"Sois templo de Dios"

Boyd K. Packer

Acting President of the Quorum of the Twelve Apostles


Boyd K. Packer
"El cuerpo de ustedes... es el instrumento de su mente y el cimiento de su carácter".

Respondo a la impresión que por largo tiempo he tenido de hablar a los jóvenes de la Iglesia, los cuales enfrentan desafíos para nosotros desconocidos en nuestra juventud.

El presidente J. Reuben Clark describió a nuestros jóvenes como "hambrientos de las cosas del espíritu, ávidos por aprender el Evangelio y con deseos de oírlo simple y llanamente.

"Quieren saber de. . . nuestras creencias; quieren ganar un testimonio de la verdad, y ahora no son escépticos, sino inquisitivos, buscadores de la verdad. . .

"No tienen que esconderse detrás de esta juventud espiritualmente experimentada y susurrarles religión al oído; pueden plantarse delante de ellos, cara a cara y hablarles. . . pueden mostrarles esas verdades abiertamente. Los jóvenes pueden ser menos temerosos de la verdad que ustedes. No hay necesidad de realizar un acercamiento gradual" ("The Charted Course of the Church in Education" citado por Boyd K. Packer en Teach Ye Diligently, 1991, págs. 365, 373:374).

Estoy de acuerdo con el presidente Clark y voy a hablar claramente a los jóvenes de las cosas que he aprendido y que sé que son verdaderas.

A los 18 años me llamaron al servicio militar. Como no había recibido mi bendición patriarcal, el obispo me recomendó al patriarca cercano a nuestra base aérea.

El patriarca J. Roland Sandstrom, de la Estaca Santa Ana, California, me dio mi bendición. En ella se me decía lo siguiente: "Tomaste libremente la decisión de acatar las leyes del progreso eterno expuestas por nuestro hermano mayor, el Señor Jesucristo. Se te ha concedido un cuerpo físico con el que puedas experimentar la vida terrenal. . . un cuerpo de proporciones y de forma físicas tales que permitan a tu espíritu cumplir su función a través de él sin trabas de impedimentos físicos. . . Aprecia esto como un gran legado" (Bendición patriarcal de Boyd K. Packer, 15 de enero de 1944, pág. 1).

Esto fue un gran consuelo para mí, pues debido a que de pequeño había tenido la poliomielitis, no pude tomar parte en los deportes y me quedaba con un sentimiento de inferioridad cuando me comparaba con mis amigos.

Mi bendición patriarcal me aconsejaba: "Guarda y protege [tu cuerpo], no introduzcas en él nada que pueda dañar tus órganos porque es sagrado. Es el instrumento de tu mente y el cimiento de tu carácter" (Bendición patriarcal de Boyd K. Packer, 15 de enero de 1944, pág. 1).

En la Palabra de Sabiduría descubrí un principio con promesa. El principio es: Cuida tu cuerpo; evita las sustancias adictivas como el té, el café, el tabaco, el licor y las drogas perjudiciales (véase D. y C. 89:3:9). Tales sustancias no hacen más que aliviar los apetitos que ellas mismas ocasionaron.

La promesa es: Los que obedezcan recibirán una mejor salud (véase D. y C. 89:18) y "grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos" (D. y C. 89:19).

El profeta José Smith dijo: "Vinimos a este mundo con objeto de obtener un cuerpo y poder presentarlo puro ante Dios en el reino celestial. El gran plan de la felicidad consiste en tener un cuerpo. El diablo no tiene cuerpo, y en eso consiste su castigo. Se deleita cuando puede obtener el cuerpo de un hombre. . . Todos los seres que tienen cuerpos, tienen dominio sobre los que no los tienen" (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 217).

Aun las severas pruebas de salud o un cuerpo discapacitado pueden refinar el alma para el glorioso día de la restauración y curación que de cierto vendrá.

El cuerpo de ustedes realmente es el instrumento de su mente y el cimiento de su carácter.

El presidente Harold B. Lee enseñó sobre el efecto simbólico y real de cómo vestimos el cuerpo. Si ustedes están arreglados y visten con modestia, invitan a la compañía del Espíritu de nuestro Padre Celestial y ejercen una influencia sana sobre quienes están a su alrededor. Pero el ser descuidado y despreocupado en la apariencia les expone a influencias degradantes (véase Teachings of Harold B. Lee, ed. Clyde J. Williams, 1996), pág. 220.

Eviten la ropa inmodesta. Tengan una apariencia que indique al Señor que ustedes saben lo valioso que es el cuerpo de ustedes.

El presidente Hinckley les ha advertido que no decoren su cuerpo con dibujos ni símbolos que nunca se podrán quitar, ni que se perforen el cuerpo con sortijas o joyas según las modas del mundo (Véase "Madre, tu más grande desafío", Liahona,, enero 2001).

Ustedes no pintarían un templo con dibujos o símbolos obscuros, ni con graffiti ni con sus iniciales. No lo hagan, pues, con su cuerpo.

"¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?

"Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios" (1 Corintios 6:19:20).

"¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?

"Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es" (1 Corintios 3:16:17).

En su cuerpo reside el poder divino de crear vida. Los jóvenes crecen hasta ser hombres que pueden llegar a convertirse en padres; las jovencitas crecen hasta ser mujeres que pueden llegar a convertirse en madres. Los sentimientos naturales y buenos atraen mutuamente al hombre y a la mujer.

"Todos los seres humanos, hombres y mujeres, son creados a la imagen de Dios. Cada uno es un amado hijo o hija espiritual de padres celestiales y, como tal, cada uno tiene una naturaleza y un destino divinos. El ser hombre o mujer es una característica esencial de la identidad y el propósito eternos de los seres humanos en la vida premortal, mortal y eterna" ("La familia: Una proclamación para el mundo", Liahona, octubre de 1998, pág. 24).

"El matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios y. . . la familia es la parte central del plan del Creador para el destino eterno de sus hijos" ("La familia: Una proclamación para el mundo" , Liahona, octubre de 1998, pág. 24).

Deben atraerse el uno al otro y luego casarse. Entonces, y sólo entonces, podrán responder dignamente al fuerte, bueno y constante deseo de expresar ese amor mediante el que los hijos bendecirán su vida. Por mandato de Dios nuestro Padre, esto sólo debe ocurrir entre esposo y esposa --hombre y mujer-- comprometidos mutuamente en el convenio del matrimonio (véase 1 Corintios 7:2; D. y C. 42:22). El hacer lo contrario está prohibido y les traerá pesar.

En las revelaciones se dan los mandamientos más estrictos que hablan de controlar esos deseos naturales (véase Enseñanzas del profeta José Smith, págs. 216:217; Gálatas 5:19; Efesios 5:5; Mormón 9:28).

Jóvenes y jovencitas, manténganse dignos. Aléjense de los ambientes, la música, las películas, los videos, los clubes y las amistades que los arrastran a un comportamiento inmoral (véase 1 Corintios 6:9; 1 Tesalonicenses 5:22; 2 Timoteo 2:22; D. y C. 9:13).

Ahora debo hablar de otro peligro, casi desconocido en mi juventud, pero que ahora está en todas partes.

Los deseos y las atracciones normales surgen en los años de la adolescencia y existe la tentación de experimentar con el sagrado poder de procreación. Esos deseos se pueden intensificar y hasta pervertir por medio de la pornografía, la música inapropiada o el aliento de las malas compañías. Lo que en un principio no habría sido más que una fase pasajera en el establecimiento de la identidad sexual, puede llegar a quedarse implantada y dejarles confusos o incluso perturbados.

Si ustedes lo consienten, el adversario puede tomar el control de sus pensamientos y conducirles muy sutilmente hacia un hábito o una adicción y convencerles de que un comportamiento inmoral y antinatural es una parte innata de su naturaleza.

Algunos pocos parecen sentir la tentación que parece casi abrumadora de que un hombre se sienta atraído hacia otro hombre o una mujer hacia una mujer. Las Escrituras condenan claramente a los que "deshonraron entre sí sus propios cuerpos. . .

"Cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres" (Romanos 1:24, 27), "[o] mujeres [que] cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza" (Romanos 1:26).

Las puertas de la libertad, junto con el bien y el mal que hay tras ellas, se abren o se cierran con la palabra elección. Ustedes son libres para escoger un camino que pueda conducirles a la desesperación, a la enfermedad o incluso a la muerte (véase 2 Nefi 2:26:27).

Si escogen ese camino, la fuente de la vida puede que se seque; no experimentarán la combinación de amor y lucha, dolor y placer, decepción y sacrificio, ese amor que, combinados con el ser padres, exalta a un hombre y a una mujer y les conduce a esa plenitud de gozo de la que se habla en las Escrituras (véase 2 Nefi 2:25; 9:18; D. y C. 11:13; 42:61; 101:36).

No hagan experimentos, no permitan que persona de sexo alguno toque el cuerpo de ustedes para despertar pasiones que se pueden ir más allá de su control. Todo comienza con una curiosidad inocente, luego Satanás influye en sus pensamientos y se convierte en un modelo, un hábito que puede hacerles prisioneros de la adicción que ocasionará tristeza y decepción a quienes les aman (véase Juan 8:34; 2 Pedro 2:12:14, 18:19).

Se presiona a los legisladores para que legalicen la conducta antinatural, pero no podrán convertir en bueno aquello que se prohíbe en las leyes de Dios (véase Levítico 18:22; 1 Corintios 6:9; 1 Timoteo 1:9:10).

A veces se nos pregunta por qué no reconocemos esta conducta como un estilo de vida diferente y aceptable. No podemos hacerlo. Nosotros no hicimos las leyes; éstas proceden de los cielos "antes de la fundación del mundo" (D. y C. 132:5; 124:41; véase también Alma 22:13). Tan sólo somos siervos.

Al igual que los profetas de la antigüedad, hemos sido "consagrados sacerdotes y maestros de este pueblo. . . [responsables de magnificar] nuestro oficio ante el Señor, tomando sobre nosotros la responsabilidad, trayendo sobre nuestra propia cabeza los pecados del pueblo si no le enseñábamos la palabra de Dios con toda diligencia" (Jacob 1:18:19).

Entendemos por qué algunos sienten que les rechazamos, mas no es cierto. No les rechazamos a ustedes, sólo al comportamiento inmoral. No podemos rechazarles, pues ustedes son hijos e hijas de Dios. No les rechazaremos, porque les amamos (véase Hebreos 12:6:9; Romanos 3:19; Helamán 15:3; D. y C. 95:1).

Puede que sientan que no les amamos; tampoco esto es cierto. Los padres saben, como ustedes sabrán algún día, que hay ocasiones en las que los padres y nosotros lo que dirigimos la Iglesia debemos extender un amor firme, ya que al no enseñar, amonestar ni disciplinar se destruye.

Nosotros no hicimos las reglas; fueron reveladas en forma de mandamientos. Nosotros no originamos ni evitamos las consecuencias de su desobediencia a las leyes morales (véase D. y C. 101:78). A pesar de la crítica y de la oposición, debemos enseñar y debemos amonestar.

Cuando cualquier deseo indigno acuda a sus mentes, combátanlo, resístanlo, contrólenlo (véase Santiago 4:6:8; 2 Nefi 9:39; Mosíah 3:19). El apóstol Pablo enseñó: "No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar" (1 Corintios 10:13; véase también D. y C. 62:1).

Ésta puede ser una lucha de la que no se vean libres en esta vida. Si no ceden a la tentación no tienen por qué sentirse culpables. Pueden ser extremadamente difíciles de resistir, pero es mejor eso que ceder a ellas y traer así decepción y tristeza a ustedes y a quienes les aman.

Algunos creen que Dios los creó con deseos antinaturales muy fuertes y que, por tanto, están atrapados y no son responsables (véase Santiago 1:13:15). Eso no es cierto, no puede ser verdad. Y aunque fueran a aceptarlo como cierto, deben recordar que él puede curarlos y sanarlos (véase Alma 7:10:13; 15:8).

¿Qué será de los que ya han cometido errores o se han perdido en un estilo de vida inmoral? ¿Qué esperanza tienen? ¿Están expulsados y perdidos para siempre?

Estos pecados no son imperdonables. No obstante lo indignas, antinaturales o inmorales que puedan ser esas transgresiones, no son imperdonables (véase D. y C. 42:25). Cuando se abandonan y se arrepiente de ellas por completo, puede surgir el don purificador del perdón que nos libra de la carga de la culpa. Hay un camino de regreso; largo, quizás; duro, por cierto; posible, ¡por supuesto! (véase Hechos 5:31; Efesios. 1:7; Mosíah 4:2; 26:29; D. y C. 1:31:32; 58:42; 61:2).

No tienen, ni pueden, buscar solos el camino de regreso a casa. Tienen un Redentor. El Señor aligerará sus cargas si deciden arrepentirse, alejarse del pecado y no hacerlo más. Para eso se llevó a cabo la expiación de Cristo.

"Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana" (Isaías 1:18).

La decisión es de ustedes; no se les expulsa para siempre. Repito, esas transgresiones no son imperdonables.

Uno puede pensar: "es demasiado tarde; mi vida es muy breve y estoy condenado para siempre". No es así, porque "si esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres" (1 Corintios 15:19).

Del mismo modo que se puede limpiar y curar el cuerpo físico, también el espíritu puede ser limpio por el poder de la Expiación. El Señor los alzará y llevará las cargas de ustedes durante el sufrimiento y la lucha que haga falta para que ustedes estén limpios. En eso consiste la expiación de Jesucristo. Él ha dicho: "Yo, el Señor, no [recordaré] más [sus pecados]" (D. y C. 58:42; véase también Hebreos 8:12; 10:17; Alma 36:19).

Nuestra amada y valiosa juventud, permanezcan en el camino del Señor. Si tropiezan, levántense y sigan adelante. Si han perdido el camino, les aguardaremos con los brazos abiertos.

Alabado sea Dios por el poder limpiador, purificador y comprensivo de la Expiación que llevó a cabo el Señor Jesucristo, de quien doy testimonio. En el nombre de Jesucristo. Amén.