Testimonio

Loren C. Dunn


"Sé que Dios nuestro Padre está presente en esta obra en grandes congregaciones como ésta, y que en la más pequeña de las ramas y la más pequeña de las congregaciones, Dios está en esta obra".

Hace apenas seis días, el presidente Gordon B. Hinckley, acompañado del presidente Boyd K. Packer, del Élder Neil Andersen y de sus respectivas esposas, dedicaron el Templo de Boston, Massachussets. La dedicación fue la culminación de un programa de puertas abiertas en el que más de 83.000 personas pasaron por el templo. Más de 16.000 asistieron a las cuatro sesiones dedicatorias, bien en el templo mismo o en los centros de estaca cercanos.

Aunque cada templo es importante y ofrece las mismas ordenanzas necesarias para la vida eterna, esta dedicación fue histórica en muchos aspectos. Éste es el primer templo de una ciudad reconocida como la cuna de la libertad en lo que por entonces era el nuevo mundo, y se le reconoce también como el primer hogar de muchos de los primeros líderes y miembros de la Iglesia. La dedicación parecía representar la reunión del gran legado de América con las raíces sagradas del Evangelio restaurado de Jesucristo.

Algunos de los asistentes tenían lazos que los unían a Boston y sus aledaños, aunque la mayoría estaba allí porque era donde vivían, y se regocijaban por la dedicación de un templo en su ciudad. Todos estaban allí como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, "conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios", tal y como dijo el presidente Hinckley en la ceremonia de la piedra angular: "edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo" (Efesios 2:19:20).

Asistieron muchos lugareños, la mayoría con sus hijos y nietos: hasta tres generaciones de dignos poseedores de una recomendación para el templo.

En la oración dedicatoria del Templo de Kirtland, el profeta José Smith pidió al Señor que quebrase el yugo de las persecuciones de la época (véase D. y C. 109:31:33, 47). Aun cuando todavía quedan algunos desafíos, vemos cómo se rompe el yugo del malentendido y del prejuicio en esta época de construcción de templos y de programas de puertas abiertas para el público.

En el templo, en los cuartos de sellamiento, hay espejos colocados en paredes opuestas. Cuando una persona mira en el espejo, puede ver su reflexión remontándose de una generación a otra, por así decirlo, o verla en el futuro, de una generación a otra, sin que haya fin, lo que significa la naturaleza eterna de todos nosotros. Quizás exista otra razón por la cual los espejos estén situados de esa manera: es una representación de todos los que vinieron antes que nosotros y de todos los que vendrán después.

Pienso en las palabras del profeta José: "Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: "¡Que vive!" (D. y C. 76:22).

A todos aquellos que han dado testimonio de esta obra, y todos los que aún darán testimonio de esta obra, en mi día y tiempo, les expreso ese testimonio en este día y tiempo. Sé que hay un Dios en los cielos, y sé que él vive. Sé que Dios vive. Sé que vive. Sé que vive, y sé que él es el Padre de todos nosotros. Sé que Dios nuestro Padre está presente en esta obra en grandes congregaciones como ésta, y que en la más pequeña de las ramas y la más pequeña de las congregaciones Dios está en esta obra. Sé que Jesucristo es nuestro Salvador y nuestro Redentor y que él nos ha comprado al derramar Su sangre por el sufrimiento que soportó en Getsemaní. Sé que hay apóstoles y profetas en el fundamento de esta obra, comenzando con el profeta José hasta llegar al presidente Gordon B. Hinckley en la actualidad. Éste, mis hermanos y hermanas, es el Evangelio de Jesucristo. Esta obra es verdadera. Ruego que el Señor nos bendiga para que vivamos de acuerdo con ella. En el nombre de Jesucristo. Amén.