El poder del enseñar la doctrina

B. Eyring

del Quórum de los Doce Apóstoles


B. Eyring
“Podemos enseñar aun a un niño a comprender la doctrina de Jesucristo. Por lo tanto, es posible que, con la ayuda de Dios, enseñemos la doctrina salvadora con simplicidad”.

Ha habido una guerra entre la luz y las tinieblas, entre el bien y el mal, desde antes que el mundo fuese hecho. Esa guerra todavía sigue y las víctimas parecen ir en aumento. Todos tenemos familiares a los que queremos y que están siendo abofeteados por las fuerzas del destructor que desea que todos los hijos de Dios sean miserables. Muchos de nosotros hemos pasado noches en desvelo [debido a eso]. Hemos intentado añadir todas las fuerzas del bien que hemos podido a los poderes que se arremolinan alrededor de las personas que corren peligro; personas a las que queremos. Les hemos dado el mejor ejemplo de que hemos sido capaces. Hemos rogado en oración por ellos. Un sabio profeta, hace ya mucho tiempo, nos dio un consejo acerca de otra fuerza que acaso subestimemos a veces, por lo cual la empleamos muy poco.

Alma era el líder de un pueblo que enfrentaba el peligro de ser destruido por enemigos despiadados. Al verse ante ese peligro, tuvo que escoger qué debía hacer entre varias posibilidades. Podía haber edificado fortificaciones o creado armamentos o adiestrado ejércitos. Pero SU única esperanza de lograr la victoria era conseguir la ayuda de Dios y, para obtenerla, sabía que el pueblo debía arrepentirse. Por eso, decidió poner a prueba primero esto:

“Y como la predicación de la palabra tenía gran propensión a impulsar a la gente a hacer lo que era justo-sí, había surtido un efecto más potente en la mente del pueblo que la espada o cualquier otra cosa que les había acontecido-por tanto, Alma consideró prudente que pusieran a prueba la virtud de la palabra de Dios” (Alma 31:5).

La palabra de Dios es la doctrina que enseñaron Jesucristo y Sus profetas. Alma sabía que las palabras de la doctrina tenían gran poder, que pueden abrir la mente de las personas para que vean las cosas espirituales, lo que no se ve con los ojos naturales. Y pueden abrir el corazón a los sentimientos del amor de Dios y del amor a la verdad. El Salvador se basó en esas dos fuentes de poder, en la sección dieciocho de Doctrina y Convenios, al enseñar Su doctrina a los que Él deseaba que le sirvieran como misioneros. Al escuchar, piensen en ese joven de su familia que se encuentra indeciso en cuanto a prepararse para ir a la misión. Veamos cómo enseñó el Maestro a dos de Sus siervos y cómo podrían ustedes enseñar Su doctrina a ese joven que aman:

“Y ahora, Oliver Cowdery, te hablo a ti, y también a David Whitmer, por vía de mandamiento, porque he aquí, mando a todos los hombres en todas partes que se arrepientan; y os hablo a vosotros, como a Pablo mi apóstol, porque sois llamados con el mismo llamamiento que él.

“Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios” (D. y C. 18:9-10).

Comenzó por decirles lo mucho que Él confía en ellos y en seguida acerca el corazón de ellos a Él al decirles lo mucho que Su Padre y Él aman a cada alma. En seguida, menciona el fundamento de Su doctrina: describe cuán poderosos motivos tenemos para amarle:

“porque he aquí, el Señor vuestro Redentor padeció la muerte en la carne; por tanto, sufrió el dolor de todos los hombres, a fin de que todo hombre pudiese arrepentirse y venir a él.

“Y ha resucitado de entre los muertos, para traer a todos los hombres a él, mediante las condiciones del arrepentimiento.

“¡Y cuán grande es su gozo por el alma que se arrepiente!” (D. y C. 18:11-13).

Tras haberles dado la doctrina de Su misión para que ellos abran el corazón, Él les da Su mandamiento:

“Así que, sois llamados a proclamar el arrepentimiento a este pueblo” (D. y C. 18:14).

Por último, Él abre los ojos de ellos para que vean más allá del velo. Lleva a ellos y a nosotros a la existencia futura, descrita en el gran plan de salvación, y donde un día estaremos. Nos habla de amistades maravillosas, que merecen todo nuestro sacrificio por lograrlas:

“Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo y me traéis aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!

“Y ahora, si vuestro gozo será grande con un alma que me hayáis traído al reino de mi Padre, ¡cuán grande no será vuestro gozo si me trajereis muchas almas!” (D. y C. 18: 15-16).

En esos pocos pasajes, El enseña doctrina para abrir nuestro corazón a Su amor. Y enseña doctrina para abrir nuestros ojos a las realidades espirituales, que son invisibles para cualquiera cuya mente no esté iluminada por el Espíritu de verdad.

La necesidad de abrir los ojos y el corazón nos indica que debemos enseñar la doctrina. La doctrina cobra su poder cuando el Espíritu Santo confirma que es verdadera. Debemos preparar a los que enseñemos, lo mejor que podamos, para que reciban los suaves susurros de la voz apacible y delicada. Eso requiere al menos algo de fe en Jesucristo; requiere al menos algo de humildad, algo de la buena disposición para someterse a la voluntad del Salvador para con nosotros. Puede que la persona a la que deseen ayudar tenga poco o nada de esas cualidades, pero ustedes pueden avivar en ellas el deseo de creer. Más que eso, pueden ustedes recibir confianza basándose en otro de los poderes que tiene la doctrina: La verdad prepara su propio camino. El tan sólo oír las palabras de la doctrina puede sembrar la semilla de la fe en el corazón. Y aun una pequeña semilla de fe en Jesucristo invita al Espíritu.

Tenemos más control sobre nuestra propia preparación. Nos deleitamos en la palabra de Dios que se encuentra en las Escrituras y estudiamos las palabras de los profetas vivientes. Ayunamos y oramos para invitar al Espíritu tanto para que esté con nosotros como con la persona a la que deseamos enseñar.

Por motivo de que necesitamos al Espíritu Santo, debemos ser cautelosos y tener cuidado de no enseñar lo que no sea la doctrina verdadera. El Espíritu Santo es el Espíritu de verdad y Él confirmará lo que enseñemos si evitamos especular o hacer interpretaciones personales. Eso

puede resultar difícil de hacer. Ustedes sienten afecto por la persona en la que tratan de influir y puede ser que ésta haya hecho caso omiso de la doctrina que se le haya enseñado. Es tentador poner a prueba algo nuevo o sensacional. Pero invitamos al Espíritu Santo a que nos acompañe cuando tenemos cuidado de enseñar únicamente la doctrina verdadera.

Una de las formas más seguras de evitar aun acercarse a la falsa doctrina es resolver enseñar con sencillez. Con la simplicidad se pisa terreno seguro y no se pierde nada importante. Sabemos eso debido a que el Salvador nos ha dicho que debemos enseñar la doctrina más importante a los niños pequeños. Escuchemos el mandato del Señor:

“Y además, si hay padres que tengan hijos en Sión o en cualquiera de sus estacas organizadas, y no les enseñen a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos, al llegar a la edad de ocho años, el pecado será sobre la cabeza de los padres” (D. y C. 68:25).

Podemos enseñar aun a un niño a comprender la doctrina de Jesucristo. Por lo tanto, es posible que, con la ayuda de Dios, enseñemos la doctrina salvadora con simplicidad.

Tenemos la mejor oportunidad con los niños. La mejor época para enseñarles es cuando son pequeños, mientras todavía son inmunes a las tentaciones de su enemigo mortal y falta aún mucho tiempo para que les resulte más difícil oír las palabras de verdad en medio del ruido de sus problemas personales.

Los padres prudentes nunca pierden una oportunidad de reunir a sus hijos para aprender de la doctrina de Jesucristo. Esos momentos son muy escasos en comparación con los esfuerzos del enemigo. Por cada hora en la que se introduce el poder de la doctrina en la vida de un niño puede haber cientos de horas de mensajes y de imágenes que refuten o hagan caso omiso de las verdades salvadoras.

No debemos preguntarnos si estamos demasiado cansados para enseñar la doctrina, ni si no sería preferible pasar un rato de diversión con el niño ni si éste pensará que le predicamos demasiado. Lo que debemos preguntarnos es: “Con tan poco tiempo y tan pocas oportunidades, ¿qué palabras de la doctrina que yo les enseñe fortalecerán a los niños para enfrentar los ataques contra su fe que sin duda los acometerán?”. Las palabras que ustedes les hablen hoy día pueden ser las que ellos recuerden. Y hoy día pasará muy pronto.

Los años pasan, enseñamos la doctrina lo mejor que podemos y, aún así, algunos de nuestros hijos no responden. Eso nos causa pesar. Sin embargo, nos infunden esperanza los anales de las familias de las Escrituras. Pensemos en Alma, hijo, y en Enós. En sus momentos difíciles, ellos recordaron las palabras de sus padres, las palabras de la doctrina de Cristo, y eso los salvó. Ellos recordarán lo que ustedes les enseñen de esa sagrada doctrina.

Hay dos dudas que podrían sobrevenirles: si conocerán la doctrina lo suficientemente bien para enseñarla y, si ya han intentado enseñarla, por qué no ven muchos buenos resultados.

En mi propia familia existe el caso de una joven que tuvo la valentía de comenzar a enseñar la doctrina cuando era tan sólo una nueva conversa y con poca instrucción. Y el hecho de que los resultados de lo que ella enseñó no han terminado me brinda paciencia para esperar los frutos de mis propios esfuerzos.

Mary Bommeli era mi bisabuela. Yo nunca la conocí. Su nieta la oyó contar su historia y la escribió.

Mary nació en 1830. Los misioneros enseñaron a la familia de ella en Suiza cuando Mary tenía veinticuatro años. Todavía vivía en la casa paterna y tejía telas en su telar, las que vendía para ayudar a sustentar a su familia en su pequeña granja. Cuando los miembros de la familia oyeron la doctrina del Evangelio restaurado de Jesucristo, supieron que era verdadera y se bautizaron. Los hermanos de Mary fueron llamados al campo misional y salieron sin bolsa ni alforja. El resto de la familia vendió sus posesiones para irse a América a congregarse con los santos.

Como no tenían dinero suficiente para que todos viajasen, Mary se ofreció a quedarse debido a que consideraba que podía ganar lo suficiente con las telas que tejía para mantenerse y ahorrar para el pasaje en barco. Se fue a Berlín a casa de una señora que la empleó para que hiciera telas para la ropa de la familia. Allí vivía en una habitación de la servidumbre e instaló su telar en la sala de estar de la casa.

En aquel entonces la ley prohibía que se enseñara en Berlín la doctrina de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Pero Mary no pudo guardarse para sí las buenas nuevas. La dueña de casa y sus amigas se reunían alrededor del telar para oír lo que la joven suiza les enseñaba; les hablaba de la aparición de nuestro Padre Celestial y Jesucristo a José Smith, de la visitación de ángeles y del Libro de Mormón. Cuando llegó a los relatos de Alma, les enseñó la doctrina de la Resurrección.

Eso estropeó un tanto su tejido. En aquellos días, muchos niños

morían muy pequeños. A las mujeres que rodeaban el telar se les habían muerto hijos y, a algunas, varios de ellos. Cuando Mary les enseñó la verdad de que los niños pequeños son herederos del reino celestial y de que ellas podrían estar de nuevo con sus hijos y con el Salvador y con nuestro Padre Celestial, esas madres derramaron copiosas lágrimas. También Mary lloraba, y todas esas lágrimas mojaban la tela que ella iba tejiendo.

Las enseñanzas de Mary dieron pie a un problema más grave. Aunque había rogado a las damas que no hablaran de lo que les había dicho, ellas lo hicieron. Dieron a conocer la feliz doctrina a sus amigas. Y así, una noche, llamaron a la puerta. Era la policía. Se llevaron a Mary a la cárcel. En el trayecto, le pidió al policía que le diera el nombre del juez ante el cual debía comparecer a la mañana siguiente y le preguntó si éste tenía familia y si era buen padre y buen marido. El policía sonrió al describir al juez como un hombre mundano.

En la cárcel, Mary pidió papel y lápiz, y le escribió una carta al juez. En ella le hablaba de la resurrección de Jesucristo como se describe en el Libro de Mormón, del mundo de los espíritus y del largo tiempo que el juez tendría para pensar y sopesar su vida antes de enfrentar el juicio final. Le decía que sabía que él tenía mucho de que arrepentirse, lo cual quebrantaría el corazón de su familia y le haría sentir también a él mucho pesar. Le escribió durante la noche. Por la mañana le pidió al policía que le llevara la carta al juez, lo cual él hizo.

Más tarde, el juez mandó llamar al policía a su despacho. La carta que Mary había escrito era evidencia irrefutable de que ella estaba enseñando el Evangelio y de que, por tanto, estaba infringiendo la ley. No obstante, el policía no tardó en volver a la celda de Mary y le dijo que los cargos contra ella se habían suprimido y que quedaba libre por motivo de lo que había escrito en la carta. El haber enseñado ella la doctrina del Evangelio restaurado de Jesucristo hizo abrir los ojos y el corazón lo bastante para que fuese a parar a la cárcel, y el haber declarado la doctrina del arrepentimiento al juez la hizo salir de la cárcel. (Véase Theresa Snow Hill, Life and Times of Henry Eyring and Mary Bommeli, 1997, págs. 1522.)

Lo que enseñó Mary Bommeli enterneció a más personas que a las mujeres que se reunían alrededor de su telar y que al juez. Mi padre, nieto de ella, estuvo hablándome durante las noches que precedieron a su muerte y me mencionó los felices reencuentros que pronto tendría en el mundo de los espíritus. A mí casi me parecía ver la radiante luz del, sol y las sonrisas que habría en ese paraíso al hablarme él de ello con tanta certeza.

En un momento dado, le pregunté si tenía que arrepentirse de algo. Él sonrió y, riéndose entre dientes, me dijo en un susurro: “No, Hal, me he ido arrepintiendo a lo largo de toda mi vida”. La doctrina del paraíso que Mary Bommeli enseñó a aquellas damas era real para su nieto. E incluso la doctrina que ella enseñó al juez dieron forma a la vida de él para bien. Ése no será el final de las enseñanzas de Mary Bommeli. El registro de las palabras de ella llevará la doctrina verdadera a los de su posteridad que aún no han nacido. Gracias a que ella creyó que aun una nueva conversa sabía suficiente doctrina para enseñarla, se abrirán la mente y el corazón de sus descendientes y éstos se fortalecerán en la batalla.

Los descendientes de ustedes se enseñarán la doctrina unos a otros porque ustedes la enseñaron. La doctrina hará más que abrir la mente a las cosas espirituales y el corazón al amor de Dios. Cuando esa doctrina brinda regocijo y paz, también tiene poder para que la gente hable. Al igual que aquellas mujeres de Berlín, los descendientes de ustedes no podrán guardarse la buenas nuevas para sí.

Estoy agradecido de vivir en una época en la que nosotros y nuestras familias tenemos la plenitud del Evangelio restaurado. Estoy agradecido por la misión de amor del Salvador en nuestro favor y por las palabras de vida que El nos ha dado. Ruego que compartamos esas palabras con los que amamos. Testifico que Dios nuestro Padre vive y que ama a todos Sus hijos. Jesucristo es Su Hijo Unigénito en la carne y nuestro Salvador. El ha resucitado. Podemos ser limpiados por medio de la obediencia a las leyes y a las ordenanzas del Evangelio de Jesucristo. Las llaves del sacerdocio han sido restauradas. El presidente Gordon B. Hinckley posee esas llaves. Sé que eso es verdadero. En el nombre de Jesucristo. Amén.