Vivir felices para siempre jamás

Coleen K. Menlove

Primary General President


Coleen K. Menlove
“El Salvador Jesucristo nos ha mostrado el camino a la felicidad y nos ha dicho todo lo que debemos hacer para ser felices”.

A los niños les encantan los cuentos. Cuando yo era niña, me atraían de inmediato los relatos que comenzaban con las palabras “Érase una vez”, y que solían terminar con “y fueron felices para siempre jamás”.Pienso que no sólo a los niños les atraen esas frases; todos anhelamos que el “érase una vez” de nuestra vida esté tan lleno de felicidad que sea el “ser felices para siempre jamás” de nuestras esperanzas y sueños.

Ahora estamos viviendo nuestro “érase una vez”, experimentando la probación mortal durante nuestro tiempo en la tierra. En nuestra existencia preterrenal “se regocija[ron] todos los hijos de Dios” (Job 38:7) cuando aceptamos el gran plan eterno de felicidad. Con alegría esperamos venir a la tierra a tener oportunidades de progresar espiritualmente. “Existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25). La oportunidad yace aquí y ahora de obtener la felicidad que se extiende más allá de nuestra vida terrenal; sin embargo, debemos saber lo que es y dónde buscarla.

En el Libro de Mormón, Lehi explica a su hijo Jacob que la felicidad es el resultado de la obediencia. Le dice que las leyes eternas dan lugar o a castigos o a oportunidades de hallar la felicidad. Cuando desobedecemos las leyes de Dios, sufrimos los castigos, pero cuando [las] obedecemos, cosechamos la felicidad (véase 2 Nefi 2:10). Parte de lo que genera la felicidad es la ausencia de remordimiento, de culpa y de pecado.

El profeta José Smith enseñó: “La felicidad es el objeto y propósito de nuestra existencia; y también será el fin de ella, si seguimos el camino que nos conduce a la felicidad; y este camino es virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los mandamientos de Dios” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 312).

Una joven amiga, llamada Emily, descubrió eso por sí misma. Ella no tenía aún un testimonio del Evangelio y se preguntaba si debía permanecer activa en la Iglesia o intentar buscar la felicidad en otra parte. Al buscar respuestas, comenzó a fijarse en que entre las personas y las familias que la rodeaban, las más felices eran las que eran activas en la Iglesia. Después de descubrirlo, resolvió que aun cuando todavía no tenía un testimonio completo de la veracidad del Evangelio, deseaba formar parte de lo que ayudaba a las personas a ser tan felices. El Evangelio es “buenas nuevas”, y tal como lo descubrió Emily, las buenas nuevas son que el Evangelio nos puede hacer muy felices.

Pero tal vez piensen que aun dentro de la Iglesia hay personas que no son felices, y que personas que suelen ser felices tienen momentos de estrés, de preocupaciones, de desafíos y desánimo. Eso también forma parte del gran plan de felicidad. La vida terrenal es una etapa de prueba, lo cual significa que debe haber momentos de dolor y de incomodidad. Sin embargo, si confiamos con paciencia en el plan eterno, podremos experimentar felicidad a diario y tener la esperanza de ser “felices para siempre jamás”.

El élder Boyd K. Packer explicó:

“Se tuvo la intención de que la vida fuese un desafío. Sufrir algo de preocupación, de depresión, de desánimo e, incluso, algo de fracaso es normal. Enseñen a nuestros miembros que si de vez en cuando pasan un día muy amargo, o varios días muy amargos, deben ser firmes y encararlos, porque todo se resolverá. Hay un gran propósito en nuestra lucha en la vida” (“That All May Be Edified”, [1982], pág. 94).

La historia de nuestra búsqueda de la felicidad está escrita de tal forma que si seguimos confiando en Dios y obedeciendo Sus mandamientos durante los tiempos difíciles, aun esos momentos nos acercarán más a la felicidad que buscamos. El Salvador dijo:

“En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

El Salvador Jesucristo nos ha mostrado el camino a la felicidad y nos ha dicho todo lo que debemos hacer para ser felices. Cuando estudiamos las enseñanzas del Salvador y gracias a ello comprendemos el propósito de nuestra existencia, sentimos felicidad y la expresamos.

En Doctrina y Convenios, el Señor dice que debemos adorarle “con corazones felices y semblantes alegres” (D. y C. 59:15). Podremos recorrer con más rapidez y seguridad el sendero que conduce a la felicidad “para siempre jamás” si adquirimos ciertos hábitos y actitudes que fomentan la felicidad.

Nuestro profeta, el presidente Gordon B. Hinckley, es la esencia misma de un corazón feliz. Él escribió:

“¡Yo soy optimista! . . .Suplico que dejemos de buscar tempestades y disfrutemos más plenamente de la luz del sol. Propongo que, al avanzar por la vida, 'realcemos lo positivo' “ (Standing for Something, [2000], pág. 10).

Los niños por lo general son buenos ejemplos de la actitud de tener “corazones felices y semblantes alegres”.Tienen un sentido de la felicidad y del optimismo que invita a los demás a regocijarse con ellos.

Mi marido y yo llevamos a nuestro nieto a almorzar cuando cumplió cuatro años. Después del almuerzo, lo sentamos en el asiento de atrás del coche para dirigirnos a casa. En el asiento de delante comenzamos a hablar de las actividades del día, pero yo oía al pequeño que hablaba solo. Repetía una y otra vez: “¡Qué suerte tengo, qué suerte tengo!”.Expresaba su alegría a cualquiera que le oyera.

Podemos aprender de estos pequeños lo sencillo que es ser felices, y me gustaría compartir con ustedes algunos comentarios de niños de la Primaria que nos enseñan lo que es la felicidad y dónde podemos hallarla.

Un niño dijo: “La felicidad es la sonrisa que se ve en los ojos de una persona y que nos hace saber que es muy feliz”.Ese niño sabe que la felicidad es tan sencilla como una sonrisa.

Hace poco, fui a un supermercado a comprar de prisa unos artículos para la cena. Al dar la vuelta a una esquina, me encontré cara a cara con un señor mayor. Le sonreí, sintiendo alivio por no haberme estrellado contra él. Él también sonrió y me dijo: “Gracias por su sonrisa. La necesitaba”.Yo también necesitaba la sonrisa de él. Sonrían: surtirá un impacto en ustedes y en los demás. ¿Cómo sería la vida si no pudiéramos dar ni recibir sonrisas?

La felicidad no sólo es sencilla, sino que está a nuestro alcance para experimentarla cada día. La felicidad nos rodea y puede estar tan inmediata como en este instante. Algunos niños dijeron: “La felicidad es una palabra grande rodeada de flores”.Otro niño dijo que era como “un arco iris o una estrella”, que “se parece al sol”.Debemos recordar que a pesar de todos los problemas de la vida, nuestro momento de ser felices es ahora.

Hace unos meses tuve la oportunidad de ir una mañana a las montañas con cuatro de mis nietos. Cada uno llevaba una bolsa para recolectar tesoros de la naturaleza. Al buscar piezas para nuestra colección, hallamos una variedad de colores, diseños y texturas en hojas y piedras. Era difícil escoger. No tardé en advertir que los niños iban llenando sus bolsas. Cada hoja que los niños seleccionaban era singular, pero como era el final del otoño, la mayoría de ellas tenían manchas oscuras, formas irregulares o partes descoloradas. Por motivo de eso, yo no estaba muy dispuesta a guardar cosas en mi bolsa. Yo buscaba una hoja que tuviera los colores más brillantes y que no tuviese defectos. Si no era perfecta, no la iba a escoger. Pero por eso, yo no tenía casi nada en la bolsa.

Más tarde, al pensar en esa experiencia, comprendí que yo misma me había privado de mucho placer y felicidad. No supe apreciar la singularidad de los objetos por andar buscando lo que consideraba perfecto. Mis nietos habían sido más sabios que yo, puesto que habían disfrutado de las formas raras y de las manchas de las hojas. Se habían reído y habían disfrutado de las hojas moribundas, crujientes y quebradizas, y se deleitaron con los suaves y desteñidos colores. Llenaron las bolsas de tesoros para llevar a casa. Podemos dejar de ver y de disfrutar de la singular felicidad y belleza de cada día si nos concentramos demasiado en lo que deseamos en lugar de en lo que el Señor ha planeado para nosotros.

La felicidad es el conocimiento del Evangelio de Jesucristo. Un niño dijo: “La felicidad es tranquila como Jesús y como el Padre Celestial”.

Hace poco asistí a una Primaria y tenía sentada en la falda a mi nieta de un año y dos meses. Cuando ella vio un cuadro del Salvador en la pared, se le iluminó la carita y dijo una palabra que acababa de aprender: “Jesús”.Quizá la pequeñita comprenda el regocijo del conocer al Salvador.

El conocer y el sentir el amor puro de Cristo es lo que infunde a nuestra alma un regocijo intenso. Es el saber que es posible recibir el perdón de nuestros pecados. Mediante la Expiación del Salvador, que satisfizo las demandas de la justicia, y que nos ofrece misericordia, son posibles esa esperanza y felicidad. Al acercarnos al Salvador, nos libramos de las dudas y de la confusión.

El élder Richard G. Scott dijo:

“El gozo que sientas dependerá de la confianza que tengas en el Padre Celestial y en Su santo Hijo, de tu convicción de que Su plan de felicidad realmente puede brindártelo” (”Cómo hallar gozo en la vida”, Liahona, julio de 1996, pág. 26).

Por medio del Salvador, podremos encontrar el camino de regreso a Dios. Podremos hallar la paz y la felicidad en esta vida y el regocijo eterno en el mundo venidero. Ese solo pensamiento me hace sentir bien y me hace sonreír.

A medida que vayamos comprendiendo el gran plan de felicidad, irradiaremos, para que todo el mundo lo vea, un corazón feliz y un semblante alegre. Demostraremos que sabemos que el Evangelio de Jesucristo es una sencilla y siempre presente fuente de la verdadera felicidad tanto en el día de hoy como para siempre jamás en la eternidad. Es el vivir el Evangelio de Jesucristo lo que constituye nuestra garantía de “vivir felices para siempre jamás”.De esto testifico, en el nombre de Jesucristo. Amén.