Mi testimonio a todo el mundo

Gordon B. Hinckley

President of the Church


Gordon B. Hinckley
“En este gran salón. . . saldrán las voces de los profetas a todo el mundo para dar testimonio del Redentor del género humano”.

Mis amados hermanos y hermanas, qué extraordinaria vista presentan ustedes, esta vasta congregación de Santos de los Últimos Días reunidos en esta nueva y magnífica sala.

El órgano no está terminado y todavía hay varios detalles de construcción que acabar; pero felizmente la obra se ha adelantado lo suficiente para permitirnos utilizarlo para esta conferencia. Hará un año, al hablar con respecto a este edificio, expresé la opinión de que quizás, para empezar, no podríamos llenarlo, puesto que tiene tres veces y media la capacidad del Tabernáculo. Pero ocurre que ya tenemos dificultades. Todos los asientos ya están llenos.

Durante las cuatro sesiones generales y la sesión del sacerdocio podremos dar cabida a unas 100.000 personas. Se nos han solicitado 370.000 pases. El Tabernáculo y el Salón de Asambleas darán cabida al excedente de asistentes. Pero con todo eso, muchos, muchísimos quedarán fuera. Pedimos disculpas. Les pedimos que nos perdonen. Nada podemos hacer al respecto. Son muchos los que deseaban asistir a esta primera conferencia en este nuevo auditorio, pero lamentablemente, eso es imposible. Me conmovió un tanto enterarme de que las personas de mi propio barrio, que está cerca, y a las que quiero mucho, no recibieron pases.

Estamos agradecidos por el entusiasmo de los Santos de los Últimos Días con respecto a este nuevo centro de reuniones. Confío en que el entusiasmo continúe y en que tengamos el recinto lleno en todas las conferencias futuras.

Éste es el más nuevo de una serie de lugares de reuniones construidos por los de nuestro pueblo. Cuando llegaron por primera vez a este valle hicieron una enramada, que si bien los protegía del sol, no les daba abrigo y casi ninguna comodidad. Entonces edificaron el antiguo Tabernáculo, al cual siguió el nuevo Tabernáculo que tan bien nos ha servido durante más de 130 años.

Ahora, en esta histórica época en la que demarcamos el nacimiento de un nuevo siglo y el comienzo de un nuevo milenio, hemos construido este nuevo y espléndido Centro de Conferencias.

Cada una de las obras de construcción del pasado fue una empresa audaz y sobre todo la del Tabernáculo. Su diseño fue exclusivo, ya que nunca nadie había construido un edificio así; todavía sigue siendo único en su género. Ha sido y seguirá siendo una sala admirable. Seguirá existiendo, pues creo que los edificios tienen su vida propia. Continuará sirviendo largo tiempo en el imprevisible futuro.

La construcción de esta estructura ha sido una obra temeraria. Nos hemos preocupado por ella. Hemos orado por ella. Hemos escuchado los susurros del Espíritu con respecto a ella. Y sólo cuando percibimos la voz confirmante del Señor resolvimos dar el paso adelante.

En la conferencia general de abril de 1996, dije: “Lamento mucho que haya muchas personas que quisieron reunirse aquí esta mañana con nosotros, en este Tabernáculo, y que no pudieron entrar por falta de lugar. Muchas de esas personas se encuentran fuera de este edificio. En este único y extraordinario salón, edificado por los pioneros, nuestros antepasados, y dedicado para la adoración de Dios, caben cómodamente unas 6.000 personas. Algunos de ustedes que han estado más de dos horas sentados en esas bancas duras quizás duden de la palabra cómodamente.

“Me duele el alma pensar en aquellas personas que [deseaban] entrar pero, por falta de espacio, no pudieron. Hace aproximadamente un año, les sugerí a las demás Autoridades Generales que tal vez haya llegado el momento de investigar la viabilidad de construir otra casa dedicada de adoración, una mucho más grande que ésta, en donde cabrían de tres a cuatro veces más el número de personas que caben en este edificio” (Liahona, julio de 1996, pág. 70).

La idea de un nuevo auditorio se estableció con claridad. Se estudiaron diversos diseños arquitectónicos hasta que se escogió el modelo de un edificio grande con cabida para 21.000 personas con un teatro para otras mil. No tenía columnas en el interior que obstruyesen el ver al orador; tenía árboles y agua corriente en la azotea.

La palada inicial tuvo lugar el 24 de julio de 1997, el aniversario número 150 de la llegada de los pioneros a este valle. Aquél fue un acontecimiento histórico.

No lo sabíamos en ese entonces, pero, en 1853, Brigham Young, al referirse a los templos, dijo: “Llegará el momento en que. . . edificaremos. . . en la terraza arboledas y estanques de peces” (Deseret News Weekly, 30 de abril de 1853, pág. 46).

En 1924, el élder James E. Talmage, del Consejo de los Doce, escribió: “Desde hace largo tiempo he vislumbrado la posible construcción de un gran pabellón al lado norte del Tabernáculo, que tenga cabida para unas 20.000 personas o quizás para dos veces ese número, con amplificadores que permitan a todos los concurrentes oír los discursos que se pronuncien desde el estrado del Tabernáculo y que, además, tenga conexión con un sistema de transmisión con receptores en las diversas capillas y otros centros de reuniones de toda la región de las Montañas [Rocosas]” (diario de James E. Talmage, 29 de agosto de 1924, Special Collections and Manuscripts, Biblioteca Harold B. Lee, Universidad Brigham Young, Provo, Utah).

En 1940, la Primera Presidencia y los Doce solicitaron a su arquitecto que hiciera los planos de un edificio que tuviera cabida para 19.000 personas, el cual se levantaría donde se encuentra este edificio. Eso ocurrió hace 60 años. Pensaron en ello, hablaron de ello, pero, por último, abandonaron la idea del todo.

Esas observaciones y esas acciones fueron asombrosamente proféticas. Nosotros nada sabíamos de ellas, pues todas ellas se nos han hecho presentes desde que comenzamos esta construcción.

No hemos construido ningún templo con árboles y estanques de peces en la terraza, pero en este edificio hay muchos árboles y agua corriente. Puede ser que Brigham Young haya previsto este edificio muy cerca del templo. Tenemos lo que el hermano Talmage vislumbró y mucho, mucho más. Estos servicios no los oirán tan sólo los que se encuentran en el Centro de Conferencias, puesto que se transmitirán por radio, televisión y cablevisión, y se transmitirán por satélite a Europa, a México, a Sudamérica. Llegamos mucho más allá de la región de las montañas de la que habló el hermano Talmage. Llegamos más allá de los confines de los Estados Unidos y de Canadá. Esencialmente, llegamos a todo el mundo.

Éste es en verdad un edificio formidable. No sé de ninguna otra construcción comparable que se haya edificado principalmente como salón de adoración que sea tan grande ni que tenga cabida para tantas personas. Es hermoso en su diseño, en su mobiliario y decoración y es magnífica la utilidad que presta. Se ha construido con hormigón reforzado para llenar los requisitos más exigentes de protección de terremotos de esta región. El hormigón está recubierto de granito, el cual se extrajo de la misma cantera del granito del templo. En los dos edificios se pueden ver las mismas impurezas de esa piedra.

El interior es bellísimo y maravillosamente extraordinario. Es enorme y está construido de manera que nada obstruye el ver al orador. Las alfombras, los suelos de mármol, las paredes decoradas, las bonitas cerraduras, la estupenda madera, todo ello es indicativo de su utilidad con un toque de elegancia.

Su presencia será muy valiosa para esta ciudad. Aquí no se realizarán sólo las conferencias generales y algunas otras reuniones religiosas, sino que este edificio también servirá de centro cultural para las mejores presentaciones artísticas. Esperamos que los que no sean de nuestra fe vengan a este lugar a disfrutar de este bello entorno y se sientan agradecidos por su presencia. Agradecemos a todos los que han trabajado tan arduamente en esta obra para adelantarla hasta esta etapa: a los arquitectos con los que hemos tenido muchas reuniones; a los contratistas generales, tres de los cuales han trabajado juntos; a los subcontratistas; y a los cientos de artesanos que han trabajado aquí; al supervisor de construcción y a todos los que han tenido parte en este trabajo. Todos ellos han colaborado en esta faena extraordinariamente difícil a fin de que pudiésemos reunirnos en esta ocasión.

Ahora quisiera hablarles de otro detalle de este grandioso edificio. Si me pongo un tanto personal e incluso un tanto sentimental, espero que sabrán perdonarme.

Me encantan los árboles. Cuando yo era niño, en el verano vivíamos en una granja en la que cultivábamos fruta. Todos los años en esta época plantábamos árboles. Creo que nunca ha pasado una primavera desde que me casé, excepto durante los dos o tres años en los que estuvimos lejos de la ciudad, en la que no haya plantado árboles, por lo menos uno o dos: árboles frutales, de sombra, ornamentales y abetos y pinos entre los coníferos. ¡Cuánto me gustan los árboles!

Y bien, hará unos 36 años, planté un nogal en un lugar denso donde creció derecho y alto para captar la luz del sol. Hace un año, por alguna razón, el nogal murió. Como la madera de nogal es valiosísima para hacer muebles, llamé al hermano Ben Banks, de los Setenta, que, antes de dedicar todo su tiempo a la Iglesia, administraba un negocio de madera dura. Fue con sus dos hijos, que ahora están encargados del negocio, a ver el árbol. Dijeron que la madera era sólida, buena y hermosa, y uno de ellos sugirió que con ella podría hacerse un púlpito para este salón. La idea me entusiasmó. El árbol se taló y su tronco se cortó en tres partes gruesas. Después siguió el largo procedimiento de secar la madera, primero en forma natural y luego en un horno especial. Los troncos se cortaron en tablas en el aserradero de Salem, Utah. Las tablas se transportaron a la planta de ebanistería Fetzer donde expertos ebanistas diseñaron e hicieron este magnífico púlpito con esa madera.

El producto final es precioso. Ojalá todos ustedes pudiesen examinarlo de cerca. Es de espléndida hechura, y aquí estoy dirigiéndoles la palabra desde lo que era el árbol que cultivé en el patio de mi casa donde jugaron y también crecieron mis hijos.

Esto es conmovedor para mí. He plantado uno o dos nogales más. Me habré ido de esta vida mucho antes de que maduren. Cuando llegue ese día y este bonito púlpito haya envejecido, quizá uno de ellos sirva para reemplazarlo. Al élder Banks y a sus hijos, Ben y Bradley, así como a los diestros ebanistas que diseñaron e hicieron este púlpito, expreso mi profundo agradecimiento por haber hecho posible que quede una pequeña parte de mí en este gran salón desde donde saldrán las voces de los profetas a todo el mundo para dar testimonio del Redentor del género humano.

Y también a todos los que han hecho realidad este sagrado edificio, y a todos ustedes, los que están aquí congregados en esta ocasión histórica, expreso mi gratitud y reconocimiento, mi amor y las gracias por este día y por esta sagrada y hermosa casa de adoración, en el nombre de Jesucristo. Amén.