en este día tan importante para todos nosotros en el que celebramos, predicamos y enseñamos en cuanto a la Resurrección y al hecho de que el Salvador rompió las cadenas de la muerte, ¿qué estamos haciendo y cómo le demostramos el amor que sentimos por Él? ¿No debiera ser acaso mediante nuestra obediencia y a través de nuestro servicio y lo que hacemos con el tiempo que tenemos?

Días pasados recibí una carta muy interesante del presidente de una estaca en la región de Phoenix, Arizona. En ella me preguntaba si podría hacer los arreglos para visitarlos y participar en una charla fogonera. Quería que me dirigiera a los “pájaros de las nieves”. Indicaba que cientos de personas-o “pájaros de las nieves”- se van a Arizona en el invierno, procedentes de varias regiones de los Estados Unidos, para residir allí durante los meses fríos. Y me dijo: “Todos son gente jubilada, gente muy buena y muy capacitada. Vienen y se establecen en nuestros barrios”. Si algunos de ustedes son “pájaros de las nieves”, como sabrán, pueden pasar una temporada en Arizona y otra en cualquier otro lugar, y por lo tanto tienen libertad para hacer lo que se les ocurra.

Permítanme recordarles, a todos ustedes, en cuanto a la gran necesidad que tenemos, a medida que avanza el programa misional, de tener matrimonios misioneros que ayuden a fortalecer las ramas y las estacas en todo el mundo, al aumentar el número de conversos en la Iglesia.

Muchos de ustedes habrán oído acerca de lo que aconteció en Mongolia, cuando Ken Beesley estuvo allá y ayudó al gobierno a establecer una institución de estudios avanzados, enseñándoles en cuanto a programas educacionales y administrativos, y entre tanto fue abriendo las puertas a la Iglesia.

Quizás también habrán oído acerca del presidente Gary Cox y su esposa, la hermana Joyce Cox, quienes fueron llamados para ir allá como misioneros y luego como presidente de misión, y el maravilloso servicio que prestaron.

Y luego fueron el Dr. John Bennett y su esposa, Carolyn, quienes habían servido en Mongolia y que comentaron que creían que iban a ser llamados a las Islas Canarias ya que alguien de allí les había invitado a ir de visita, pero cuando recibieron el llamado para ir a Mongolia, se quedaron muy sorprendidos. Tiempo después leí algunos de los comentarios que hicieron sobre lo que les había pasado en Mongolia, las numerosas personas que conocieron y el servicio que prestaron. Y aunque entre tanto en casa había muerto uno de sus hermanos y se habían casado algunos de sus hijos, dijeron: “Mientras ocurrían todas esas cosas, pudimos mantenernos siempre en contacto telefónico”.

Piensen en lo que ha ocurrido ahora en Mongolia, donde tenemos unos 1.300 miembros y nueve ramas.

También recuerdo el caso del hermano Ken Woolstenhulme y su esposa, Karren, de la localidad de Oakley, Utah, quienes querían ir a algún lugar donde hubiera mucha actividad y fueron enviados a Perth, Australia. Ahora se encuentran en una pequeña rama a casi 500 kilómetros al norte de Perth, en una localidad desde donde escriben y comentan sobre el entusiasmo que ahora es parte de sus vidas a medida que observan y forman parte del desarrollo de la Iglesia en ese lugar del mundo.

Si ustedes se han jubilado ya y se preguntan qué podrían hacer en los años que les quedan por vivir, quiero que sepan que les espera todo un mundo repleto de emociones. Pienso en Talmage Nielsen, de aquí, de Salt Lake City, un médico jubilado, y su esposa, quienes han servido como misioneros en Sudamérica y en Frankfurt, Alemania, ayudándonos con las personas que padecen problemas de salud, así como también ayudando en cuestiones médicas en Rusia. Después de haber permanecido en su hogar lo suficiente como para dar un beso de saludo y otro de despedida a los nietos, fueron llamados a servir en Hawai, donde él desempeñó el cargo de director del centro de visitantes. Yo sé que han disfrutado mucho el tiempo, las experiencias y las bendiciones al servir juntos en esas tres misiones.

Recientemente hablé con él y le dije: “Y ahora, ¿qué piensa hacer con el resto de su vida?”, a lo que él respondió: “Bueno, tengo ya 72 años de edad”.

Entonces le dije: “¿72 años? Pues ¡yo le llevo 20 años! Y cuando pienso en lo que me ha sucedido a mí en los últimos 20 años, Talmage, piense en lo que usted podría hacer todavía al ir por el mundo”.

Quiero dar a ustedes mi testimonio de que el Evangelio es verdadero, que Dios vive, que Él es nuestro Padre y que de alguna manera milagrosa nos toca el corazón y la conciencia con respecto a la veracidad de esta obra. Podemos percibirlo, podemos sentirlo y sentir Su amor y Su misericordia para con todos nosotros.

Ruego que podamos vivir los principios del Evangelio. Ruego que utilicemos eficazmente nuestro tiempo, todo el tiempo que nos quede. Lo ruego humildemente al dejar con ustedes mi amor y mi testimonio de la veracidad de esta obra, en el nombre de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Amén.