Un Dios de milagros

Sydney S. Reynolds

First Counselor in the Primary General Presidency


Sydney S. Reynolds
“Creo que todos nosotros podemos testificar de esos pequeños milagros”.

Tal como Moroni de antaño, creo en un Dios de milagros. Moroni escribió a la gente de nuestra dispensación: “Mas he aquí, yo os mostraré un Dios de milagros. . . y es ese mismo Dios que creó los cielos y la tierra, y todas las cosas que hay en ellos” (Mormón 9:11). Moroni proclamó que Jesucristo hizo muchos milagros grandiosos, que por mano de los apóstoles se realizaron potentes milagros, y que un Dios que es el mismo ayer, hoy y siempre, debe ser un Dios de milagros también hoy (véase Mormón 9:18; 9:9).

Piensen en los milagros del Antiguo Testamento. Recuerden a Moisés al dividir el Mar Rojo. Para todas las generaciones futuras de israelitas, los grandes milagros que llevaron a su liberación de Egipto proporcionaron una prueba innegable de la existencia de Dios y de Su amor por ellos.

Muchos profetas del Libro de Mormón, incluso Nefi, señalaron el relato de Moisés para infundir fe y creencia en un Dios que podría liberar a Su pueblo de sus aflicciones (véase 1 Nefi 4:1–3). Otros profetas del Libro de Mormón le recordaron al pueblo que ellos mismos habían sido testigos de milagros que debían convencerlos del poder de Dios.

En el Nuevo Testamento, el apóstol Juan dio a saber la razón por la cual registraba muchos de los milagros del Salvador; concretamente, “para que creáis que JesÚs es el Cristo” (Juan 20:31).

En esta dispensación, somos testigos del gran milagro de la restauración del Evangelio de Jesucristo sobre la tierra, el cual comenzó cuando un jovencito fue a una arboleda, cerca de Palmyra, Nueva York, y volcó su corazón en preguntas a un Dios que él creía podría contestarle: un Dios de milagros. Y han seguido ocurriendo milagros en esta dispensación --grandiosos milagros-- entre ellos la salida a luz del Libro de Mormón, el cual es en sí otro Testamento de Jesucristo.

De igual importancia que esos “grandiosos milagros”, son los “milagros privados”más pequeños que nos enseñan a tener fe en el Señor; éstos se reciben al reconocer y dar oído a los susurros del Espíritu en nuestra vida diaria.

Estoy agradecida por el maestro que alentaba a sus alumnos a llevar un diario personal de los susurros o la inspiración del Espíritu en la vida de ellos. Él nos indicaba que anotáramos lo que habíamos sentido y cuál había sido el resultado. Las cosas pequeñas se hicieron evidentes. Un día me encontraba sumamente apresurada para terminar algunas tareas escolares y prepararme para un viaje; bajé al lavadero de los dormitorios [de la universidad] para sacar mi ropa de la lavadora y colocarla en la secadora. Lamentablemente, todas las secadoras estaban ocupadas y todavía les faltaba mucho tiempo para terminar. Subí a mi cuarto desalentada, ya que sabía que para cuando las secadoras terminaran el ciclo, yo ya tendría que encontrarme en camino. Apenas había regresado a mi cuarto cuando sentí que debía bajar otra vez al lavadero. Es una tontería, pensé; acababa de regresar y no tenía tiempo, pero como estaba tratando de prestar atención, fui. Dos de las secadoras estaban vacías y así pude terminar todo lo que tenía que hacer. ¿Es posible que el Señor se hubiese preocupado de allanarme el camino en algo tan trivial, pero para mí tan importante? Desde ese entonces, he aprendido mediante muchas experiencias de ese tipo que el Señor nos ayudará en todos los aspectos de nuestra vida si tratamos de servirle y de hacer Su voluntad.

Creo que todos nosotros podemos testificar de esos pequeños milagros. Sabemos de niños que oran pidiendo ayuda para encontrar algo que se les ha perdido, y lo encuentran. Sabemos de jóvenes que tienen el valor de ser testigos de Dios y sienten Su mano de apoyo. Sabemos de amigos que pagan sus diezmos con el Único dinero que les queda y después, por un milagro, descubren que pueden pagar su matrícula universitaria, el alquiler o de alguna forma obtener comida para su familia. Podemos compartir experiencias de oraciones que han sido contestadas y de bendiciones del sacerdocio que han dado valor, consuelo o restaurado la salud. Esos milagros diarios nos ayudan a reconocer la mano del Señor en nuestra vida.

He estado pensando mucho en eso debido a una experiencia que nuestra familia ha tenido durante los Últimos meses. Nuestra hija y su esposo tardaron en conocerse y casarse, y después, a pesar de que querían tener hijos con todo su corazón, por varios años les resultó difícil que ese sueño se hiciese realidad. Oraron, pidieron bendiciones del sacerdocio y ayuda médica, y finalmente, con gran emoción, se enteraron de que esperaban mellizos.

Sin embargo, las cosas no fueron muy bien, y tres meses y medio antes de la fecha del alumbramiento, la futura madre se encontró en el pabellón de obstetricia del hospital. Al principio, los médicos tenían la esperanza de que pudieran demorar el parto algunas semanas más; pero inmediatamente la pregunta que se presentó fue la siguiente: ¿dispondrían por lo menos de las 48 horas necesarias para administrar el medicamento que se requeriría para el funcionamiento de los pulmones prematuros de los bebés?

Una enfermera de la unidad de cuidados intensivos de niños prematuros fue a ver al matrimonio para mostrarles fotografías de las máquinas a las cuales estarían conectados los bebés si nacían con vida. Les explicó los riesgos de que tuviesen daño en los ojos, de que les fallaran los pulmones, de impedimentos físicos o de daños celebrales. Ellos escucharon, con humildad pero también con esperanza, y después, a pesar de todo lo que los médicos pudieron hacer, fue evidente que los niños estaban por nacer.

Nacen con vida; primero la niña y después el niño, pesando menos de dos kilos entre los dos; son llevados de inmediato a la unidad de cuidados intensivos donde les ponen en respiradores artificiales, con sondas umbilicales e intravenosas y constante atención. No pueden tener mucha luz ni mucho ruido; su equilibrio químico necesita constante vigilancia a medida que el hospital, con millones de dólares de equipo y muchos médicos y enfermeras maravillosos, tratan de reproducir el milagro del vientre de una madre.

Todos los días se produce una cantidad de pequeños milagros: un pulmón colapsado sana y después, a pesar de todo, sigue funcionando bien; se contrarresta la pulmonía; surgen más infecciones graves que se superan; las sondas intravenosas no funcionan debidamente y son reemplazadas. Después de dos meses y medio, el niño aumenta 910 gramos y puede respirar sin oxígeno adicional. Le quitan el oxígeno; aprende a comer y sus padres agradecidos lo llevan a casa conectado a los monitores.

La niña se sigue sacando la sonda del respirador, haciendo sonar la alarma por toda la sala. Pensamos que quizás desea progresar como su hermano, pero cada vez se le cierra la garganta y no puede respirar por sí misma. Tiene la garganta tan inflamada que a veces los terapeutas de respiración tienen mucha dificultad para volverle a conectar la sonda y ella casi fallece. Su progreso normal es difícil debido a su dependencia permanente en el respirador.

Finalmente, después de que su hermanito ha estado en casa dos meses, los doctores se ven obligados a sugerir una operación para ella, la cual le permitirá respirar por un orificio que se le hará en la garganta; una operación que podría resolver los problemas que tiene en el estómago al abrírsele un orificio en el costado; pero una operación que afectará su pequeño cuerpecito por muchos meses más y, quizás, por el resto de su vida. Mientras los padres se debatían por tomar una decisión, una tía mandó un mensaje a toda la familia. Ella explicaba la situación, el crítico asunto del momento oportuno, de la importancia de quitarle el respirador, y sugería que uniéramos nuestra fe una vez más y, mediante el ayuno y la oración, pidiéramos que se efectuara un milagro más, si esa era la voluntad del Señor. La noche del 3 de diciembre terminaríamos nuestro ayuno con una oración.

Permítanme leer una porción de una carta que se envió a la familia la mañana del 4 de diciembre. “Querida familia: ¡Buenas noticias! Bendiciones del Señor. Nuestro más sincero agradecimiento por sus oraciones y ayuno en beneficio de nuestra pequeña. Ayer por la mañana le quitaron el respirador y desde hace ya 24 horas no lo tiene. Para nosotros, es un milagro. El cuerpo médico aÚn procede con cautela en cuanto a lo que se habrá de esperar, pero estamos muy agradecidos al Señor y a ustedes. Oramos para que éste sea el comienzo del final de su estadía en el hospital; e incluso nos atrevemos a esperar tenerla en casa para Navidad”.

Y sí estuvo en casa para la Navidad y ambos bebés se encuentran ahora “muy bien”. Nuestra familia ha tenido su propia “división del Mar Rojo”y estamos preparados para testificar de que hoy, al igual que en el pasado y por siempre, hay un “Dios de milagros”que ama a Sus hijos y desea bendecirlos.

Sabemos, al igual que ustedes, que todos los ruegos que se hagan al Señor y todos los ayunos no reciben esta misma respuesta esperada. El resto de la familia ha tenido también que afrontar la muerte de seres queridos, enfermedades graves, las aflicciones del divorcio e hijos que han elegido otro sendero. No siempre comprendemos las razones que hay detrás de las pruebas que recibimos en la vida terrenal, pero nuestra fe ha crecido, y quizás la de ustedes también, al ver a seres queridos, amigos y gente a la que sólo conocemos de oídas soportar con fe en el Señor las pruebas más duras. Ellos también conocen al Dios de milagros y testifican en sus tribulaciones que, sea cual fuere lo que el futuro les depare, el Señor los conoce y los ama y los bendice. Ellos están sellados a él, y los unos a los otros para siempre, y están dispuestos a someter su voluntad a la de él.

¿Cómo han llegado a ese punto? ¿Cómo tenemos acceso al silencioso milagro que el Señor lleva a cabo a medida que nos transforma, a Sus hijos, en dignos herederos del reino de Dios? Creo que es posible porque “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Creo que se logra al someternos al influjo del Espíritu, despojarnos del hombre natural y ser llenos del amor de Dios (véase Mosíah 3:19). ”. . .por la Expiación de [Jesucristo], todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio” (Artículos de Fe 1:3). Toda la humanidad --y entre ella me incluyo a mí y a ustedes-- puede tener parte en la Expiación, el más grandioso de todos los milagros de Dios.

Dios sí dividió las aguas del Mar Rojo y sí nos dio el Libro de Mormón. Él puede sanarnos de nuestros pecados y puede bendecirnos, y lo hará, a nosotros Sus hijos, en nuestra vida diaria. Sé que él vive y nos ama, y que es hoy un Dios de milagros. En el nombre de Jesucristo. Amén.