Una época de nuevos comienzos

Gordon B. Hinckley

President of the Church


Gordon B. Hinckley
“Dediquemos un poco de tiempo a meditar, a pensar en lo que podamos hacer para mejorar nuestra vida y ser mejores ejemplos de lo que debe ser un Santo de los Últimos Días”.

Sin duda ya se sienten más bien cansados de escucharme, pero haré lo mejor que pueda.

¡Ésta ha sido una magnífica conferencia, mis hermanos y hermanas! Nos hemos regocijado con todo lo que ha tenido lugar. Los oradores han sido inspirados, cada uno de ellos. La música ha sido espléndida y las oraciones hermosas y conmovedoras. Hemos sido edificados en todos los aspectos al haber participado juntos.

Había una popular pieza musical cuando yo era joven, que comenzaba diciendo: “La canción ha terminado, pero la melodía sigue vibrando” 1 .

Ruego que así sea en lo que respecta a esta conferencia. Confío en que cuando nos vayamos tengamos agradables recuerdos y gratas remembranzas de esta gran ocasión.

Al regresar a nuestros hogares, vayamos con acción de gracias en el corazón. Hemos tomado parte en ésta la conferencia general número 170 de la Iglesia y, para ello, nos hemos reunido por primera vez en este impresionante nuevo edificio. Hemos estado aquí el 1 y el 2 de abril del año 2000, el comienzo de un nuevo siglo y de un gran nuevo milenio. Hay algo extraordinariamente importante acerca de todo esto. Es una época de nuevos comienzos.

Espero que cada uno de nosotros recuerde durante largo tiempo lo que ha oído, pero lo que es más importante, los sentimientos que ha experimentado. Ruego que esto constituya un áncora en nuestras vidas, una guía por la cual vivir, unos días de instrucción en los que hayamos aprendido a dar forma a nuestras acciones para con los demás y a nuestras actitudes para con nosotros mismos.

Suplico que las sensaciones experimentadas en esta conferencia se hagan sentir en nuestros hogares.

Confío en que cada uno de nosotros sea un mejor marido o una mejor esposa, más bondadosos el uno con el otro, más considerados, más moderados a la hora de criticar y más generosos al hacer cumplidos. Deseo que como padres y madres nos esforcemos con mayor ahínco por criar a nuestros hijos “en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4), tratándolos con respeto y con cariño, infundiéndoles aliento en toda oportunidad y dominando nuestras observaciones de crítica. Espero que como hijos e hijas seamos más respetuosos de lo que hayamos sido, que consideremos a nuestros padres con el conocimiento de que ellos nos quieren y que intentemos ser más obedientes al seguir sus consejos.

Como Santos de los Últimos Días, tendamos una mano de amistad a los que no sean de nuestra fe. No actuemos nunca jamás con espíritu de arrogancia ni con una actitud de superioridad moral, sino que exterioricemos afecto, respeto y amabilidad hacia ellos. Somos sumamente incomprendidos, y me temo que gran parte de ello se deba a nuestra propia culpa. Podemos ser más tolerantes, más afables, más amistosos, mejores ejemplos de lo que hemos sido en el pasado. Enseñemos a nuestros hijos a tratar a los demás con amistad, con respeto, con afecto y con admiración. Eso surtirá un resultado mucho más satisfactorio que el de una actitud egotista y arrogante.

Estudiemos las vías del Señor, leyendo Su vida y Sus enseñanzas en las sagradas Escrituras que Él nos ha dado. Dediquemos un poco de tiempo a meditar, a pensar en lo que podamos hacer para mejorar nuestra vida y ser mejores ejemplos de lo que debe ser un Santo de los Últimos Días.

Extendamos la mano al mundo en nuestro servicio misional, enseñando a todos los que deseen escuchar acerca de la restauración del Evangelio, hablando sin temor, pero también sin pretensiones de superioridad mística, de la Primera Visión, testificando del Libro de Mormón y de la restauración del sacerdocio. Pongámonos, hermanos y hermanas, de rodillas y supliquemos hallar la oportunidad de llevar a otras personas al regocijo del Evangelio.

Ahora, para terminar, quisiera informarles muy brevemente de los templos. A partir de hoy, tenemos 76 de ellos en funcionamiento, lo cual es un número mucho mayor del que teníamos hace unos pocos años. Dedicaremos el templo de Palmyra el jueves que viene. Ésa será una ocasión memorable. El templo está localizado con vista a la Arboleda Sagrada. A continuación, el domingo --el domingo que viene-- dedicaremos el Templo de Fresno, California. Tenemos proyectado dedicar 36 templos nuevos en el año 2000. Pienso que lograremos lo que nos propusimos realizar. Un buen número de otros templos que están en construcción o cuya construcción se ha anunciado no se terminarán sino hasta el 2001 o el 2002.

Además, anunciamos en esta conferencia que esperamos construir una casa del Señor en Aba, Nigeria. Hermano Pace, podremos tener una tardanza en Ghana, pero confiamos en que no sea así en Nigeria. Otros templos se construirán en Asunción, Paraguay; en Helsinki, Finlandia; Lubbock, Texas; Snowflake, Arizona, y en algún lugar de la región de las tres ciudades del estado de Washington.

Y así seguiremos adelante con el procedimiento de poner templos al alcance de las personas.

Hemos pasado por un portentoso vuelo de prueba, por decirlo de alguna manera. Este edificio se ha llenado por completo. No veo un solo asiento desocupado. ¡Es un milagro! Es un prodigio y una maravilla, por lo cual damos gracias al Señor de todo corazón.

Dejo con ustedes mi amor y mi bendición, y mi testimonio de esta divina obra. Dios, nuestro Padre Eterno, vive. Ustedes lo saben y yo lo sé. Su Hijo Amado, el resucitado Redentor del mundo, está al lado del Padre. Ustedes también saben eso al igual que yo. Ellos aparecieron al profeta José Smith para dar comienzo a esta obra maravillosa. ¡Qué afortunados somos de formar parte de ella! Seamos un poco mejores y dejemos que la nobleza del buen proceder irradie de nosotros, ruego, humildemente, en el nombre de Él, que es nuestro gran Redentor, sí, el Señor Jesucristo. Amén.

Que Dios les bendiga, mis amados amigos, mis hermanos, mis hermanas, mis colaboradores, en esta extraordinaria y santa obra. Gracias.

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  1.  

    1. Irving Berlin, “The Song Is Ended (but the Melody Lingers On)”, 1927.