Fe, devoción y gratitud

David B. Haight

Of the Quorum of the Twelve Apostles


David B. Haight
“Espero que nos sintamos agradecidos por el conocimiento que tenemos, por nuestro testimonio y por lo que sentimos”.

Hace poco más de dos años, en la reunión en la que el presidente Gordon B. Hinckley anunció que la edificación de este edificio se terminaría para el año 2000, después de haber hecho el anuncio, se volvió hacia mí y me dijo: “David, espero que estés allí”.

Presidente, aquí estoy. Y espero que si él dice que necesitamos otro año o más, o lo que sea, y que espera que yo esté allí, y confío en que me lo diga, yo voy a seguir sus instrucciones.

Es una alegría estar aquí con ustedes y presenciar este gran e histórico edificio de reuniones. Me agradó muchísimo el comentario que hizo el presidente Hinckley referente al nogal con que se hizo este púlpito. El púlpito del tabernáculo tenía una luz roja y otra amarilla para ayudar al orador a controlar su tiempo. Al envejecer, nuestra vista no es por lo general tan buena como antes; la luz amarilla se encendía y, si uno no prestaba atención, la luz roja comenzaba a encenderse y apagarse. Cuando esas luces se instalaron por primera vez, el hermano LeGrand Richards dijo: “Alguien ha puesto una luz ridícula acá; bueno, voy a ponerle la mano encima”.Hoy, aquí no hay ninguna luz, así que no sé cuándo voy a terminar.

¡Qué gran felicidad es estar aquí con todos ustedes! Al mirar esta vasta congregación y reflexionar sobre nuestros comienzos, nuestros muy humildes comienzos, me represento en la mente la cabaña de troncos de Peter Whitmer en Fayette, Nueva York, la cual, si recuerdo bien, sólo medía seis por nueve metros y tenía dos pequeños dormitorios arriba. La familia de Peter Whitmer vivía allí. La casa no tenía tuberías; sólo había un pozo fuera y un fogón que servía para cocinar y calentar el ambiente; pero en esa humilde vivienda se organizó la Iglesia hace 170 años. ¡Se imaginan!

El profeta José había recibido una revelación con instrucciones relacionadas con la organización de la Iglesia. En esa humilde cabaña, no sólo se organizó la Iglesia sino que también se terminó la traducción del Libro de Mormón en uno de los dormitorios del piso superior, puesto a disposición del profeta José y de Oliver Cowdery. Y en esa pequeña casa de labranza, se llevó a cabo la ordenación de los primeros élderes de la Iglesia, cuando el profeta José ordenó a Oliver Cowdery y después éste ordenó al profeta José Smith. Además, en esa pequeña cabaña se efectuó la primera reunión sacramental después de que se hubo organizado la Iglesia. Imagínense. Las hermanas llevaron pan y zumo de uva para la primera Santa Cena. Ésos fueron los humildes comienzos de lo que hoy vemos aquí.

Al mirar desde nuestros asientos hacia esta vasta congregación, es emocionante contemplar nuestro futuro y reflexionar en los humildes comienzos pioneros. En 1820, en la Arboleda Sagrada, en contestación a la humilde oración del profeta José, Dios el Padre y Su Hijo aparecieron a ese joven de 14 años, dando comienzo a esta obra, la restauración del Evangelio.

Piensen en 1830, en la reunión que tuvo lugar en esa pequeña cabaña de troncos donde por cierto tiempo estuvo establecida la sede de la Iglesia. Imagínense qué histórica y celestial reunión se celebró en esa cabaña fronteriza. Hay un relato que dice que María, la esposa de Peter Whitmer, se levantó temprano aquel domingo por la mañana y entró en la sala donde la gente dormía en el piso, abrigándose con acolchados hechos a mano. Habían llegado en carromato, en calesa y a caballo; eran amigos y personas que habían oído lo que sucedería aquel 6 de abril. Probablemente había unas 50 personas reunidas.

Después de aquel tan modesto comienzo, nos reunimos aquí en esta ocasión. Sólo queremos decir: “¡Aleluya! Te agradecemos, Señor, todo lo que ha tenido lugar”.Me vienen a la mente palabras de fe, de devoción y de gratitud; de la fe de las personas y de la fe que hemos demostrado al estar acá hoy día; de la devoción de esos primeros miembros y de la devoción que nosotros tenemos; el corazón nos rebosa de gratitud por lo que ha sucedido y por lo que todavía está por suceder.

Me siento tan agradecido por poder encontrarme aquí, por mis antepasados, por mi esposa Ruby, por nuestros hijos y por todos nuestros nietos. Nuestra familia ha comenzado una tradición: en este día, dondequiera que vivamos, nos ponemos de pie delante del aparato de televisión, ya sea que estemos en casa o en el centro de reuniones o en el centro de conferencias y levantamos la mano derecha para sostener a los oficiales de la Iglesia, en especial a nuestro profeta viviente. Por lo que hoy, en mi mente, he imaginado ver a los de nuestra posteridad en Bruselas, Bélgica; en Londres; en Virginia; en Carolina del Norte; en Texas y en California, levantar la mano en escuadra, aprendiendo a hacerlo, aprendiendo que es importante que ellos sostengan a los líderes en la Iglesia.

Mi corazón rebosa de gratitud en este día por las revelaciones que recibió el profeta José Smith y por todo lo que él hizo para poner en marcha la Restauración, sí, por las revelaciones necesarias para el establecimiento de esta obra, línea por línea, precepto por precepto. Reflexionen en las rigurosas y difíciles condiciones de nuestro comienzo, un comienzo sumamente humilde, y después vean a dónde hemos llegado en la actualidad.

Él [el profeta José Smith] recibió la revelación, la que es ahora la primera sección de Doctrina y Convenios, en la que el Señor promete a José Smith y a otros que recibirían el poder y la autoridad para hacer salir a la Iglesia “de la obscuridad y de las tinieblas” (D. y C. 1:30). Piensen en lo que ha sucedido bajo el inspirado liderazgo del presidente Hinckley, en el Edificio José Smith que tenemos hoy, [renovado] con el fin de preservar el hermoso y antiguo inmueble que era el Hotel Utah, y que ahora es el elegante edificio que es; vimos que eso se hizo realidad a consecuencia de la inspiración que recibió el presidente Hinckley. Y piensen en este edificio, en la orientación que recibió, como él mismo lo ha explicado. Y espero que todos los que nos encontramos reunidos aquí en esta ocasión nos sintamos agradecidos por el conocimiento que tenemos, por nuestro testimonio y por lo que sentimos. Éste es sólo el comienzo. Ésta es sólo una etapa del establecimiento de esta obra.

Y, cuando nos detengamos a pensar en lo que ha tenido lugar desde lo que se verificó en aquel humilde entorno en Fayette, Nueva York, y en lo que ha ocurrido en nuestra vida y en la de nuestros antepasados, espero que todos nos sintamos agradecidos y que tengamos el deseo de transmitir ese agradecimiento a nuestra posteridad junto con nuestro conocimiento y testimonio de que esta obra es verdadera. Espero que nos sintamos agradecidos por las bendiciones eternas que podemos recibir al presenciar el despliegue de la edificación de templos en todo el mundo y comprender la bendición que eso significa para la gente.

El hermano Pace nos ha hablado hace algunos momentos de las dificultades que tenemos en Ghana, pero yo sé que eso se va a solucionar. De pie debajo de un árbol, en el campus de la universidad del lugar, dediqué la tierra de Ghana para la predicación del Evangelio. El hermano Banyan Dadson, que es miembro de la Iglesia y que en ese entonces era vicerrector de la universidad, estuvo allí ese día y explicó a la gente cómo los nativos de Ghana habían poblado esa parte de África Occidental, y la bendición que ha sido para esas tribus. Sé que el problema se va a resolver, que sólo será un pequeño incidente en el establecimiento de esta obra.

El presidente Hinckley, en un comentario que hizo hace poco, habló acerca los eslabones de su familia, su cadena familiar, y dijo que esperaba ser un eslabón fuerte de esa cadena y que ese eslabón se mantuviera firme. Él contó acerca de sus esfuerzos por sacar el tocón de un árbol que había sido talado en el patio de su casa, y de cómo la cadena se rompió. Para arreglar la cadena a fin de arrancar el tocón del árbol, fue a comprar un eslabón nuevo y finalmente pudo hacerlo. Dijo que había pensado en la responsabilidad que él tenía para con su posteridad de seguir siendo un eslabón fuerte de esa cadena (véase “Keep the Chain Unbroken”, Brigham Young Magazine, primavera del 2000, pág. 6).

Con esperanza y oración, ruego que todos nosotros tengamos el deseo de ser un eslabón fuerte de nuestra cadena familiar, para nuestra posteridad, para que las bendiciones eternas que son parte del Evangelio, las bendiciones del templo y de las eternidades se enseñen a nuestros familiares de forma tal que sigan enseñándose por siempre jamás, a fin de que tengan influencia en muchas personas. Asegúrense de que los eslabones de su cadena sean fuertes, de transmitir a las generaciones futuras el testimonio y la devoción que tienen. Esta vasta congregación que está aquí en esta oportunidad es sólo una parte de lo que acontecerá con la expansión de esta obra por todo el mundo.

El Salvador, después de Su resurrección, se presentó en la playa donde Pedro y los demás habían vuelto a pescar. Él les preguntó si habían pescado algo y ellos le contestaron que no. Les indicó entonces que echaran la red al otro lado de la barca. Ustedes ya conocen la historia muy bien.

Ellos sacaron la red llena de peces y después, cuando estaban sentados en la orilla, el Salvador le preguntó a Pedro: “¿me amas más que éstos?”, señalando los valiosos peces que saltaban dentro de la red. “¿Me amas más que éstos?”

Y Pedro dijo: “Sí, Señor; tú sabes que te amo”.

Entonces Él le dijo: “Apacienta mis corderos”.Y le volvió a preguntar a Pedro por segunda y tercera vez, y le dijo entonces: “Pastorea mis ovejas. . . Apacienta mis ovejas” (véase Juan 21:15–17).

Que todos tengamos ese testimonio, ese deseo en el corazón, de enseñar a los demás, de explicar lo que creemos, de vivir con rectitud, de vivir una vida buena, de ser un ejemplo para la humanidad y de ser capaces de difundir esta obra, no sólo por lo que digamos, sino por la forma en que actuemos, por la forma en que vivamos, por la forma en que representemos a la Iglesia y por el ejemplo que demos al género humano.

Sé que Dios vive, que Él es nuestro Padre, que nos ama a todos, y que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, que Ellos son reales y viven hoy día. De eso doy testimonio, dejándoles mi amor y mi testimonio, en el nombre de Jesucristo. Amén.