Los pastores del rebaño

Gordon B. Hinckley


Gordon B. Hinckley
“Siento un profundo aprecio por nuestros obispos. Me siento hondamente agradecido por la revelación del Todopoderoso por la cual este oficio se creó y funciona”.

Mis queridos hermanos, es un gran honor y una gran responsabilidad dirigirles la palabra. Ruego que el Señor me bendiga.

¡Qué excepcional hermandad es ésta, compuesta de cientos de miles de hombres y de muchachos que han sido ordenados al sacerdocio de Dios! ¡Qué imponente agrupación sería ésta si estuviésemos todos congregados en una sola y gran reunión! Asombraría al mundo. No hay nada que se le iguale que yo sepa.

Ustedes constituyen el eje de la Iglesia, mis hermanos. De entre ustedes vienen los obispos y los presidentes de rama, los presidentes de distrito y de estaca, los Setenta Autoridades de Area y todas las Autoridades Generales.

Ustedes, los hombres jóvenes, son lo esencial del gran programa misional cuya influencia se hace sentir en todo el mundo. En conjunto, ustedes son hombres y muchachos que se han vestido de toda la armadura de Dios para sacar adelante Su obra en la tierra.Cada vez que nos juntamos en una de estas reuniones, lamento que no podamos dar cabida a todos los que desean venir. Desde el momento en que se abrieron las puertas del Tabernáculo esta noche, entró una multitud de hombres jóvenes con sus padres. Es de esperar que el nuevo salón de asambleas se termine en un año a partir de ahora y entonces podremos dar cabida a todos los que deseen venir.

Y deseo decir a ustedes, hermanos, a los que llegamos por transmisión de radio y vía satélite, que nos sentimos unidos con ustedes.

Pienso, mis hermanos, que nuestro Padre Celestial está contento con nosotros. Creo que debe ser un gran consuelo para El contemplar a los cientos de miles de hombres y de muchachos que le aman, que llevan un testimonio de Él y de Su hijo Amado en el corazón, que brindan dirección a Su Iglesia, que están a la cabeza de sus familias en las que hay rectitud y donde se enseña y se ejemplifica la verdad.

Tenemos un numeroso grupo de hombres, jóvenes y mayores. No hay casi nada que no podamos realizar si trabajamos juntos y unidos con una sola voluntad, con un solo propósito y con un solo corazón.

Confío en que cada uno de nosotros sea consciente del prodigio que hemos recibido con la ordenación al sacerdocio. Ésta es la autoridad de Dios en la tierra. Viene de Él como un don divino. Comprende el poder y la autoridad para regular los asuntos de la Iglesia. Comprende el poder y la autoridad para bendecir en el nombre del Señor, para poner las manos sobre los enfermos e invocar los poderes del cielo. Es sagrado y santo. Participa de lo divino. Su autoridad se manifiesta en la vida terrenal y llega más allá del velo de la muerte.

Espero que seamos dignos del sacerdocio que poseemos. Ruego a cada uno de ustedes que lleve las riendas de su vida de tal manera que sea digno de él.

Tal como se nos ha recordado, ésta es una época de gran maldad en el mundo. No hace falta recordar eso a nadie. Estamos constantemente expuestos a la inmundicia y a la suciedad de la pornografía, al comportamiento lascivo y maligno, totalmente impropio del que posee el sacerdocio de Dios.

Es un desafío trabajar en el mundo y vivir por encima de su inmundicia.

La falta de honradez está muy extendida. Se manifiesta en el hacer trampa en las escuelas, en el manejo de hábiles confabulaciones, en negocios que roban y estafan. Las tentaciones están en todas partes a nuestro alrededor y, lamentablemente, algunos sucumben a ellas.

Hermanos, sean fuertes. Elévense por encima de la maldad del mundo. No es necesario que seamos mojigatos. No hace falta que adoptemos una actitud santurrona. Sólo es preciso que nuestra integridad personal, nuestro sentido del bien y del mal y la sencilla honradez gobiernen nuestros actos.

Vivamos el Evangelio en nuestro hogar. Que haya allí una sincera manifestación de amor entre marido y mujer, entre los hijos y sus padres. Dominen la voz del enojo. Sean absolutamente leales el uno con el otro.

Simplemente “hagan lo justo y dejen que sobrevengan las consecuencias” (Hymns, N° 237). Vivan de tal manera que todas las mañanas puedan arrodillarse para orar y buscar la orientación y la guía del Espíritu Santo, así como Su poder protector, al emprender su trabajo del día. Vivan de tal manera que cada noche, antes de acostarse, puedan ir ante el Señor en oración sin turbación ni vergüenza y sin la necesidad de suplicar el perdón. No dudo en decir que Dios los bendecirá si lo hacen. Un día llegarán a viejos y mirarán hacia atrás en el camino de su vida. Podrán decir: “He vivido con integridad. No he engañado a nadie, ni siquiera a mí mismo. Me he deleitado en compañía de mi esposa que es la madre de mis hijos. Estoy orgulloso de mis hijos. Estoy agradecido a Dios por Sus evidentes bendiciones”.

Si ése puede ser el resultado final de su vida, les prometo que cuando las señales de la vejez se manifiesten en ustedes, lágrimas de gratitud les inundarán los ojos y experimentarán la profunda emoción del agradecimiento.

Hace años, más de diez años, hablé desde este púlpito con respecto a los obispos de la Iglesia. Deseo volver brevemente a ese tema en esta ocasión.

Siento un profundo aprecio por nuestros obispos. Me siento hondamente agradecido por la revelación del Todopoderoso por la cual este oficio se creó y funciona.

Como todos ustedes saben, el otoño pasado una tempestad desastrosa azotó Centroamérica. Durante seis días y sus noches, el Huracán Mitch fustigó esa zona y, particularmente, Honduras. El viento soplaba con violencia y la lluvia caía a torrentes sin cesar. Crecieron los ríos y se llevaron las casas que se hallaban en sus riberas. Más de doscientos puentes fueron arrastrados por las aguas en Honduras, cortando así el paso para desplazarse. Las tierras altas se deslizaron hacia el mar en aluviones de lodo. Las casas quedaron sepultadas casi hasta la parte superior de las ventanas, y los patios y las calles estaban inundadas. Las personas huyeron horrorizadas abandonándolo todo.

Uno de nuestros obispos consiguió un camión grande en el que fue recogiendo a los de su barrio para llevarlos a un terreno más alto. Cuando el camión ya no podía pasar, se consiguió una embarcación. Allí estuvo él cuidando su rebaño.

Yo fui allí a ver lo que había pasado y a dar consuelo donde fuese posible, y presencié un milagro: vi en funcionamiento la sencilla y prodigiosamente eficaz organización de esta Iglesia.

Todo miembro de esta Iglesia tiene un obispo o un presidente de rama. Elogio con creces la ayuda que se envió de todo el mundo, pero siento una admiración infinita por la forma magnífica en la que la Iglesia se movilizó. Los obispos recurrieron a sus presidentes de estaca, quienes recurrieron a la Presidencia de Área y ésta recurrió a las Oficinas Generales de la Iglesia en Salt Lake City. A las pocas horas, grandes cantidades de alimentos, medicamentos y ropa salían de nuestros almacenes.

Se alquiló una bodega en San Pedro Sula en la región más damnificada. Fueron los obispos los que movilizaron a su gente para trabajar por turnos en la bodega llenando bolsas de plástico con alimentos suficientes para sustentar a una familia durante una semana, con ropa para cubrirlos y medicamentos para protegerlos de las enfermedades. Cada obispo conocía a su propia gente. Él, con su presidenta de la Sociedad de Socorro, conocían las necesidades de ellos. Éstas no eran personas extrañas que trabajaban como empleados públicos: eran amigos, cada uno era miembro de la familia de un barrio lo suficientemente pequeña para que conociesen sus mutuas necesidades. No hubo discordias ni codicia por hacerse de alimentos y de ropa. El trabajo fue ordenado, sistemático y amistoso; fue motivado por el amor y el interés por los demás, y se realizó con rapidez para satisfacer una necesidad inmediata. Fue el Evangelio en acción de un modo silencioso y magnífico.

Las aguas finalmente disminuyeron, pero quedó el lodo que lo cubría todo. Nada resultó más valioso que las palas y las carretillas. Y todos juntos, otra vez bajo la dirección de los obispos, sacaron el lodo de las casas.

Visitamos un centro de reuniones un sábado. Allí había mucha gente, con un obispo, un amoroso padre de su rebaño, que dirigía el trabajo. Sacaron los bancos, que habían estado flotando en el agua, y los limpiaron meticulosamente. Rasparon el lodo para sacarlo de las paredes y del suelo. Luego los miembros utilizaron trapeadores y trapos, y antes de que cayera la noche, aquel sábado al atardecer, el edificio estaba listo para los servicios de adoración del día de reposo.

Siento una humilde gratitud, respeto y admiración por los obispos de esta Iglesia. Los observé, en medio de las más desesperadas circunstancias, en La Lima, Honduras. Hablé con ellos, les estreché la mano, con profundo afecto. Cuán agradecido estoy por estos hombres que, olvidándose de su propia comodidad, dan de su tiempo, de su sabiduría, de su inspiración al presidir nuestros barrios en todo el mundo. Ellos no reciben más compensación que el amor de su gente. No hay descanso para ellos en el día de reposo, ni tampoco mucho descanso en las demás ocasiones. Son los que están más cerca de las personas y los que mejor conocen las necesidades y las circunstancias de ellas.

Los requisitos del oficio de ellos son hoy día los mismos de la época de Pablo, que escribió a Timoteo:

“Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar;

“no dado al vino, no pendenciero [o sea, una persona que no es violenta]… sino … apacible, no avaro …” (1 Timoteo 3:23).

En su epístola a Tito, Pablo añade que “es necesario que el obispo sea irreprensible, como administrador de Dios …

“retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen” (Tito 1:7, 9).

Durante todos los años de mi niñez y de mi juventud, incluso hasta la época en la que fui ordenado élder y regresé de la misión, tuve sólo un obispo. Era él un hombre notable. Fue obispo durante veinticinco años. Nosotros lo conocíamos y él nos conocía a nosotros. Siempre le llamábamos “Obispo Duncan”, y él siempre nos llamaba por nuestro nombre de pila. Sentíamos un gran respeto por él, un respeto casi reverente; pero no le teníamos miedo, pues sabíamos que era nuestro amigo. Su barrio era muy grande, y cuán eficazmente sirvió a su gente.

Hablé en su funeral. Después de mi propio padre, probablemente fue él quien ejerció la mayor influencia en mi joven vida. ¡Qué agradecido estoy por él!

Desde entonces, he tenido varios obispos. Sin excepción, cada uno de ellos ha sido un dedicado e inspirado líder.

Ahora quisiera decir unas pocas palabras directamente a los obispos que se encuentran con nosotros esta noche. Y gran parte de lo que les diga a ustedes puede aplicarse también a los presidentes de estaca y a otros hermanos que tienen llamamientos semejantes. Espero que sepan que llevo en el corazón un gran sentimiento de amor por ustedes. Sé que su gente los ama. La confianza que se ha depositado en ustedes es formidable. Al llamarlos, hemos puesto en ustedes nuestra confianza absoluta. Esperamos que sean el sumo sacerdote presidente del barrio, consejero de la gente, defendedor y auxiliador de los que tengan problemas, consolador de los que tengan pesares, abastecedor de los necesitados. Esperamos que sean el guardián y el protector de la doctrina que se enseñe en su barrio, de la calidad de la enseñanza que se imparta, de que se llenen los diversos oficios que sean necesarios.

Su conducta personal debe ser impecable. Deben ustedes ser hombres de integridad, irreprochables en todo sentido. El ejemplo de ustedes servirá de guía a su gente. Ustedes deben ser intrépidos al denunciar el mal, estar dispuestos a defender el bien, ser inflexibles al defender la verdad. Si bien todo eso requiere firmeza, debe hacerse con bondad y con amor.

Ustedes son el padre del barrio y el guarda de los miembros de él. Deben tenderles la mano en los momentos de pesar, de enfermedad y de angustia. Ustedes son el presidente del Sacerdocio Aarónico y, con sus consejeros, deben dar dirección a los diáconos, a los maestros y a los presbíteros para asegurarse de que estén progresando en “disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4).

Ustedes son marido de su esposa, su amada compañera, su protector y su proveedor. Ustedes son el padre de sus hijos y deben criarlos con amor y enseñarles con aprecio.

Pueden esperar que el adversario se ocupe de ustedes. Ustedes, de todos los hombres, deben ejercer la autodisciplina, mantenerse muy lejos del pecado y de la maldad de cualquier tipo en su propia vida. Deben rehuir la pornografía, apagar el televisor cuando transmita espectáculos obscenos, ser puros de pensamiento y de hechos.

No pueden ustedes valerse de su oficio para promover sus negocios entre su gente, no sea que alguien los acuse de aprovecharse de su calidad de obispo.

Ustedes son un juez común en Israel. Ésta es una responsabilidad casi aterradora. En algunos casos, ustedes deben determinar la idoneidad de su gente para ser miembros de la Iglesia; deben determinar la dignidad de ellos para recibir el bautismo, su dignidad para ser ordenados al Sacerdocio Aarónico, su idoneidad para ir a la misión y, sobre todo, su idoneidad para entrar en la casa del Señor y participar de las bendiciones que allí se dan. Ustedes deben encargarse de que nadie pase hambre, de que nadie carezca de ropa o de techo. Deben estar al tanto de las circunstancias de todas las personas a las que presiden.

Deben ser un consuelo y una guía para su gente. Su puerta debe estar siempre abierta para ayudar a los que pidan auxilio. Deben ser fuertes para ayudar a las personas a llevar sus cargas. Deben mostrar amor aun a los que hagan mal.

Mis hermanos, suplico que las bendiciones del Todopoderoso estén con ustedes en la gran responsabilidad que tienen. Que Dios los bendiga con salud y con fortaleza. Que El les agilice la mente con sabiduría y con entendimiento, con aprecio y con amor. Que los intereses de su gente sean la preocupación preponderante de su vida, sin sacrificar las exigencias de su empleo ni la debida atención que deben dar a su familia.

Doy gracias al Señor por cada uno de ustedes. Los amo por lo que hacen. Ruego por ustedes, por cada uno de ustedes, dondequiera que estén. Les suplico que se protejan de los dardos del adversario. Les aconsejo que se vistan de toda la armadura de Dios.

Que las bendiciones del cielo desciendan sobre sus esposas y sus hijos. Algún día serán relevados de su cargo y ése será un día de tristeza. Los recuerdos de su gente pervivirán a lo largo de toda su vida y santificarán sus días, y les brindarán paz, reposo y alegría. Dios los bendiga mis amados hermanos, ruego humildemente, en el nombre de Jesucristo. Amén.