Conformes con lo que se nos ha concedido

Neal A. Maxwell

Of the Quorum of the Twelve Apostles


Neal A. Maxwell
“Los momentos decisivos de la vida ocurren dentro de lo que se nos concede. . . Lo que importa es la forma en que respondemos. En esta vida toda persona recibe la clase de pruebas que van de acuerdo con sus necesidades”.

Al igual que todos ustedes, hermanos y hermanas, expreso agradecimiento al presidente Hinckley por sus incansables esfuerzos para moldear el futuro de la Iglesia, símbolo del cual es este Centro de Conferencias.

En pocas palabras, los que fueron convertidos recibieron de Alma gran discernimiento: “Y porque debería estar conforme con lo que el Señor me ha concedido” (Alma 29:3). No obstante, poco antes, Alma deseó con vehemencia ser “la trompeta de Dios” para entonces “estremec[er] la tierra” (Alma 29:1). Pero no por vanidad; de hecho, Alma quería proclamar el arrepentimiento y el plan de redención a toda la humanidad, a fin de que no hubiera ya más dolor humano (véase Alma 29:2). No obstante, el contentamiento de Alma se basaba en la realidad de que Dios al final concede la salvación final de acuerdo con lo que el individuo desee (véase Alma 29:4). ¿Qué podría ser más justo que eso?

Quedando satisfecho con su llamamiento, Alma entonces mansamente esperó ser un instrumento para ayudar en la salvación de alguno (véase Alma 29:9). Toda una jornada significativa y espiritual se describe en sólo nueve versículos introspectivos.

La misma satisfacción nos espera a nosotros si podemos adaptar nuestros deseos a lo que se nos ha concedido.

Lo que se concede a algunas personas incluye, por ejemplo, muy reducidas oportunidades a causa de la pobreza:

“Y empezó el pueblo a distinguirse por clases, según sus riquezas y sus oportunidades para instruirse; sí, algunos eran ignorantes a causa de su pobreza, y otros recibían abundante instrucción por motivo de sus riquezas” (3 Nefi 6:12).

Asimismo, malvadas estructuras sociales humanas han incluido en el pasado restricciones trágicas como la esclavitud y los campos de concentración.

No obstante, tenemos que hacer lo que podamos dentro de las circunstancias que se nos han concedido, esforzándonos por superar nuestras propias limitaciones. Dentro de lo que se nos ha concedido, podemos aún contentarnos espiritualmente. Pablo lo describió como “piedad acompañada de contentamiento”, que significa la adecuada presencia de atributos necesarios, tales como el amor, la esperanza, la mansedumbre, la paciencia y la obediencia (1 Timoteo 6:6).

Pero existen otras limitaciones fijas en la vida. Por ejemplo, a algunos les han tocado restricciones físicas, mentales o geográficas. Hay quienes permanecen solteros, pero no por culpa suya, o que anhelan progenie sin lograrla. Aun otros confrontan persistentes dificultades, tales como relaciones discordantes dentro de su círculo de seres queridos, incluso hijos que “act[úan] por sí mismos” rechazando el consejo de sus padres (3 Nefi 1:29). En ésta y en situaciones similares hay tantas cosas constantes y abrumadoras que nos hacen pensar en todo esto.

Estar conformes significa aceptar las cosas sin autocompasión. Las privaciones, como éstas, sin embargo, si se sobrellevan con mansedumbre, pueden acabar siendo como excavaciones que preparan el terreno para propiciar un mayor desarrollo espiritual.

A algunos les toca soportar situaciones dolorosas que entorpecen las circunstancias normales de la vida. Algunas personas deben “pasar por” tribulaciones en tanto que a otras se les asignan cosas para “soportar”.Pablo tuvo que “soportar” un “aguijón en [su] carne” (2 Corintios 12:7).

Bástenos decir que tales “asignaciones” en este mundo mortal serán diferentes en el mundo inmortal venidero. La única excepción es el pecado sin arrepentimiento, que determinará nuestra condición en el mundo por venir.

Por eso, uno de nuestros desafíos es desarrollar un mayor contentamiento dentro de algunas de nuestras actuales restricciones y oportunidades. De otro modo, quizás nos sentiremos desatendidos, displicentes y que no se nos aprecia, en tanto que, irónicamente, dentro de lo que se nos concede, hay oportunidades de servicio que desaprovechamos. Tampoco debiéramos ambicionar ciertas cosas que no son parte de lo que Dios nos ha dado, tales como la poderosa voz de un ángel, ya que es tanto lo que podemos lograr con lo se nos ha concedido (véase Alma 29:3–4). Asimismo, por variadas que sean nuestras circunstancias, todavía así podemos guardar los mandamientos de Dios.

Mientras tanto, en el laboratorio humano todos servimos como elementos clínicos, aprendiendo los unos de los otros, sin importar lo que “se nos ha concedido”.Nuestras relaciones pueden reducirse o aumentar, pero lo que más importa es lo que somos y lo que hacemos dentro de lo que se nos concede y en cuanto a “la obra a la que he[mos] sido llamado[s]” (Alma 29:6).

Por tanto, en este “santo día de hoy” se nos ha concedido el “territorio” para nuestro discipulado. No es necesario que dispongamos de las mejores circunstancias ni que seamos reconocidos antes de ocuparnos en nuestra propia salvación.

Por otro lado, sin embargo, concerniente a mejorar nuestra conducta, debemos reconocer que no existen fronteras que no podamos cruzar ni restricción alguna si estamos dispuestos a hacerlo.

Un mejoramiento paso a paso es, por lo tanto, la manera de hacerlo, lo que claramente requiere que contemos con la paciencia del Señor a medida que nos esforzamos por aprender las lecciones necesarias.

María, habiéndosele informado de algunas cosas maravillosas en cuanto a ella misma y lo que le esperaba, sin embargo guardó “todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lucas 2:19). Frecuentemente, la meditación da lugar al contentamiento.

Nuestra actuación es más importante que la dimensión del escenario. El Mar de Galilea, cubriendo sólo unos 230 kilómetros cuadrados, fue sin embargo lo bastante grande para brindar a los discípulos una experiencia vital que tuvo que ver con la fe y el andar sobre el agua (véase Mateo 14:22–33). El viento era fuerte y amenazante. Aun así, comparemos el tamaño de las olas galileas con la duración de aquella tempestad que Nefi y su compañía experimentaron en el vasto océano (véase 1 Nefi 18:13–21). Sin embargo, ambos episodios proporcionaron la esencia de la oportunidad para hacerlo. Claro que debo tener cuidado de hacer comparaciones que incluyan grandes cantidades de agua, teniendo en cuenta que Noé forma parte del auditorio histórico.

Como vemos, episodios menos espectaculares, al igual que personas buenas pero sin mucho prestigio, “no presta[n] menor servicio” al cumplir con lo que se les haya encomendado (Alma 48:19).

En una escala mayor, por ejemplo, el profeta Mormón pensó primeramente que su pueblo sentía aflicción para arrepentimiento (véase Mormón 2:12–13). Sin embargo, no demoró en comprender que la de ellos no era en realidad aflicción para arrepentimiento, sino que se trataba del “pesar de los condenados”, que los dejaba sin rumbo. Comparemos ese episodio con la experiencia del hijo pródigo que procedió a solas en su propio arrepentimiento; puesto que su dolor fue verdadero, realmente volvió “en sí” (Lucas 15:17). Algunas veces aprendemos “por tristes experiencias”, pero otras veces no (D. y C. 121:39).

Los momentos decisivos de la vida ocurren dentro de lo que se nos concede y tomamos decisiones que traen consecuencias eternas en medio de dichas concesiones. Lo que importa es la forma en que respondemos. En esta vida toda persona recibe la clase de pruebas que van de acuerdo con sus necesidades (véase Mateo 6:34).

Entretanto, hay personas que habitualmente venden su alma pero reciben a cambio mucho menos que el mundo entero. En una de sus obras A Man for All Seasons, Robert Bolt trata acerca de cuando Sir Thomas More estaba a punto de ser decapitado, en parte porque su amigo, Rich, habiendo sido sobornado por algunos funcionarios, lo traicionó. Sir Thomas More, “mirando a Rich con expresión de dolor e incredulidad”, dice: “¿Por Gales? Richard, nada le aprovecha al hombre ganar todo el mundo y perder su alma. . . pero ¡por Gales!” (Robert Bolt, “A Man for All Seasons”, 1960, pág. 92.) ¡Sirva este mismo reproche ante cualquier preocupación que nos despoje de las cosas espirituales!

Meditemos sobre el hecho de que Jesús fue y es el Señor del Universo (véase D. y C. 45:1; 76:24; Moisés 1:33; 2:1). Sin embargo, como todos lo sabemos, Su ministerio se llevó a cabo en una pequeñísima extensión geográfica. Sus viajes misionales fueron muy limitados; no obstante, con eso el Salvador realizó la Expiación para toda la humanidad. Por supuesto que existían cerros más prominentes que el Gólgota y jardines mucho más resplandecientes que el de Getsemaní. Así y todo, esos lugares fueron suficientes como escenario del acto central de toda la historia humana.

Todos podemos aprovechar esa gloriosa Expiación al arrepentirnos. Podemos aprender a servir y a perdonar a todo aquel con quien nos relacionemos, aun dentro del reducido círculo de familiares y amigos.

La justicia y la misericordia de Dios demostrarán ser tan perfectas que en el juicio final no se tendrá queja alguna, ni siquiera para aquellos que antes hayan dudado de lo que Dios les había concedido en la vida mortal (véase 2 Nefi 9:14–15; Alma 5:15–19; 12:3–14; 42:23–26, 30).

Por tanto, podemos y debemos “estar conformes con lo que se nos ha concedido”, contentos con las circunstancias pero sin contentarnos con nuestra propia conducta (véase 3 Nefi 12:48; 27:27; Mateo 5:48).

Un contentamiento tal es mucho más que aceptar las cosas con indiferencia. Mas bien refleja nuestra disposición como participantes en vez de una resignación indiferente.

El Señor conoce nuestras circunstancias y las intenciones de nuestro corazón, como también los talentos y dones que Él nos ha concedido. Él puede evaluar, a la perfección, lo que hemos hecho con lo que nos ha concedido, aun con respecto a cuántas de las muchas manos caídas a nuestro alrededor hayamos levantado. Anhelar mejores oportunidades mientras desaprovechamos las que tenemos es una forma mezquina de espiritualidad.

El Amo de la viña sabe perfectamente lo que hubiéramos podido hacer y lo que realmente hicimos dentro de nuestras circunstancias.

Una de las razones por las que Dios emplea a los débiles del mundo para que realicen Su obra quizás sea la humildad y la amplia capacidad que éstos tienen para el contentamiento espiritual (véase D. y C. 1:19, 23; 35:13; 133:58, 59; 1 Corintios 1:27). De todos modos, la persona mundanal generalmente no tiene mucho interés en hacer lo que ellos consideran la insignificante obra del Señor.

Es también significativo que el Señor rehuse intimidar a la gente enviando legiones de ángeles a fin de asegurarse de que se cumpla Su voluntad (véase Mateo 26:47–53). Su voluntad debe hacerse “a causa de la palabra”, y no porque se nos obligue (Alma 36:26). La norma ha sido, es y seguirá siendo ésta: “No obstante, podrás escoger según tu voluntad” (Moisés 3:17). El Señor quiere una conversión sin intimidación.

No olvidemos que en nuestra era de dar muchas vueltas a la cuestión del día, la única vuelta que Dios espera es nuestro alejamiento voluntario del pecado y que nos acerquemos a Él. Por lo tanto, el Señor no procura abrumarnos sino ayudarnos a vencer al mundo (véase D. y C. 64:2; Apocalipsis 3:21).

Así es que, dentro de nuestras concesiones, podemos ver cómo los santificados demuestran benevolencia aun en circunstancias restrictivas, mientras que otros exhiben actitudes de sarcasmo aun en medio de su opulencia. Los descontentos, por su parte, continúan sumiéndose en la autocompasión, algunos en forma exagerada.

Algo diferente vemos en la observación inspirada e instructiva de Alma. Alma reconoce que Dios ha puesto personas en todas las naciones para que prediquen y enseñen Su palabra (véase Alma 29:8). En consecuencia, si procuramos con demasiada exigencia, con mucha frecuencia y con excesivo afán tener una mayor participación personal, en realidad podríamos limitar las oportunidades que otros necesitan. Asimismo, nuestro confiado contentamiento facilita que el Espíritu Santo cuente con el valioso tiempo necesario para efectuar Su obra especial.

Si estamos en armonía espiritualmente con la voluntad de Dios, sentiremos una certidumbre espiritual aunque no sepamos “el significado de todas las cosas” (1 Nefi 11:17). El contentamiento que procede de tal certidumbre no da lugar a la arrogancia, sino a una tranquila aceptación, lo que constituye su propia forma de estar “anhelosamente consagrados”, pero sin reconocimientos innecesarios (D. y C. 58:27; véase también el vers. 28).

Sin embargo, este contentamiento espiritual se basa en que aceptemos la expiación de Jesús, porque hemos. . .

“. . .llegado al conocimiento de la bondad de Dios, y de su incomparable poder, y su sabiduría, su paciencia y su longanimidad para con los hijos de los hombres; y también la expiación que ha sido preparada desde la fundación del mundo” (Mosíah 4:6).

Sí, hermanos y hermanas, al observar que Alma cambió de querer hablar con la “trompeta” de Dios a ser un humilde “instrumento” y de anhelar “estremec[er] la tierra” a “conducir [quizás] a algún alma al arrepentimiento”, vemos en verdad una asombrosa transición. Además, ¿no es acaso maravilloso que se nos permita progresar, ya sea que dicho progreso se exprese en nueve versículos o en toda una vida?

Mi esposa Colleen y yo tenemos una nieta muy especial, Anna Josephine, que nació sin la mano izquierda. Días pasados pudo escucharse una conversación entre ella, de casi cinco años de edad, y su primo Talmage, de tres años. Al jugar juntos, Talmage, de modo tranquilizador, le dijo: “Anna Jo, cuando crezcas tendrás cinco dedos”.Anna Jo le contestó: “No, Talmage, cuando crezca no tendré cinco dedos, pero cuando vaya al cielo tendré una mano”.

Si Anna Jo, a quien le esperan días difíciles, se mantiene fiel con lo que se le ha concedido, continuará siendo una gran bendición para muchas personas.

Cuán bendecidos somos por habérsenos preservado las palabras de Alma. Ruego que podamos aplicar sus palabras a nosotros mismos (véase 1 Nefi 19:23). Esto lo dejo en el hombre de Aquel que cuenta todos los pajarillos y todos los dedos y que, aun así, es el Señor del universo, sí, Jesucristo. Amén.