El sacerdocio y el hogar

Lee Tobler


“Hay una forma para que cada barrio, por medio de los consejos, tiendan una mano de ayuda a est[as]… familias [en las que no haya un poseedor del sacerdocio] y les abran el camino que conduce al templo”.

Mis amados hermanos del Sacerdocio Aarónico y de Melquisedec, es una bendición especial el estar ante este púlpito desde el cual profetas y apóstoles de Dios y hombres y mujeres rectos y capacitados han enseñado y aconsejado durante muchas décadas a los miembros de la Iglesia. Mi humilde deseo esta noche es ser una voz de aliento a los líderes del sacerdocio, en particular a los consejos de estaca y de barrio, para que aumenten su atención para con las familias de la Iglesia que todavía no tienen la bendición del Sacerdocio de Melquisedec en sus hogares. Éstas son familias cuyo padre todavía no ha recibido el sacerdocio, que es tan necesario para bendecir y guiar a su familia. Para estas familias, la plenitud del Evangelio, en particular las bendiciones del templo, esperan no sólo el esfuerzo que ellas hagan, sino también los esfuerzos amorosos de los miembros de la Iglesia que ya comprenden lo que significan las ordenanzas del templo para la familia.

Desde niños, fuimos criados en un hogar donde se entendía claramente que el sacerdocio era esencial para la vida, tal como el agua que bebíamos lo era para satisfacer nuestra sed. Mi madre había experimentado en su propia y numerosa familia el gozo de convertirse a la actividad plena en la Iglesia y luego, como familia, ir al Templo de Salt Lake. A la edad de cuarenta y siete años mi abuelo Shoell había recibido el sacerdocio y todas las bendiciones que él conlleva. Mi madre, luego de terminar una misión regular, solicitó una bendición especial del sacerdocio en la que pidió ser guiada hacia un digno poseedor del sacerdocio que no sólo llegara a ser su esposo, sino que en el sacerdocio fuera un digno padre de sus hijos. Después de esa bendición del sacerdocio, se cumplieron todos sus justos deseos, tanto para ella como para nosotros como familia en el sur de Nevada. Desde el principio, fuimos una familia establecida en el sacerdocio y en las ordenanzas del Evangelio restaurado, especialmente las sagradas ordenanzas del templo, lo que nos dio, a los hijos, un sentimiento de ser parte de un todo, no sólo de nuestros padres, sino de todos los parientes de ellos.

Desde temprana edad aprendimos sobre el poder sanador del sacerdocio cuando mi padre, a veces solo y otras veces con la ayuda de hombres del barrio, ejercía ese sacerdocio en nuestro hogar. En la década de 1930, no había doctores en ese pequeño pueblo pionero de Nevada; los más cercanos estaban en Las Vegas o en Saint George. Lo primero que se ocurría en caso de accidentes o enfermedad era recibir una bendición invocando ese poder del sacerdocio. Recuerdo que mi madre decía de vez en cuando: “Aquí en Bunkerville no tenemos doctores, pero tenemos el sacerdocio para bendecirnos, y eso es suficiente”. Y poderosas eran las bendiciones que calmaban y tranquilizaban tanto al joven como al anciano. Nunca nos sentíamos desamparados cuando el sacerdocio estaba allí. Siempre he estado agradecido por el conocimiento que obtuve a esa temprana edad del poder del sacerdocio de Dios en nuestro hogar.

Los hogares de hoy en día enfrentan desafíos sin precedentes que están destrozando la fibra misma de la familia, que están quitando de los hogares el sentimiento de paz y de confianza con respecto al futuro. Las fuerzas malignas que hacen alarde de la conducta inmoral, de la falta de honradez y de la esclavitud por medio de las drogas parecen estar fortaleciéndose. Esos asuntos y desafíos morales con toda seguridad que no van a desaparecer; también nos daremos cuenta de que los problemas temporales con respecto al vivir diario se intensificarán. Todos nos hemos llegado a dar cuenta de que el empleo no es tan seguro como solía serlo en el pasado ahora que las instituciones comerciales y de otra índole a través del mundo se fusionan y se consolidan para ser más competitivas. La granja manejada a nivel familiar se expone cada vez más a los mercados mundiales y a las condiciones económicas generales y no a las condiciones locales o nacionales, como en el pasado.

Prácticamente en todas las actividades, las condiciones siempre cambiantes del mundo abruman a las familias y son la causa de un sentimiento de inquietud por parte de los padres y de los hijos. Esas condiciones, sumadas a la erosión constante de los valores morales, se pueden enfrentar mejor dentro de la familia. Esto se logra cuando los poderes de rectitud se usan con eficacia en el hogar bajo el digno liderazgo del sacerdocio del padre, unido por igual con una madre buena y recta.

De hecho, en la carta fechada el 11 de febrero de 1999, dirigida a todos los miembros de la Iglesia en el mundo, la Primera Presidencia hizo un llamado a los padres para que dediquen sus mejores esfuerzos a la enseñanza y crianza de sus hijos con respecto a los principios del Evangelio. Además aconsejaron que el hogar es el fundamento de una vida recta y que ningún otro medio puede ocupar su lugar ni cumplir sus funciones esenciales.

Siempre que se encuentra en su lugar el cimiento del sacerdocio para hacer frente a estos desafíos de la familia, como en el hogar de mi juventud, no temeremos a las consecuencias que traerán los años futuros. Tal vez salgamos golpeados y agotados, pero el resultado tendrá un valor eterno sumamente elevado. Las familias en las que se honra y se ejerce el sacerdocio podrán soportar las presiones actuales y convertirse en familias eternas y, durante el proceso, los miembros individuales de la familia se habrán perfeccionado y preparado para las recompensas de los fieles.

En todos los barrios y las ramas hay muchas familias sin el sacerdocio; en esas familias hay esposos y padres que simplemente están aguardando una invitación que los apoye para prepararse para recibir el Sacerdocio de Melquisedec. Sus respectivas esposas oran y esperan esa mano amiga. Son hombres que, por medio de nuestra enseñanza y cuidado, pueden llegar a ser capaces de poseer ese sacerdocio; pueden ser padres que den revelación y guía a su familia; pueden ser padres que den bendiciones a sus propios hijos; que los bauticen y los confirmen. El esposo y la esposa irán al templo y llevarán a sus hijos a él para sellarse por esta vida y la eternidad. Ordenarán a sus hijos al sacerdocio y bendecirán a sus hijos e hijas durante épocas de enfermedad y de salud. La mayoría de ellos ya son buenos proveedores de las necesidades temporales de su familia y ahora deben aprender a proveer para su familia en un sentido espiritual y eterno.

Hay una forma para que cada barrio, por medio de los consejos, tiendan una mano de ayuda a todos estos hombres y mujeres y sus familias y les abran el camino que conduce al templo. ¿De qué otra forma recibiremos, tanto ellos como nosotros, la exaltación o sobrellevaremos los desafíos que nos esperan más adelante? Quisiera suplicar a los obispos y a los presidentes de rama, a los quórumes del Sacerdocio de Melquisedec, a los consejos de barrio y de rama, que consideren un asunto de suma prioridad el tender una mano de ayuda a esas familias con espíritu de oración y de consideración. La Iglesia de Cristo logrará su pleno potencial cuando estas familias sean resguardadas bajo el manto del sacerdocio. Testifico de El y de Su gran obra, en el santo nombre de Jesucristo. Amén.